Un viernes de setiembre. Cafè de l’Òpera. Tarde. 25 personas, el máximo aforo posible, se encuentran para intervenir en un debate. Se han apuntado a la convocatoria que la gente de Sócrates Café hace desde la aplicación Meetup. No hay que pagar nada, únicamente la consumición. No se llega con un tema de debate previamente enunciado. Es al inicio del encuentro cuando los intervinientes pueden proponerlo. Se vota. “¿Es necesaria la ilusión en la vida?” Éste fue el asunto que se trató el día que acudí. Glòria, la moderadora, dio una atinada explicación inicial del método para los novatos. “El formato es respetuoso. No se trata de intentar convencer al resto. Se trata de escuchar otros puntos de vista y crecer con nuevas perspectivas”.
Un club filosófico convoca conversaciones democráticas en tertulias no académicas
Un viernes de setiembre. Cafè de l’Òpera. Tarde. 25 personas, el máximo aforo posible, se encuentran para intervenir en un debate. Se han apuntado a la convocatoria que la gente de Sócrates Café hace desde la aplicación Meetup. No hay que pagar nada, únicamente la consumición. No se llega con un tema de debate previamente enunciado. Es al inicio del encuentro cuando los intervinientes pueden proponerlo. Se vota. “¿Es necesaria la ilusión en la vida?” Éste fue el asunto que se trató el día que acudí. Glòria, la moderadora, dio una atinada explicación inicial del método para los novatos. “El formato es respetuoso. No se trata de intentar convencer al resto. Se trata de escuchar otros puntos de vista y crecer con nuevas perspectivas”.
Sócrates Café se define como un “club filosófico” y en Meetup tiene 8.600 miembros. Estos días cumplen 10 años en Barcelona. Actualmente convocan ocho debates semanales —en inglés, español y catalán o español—. Se sostiene gracias al trabajo de un equipo admirable y entusiasta de cuatro organizadores y 21 moderadores. Nadie cobra ni paga nada, salvo una colecta voluntaria por Navidad para satisfacer la suscripción a Meetup y dar un regalo a los servidores de las salas. “Al ser gratis, el dinero no es una barrera, se protege la mezcla de gente”. Los asistentes son una comunidad diversa —“han coincidido sin problemas ucranios y rusos, palestinos e israelíes”—.
Para explicarme lo que son y hacen tuvieron la gentileza de reunir a seis personas con distintas responsabilidades, incluyendo un informático ampurdanés, Joan Trujillo, como representante de la concurrencia. Distintas edades, diferentes nacionalidades (País de Gales, Rumanía, Venezuela, Italia…) y oficios dispares: arteterapeuta, consultora sobre asuntos de liderazgo, técnica lingüística en la universidad, comercial y profesor de inglés. Son Alex Bacigalupo, Glòria Vallès, Sara Folegani y Raul Caciora y Vicki Doebbel Fernández —los dos están prácticamente desde el inicio, cuando el norteamericano Bob Enteen creó el grupo barcelonés—. No hay filósofos porque no son una academia ni pretenden que entre el discurso doctoral. “No hace falta saber qué dijo Hegel”. Su pasión y sintonía es la misma en todo el equipo. No es necesario atribuir las frases porque todos estuvieron de acuerdo en todo lo dicho.
A pesar de la advocación socrática, este club no aplica el método mayéutico de conducir con preguntas que descubren las contradicciones del interpelado. “Para nosotros, socrático es buscar la sabiduría abriéndose a otras verdades. De la reunión se sale con más preguntas que respuestas”. Buscan destruir certezas, combatir respetuosamente los sesgos personales, cultivar la inteligencia colectiva. En las reuniones se dan estrictos turnos de palabra y no están permitidas las réplicas inmediatas a una intervención saltándose la tanda. “Hay que escuchar antes de hablar”.
El equipo de Sócrates Café está convencido de que crece la necesidad de espacios para compartir pensamientos, para conversar. “Somos el antídoto a Internet. La oralidad debe trabajarse. Internet es únicamente ver. Aquí se trata de entender. Somos un foro donde escuchas opiniones que no quieres escuchar, donde se descubre la profunda sabiduría de gente anónima”. El hecho de acudir a la reunión sin saber qué se debatirá le da frescura a la misma. Hace el debate más espontáneo e impide que alguien con ambición de gurú se empolle el tema. “Construimos una comunidad donde hay que tener el coraje de cambiar de opinión”.
Sócrates es un filósofo abundantemente citado y en muchos formatos. En el teatro está el de Adolfo Marsillach en 1972 o el de 2015 que encarnó Josep Maria Pou. El mismísimo Rossellini rodó para televisión en 1970 un biopic. Este año se han publicado ocho libros, al menos, con el nombre del filósofo en el titular. Hay desde obras en inglés, aventuras juveniles o la apología que le dedicó su pupilo Platón. Gregorio Luri en Matar a Sócrates, obra de 2015 que Ariel ha reeditado, escribe que este pensador “no es importante porque su conocimiento nos permita lucir como eruditos, sino porque es una de las voces más importantes de la gran conversación”. Y una nueva editorial dedicada al ensayo, Set Arcs, ha anunciado su debut con Obre Sòcrates, de Agnes Callard. En 2025, Kairós lo publicó en castellano. Y la filósofa y profesora de ESADE Sira Abenoza fundó el Instituto para el Diálogo Socrático, entendiendo este diálogo como una herramienta para promover la estabilidad, la inclusión y la justicia. El documental Filosofia a la presó (2015) muestra los diálogos socráticos, con estudiantes e internos, promovidos por Abenoza en las cárceles catalanas.
El movimiento de los cafés Sócrates lo fundó el educador Christopher Phillips en 1996 con un enorme éxito. Ahora lidera Democracy Café, una organización sin ánimo de lucro que ha ampliado sus actividades —como su empeño para que los apátridas tengan un asiento en Naciones Unidas—. También promociona cursillos retribuidos. El Café Sócrates barcelonés está dedicado exclusivamente a la convocatoria de sus encuentros. Es el empeño de una gente para abrir un espacio singular donde se celebre una conversación democrática sin los arañazos que se sueltan en Internet o en determinadas tertulias mediáticas.
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