La industria química europea ha elevado el tono. Más de 500 líderes empresariales han reclamado a las instituciones comunitarias medidas urgentes para frenar el deterioro competitivo del tejido industrial, en un momento que el propio sector califica de crítico. El mensaje, lanzado en la Cumbre de la Industria celebrada en Amberes, es inequívoco: Europa debe pasar del diagnóstico a la ejecución si quiere evitar una pérdida estructural de capacidad productiva.Las cifras explican la preocupación. Los cierres de plantas químicas en Europa se han multiplicado por seis desde 2022, con una pérdida acumulada equivalente al 9% de la capacidad productiva comunitaria. La combinación de costes energéticos elevados, presión regulatoria, competencia global y dificultades de inversión está tensionando a una industria que actúa como base de numerosas cadenas de valor.La cuestión es hasta qué punto esta presión está impactando ya en España, donde la química constituye el segundo mayor sector industrial y uno de los principales motores exportadores.Noticia relacionada No No La química computacional hace clic en el mercado Alberto VelázquezEl sector químico español mantiene, por ahora, una posición relativamente más resiliente que otros grandes países europeos. Sin embargo, la industria reconoce que el deterioro competitivo empieza a trasladarse al tejido productivo. Juan Antonio Labat, director general de Feique (Federación Empresarial de la Industria Química Española), lo resume con claridad: hoy el principal riesgo para la competitividad reside en los elevados costes energéticos y del CO₂. «La química es intensiva en energía y en España estos costes siguen situándose por encima de los de otras regiones competidoras. El impacto se concentra especialmente en la química básica, el primer eslabón de numerosas cadenas industriales», recuerda. No es un dato menor: este subsector acumula desde 2020 una caída cercana al 9%, muy vinculada al encarecimiento energético y de los derechos de emisión.Para el sector, la prioridad es clara: asegurar un precio eléctrico industrial mucho más competitivo —incluso por debajo de 40 €/MWh— si se quiere garantizar la viabilidad de las inversiones y evitar deslocalizaciones.El análisis externo refuerza esta preocupación. Desde Roland Berger advierten de que el ajuste que vive la química europea no responde solo al ciclo económico. Según un estudio elaborado por la consultora para el Consejo Europeo de la Industria Química (Cefic), entre 2022 y 2025 los cierres anunciados se han multiplicado por seis, explica Pol Busquets, socio responsable del sector Industrial & Operaciones en Iberia. La aceleración de clausuras coincide, además, con una caída de la inversión, lo que está generando una pérdida neta de capacidad productiva en Europa. Aunque la energía es el factor más visible, no es el único. La debilidad de la demanda explicaría aproximadamente el 19% de los cierres, la sobrecapacidad global un 9% y los factores regulatorios alrededor del 8%. El riesgo, advierten los expertos, es que esta dinámica termine consolidando un desplazamiento del mapa productivo hacia regiones más competitivas.Factor diferencialEl coste de la energía se ha convertido en el principal factor diferencial. Desde la industria energética y química se insiste en que Europa compite en clara desventaja frente a otras regiones. Jaime Martín Juez, director ejecutivo de Refino y Química de Repsol, cuantifica esa brecha: el coste energético en Europa es actualmente 2,5 veces superior al de EE.UU. y cinco veces mayor que en China, lo que supone una barrera significativa para la competitividad industrial. A su juicio, «el momento exige equilibrar tres vectores: seguridad de suministro, asequibilidad y sostenibilidad». También advierte de que «una regulación que no ha tenido suficientemente en cuenta la competitividad, junto con la falta de incentivos para modernizar infraestructuras esenciales, ha debilitado la resiliencia industrial europea».La neutralidad climática del sector en España exigirá invertir unos 65.000 millones hasta 2050Dentro del sector español, la preocupación se concentra especialmente en la química básica. Este segmento —que aporta aproximadamente un tercio de la actividad química— suministra materias primas esenciales a múltiples industrias y actúa como verdadero termómetro de la competitividad. Precisamente por esa posición, es también el más vulnerable a los costes energéticos.Mientras la farmaquímica y la química de consumo muestran una evolución más positiva, la base productiva pesada acusa con mayor intensidad la presión de costes. Desde la patronal insisten en que proteger la química básica no es solo una cuestión sectorial, sino de política industrial: sin ese primer eslabón, se debilita el conjunto de la cadena de valor.El sector químico español mantiene su compromiso con la descarbonización, pero advierte de que el proceso exige condiciones habilitadoras claras. Alcanzar la neutralidad climática de la industria química en España requerirá cerca de 65.000 millones de euros hasta 2050, destinados principalmente al despliegue de nuevas tecnologías y procesos.Ventaja competitivaLa industria insiste en que la transición puede convertirse en una ventaja competitiva, pero solo si se acompaña de instrumentos de apoyo eficaces. Desde Repsol defienden precisamente ese enfoque y sostienen que la descarbonización puede reforzar la posición industrial si se articula con neutralidad tecnológica y visión de cadena de valor. Entre los ejemplos que cita la compañía figuran sus inversiones en combustibles renovables, hidrógeno renovable o la futura Ecoplanta de Tarragona para producir metanol renovable a partir de residuos urbanos.La preocupación del sector va más allá de la producción. La química actúa como industria tractora y su debilitamiento puede generar efectos en cascada. Roland Berger estima que los cierres anunciados en Europa ya afectan a unos 20.000 empleos directos y 89.000 indirectos. En España, la industria sostiene alrededor de un millón de empleos entre directo, indirectos e inducidos, lo que equivale en torno al 7% de la población asalariada del sector privado. Para el sector, el riesgo es doble: pérdida de actividad productiva y aumento de la dependencia exterior en materiales estratégicos.El llamamiento lanzado desde Amberes converge en varias prioridades: reducir de forma estructural los costes energéticos, reforzar la defensa comercial europea, mejorar el acceso a financiación para la descarbonización y avanzar hacia una regulación más ágil.España mantiene activos industriales relevantes —desde el sistema de refino hasta polos químicos consolidados— que le permiten resistir mejor que otros socios europeos. Pero el consenso entre empresas y analistas es claro: la ventana de oportunidad no permanecerá abierta indefinidamente. El mensaje del sector es inequívoco. El diagnóstico ya está hecho. Ahora la industria química europea —y la española en particular— espera que la política industrial pase definitivamente de las palabras a los hechos. La industria química europea ha elevado el tono. Más de 500 líderes empresariales han reclamado a las instituciones comunitarias medidas urgentes para frenar el deterioro competitivo del tejido industrial, en un momento que el propio sector califica de crítico. El mensaje, lanzado en la Cumbre de la Industria celebrada en Amberes, es inequívoco: Europa debe pasar del diagnóstico a la ejecución si quiere evitar una pérdida estructural de capacidad productiva.Las cifras explican la preocupación. Los cierres de plantas químicas en Europa se han multiplicado por seis desde 2022, con una pérdida acumulada equivalente al 9% de la capacidad productiva comunitaria. La combinación de costes energéticos elevados, presión regulatoria, competencia global y dificultades de inversión está tensionando a una industria que actúa como base de numerosas cadenas de valor.La cuestión es hasta qué punto esta presión está impactando ya en España, donde la química constituye el segundo mayor sector industrial y uno de los principales motores exportadores.Noticia relacionada No No La química computacional hace clic en el mercado Alberto VelázquezEl sector químico español mantiene, por ahora, una posición relativamente más resiliente que otros grandes países europeos. Sin embargo, la industria reconoce que el deterioro competitivo empieza a trasladarse al tejido productivo. Juan Antonio Labat, director general de Feique (Federación Empresarial de la Industria Química Española), lo resume con claridad: hoy el principal riesgo para la competitividad reside en los elevados costes energéticos y del CO₂. «La química es intensiva en energía y en España estos costes siguen situándose por encima de los de otras regiones competidoras. El impacto se concentra especialmente en la química básica, el primer eslabón de numerosas cadenas industriales», recuerda. No es un dato menor: este subsector acumula desde 2020 una caída cercana al 9%, muy vinculada al encarecimiento energético y de los derechos de emisión.Para el sector, la prioridad es clara: asegurar un precio eléctrico industrial mucho más competitivo —incluso por debajo de 40 €/MWh— si se quiere garantizar la viabilidad de las inversiones y evitar deslocalizaciones.El análisis externo refuerza esta preocupación. Desde Roland Berger advierten de que el ajuste que vive la química europea no responde solo al ciclo económico. Según un estudio elaborado por la consultora para el Consejo Europeo de la Industria Química (Cefic), entre 2022 y 2025 los cierres anunciados se han multiplicado por seis, explica Pol Busquets, socio responsable del sector Industrial & Operaciones en Iberia. La aceleración de clausuras coincide, además, con una caída de la inversión, lo que está generando una pérdida neta de capacidad productiva en Europa. Aunque la energía es el factor más visible, no es el único. La debilidad de la demanda explicaría aproximadamente el 19% de los cierres, la sobrecapacidad global un 9% y los factores regulatorios alrededor del 8%. El riesgo, advierten los expertos, es que esta dinámica termine consolidando un desplazamiento del mapa productivo hacia regiones más competitivas.Factor diferencialEl coste de la energía se ha convertido en el principal factor diferencial. Desde la industria energética y química se insiste en que Europa compite en clara desventaja frente a otras regiones. Jaime Martín Juez, director ejecutivo de Refino y Química de Repsol, cuantifica esa brecha: el coste energético en Europa es actualmente 2,5 veces superior al de EE.UU. y cinco veces mayor que en China, lo que supone una barrera significativa para la competitividad industrial. A su juicio, «el momento exige equilibrar tres vectores: seguridad de suministro, asequibilidad y sostenibilidad». También advierte de que «una regulación que no ha tenido suficientemente en cuenta la competitividad, junto con la falta de incentivos para modernizar infraestructuras esenciales, ha debilitado la resiliencia industrial europea».La neutralidad climática del sector en España exigirá invertir unos 65.000 millones hasta 2050Dentro del sector español, la preocupación se concentra especialmente en la química básica. Este segmento —que aporta aproximadamente un tercio de la actividad química— suministra materias primas esenciales a múltiples industrias y actúa como verdadero termómetro de la competitividad. Precisamente por esa posición, es también el más vulnerable a los costes energéticos.Mientras la farmaquímica y la química de consumo muestran una evolución más positiva, la base productiva pesada acusa con mayor intensidad la presión de costes. Desde la patronal insisten en que proteger la química básica no es solo una cuestión sectorial, sino de política industrial: sin ese primer eslabón, se debilita el conjunto de la cadena de valor.El sector químico español mantiene su compromiso con la descarbonización, pero advierte de que el proceso exige condiciones habilitadoras claras. Alcanzar la neutralidad climática de la industria química en España requerirá cerca de 65.000 millones de euros hasta 2050, destinados principalmente al despliegue de nuevas tecnologías y procesos.Ventaja competitivaLa industria insiste en que la transición puede convertirse en una ventaja competitiva, pero solo si se acompaña de instrumentos de apoyo eficaces. Desde Repsol defienden precisamente ese enfoque y sostienen que la descarbonización puede reforzar la posición industrial si se articula con neutralidad tecnológica y visión de cadena de valor. Entre los ejemplos que cita la compañía figuran sus inversiones en combustibles renovables, hidrógeno renovable o la futura Ecoplanta de Tarragona para producir metanol renovable a partir de residuos urbanos.La preocupación del sector va más allá de la producción. La química actúa como industria tractora y su debilitamiento puede generar efectos en cascada. Roland Berger estima que los cierres anunciados en Europa ya afectan a unos 20.000 empleos directos y 89.000 indirectos. En España, la industria sostiene alrededor de un millón de empleos entre directo, indirectos e inducidos, lo que equivale en torno al 7% de la población asalariada del sector privado. Para el sector, el riesgo es doble: pérdida de actividad productiva y aumento de la dependencia exterior en materiales estratégicos.El llamamiento lanzado desde Amberes converge en varias prioridades: reducir de forma estructural los costes energéticos, reforzar la defensa comercial europea, mejorar el acceso a financiación para la descarbonización y avanzar hacia una regulación más ágil.España mantiene activos industriales relevantes —desde el sistema de refino hasta polos químicos consolidados— que le permiten resistir mejor que otros socios europeos. Pero el consenso entre empresas y analistas es claro: la ventana de oportunidad no permanecerá abierta indefinidamente. El mensaje del sector es inequívoco. El diagnóstico ya está hecho. Ahora la industria química europea —y la española en particular— espera que la política industrial pase definitivamente de las palabras a los hechos.
La industria química europea ha elevado el tono. Más de 500 líderes empresariales han reclamado a las instituciones comunitarias medidas urgentes para frenar el deterioro competitivo del tejido industrial, en un momento que el propio sector califica de crítico. El mensaje, lanzado en la … Cumbre de la Industria celebrada en Amberes, es inequívoco: Europa debe pasar del diagnóstico a la ejecución si quiere evitar una pérdida estructural de capacidad productiva.
Las cifras explican la preocupación. Los cierres de plantas químicas en Europa se han multiplicado por seis desde 2022, con una pérdida acumulada equivalente al 9% de la capacidad productiva comunitaria. La combinación de costes energéticos elevados, presión regulatoria, competencia global y dificultades de inversión está tensionando a una industria que actúa como base de numerosas cadenas de valor.
La cuestión es hasta qué punto esta presión está impactando ya en España, donde la química constituye el segundo mayor sector industrial y uno de los principales motores exportadores.
El sector químico español mantiene, por ahora, una posición relativamente más resiliente que otros grandes países europeos. Sin embargo, la industria reconoce que el deterioro competitivo empieza a trasladarse al tejido productivo. Juan Antonio Labat, director general de Feique (Federación Empresarial de la Industria Química Española), lo resume con claridad: hoy el principal riesgo para la competitividad reside en los elevados costes energéticos y del CO₂. «La química es intensiva en energía y en España estos costes siguen situándose por encima de los de otras regiones competidoras. El impacto se concentra especialmente en la química básica, el primer eslabón de numerosas cadenas industriales», recuerda. No es un dato menor: este subsector acumula desde 2020 una caída cercana al 9%, muy vinculada al encarecimiento energético y de los derechos de emisión.
Para el sector, la prioridad es clara: asegurar un precio eléctrico industrial mucho más competitivo —incluso por debajo de 40 €/MWh— si se quiere garantizar la viabilidad de las inversiones y evitar deslocalizaciones.
El análisis externo refuerza esta preocupación. Desde Roland Berger advierten de que el ajuste que vive la química europea no responde solo al ciclo económico. Según un estudio elaborado por la consultora para el Consejo Europeo de la Industria Química (Cefic), entre 2022 y 2025 los cierres anunciados se han multiplicado por seis, explica Pol Busquets, socio responsable del sector Industrial & Operaciones en Iberia. La aceleración de clausuras coincide, además, con una caída de la inversión, lo que está generando una pérdida neta de capacidad productiva en Europa. Aunque la energía es el factor más visible, no es el único. La debilidad de la demanda explicaría aproximadamente el 19% de los cierres, la sobrecapacidad global un 9% y los factores regulatorios alrededor del 8%. El riesgo, advierten los expertos, es que esta dinámica termine consolidando un desplazamiento del mapa productivo hacia regiones más competitivas.
Factor diferencial
El coste de la energía se ha convertido en el principal factor diferencial. Desde la industria energética y química se insiste en que Europa compite en clara desventaja frente a otras regiones. Jaime Martín Juez, director ejecutivo de Refino y Química de Repsol, cuantifica esa brecha: el coste energético en Europa es actualmente 2,5 veces superior al de EE.UU. y cinco veces mayor que en China, lo que supone una barrera significativa para la competitividad industrial. A su juicio, «el momento exige equilibrar tres vectores: seguridad de suministro, asequibilidad y sostenibilidad». También advierte de que «una regulación que no ha tenido suficientemente en cuenta la competitividad, junto con la falta de incentivos para modernizar infraestructuras esenciales, ha debilitado la resiliencia industrial europea».
La neutralidad climática del sector en España exigirá invertir unos 65.000 millones hasta 2050
Dentro del sector español, la preocupación se concentra especialmente en la química básica. Este segmento —que aporta aproximadamente un tercio de la actividad química— suministra materias primas esenciales a múltiples industrias y actúa como verdadero termómetro de la competitividad. Precisamente por esa posición, es también el más vulnerable a los costes energéticos.
Mientras la farmaquímica y la química de consumo muestran una evolución más positiva, la base productiva pesada acusa con mayor intensidad la presión de costes. Desde la patronal insisten en que proteger la química básica no es solo una cuestión sectorial, sino de política industrial: sin ese primer eslabón, se debilita el conjunto de la cadena de valor.
El sector químico español mantiene su compromiso con la descarbonización, pero advierte de que el proceso exige condiciones habilitadoras claras. Alcanzar la neutralidad climática de la industria química en España requerirá cerca de 65.000 millones de euros hasta 2050, destinados principalmente al despliegue de nuevas tecnologías y procesos.
Ventaja competitiva
La industria insiste en que la transición puede convertirse en una ventaja competitiva, pero solo si se acompaña de instrumentos de apoyo eficaces. Desde Repsol defienden precisamente ese enfoque y sostienen que la descarbonización puede reforzar la posición industrial si se articula con neutralidad tecnológica y visión de cadena de valor. Entre los ejemplos que cita la compañía figuran sus inversiones en combustibles renovables, hidrógeno renovable o la futura Ecoplanta de Tarragona para producir metanol renovable a partir de residuos urbanos.
La preocupación del sector va más allá de la producción. La química actúa como industria tractora y su debilitamiento puede generar efectos en cascada. Roland Berger estima que los cierres anunciados en Europa ya afectan a unos 20.000 empleos directos y 89.000 indirectos. En España, la industria sostiene alrededor de un millón de empleos entre directo, indirectos e inducidos, lo que equivale en torno al 7% de la población asalariada del sector privado. Para el sector, el riesgo es doble: pérdida de actividad productiva y aumento de la dependencia exterior en materiales estratégicos.
El llamamiento lanzado desde Amberes converge en varias prioridades: reducir de forma estructural los costes energéticos, reforzar la defensa comercial europea, mejorar el acceso a financiación para la descarbonización y avanzar hacia una regulación más ágil.
España mantiene activos industriales relevantes —desde el sistema de refino hasta polos químicos consolidados— que le permiten resistir mejor que otros socios europeos. Pero el consenso entre empresas y analistas es claro: la ventana de oportunidad no permanecerá abierta indefinidamente. El mensaje del sector es inequívoco. El diagnóstico ya está hecho. Ahora la industria química europea —y la española en particular— espera que la política industrial pase definitivamente de las palabras a los hechos.
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