Hay una frase de la socióloga estadounidense Kathleen Cagney que debería incomodar a más de un ministro de Economía: «El código postal puede importar tanto como el código genético» . En una época obsesionada con la tecnología, la productividad y la inteligencia artificial, la afirmación parece casi una provocación. Sin embargo, encierra una verdad económica profunda que rara vez aparece en los cuadros macroeconómicos. Durante décadas hemos explicado el crecimiento a través del capital, el trabajo y la innovación. Más recientemente hemos añadido la calidad institucional. Pero seguimos prestando poca atención a un factor decisivo: la estructura social que rodea a las personas. No es casualidad que dos barrios separados por apenas unos kilómetros puedan registrar diferencias notables en esperanza de vida, salud o movilidad social. Tampoco es casualidad que las zonas con mayores niveles de aislamiento acumulen peores indicadores económicos.Mi conversación con Cagney, que ha recibido el premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, gira formalmente sobre envejecimiento, pero en realidad trata sobre algo más amplio: la relación entre comunidad y prosperidad . Su tesis es sencilla. Las redes humanas no son un lujo sentimental ni una reliquia de sociedades tradicionales. Son una infraestructura económica.En uno de sus estudios sobre la ola de calor de Chicago, observó que los vecinos tenían más probabilidades de sobrevivir cuando vivían en áreas con actividad comercial , presencia de gente en la calle y relaciones sociales mínimamente densas. La lección trasciende la salud pública. Allí donde existen vínculos, incluso débiles, la información circula mejor, la cooperación resulta más fácil y los costes de transacción disminuyen. Dicho de otro modo: el capital social también genera riqueza.La paradoja es que las sociedades desarrolladas son hoy más ricas que nunca y, al mismo tiempo, parecen más fragmentadas. Han desaparecido muchas de aquellas instituciones intermedias que articulaban la vida cotidiana: asociaciones vecinales, organizaciones cívicas, clubes deportivos o espacios comunitarios. La digitalización ha multiplicado las conexiones virtuales, pero no necesariamente las relaciones reales.Este fenómeno adquiere una relevancia especial en Europa. El envejecimiento demográfico suele abordarse exclusivamente desde la óptica de las pensiones o del gasto sanitario. Son cuestiones esenciales, pero insuficientes. Una sociedad envejece bien cuando conserva la capacidad de integrar a sus mayores en la actividad económica y social, no cuando simplemente financia su retiro.España afrontará en las próximas décadas una combinación compleja de baja natalidad, mayor longevidad y presión fiscal creciente. En ese contexto, el debate no debería limitarse a cuánto costará el Estado del bienestar. También convendría preguntarse qué tipo de comunidades estamos construyendo .Porque la desigualdad no se mide únicamente en renta. También se mide en redes, en oportunidades y en pertenencia. Y quizá la gran lección económica del siglo XXI sea que una sociedad puede permitirse perder fábricas y recuperarlas después. Lo que resulta mucho más difícil es reconstruir el tejido social una vez que se ha roto. Hay una frase de la socióloga estadounidense Kathleen Cagney que debería incomodar a más de un ministro de Economía: «El código postal puede importar tanto como el código genético» . En una época obsesionada con la tecnología, la productividad y la inteligencia artificial, la afirmación parece casi una provocación. Sin embargo, encierra una verdad económica profunda que rara vez aparece en los cuadros macroeconómicos. Durante décadas hemos explicado el crecimiento a través del capital, el trabajo y la innovación. Más recientemente hemos añadido la calidad institucional. Pero seguimos prestando poca atención a un factor decisivo: la estructura social que rodea a las personas. No es casualidad que dos barrios separados por apenas unos kilómetros puedan registrar diferencias notables en esperanza de vida, salud o movilidad social. Tampoco es casualidad que las zonas con mayores niveles de aislamiento acumulen peores indicadores económicos.Mi conversación con Cagney, que ha recibido el premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, gira formalmente sobre envejecimiento, pero en realidad trata sobre algo más amplio: la relación entre comunidad y prosperidad . Su tesis es sencilla. Las redes humanas no son un lujo sentimental ni una reliquia de sociedades tradicionales. Son una infraestructura económica.En uno de sus estudios sobre la ola de calor de Chicago, observó que los vecinos tenían más probabilidades de sobrevivir cuando vivían en áreas con actividad comercial , presencia de gente en la calle y relaciones sociales mínimamente densas. La lección trasciende la salud pública. Allí donde existen vínculos, incluso débiles, la información circula mejor, la cooperación resulta más fácil y los costes de transacción disminuyen. Dicho de otro modo: el capital social también genera riqueza.La paradoja es que las sociedades desarrolladas son hoy más ricas que nunca y, al mismo tiempo, parecen más fragmentadas. Han desaparecido muchas de aquellas instituciones intermedias que articulaban la vida cotidiana: asociaciones vecinales, organizaciones cívicas, clubes deportivos o espacios comunitarios. La digitalización ha multiplicado las conexiones virtuales, pero no necesariamente las relaciones reales.Este fenómeno adquiere una relevancia especial en Europa. El envejecimiento demográfico suele abordarse exclusivamente desde la óptica de las pensiones o del gasto sanitario. Son cuestiones esenciales, pero insuficientes. Una sociedad envejece bien cuando conserva la capacidad de integrar a sus mayores en la actividad económica y social, no cuando simplemente financia su retiro.España afrontará en las próximas décadas una combinación compleja de baja natalidad, mayor longevidad y presión fiscal creciente. En ese contexto, el debate no debería limitarse a cuánto costará el Estado del bienestar. También convendría preguntarse qué tipo de comunidades estamos construyendo .Porque la desigualdad no se mide únicamente en renta. También se mide en redes, en oportunidades y en pertenencia. Y quizá la gran lección económica del siglo XXI sea que una sociedad puede permitirse perder fábricas y recuperarlas después. Lo que resulta mucho más difícil es reconstruir el tejido social una vez que se ha roto.
Hay una frase de la socióloga estadounidense Kathleen Cagney que debería incomodar a más de un ministro de Economía: «El código postal puede importar tanto como el código genético». En una época obsesionada con la tecnología, la productividad y la inteligencia artificial, la … afirmación parece casi una provocación. Sin embargo, encierra una verdad económica profunda que rara vez aparece en los cuadros macroeconómicos. Durante décadas hemos explicado el crecimiento a través del capital, el trabajo y la innovación. Más recientemente hemos añadido la calidad institucional. Pero seguimos prestando poca atención a un factor decisivo: la estructura social que rodea a las personas. No es casualidad que dos barrios separados por apenas unos kilómetros puedan registrar diferencias notables en esperanza de vida, salud o movilidad social. Tampoco es casualidad que las zonas con mayores niveles de aislamiento acumulen peores indicadores económicos.
Mi conversación con Cagney, que ha recibido el premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, gira formalmente sobre envejecimiento, pero en realidad trata sobre algo más amplio: la relación entre comunidad y prosperidad. Su tesis es sencilla. Las redes humanas no son un lujo sentimental ni una reliquia de sociedades tradicionales. Son una infraestructura económica.
En uno de sus estudios sobre la ola de calor de Chicago, observó que los vecinos tenían más probabilidades de sobrevivir cuando vivían en áreas con actividad comercial, presencia de gente en la calle y relaciones sociales mínimamente densas. La lección trasciende la salud pública. Allí donde existen vínculos, incluso débiles, la información circula mejor, la cooperación resulta más fácil y los costes de transacción disminuyen. Dicho de otro modo: el capital social también genera riqueza.
La paradoja es que las sociedades desarrolladas son hoy más ricas que nunca y, al mismo tiempo, parecen más fragmentadas. Han desaparecido muchas de aquellas instituciones intermedias que articulaban la vida cotidiana: asociaciones vecinales, organizaciones cívicas, clubes deportivos o espacios comunitarios. La digitalización ha multiplicado las conexiones virtuales, pero no necesariamente las relaciones reales.
Este fenómeno adquiere una relevancia especial en Europa. El envejecimiento demográfico suele abordarse exclusivamente desde la óptica de las pensiones o del gasto sanitario. Son cuestiones esenciales, pero insuficientes. Una sociedad envejece bien cuando conserva la capacidad de integrar a sus mayores en la actividad económica y social, no cuando simplemente financia su retiro.
España afrontará en las próximas décadas una combinación compleja de baja natalidad, mayor longevidad y presión fiscal creciente. En ese contexto, el debate no debería limitarse a cuánto costará el Estado del bienestar. También convendría preguntarse qué tipo de comunidades estamos construyendo.
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Porque la desigualdad no se mide únicamente en renta. También se mide en redes, en oportunidades y en pertenencia. Y quizá la gran lección económica del siglo XXI sea que una sociedad puede permitirse perder fábricas y recuperarlas después. Lo que resulta mucho más difícil es reconstruir el tejido social una vez que se ha roto.
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