
Finalmente, la legislatura parece encarar la recta final, a la espera de que el Gobierno sea capaz de llegar a 2027, tal como repite siempre que puede Pedro Sánchez, única persona con potestad, según la Constitución, de decidir la fecha de disolución de las Cortes. En el PP, después de casi tres años reclamando elecciones generales, se aprestan a asegurarse que esta vez sí Núñez Feijóo se sentará en el banco azul, después del fiasco del 23-J, cuando Sánchez les ganó por la mano en el último suspiro de la campaña.
En las jornadas que organiza la institución barcelonesa se puso de manifiesto de la manera más cruel la torpeza de Feijóo
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
En las jornadas que organiza la institución barcelonesa se puso de manifiesto de la manera más cruel la torpeza de Feijóo


Finalmente, la legislatura parece encarar la recta final, a la espera de que el Gobierno sea capaz de llegar a 2027, tal como repite siempre que puede Pedro Sánchez, única persona con potestad, según la Constitución, de decidir la fecha de disolución de las Cortes. En el PP, después de casi tres años reclamando elecciones generales, se aprestan a asegurarse que esta vez sí Núñez Feijóo se sentará en el banco azul, después del fiasco del 23-J, cuando Sánchez les ganó por la mano en el último suspiro de la campaña.
Para conseguirlo, Cataluña es uno de los escenarios en los que Feijóo se la juega. Ciertamente, este es un territorio claramente decantado por el voto socialista, pero a nadie se le escapa que las opciones del PP dependen en cierta medida de conseguir que la ventaja de los socialistas aquí no sea abrumadora. La historia nos demuestra que el PP necesita obtener un buen resultado en Cataluña si quiere asegurarse el gobierno, y eso pasa por mejorar sus 650.000 votos de 2023, acercándose a sus récords históricos de 1996 o 2011, lo que supone reducir la ventaja del PSC y así evitarse sorpresas desagradables.
Para lograrlo, el PP sólo tiene una opción: aumentar su voto entre los segmentos del centroderecha local, lo que equivale a cortejar al empresariado y a los núcleos de poder catalanes, esa frontera tradicional que el PP compartía con la extinta CiU y que Junts y su deriva habrían dejado al alcance de Feijóo.
Es en este marco que debe interpretarse la intervención del candidato del PP en las recientes jornadas del Cercle d’Economia, el cenáculo de la elite empresarial local. Pero precisamente fue allí donde se puso de manifiesto de la manera más cruel la torpeza de Feijóo, su incapacidad de leer la realidad más allá de la burbuja tóxica madrileña, ese líquido amniótico en el que nada el PP, junto con una parte del poder económico y sus terminales mediáticas. Ese mundo vive desde hace tres años en una retórica inflamada que gira alrededor de una sola idea, machacada hasta la extenuación: hay que echar a Sánchez de la Moncloa.
Esa fue la línea de la intervención de Feijóo ante el Cercle desde el primer minuto: el elefante en la habitación, como lo definió el propio líder popular. Feijóo, convertido desde hace tiempo en un one hit man, vino a hablar de lo suyo, convencido de que su ritornelo sería recibido por la elite empresarial catalana de la misma manera que es recibido en Madrid: ovación en pie y vuelta al ruedo.
Sin embargo, su incapacidad (y la de todo el PP) de entender que existe otra realidad más allá de la M-30 se dio de bruces con una audiencia perpleja, que esperaba algo más que una sola idea repetida de quien se propugna como el próximo presidente del país. Hablando del elefante, Feijóo pareció ante el empresariado catalán un pulpo. Más concretamente, un pulpo en un garaje.
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