“Cuando mi psicóloga me recomendó apuntarme a una aplicación de citas, pensé que no tenía nada que perder. En aquel momento me sentía muy sola y mi única motivación era ir a trabajar. No tenía absolutamente nada más que hacer. Así que hice una entrevista personal, rellené unos tests y empecé a quedar con gente como yo”, explica Raquel Frutos, de 33 años. “Hice distintos planes hasta que un día fuimos a jugar a rugby y lo vi. No te lo sabría explicar, pero lo sentí: era él”.
Durante mucho tiempo, la sexualidad y las relaciones afectivas en esta población han sido un tabú. Ahora empiezan a surgir aplicaciones, encuentros y talleres específicos para establecer vínculos y aprender a relacionarse
“Cuando mi psicóloga me recomendó apuntarme a una aplicación de citas, pensé que no tenía nada que perder. En aquel momento me sentía muy sola y mi única motivación era ir a trabajar. No tenía absolutamente nada más que hacer. Así que hice una entrevista personal, rellené unos tests y empecé a quedar con gente como yo”, explica Raquel Frutos, de 33 años. “Hice distintos planes hasta que un día fuimos a jugar a rugby y lo vi. No te lo sabría explicar, pero lo sentí: era él”.
La historia de Raquel podría ser la de cualquiera. Conoció a Roberto Espinosa, de 40 años, a través de la aplicación y hoy viven su relación con naturalidad. Pero llegar hasta ahí no fue sencillo. Antes de conocerlo, apenas salía de casa, tenía dificultades para relacionarse y sus padres estaban preocupados porque no la veían feliz. Había sufrido bullying en el colegio y vivido situaciones de abuso en relaciones anteriores, así que cuando su psicóloga le propuso probar una aplicación de citas, lo hizo sin demasiadas expectativas. Podía seguir refugiada en su rutina o probar suerte una vez más. Decidió probar. Y esta vez salió bien.
“Al principio no quería darle mi teléfono”, continúa. “Tenía miedo porque me habían hecho sufrir otras veces, pero, con el acompañamiento de la psicóloga, decidí empezar a hablar con él por el chat de la aplicación. Seguimos yendo a planes con más gente para conocernos mejor y fue naciendo una amistad, hasta que quedamos solos para tomar un refresco y ahí sí: congeniamos. Desde entonces, ya no me he vuelto a sentir tan sola”.
Dinder, una app de citas segura
La aplicación en la que se conocieron se llama Dinder. Creada para personas con discapacidad intelectual y síndrome de Down, combina la búsqueda de pareja y amistad con encuentros y actividades de ocio. Su punto de partida es sencillo: para muchas de estas personas, conocer gente fuera de los entornos habituales (la familia, el trabajo o la entidad a la que acuden) resulta difícil.
“Hasta ahora solo nos habíamos preocupado por su acceso al mundo laboral. Ahora empezamos a hacerlo también de su acceso al ocio, a los amigos, al amor”, explica Max Roures, fundador de la aplicación. “No se trata solo de encontrar pareja, sino de algo mucho más importante: hacer amigos, aprender a relacionarse”, añade.
Antes de entrar en la aplicación, los usuarios pasan una entrevista personal de algo más de una hora y rellenan dos cuestionarios. Uno evalúa su grado de autonomía: si viven solos, si conducen, si trabajan, si dependen de sus padres o si suelen hacer planes por su cuenta. El otro explora sus conocimientos y experiencias en el ámbito sexoafectivo: si han tenido pareja, si han tenido citas o si han mantenido relaciones sexuales. La información permite conocer qué apoyos puede necesitar cada persona.
“No se trata de excluir a nadie, sino de hacer grupos más homogéneos para participar en los distintos planes que hacemos cada semana”, señala Roures. Dinder tiene unos 1.600 usuarios en Cataluña, concentrados principalmente en Barcelona, y organiza una veintena de planes semanalmente para unas 160 personas: desde ir al cine o salir a cenar hasta pasar el día en la playa, caminar por la montaña o bailar en el Brunch Electronik o el Primavera Sound.
Un laboratorio de citas
Las personas con discapacidad intelectual tienen las mismas necesidades afectivas que cualquier otra persona: desean enamorarse, tener pareja, hacer amigos y llevar una vida autónoma y plena. Durante mucho tiempo, sin embargo, los prejuicios, la infantilización y los temores de quienes les rodean han limitado sus oportunidades para hacerlo. “Las necesidades siguen siendo las mismas. Lo que ha cambiado es la conciencia social y familiar”, defiende Gemma Parcerisa, psicóloga y directora del área de Apoyos de la Asociación Catalana por la Integración y el Desarrollo Humano (AcidH), una entidad que también organiza encuentros y talleres para trabajar las habilidades sociales.

Y este cambio ha ido acompañado de una transformación legislativa. En España, hasta 2020, un juez podía autorizar la esterilización de personas con discapacidad que no pudieran prestar consentimiento. La Ley Orgánica 2/2020 puso fin a esa posibilidad y reforzó el derecho de las personas con discapacidad a tomar decisiones libres e informadas sobre su salud sexual y reproductiva. Pero reconocer un derecho sobre el papel no basta para poder ejercerlo: hacen falta información, educación y espacios seguros.
“Damos por hecho que todas las personas saben tener una cita y no es así. Todos hemos tenido una primera cita a través de aplicaciones como Tinder o Bumble, y es un momento incómodo. Lo que nosotros intentamos hacer es dotarlos de habilidades sociales, desde afrontar un primer encuentro hasta hacer amigos, interpretar el rechazo o entender el consentimiento. En definitiva, leer las emociones del otro”, explica Roures.
“Una de las situaciones más habituales es que dos personas se conozcan y una de ellas le envíe a la otra 75 mensajes a lo largo de una tarde. Cuando detectamos algo así, hablamos con esa persona para enseñarle cómo comunicarse de una manera más adecuada. También insistimos mucho en comprobar constantemente cómo se encuentra la otra persona, si se siente cómoda en cada momento”, añade.
Otro de los clásicos es no contestar a los mensajes de WhatsApp por miedo a equivocarse. También les cuesta distinguir entre alguien con quien se cruzan habitualmente, un conocido y un amigo, o saber qué cosas conviene contar y cuáles no cuando acaban de conocer a alguien. Aprenden a interpretar las miradas (que no siempre son una señal de interés) y los silencios (que no siempre significan falta de interés). “La comunicación humana es muy compleja. Ojalá hubiera normas que sirvieran siempre, pero depende del contexto, del tono, de la emoción…”, apunta Parcerisa.Tampoco es que las personas supuestamente capacitadas lo hagamos mucho mejor.
“Una persona sin discapacidad aprende muchas de estas cosas de manera natural, en la relación con los demás, con sus iguales, con sus hermanos mayores. Ellos, en cambio, muchas veces no han tenido esa red relacional de iguales. Es muy difícil que puedan hablar con un amigo de temas sexuales o afectivos. Por eso las entidades tenemos que ofrecer talleres, cursos y espacios donde puedan adquirir esos conocimientos y desarrollar esas relaciones”, explica Núria Bosch, coordinadora del espacio de ocio inclusivo de la Fundación Síndrome de Down. Además, no empiezan a aprender a relacionarse desde cero. Muchas veces llegan a la edad adulta después de años de rechazo, bullying, sobreprotección o experiencias traumáticas.
El mito de la desinhibición sexual
Uno de los principales mitos que pesan sobre las personas con discapacidad intelectual es que son promiscuas. “Pero si tú a una persona no le das espacios de intimidad, ni le ofreces la posibilidad de tener relaciones como tendríamos el resto de adultos, es normal que las cosas se acaben haciendo de la peor manera”, señala Pepa Ràfols, psicóloga de AcidH y responsable de uno de los talleres de la entidad, dirigido exclusivamente a mujeres. También existe un taller específico para hombres, así como talleres de sexualidad, terapia de pareja y espacios seguros de ocio para conocer gente.
“Las personas con discapacidad intelectual, como las que atendemos, son muy vulnerables y fácilmente manipulables. Quieren formar parte de la sociedad, sentirse útiles, trabajar y tener pareja como cualquier otra persona. Ese deseo de integración, unido a sus necesidades sexoafectivas, puede llevarlas a situaciones de riesgo, porque no siempre detectan que la otra persona persigue otros intereses y no busca una relación sana”, añade.
Además, en una aplicación de citas, la comunicación escrita puede resultar todavía más difícil. Es más complicado comprender exactamente qué está diciendo la otra persona, interpretar sus intenciones o detectar si alguien intenta manipularlos. Miguel Ángel, de 52 años y viudo reciente, también ha probado las aplicaciones convencionales. En Meetic conoció a una mujer que empezó a pedirle dinero: primero 20 euros, después 50, luego 100. Terminó perdiendo 6.000 euros. Asiste a una sesión de karaoke organizada por Dinder un caluroso domingo de agosto en un bar del Paral·lel de Barcelona. “¿Y ahora qué hago yo? ¿A dónde voy? ¿Con quién? Me siento muy solo”.
Un colectivo víctima de abusos
Las personas con discapacidad intelectual tienen un riesgo mayor de sufrir abusos que la población general. Algunos estudios estiman que pueden tener hasta cuatro veces más probabilidades de ser víctimas. La Unidad de Atención a Víctimas con Discapacidad Intelectual (UAVDI) atendió en 2025 a 265 nuevas víctimas de abuso, agresión o maltrato, el 75,5% de ellas mujeres. Las agresiones sexuales extrafamiliares fueron el tipo de abuso más frecuente, con un 28% de los casos, seguidas de la violencia de género.
De hecho, AcidH empezó a ofrecer espacios de ocio tras detectar numerosas incidencias relacionadas con la sexualidad y la afectividad. Pero estas personas no siempre quieren socializar con sus iguales: “Muchas veces les resulta muy doloroso aceptar su discapacidad y, si tienen una apariencia física normativa, optan por aplicaciones convencionales. Por eso creemos que era necesario crear estos espacios, aunque no sean para todo el mundo: al menos ofrecen la posibilidad de probarlos y de que pasen cosas. Y no todo tiene que girar alrededor de encontrar pareja; a veces alguien dice que quiere tener pareja y, cuando empieza a relacionarse, descubre que lo que necesitaba era sentirse acompañado, tener una red y compartir tiempo con otras personas”, señala Ràfols.
“A las familias todavía les da mucho miedo todo lo relacionado con la sexualidad y la afectividad, sobre todo por los posibles abusos o embarazos no deseados, y porque muchas veces no saben cómo darles apoyo. Pero de lo que se trata es de que puedan vivir estas experiencias y que lo hagan en un entorno lo más seguro posible, donde conozcan sus límites y puedan aprender a relacionarse”, explica Bosch. La madre de Raquel no lo tenía claro al principio y ahora escribe cada semana a Roures para agradecerle el impacto positivo que ha tenido la aplicación en la vida de su hija.
En el momento de entrevistarlos, Raquel y Roberto están de vuelta de un viaje a Madrid. Es su primer viaje solos como pareja. Y a la pregunta de si ha sido fácil, explican que se perdieron en el metro, pero que al final consiguieron llegar a Callao, vieron el musical de El Rey León y pasearon por el Prado. Moverse por una ciudad es algo que se aprende, aunque muchos de nosotros lo demos por hecho. Enamorarse también.
Feed MRSS-S Noticias
