Tenía una nariz digna de un catálogo de cirujano; ojos brillantes como el cristal de roca; una voz limpia y luminosa; una simpatía y un glamur innatos; y tremenda fama de pachanguera en ciertos ambientes sociales y culturales. Ahora se trata de saber si los marcos que separan la cultura popular de los gustos de la élite son indelebles, o están cada vez más borrosos y hay hueco para la diva de las verbenas en el Olimpo. Un documental estrenado y premiado por el público en el Ourense Film Festival y que (antes de llegar a las salas el 11 de diciembre) visitará Barcelona, rescata, explora y reivindica la figura de la cantante que conmovió a más gallegos en todo el planeta y vendió más cintas y álbumes que nadie entonando en la lengua de Galicia. Kiro, el largometraje dirigido por la lucense María Yáñez, revisa la importancia de una artista que en tres décadas lanzó casi 40 álbumes y despachó cientos de miles de copias, compaginando sus conciertos en palcos de pueblo con galas de televisión y actuaciones en Inglaterra, Alemania, Francia, Suiza o cualquier destino emigrante de Latinoamérica.
Un documental rescata la figura de la artista más popular de la Galicia interior y exterior, que arrasó durante décadas desafiando traumas vestida de diva
Tenía una nariz digna de un catálogo de cirujano; ojos brillantes como el cristal de roca; una voz limpia y luminosa; una simpatía y un glamur innatos; y tremenda fama de pachanguera en ciertos ambientes sociales y culturales. Ahora se trata de saber si los marcos que separan la cultura popular de los gustos de la élite son indelebles, o están cada vez más borrosos y hay hueco para la diva de las verbenas en el Olimpo. Un documental estrenado y premiado por el público en el Ourense Film Festival y que (antes de llegar a las salas el 11 de diciembre) visitará Barcelona, rescata, explora y reivindica la figura de la cantante que conmovió a más gallegos en todo el planeta y vendió más cintas y álbumes que nadie entonando en la lengua de Galicia. Kiro, el largometraje dirigido por la lucense María Yáñez, revisa la importancia de una artista que en tres décadas lanzó casi 40 álbumes y despachó cientos de miles de copias, compaginando sus conciertos en palcos de pueblo con galas de televisión y actuaciones en Inglaterra, Alemania, Francia, Suiza o cualquier destino emigrante de Latinoamérica.

Poca broma: en los años 70, la coruñesa Ana Kiro (Arzúa, 1942-Oleiros, 2010) aparecía por encima de Marisol y Cecilia como la solista femenina que más arrasaba. El sello Belter la fichó para convertirla en chica yeyé cuando empezaba a destacar cantando en castellano. Trabajó en Barcelona con Mary Santpere; fue cantante fija de las Galas del Sábado que presentaban en TVE Laura Valenzuela y Joaquín Prat; la apodaban Miss Bronce porque en todos los certámenes de la canción nacionales e internacionales conquistaba el tercer puesto. Pero un día, en pleno franquismo, Ana Kiro, bautizada María Dolores Casanova González, hija de guardia civil criada en la emigración, en una casa cuartel de Barcelona, dio un paso al frente: pidió a la discográfica incluir una canción en gallego. Convencidos de que sería un estrepitoso desastre, en 1973 publicaron Galicia, terra meiga. En dos semanas se despacharon 100.000 casetes, contaba luego ella. Eran los tiempos en los que la música se compraba en las gasolineras e iba llenando la guantera del 127. Los taxistas de Barcelona, entonces más de la mitad gallegos, “la hicieron viral”, explica Yáñez a El PAÍS.
“Creo que cantar en gallego es lo más importante de mi vida artística”, reflexionaba años después en una entrevista que recoge el documental, “en aquel tiempo no se podía casi ni hablar”. Solo tres años después, sus giras ya cruzaban el Atlántico. Kiro escaló por encima de Julio Iglesias en el top musical del momento y arrebató en Caracas a Manolo Escobar el récord de público en un concierto que hasta entonces ostentaba el almeriense. Pero sobre todo se ganó el corazón de una generación sin complejos con su música ligera. Y fue subestimada por la siguiente.

En su película, la cineasta pone frente a la cámara a fans incondicionales que siguen cultivando sus particulares altares: coleccionistas que conjugan el verbo “anakirar”; vecinas de Chandrexa de Queixa (Ourense) que luchan contra los molinos con la imagen de Kiro por bandera y el respaldo intelectual de la escritora Brigitte Vasallo; músicos actuales que la revisitan; drags que le rinden homenaje; emigrantes que aún la cantan; señoras que llevan su mismo corte de pelo; o jóvenes que proclaman que la solista fallecida fue “nuestra Taylor Swift”. En este filme en el que participan su viudo, Carlos Rivero, la hija y los nietos de la cantante, a Kiro se la describe también como “a Madonna do torreiro”, el palco de la fiesta —a veces construido con simples bloques de cemento y una bombilla desnuda colgando de la uralita— que no debe faltar en ningún lugar de Galicia.

“Yo también la comparo con Dolly Parton y con otras muchas, porque divas… cada pueblo, cada cultura, tiene la suya”, comenta María Yáñez, pero “la singularidad de Kiro es que fue la diva de una cultura marcada por la emigración y en una lengua minorizada”. Cuando empezó a construir su documental, la directora explica que buscaba unas voces críticas que sin embargo ya no encontró. La cantante fue “una mujer empoderada”, que se subía a cualquier escenario de pueblo “vestida con plumas y lentejuelas, como había aprendido en el music hall de Santpere”. Así fue cómo pasó “de ser la chica de bronce en la lengua hegemónica a ser la chica de oro en la lengua subalterna”.

En el 82 se instaló definitivamente en Galicia y llegó a cada rincón. Hacía 100 conciertos al año, recibía a la gente en su caravana y todo el mundo le regalaba huevos, verduras, los mejores tesoros de la cosecha. “Era una pop star con radar para detectar lo que le gustaba a la gente”, sigue describiendo la directora, y así, entre marabú, pieles y brillos, “nos reconciliaba con nuestros complejos de país… transformaba en orgullo todo lo que nos daba vergüenza”. El filme aspira a ser “una película de Navidad”, desea la realizadora: “igual que los padres llevan a los niños al cine, quiero que los nietos lleven esta vez a los abuelos”.
A finales de los 90 dio el salto a la televisión autonómica como presentadora de programas (Toda unha vida, Tardes con Ana), y en ese nuevo hábitat Kiro, de nuevo, arrasó. Demostró que seguía en su mejor momento, pero tuvo que dejarlo todo para luchar contra el cáncer de ovario desde 2006. “La veían como una populachera, ha habido mucho desprecio”, reprocha ahora en el documental su hija, Carmen Quiroga, que al mismo tiempo que reconoce la sintonía de Kiro con otro populista, el entonces todopoderoso presidente de la Xunta Manuel Fraga, reivindica el progresismo de su madre en muchos aspectos.

“Era poliédrica y contradictoria, pero no más que el pueblo gallego en sí”, define Yáñez: “Ella era consciente de las críticas de las élites, pero cuando le preguntaban defendía a su público y la dignidad de la pachanga más que a sí misma”. Con músicas pegadizas y animadas, casi siempre compuestas o arregladas por su amigo Manuel Muñiz, Kiro cantaba, desde 1974 exclusivamente en gallego y, según la directora, “desarrolló toda una narrativa épica” que hablaba directamente a los emigrantes y al pueblo. Temas dedicados a la mujer, a la clase trabajadora, a los marineros y labriegos, contra el caciquismo y la pobreza que obligaba a sus paisanos a emigrar; también canciones picantes, divertidas, y otras que tocaban los dramas medioambientales, pero sin señalar a los posibles culpables: “No es cierto que en Galicia llueva siempre / son los humos de los incendios forestales / los que tapan ese sol que para otros brilla”.
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