El rostro de Zahra Mohammadi Golpayegani hace pensar en el arquetipo occidental del ángel. La niña —rubia, de grandes ojos azules— tenía 14 meses el 28 de febrero, cuando un bombardeo israelí y estadounidense la mató junto con su madre y su tía. Y su abuelo, el hombre que dicen había elegido su nombre. Ese anciano de 86 años era Ali Jameneí, líder supremo de Irán, el clérigo que durante 37 de los 47 años de existencia de la República Islámica rigió Irán con mano de hierro. Este jueves, tras un periplo fúnebre de una semana en ese país y en el vecino Irak que ha congregado a millones de personas, Jameneí recibirá sepultura en el santuario más venerado de Irán, el del imán Reza, en su ciudad natal, Mashad, en el noreste del país. La terminología oficial iraní se refiere ya al mandatario fallecido como el “imán mártir”.
Millones de personas han despedido durante una semana al líder supremo, al que Israel y Estados Unidos mataron el primer día de la guerra
El rostro de Zahra Mohammadi Golpayegani hace pensar en el arquetipo occidental del ángel. La niña —rubia, de grandes ojos azules— tenía 14 meses el 28 de febrero, cuando un bombardeo israelí y estadounidense la mató junto con su madre y su tía. Y su abuelo, el hombre que dicen había elegido su nombre. Ese anciano de 86 años era Ali Jameneí, líder supremo de Irán, el clérigo que durante 37 de los 47 años de existencia de la República Islámica de Irán rigió ese país con mano de hierro. Este jueves, tras un periplo fúnebre de una semana en ese país y en el vecino Irak que ha congregado a millones de personas, Jameneí recibirá sepultura en el santuario más venerado de Irán, el del imán Reza, en su ciudad natal, Mashad, en el noreste del país. La terminología oficial iraní se refiere ya al mandatario fallecido como el “imán mártir”.
El martirio ocupa un lugar fundamental en la teología y la tradición política chií. Al enterrar a Jameneí en el santuario de Mashad que alberga al octavo imán de los chiíes, Teherán inscribe a su líder en un linaje que se remonta a los orígenes de esa rama del islam y lo eleva al olimpo simbólico de los mártires, los santos chiíes. No solo para los fieles de esa rama del islam iraníes, sino para los de todo Oriente Próximo.
Este jueves, una multitud ha acompañado de nuevo el camión que portaba los féretros del fallecido líder supremo y de sus familiares rumbo al santuario del imán Reza en la ciudad donde Jameneí vio la luz en 1939. Una nube de banderas iraníes ondeaban frente a la cúpula dorada del edificio, mientras personas en duelo marchaban con fotografías del mandatario y pancartas con lemas revolucionarios. Otras llamaban directamente a la venganza, sobre todo contra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. El vehículo avanzaba tan lentamente entre la enorme multitud que las autoridades han decidido al final transportar el féretro en helicóptero al santuario.

Todo en este funeral que ha durado una semana y recorrido cinco ciudades -Teherán, Qom, Nayaf y Kerbala en Irak, y Mashad- ha estado cargado de simbolismo. Incluso la presencia del diminuto ataúd de Zahra, interpretada como la representación de la inocencia traicionada, una idea recurrente en el ideario chií. Comentaristas afines al régimen han equiparado el infausto destino de la niña al de las otras víctimas civiles de una guerra en la que han muerto 3.468 iraníes, según Teherán.
La puesta en escena de unas exequias que han mezclado los símbolos políticos y nacionalistas —las banderas iraníes en los féretros—, con evocaciones religiosas chiíes—los tulipanes rojos, que simbolizan el martirio, frente al ataúd de Jameneí— y emocionales —la muerte violenta de la nieta del líder— han tenido un objetivo al que han apuntado numerosos expertos. Ese objetivo es enviar un mensaje de legitimidad, continuidad del sistema político iraní y poder a su propia población y a todos los chiíes de Oriente Próximo, al extender ese funeral masivo a dos urbes de Irak, donde Teherán espera afianzar el apoyo de sus partidarios en ese país, también de mayoría chií, que considera crucial para sus intereses nacionales.
Ese recado de la República Islámica tiene, por encima de todo, dos destinatarios: sus enemigos, Israel y Estados Unidos. El régimen islámico intercambió este jueves, por segundo día consecutivo, ataques militares con Washington que hacen dudar de la continuidad del frágil alto el fuego que ha pausado la guerra. Teherán acusó a EE UU incluso de haber atacado puentes en la línea de tren que lleva a Mashad.
La complicada organización desplegada en los siete días que ha durado el periplo fúnebre de Jameneí ha demostrado, para empezar, que ese Estado maltrecho —tras 13.000 bombardeos, parte de sus infraestructuras destruidas y con su liderazgo diezmado— sigue funcionando y aún tiene un importante poder de convocatoria y de organización.
Las autoridades iraníes han proporcionado alojamiento en cientos de carpas, comida y transporte a un número aún desconocido, pero sin duda muy elevado, de personas para que asistieran a las ceremonias fúnebres. También han alojado a un centenar de delegaciones extranjeras invitadas al funeral, según el portavoz de Exteriores iraní, Ismaeil Bagaei.
La República Islámica ha buscado, sobre todo, cerrar filas frente a su base de apoyo, galvanizada por lo que el régimen iraní interpreta como una victoria en la guerra contra el coloso militar estadounidense. “La presencia de millones de personas en las exequias demuestra el amplio respaldo popular a los ideales del líder mártir [Jameneí]”, subraya en un mensaje Mohamed Hosein, uno de los ciudadanos que acompañó el féretro de Jameneí desde la capital a Qom, la segunda escala del periplo fúnebre.

Fuerza y represión
El funeral de Jameneí ha tenido sin duda una afluencia multitudinaria y el dato de millones de personas no parece inverosímil a la luz de las imágenes aéreas difundidas por la República Islámica. Ha sido una indudable demostración de fuerza.
Algunos iraníes relativizan lo que las autoridades presentan como un éxito. Shila, una estudiante de Ingenería informática, apunta desde Teherán que “el régimen ha puesto todos sus recursos para que esta ceremonia, cuatro meses después de la muerte de Jameneí, sirviera como una demostración de legitimidad”. Sin embargo, a ojos de esta joven, lo único que ha conseguido es “una mera escenificación”, sobre todo porque en un “contexto de represión, incluso una asistencia millonaria no demuestra un apoyo real”.
El porcentaje de población que apoya al régimen político en Irán se suele calcular sobre la base del respaldo a los candidatos más afines al régimen en unas elecciones controladas por las autoridades. Ese respaldo oscila entre el 15% y el 20% de los electores. Es un apoyo importante, pero minoritario en una población de 90 millones de personas. La República Islámica, recordaba hace poco a este diario Vali Nasr, exasesor del Departamento de Estado de Washington, ha sobrevivido e incluso su ala dura ha salido reforzada de la guerra, pero “no se ha vuelto popular de repente”.
Alireza, un vendedor y técnico informático, también relativiza esa afluencia masiva al funeral. Incluso considera que “al régimen ya le resulta difícil movilizar masivamente a la población”. Luego compara estas exequias con el entierro de Ruholá Jomeiní, el fundador de la República Islámica, celebrado en junio de 1989 y que congregó a más 10 millones de personas. En su afán por conseguir un pedazo de la mortaja de Jomeini como reliquia, una turba incluso sacó el cuerpo del clérigo del ataúd. El cadáver cayó al suelo y tuvo que ser transportado en helicóptero.
“Basta comparar la multitud espontánea de millones de personas que acudió al entierro de Jomeiní con esta ceremonia organizada y pagada por el Estado para darse cuenta de hasta qué punto ha disminuido la popularidad del sistema político iraní”, analiza este hombre.
Como en las jornadas anteriores, una ausencia ha marcado también las exequias: la de Mojtaba Jameneí, el hijo del mandatario fallecido que lo sucedió en la cima de un régimen en el que se da por hecho que su ala dura, encarnada en la Guardia Revolucionaria, ha salido reforzada de la guerra. Su paradero y su estado, tras resultar herido en el bombardeó que mató a su padre, se desconocen.

Los iraníes no olvidan
Mientras los partidarios de la República Islámica despedían en las calles estos días a su líder, otros iraníes recordaban las sucesivas oleadas de represión que marcaron las casi cuatro décadas del largo mandato de Jameneí.
El régimen iraní entró en la guerra en sus horas más bajas precisamente a causa del último de esos intentos de aplastar a quienes aspiran a un cambio político en el país. Fue el que llevó en enero a las autoridades a verter en las calles la sangre de miles de personas que empezaron protestando por la falta de pan —en Irán hay personas que compran el aceite para cocinar a plazos— y terminaron reclamando libertad y clamando “Muerte al dictador” (Jameneí). Más de 7.000 personas murieron entonces, algunas por disparos de armas de guerra como ametralladoras pesadas, según cálculos de la ONG en el exilio HRANA. El régimen iraní reduce esa cifra a algo más de 3.000.
Ese recuerdo, la pura aversión hacia un régimen islámico ultraconservador en el que una población crecientemente secularizada no se reconoce, o el simple descontento de unas clases medias depauperadas, han llevado a muchos iraníes a no participar en las exequias.
Personas como Nasrín, una empleada de una agencia de viajes desempleada por el desplome del turismo, que asegura no haberse “acercado al lugar donde se celebraban las ceremonias” porque no quería que las autoridades la utilizaran para inflar la asistencia a los fastos. Esta mujer, que dice haber sentido de joven “respeto a Jameneí”, explica en un mensaje que su rechazo y el de su familia a participar en el adiós al mandatario “no significa en absoluto” que apoye la guerra desatada por Estados Unidos e Israel.
Las protestas que estallaron en Irán a finales de diciembre —una de las oleadas de manifestaciones más graves que ha vivido el país desde la Revolución Islámica de 1979— fueron “solo la manifestación más visible de un proceso de cambio interno que venía cobrando fuerza”, recuerda en una tribuna publicada en Foreign Policy el exanalista para Irán del ejército israelí Danny Citrinowizc. La guerra, “en lugar de acelerar ese cambio, lo retrasó”, destaca el analista, mientras el magnicidio de Jameneí “brindó al régimen la oportunidad de consolidarse”.
Iraníes como Alireza, el técnico informático, aún confían en que exista un pequeño margen para ese incipiente cambio desde dentro frustrado por los bombardeos: “Ojalá las autoridades intentaran reconciliarse con la sociedad”, asegura este hombre.
Shila, la estudiante de Informática, recuerda que, quizás, lo peor para el régimen islámico vendrá ahora. Su principal amenaza puede no ser Trump, ni Israel, ni la diáspora iraní en el extranjero, sino estar dentro y medrar en el seno de una población hastiada y ahora traumatizada y, si cabe, aún más depauperada por la guerra. Los iraníes, subraya la joven, “no han olvidado las matanzas de enero”.
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