España ha perdido la oportunidad de fabricar los microchips que mueven nuestros teléfonos inteligentes, coches y ordenadores. Sin músculo financiero ni industrial para competir con mega instalaciones de producción masiva –como las que el gigante TSMC tiene en Taiwán o Intel en Estados Unidos, con inversiones multimillonarias–, nuestro emergente ecosistema de semiconductores sigue otra hoja de ruta para abrirse hueco en nuevos nichos de alto valor añadido. La idea es responder a las nuevas demandas que empiezan a surgir, impulsadas por el avance de la inteligencia artificial, los centros de datos, la computación cuántica y sectores críticos como la defensa, el aeroespacial y el vehículo eléctrico.Una industria nacida al amparo del Perte Chip que afronta ahora un punto de inflexión: su horizonte de inversión y ejecución llega hasta el año 2027, es decir que el programa toca a su fin y, si no se garantiza la continuidad de las inversiones en el medio y largo plazo, el futuro del sector podría quedar en el aire.Somos grandes diseñadores de la arquitectura del chip (fabless) pero sin plantas físicas para fabricarlos (foundry). Estamos a la vanguardia europea en el desarrollo de la siguiente generación de circuitos integrados fotónicos. Destacamos en la investigación de nuevos materiales semiconductores que sustituirán a las tradicionales obleas de silicio donde se graban los circuitos. Se trabaja con grafeno, diamante sintético o fosfuro de indio (InP), entre otros. Además hemos impulsado la I+D desde las universidades para favorecer la colaboración público-privada mediante 17 cátedras que también formarán a nuevos profesionales. Contamos con la red ICTS Micronanofabs, un conjunto de salas blancas para diseñar, probar, fabricar y transferir microchips avanzados a nuestras empresas. Capacidades que sirven para posicionar a España como pieza clave dentro del objetivo europeo de captar el 20% del mercado global de semiconductores para 2030 (hoy no llega al 10%).Un error estratégicoEl intento inicial del Gobierno español, a través del Perte Chip, aspiraba atraer a alguno de los grandes actores mundiales para levantar una megafábrica de microchips en el país. Pero la empresa estadounidense de circuitos integrados Broadcom finalmente declinó construir tal instalación en nuestro territorio. Y también Intel, que ya ni siquiera levantará una nueva planta en Europa sino que invertirá 5.000 millones de euros para ampliar la capacidad de producción en su campus de Leixlip (Irlanda). «Intentar atraer este tipo de fábrica era erróneo. Quisimos apostar por lo más avanzado: chips para teléfonos inteligentes, ordenadores… Pero esto no encaja en Europa. Requiere un ecosistema de consumidores y nos faltaba toda la cadena de valor para ese producto final de electrónica avanzada. Estas fábricas necesitan asegurarse que tienen un mercado viable a diez años porque siguen actualizando su tecnología», explica Alfonso Gabarrón, gerente de la Asociación Española de la Industria de Semiconductores (Aesemi).Muy diferente al entorno alemán, un país que lleva décadas desarrollando una industria base de semiconductores con toda la cadena de valor completa. De ahí, que la TSMC esté construyendo en Dresde una planta que, aún así, tampoco va a abordar la tecnología más avanzada sino que producirá chips para automoción y electrodomésticos.20% del mercado global de semiconductores es el objetivo que quiere alcanzar Europa en 2030. Hoy apenas tiene el 10%Nos faltaba demanda local, pero también capacidad financiera para construir esas instalaciones. El Perte Chip, con una asignación inicial de 12.250 millones de euros, se queda corto ante fábricas que requieren sumas multimillonarias. La planta de Dresde se estima que necesitará una inversión de 10.000 millones de euros. Sirva otro ejemplo: las dos plantas de semiconductores avanzados que está construyendo Intel en Arizona costarán 32.000 millones de dólares. «Construir una fábrica de semiconductores de última generación requiere inversiones de decenas de miles de millones de euros, acceso garantizado a energía competitiva, un ecosistema industrial muy especializado y una escala de mercado que hoy se concentra principalmente en Asia y EE.UU. España llegó tarde históricamente a esa carrera y, probablemente, tampoco tenía sentido estratégico replicar modelos como los de TSMC o Samsung. La cuestión relevante no es si podemos fabricar los chips más avanzados del mundo, sino en qué partes de la cadena de valor podemos ser realmente competitivos», dice Ignacio Crespo, socio de Consultoría de KPMG en España.Ante ese panorama, la estrategia nacional se reorientó hacia otras fortalezas con las que cuenta el ecosistema español, alejándose de la producción masiva de chips de silicio y dando respuesta a nuevas demandas. «Florecen proyectos hacia actividades más cercanas a lo que requiere Europa y que se van a necesitar en el futuro», señala Gabarrón.El reto: escalarSe trata de empezar a generar un tejido industrial capaz de crecer. «El reto principal es escalar. España genera tecnología y talento, pero necesita convertir más proyectos tecnológicos en compañías industriales con dimensión internacional. El acceso a financiación, la atracción de talento especializado y la capacidad de industrialización siguen siendo las principales barreras», considera Crespo. «Contamos con capacidad de diseño, que es fundamental para que crezca este tejido, y necesitaremos empresas, startups y talento que fabriquen y den servicio para escalar rápido», coincide Javier Martí Sendra, director del nodo de Valencia y coordinador de la red nacional ICTS Micronanofabs.La apuesta es impulsar proyectos más pequeños pero estratégicos. Uno de esos nichos es el diseño de los chips fotónicos del futuro, que utilizan haces de luz en lugar de electrones. Esto permite transmitir mayor volumen de datos a velocidad ultra rápida, con menor consumo energético, generando menos calor y resultando más estables en entornos críticos. «Los chips fotónicos son una oportunidad para la reindustrialización de España. Es un mercado emergente donde podemos competir. Se necesitarán en sectores que están creciendo mucho como defensa; aeroespacial; para los centros de datos, un mercado que aumenta significativamente por el uso de la inteligencia artificial, y para la computación cuántica, que está avanzando rápidamente y abarca tanto computación, como sensores y comunicaciones seguras», apunta Javier Martí.Startups en operaciónEn la carrera por los chips fotónicos, España no parte desde cero. Ya están operando startups pioneras como VLC Photonics, iPronics, DAS Phonics, Alcyon Photonics, Quside… En Vigo, el proyecto SPARC (ahora Ardora III-V), respaldado por empresas como Indra, han apostado por convertirse en una fundición especializada en semiconductores compuestos que utiliza materiales nuevos, como el fosfuro de indio (InP), para dar vida a los chips fotónicos. Requerirá una inversión de 40 millones de euros. «El capital puede parecer una suma menor, pero esta fábrica va a cubrir una necesidad concreta para todo el sector de defensa de Europa. Es un proyecto pionero en el continente», destaca Gabarrón.12.250 millones de euros era el presupuesto inicial del Perte Chip pero solo se han utilizado poco más de 3.300 millonesEn la Comunidad Valenciana, ha aparecido este mismo año Attypics Photonics, una spin-off de Micronanofab Valencia. Sus futuras instalaciones en Paterna albergarán una sala blanca de 7.000 metros cuadrados. «Será de las más grandes de Europa y solo dedicada a chips fotónicos», concreta Martí. La planta dispondrá de una línea de fabricación de obleas de 300 mm de diámetro, el estándar necesario para escalar a la producción industrial. «Es un ‘lab to fab’, es decir pasará del laboratorio a la fábrica. No va a ser una planta como las de Asia, pero sí que dará el salto para aumentar la capacidad de producción del ecosistema. Y permitirá diseñar, fabricar y ensamblar chip fotónicos para que las empresas los introduzcan en sus productos», explica Javier Martí.Además, para impulsar este tejido empresarial contamos con centros de investigación de referencia como el ICFO (Instituto de Ciencias Fotónicas) de Barcelona; el Instituto de Sistemas Optoelectrónicos y Microtecnología (ISOM), adscrito a la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), y el Centro de Tecnología Nanofotónica de Valencia (NTC), de la Universitat Politècnica de València (UPV). Estos dos últimos, junto al Centro Nacional de Microelectrónica (CNM-CSIC) de la Ciudad Condal, constituyen la red nacional ICTS Micronanofabs. «Somos la semilla para impulsar las actividades del sector de los semiconductores y para aumentar las capacidades de fabricación que hay en España», afirma Javier Martí.La red consta de tres salas blancas para fabricar chips. «En el centro de Valencia fabricamos obleas de 200 mm, que por ahora es la mayor dimensión que se puede producir en el país. Podemos fabricar de 3 a 4 obleas al día, es decir de unos 5.000 a 10.000 chips. Para un centro de datos es poco, pero para determinados sectores es una capacidad de prototipado avanzado. Por ejemplo, para una empresa de defensa o que utilice biosensores fotónicos es suficiente. Con esto podemos ayudar a las startup a que empiecen a desarrollar los primeros productos», asegura Martí.Sala limpia del ICTS Micronanofabs-NTC de la Universitat Politècnica de València.Nuevos materialesOtro de nuestros puntos fuertes es la investigación en nuevos materiales para fabricar las obleas (el disco) donde se graban los circuitos del chip. «Las prestaciones que se piden a la fotónica cada vez van más allá, pero el silicio que se utiliza para microelectrónica se queda limitado. El silicio no ofrece las prestaciones suficientes para las altas velocidades y la capacidad de procesado que necesitan los centros de datos con la IA. Por eso se investigan nuevos materiales», detalla Martí. El grafeno está generando gran actividad en el País Vasco. Graphenea (San Sebastián) ya fabrica y comercializa obleas con este material. La citada SPARC, desde Vigo, trabaja en obleas de fosfuro de indio (InP), Arseniuro de Galio (GaAs) y Nitruro de Galio (GaN). El NTC de Valencia con niobato de litio o titanio de bario. Y en Zaragoza se instalará una fábrica para producir obleas de diamante sintético, un material que se obtendrá de la planta de Diamond Foundry en Trujillo (Cáceres).Necesitamos empresas con capacidad industrial de fabricaciónOtra carta a favor para el desarrollo de este ecosistema ha sido la llegada a Málaga del futuro centro de semiconductores del IME, la primera gran infraestructura que el prestigioso instituto de nanoelectrónica construye fuera de su sede central en Bélgica. Será una gran instalación, con una gran sala blanca donde se diseñarán y probarán las nuevas generaciones de chips.Tenemos otro nicho donde España ha tomado ventaja: en las arquitecturas abiertas RISC-V, una tecnología que será clave para la soberanía europea y no depender de terceros países. Está liderada por el Barcelona Supercomputing Center (BSC-CNS). Diseñar un chip es como construir con piezas de Lego, «se ensamblan bloques, pequeñas piezas, que otros han diseñado y que encajan en lo que se quiere hacer», concreta Gabarrón. Esas piezas son Bloques de Propiedad Intelectual, es decir hay que pagar licencias millonarias por utilizarlos. RISC-V ofrece una biblioteca de bloques abiertos y personalizables. «Se trata de que puedan existir bloques básicos que no sean propiedad de alguien. Hay muchas funcionalidades comunes que se pueden utilizar por todos», añade Javier Martí.Recreación de la planta que Quantyx levantará en Murcia para fabricar chips a prueba de hackers.La soberanía tecnológica también exige proteger los chips frente a ciberataques. Es el objetivo de Quantyx Edge Security que trabaja en chips a prueba de hackers. Así, un coche conectado, un contador inteligente o una red 5G no podrán ser atacados manipulando sus microchips. «Ahora tenemos 30.000 millones de dispositivos conectados en todo el mundo y en 2030 serán 40.000. Son puertas abiertas al hackeo. Los ciberdelincuentes entran por cualquier dispositivo supersencillo, como ocurrió en un casino de Las Vegas que fue hackeado a través de un sensor de temperatura de agua de un acuario», cuenta José Trigueros, presidente de Quantyx Edge Security.La compañía construirá en Murcia una planta con una sala blanca de 1.000 metros cuadrados (ampliable en otros 900) para diseñar, probar y personalizar chips para la automoción, el IoT, los servicios públicos y las infraestructuras críticas. «Serán chips securizados dotados de una identidad digital segura y una criptografía post cuántica para que puedan parar los ataques que sobrevengan en el futuro. Esto resulta vital para infraestructuras y defensa», explica Trigueros. El proyecto contempla una inversión de 40 millones de euros, de los que 19,6 millones son aportados por la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica (SETT). «Esperamos poner la primera piedra este año y estar operativos a finales de 2027», prevé Trigueros.Fin del PerteLa paradoja es que esta eclosión industrial coincide con el fin del Perte Chip, cuya ejecución llega hasta 2027. «El Perte ha desembolsado unos 3.300 millones de euros y el resto del presupuesto se ha transferido al Fondo España Crece gestionado por el ICO, con lo que ese dinero ha perdido la orientación sectorial específica que requería la microelectrónica», denuncia Alfonso Gabarrón.Por eso, el sector reclama mantener la apuesta y la financiación en el largo plazo. «El sector evoluciona tan rápido que la maquinaria de hoy queda desfasada al año siguiente. Para seguir creciendo al mismo ritmo que evoluciona esta actividad no basta con los ingresos de tu propia operativa, necesitamos ir más rápido y eso solo se consigue con fondos públicos», defiende Gabarrón. Desde luego, que el Perte ha dado sus frutos, como considera Crespo. «Ha contribuido a movilizar inversiones -dice-, capacidades científicas y proyectos empresariales. Sin embargo, su impacto debe medirse a largo plazo. La industria requiere horizontes de una o dos décadas». Esperemos que en esa fecha nuestro ecosistema de semiconductores esté consolidado y ya sea una referencia en Europa. España ha perdido la oportunidad de fabricar los microchips que mueven nuestros teléfonos inteligentes, coches y ordenadores. Sin músculo financiero ni industrial para competir con mega instalaciones de producción masiva –como las que el gigante TSMC tiene en Taiwán o Intel en Estados Unidos, con inversiones multimillonarias–, nuestro emergente ecosistema de semiconductores sigue otra hoja de ruta para abrirse hueco en nuevos nichos de alto valor añadido. La idea es responder a las nuevas demandas que empiezan a surgir, impulsadas por el avance de la inteligencia artificial, los centros de datos, la computación cuántica y sectores críticos como la defensa, el aeroespacial y el vehículo eléctrico.Una industria nacida al amparo del Perte Chip que afronta ahora un punto de inflexión: su horizonte de inversión y ejecución llega hasta el año 2027, es decir que el programa toca a su fin y, si no se garantiza la continuidad de las inversiones en el medio y largo plazo, el futuro del sector podría quedar en el aire.Somos grandes diseñadores de la arquitectura del chip (fabless) pero sin plantas físicas para fabricarlos (foundry). Estamos a la vanguardia europea en el desarrollo de la siguiente generación de circuitos integrados fotónicos. Destacamos en la investigación de nuevos materiales semiconductores que sustituirán a las tradicionales obleas de silicio donde se graban los circuitos. Se trabaja con grafeno, diamante sintético o fosfuro de indio (InP), entre otros. Además hemos impulsado la I+D desde las universidades para favorecer la colaboración público-privada mediante 17 cátedras que también formarán a nuevos profesionales. Contamos con la red ICTS Micronanofabs, un conjunto de salas blancas para diseñar, probar, fabricar y transferir microchips avanzados a nuestras empresas. Capacidades que sirven para posicionar a España como pieza clave dentro del objetivo europeo de captar el 20% del mercado global de semiconductores para 2030 (hoy no llega al 10%).Un error estratégicoEl intento inicial del Gobierno español, a través del Perte Chip, aspiraba atraer a alguno de los grandes actores mundiales para levantar una megafábrica de microchips en el país. Pero la empresa estadounidense de circuitos integrados Broadcom finalmente declinó construir tal instalación en nuestro territorio. Y también Intel, que ya ni siquiera levantará una nueva planta en Europa sino que invertirá 5.000 millones de euros para ampliar la capacidad de producción en su campus de Leixlip (Irlanda). «Intentar atraer este tipo de fábrica era erróneo. Quisimos apostar por lo más avanzado: chips para teléfonos inteligentes, ordenadores… Pero esto no encaja en Europa. Requiere un ecosistema de consumidores y nos faltaba toda la cadena de valor para ese producto final de electrónica avanzada. Estas fábricas necesitan asegurarse que tienen un mercado viable a diez años porque siguen actualizando su tecnología», explica Alfonso Gabarrón, gerente de la Asociación Española de la Industria de Semiconductores (Aesemi).Muy diferente al entorno alemán, un país que lleva décadas desarrollando una industria base de semiconductores con toda la cadena de valor completa. De ahí, que la TSMC esté construyendo en Dresde una planta que, aún así, tampoco va a abordar la tecnología más avanzada sino que producirá chips para automoción y electrodomésticos.20% del mercado global de semiconductores es el objetivo que quiere alcanzar Europa en 2030. Hoy apenas tiene el 10%Nos faltaba demanda local, pero también capacidad financiera para construir esas instalaciones. El Perte Chip, con una asignación inicial de 12.250 millones de euros, se queda corto ante fábricas que requieren sumas multimillonarias. La planta de Dresde se estima que necesitará una inversión de 10.000 millones de euros. Sirva otro ejemplo: las dos plantas de semiconductores avanzados que está construyendo Intel en Arizona costarán 32.000 millones de dólares. «Construir una fábrica de semiconductores de última generación requiere inversiones de decenas de miles de millones de euros, acceso garantizado a energía competitiva, un ecosistema industrial muy especializado y una escala de mercado que hoy se concentra principalmente en Asia y EE.UU. España llegó tarde históricamente a esa carrera y, probablemente, tampoco tenía sentido estratégico replicar modelos como los de TSMC o Samsung. La cuestión relevante no es si podemos fabricar los chips más avanzados del mundo, sino en qué partes de la cadena de valor podemos ser realmente competitivos», dice Ignacio Crespo, socio de Consultoría de KPMG en España.Ante ese panorama, la estrategia nacional se reorientó hacia otras fortalezas con las que cuenta el ecosistema español, alejándose de la producción masiva de chips de silicio y dando respuesta a nuevas demandas. «Florecen proyectos hacia actividades más cercanas a lo que requiere Europa y que se van a necesitar en el futuro», señala Gabarrón.El reto: escalarSe trata de empezar a generar un tejido industrial capaz de crecer. «El reto principal es escalar. España genera tecnología y talento, pero necesita convertir más proyectos tecnológicos en compañías industriales con dimensión internacional. El acceso a financiación, la atracción de talento especializado y la capacidad de industrialización siguen siendo las principales barreras», considera Crespo. «Contamos con capacidad de diseño, que es fundamental para que crezca este tejido, y necesitaremos empresas, startups y talento que fabriquen y den servicio para escalar rápido», coincide Javier Martí Sendra, director del nodo de Valencia y coordinador de la red nacional ICTS Micronanofabs.La apuesta es impulsar proyectos más pequeños pero estratégicos. Uno de esos nichos es el diseño de los chips fotónicos del futuro, que utilizan haces de luz en lugar de electrones. Esto permite transmitir mayor volumen de datos a velocidad ultra rápida, con menor consumo energético, generando menos calor y resultando más estables en entornos críticos. «Los chips fotónicos son una oportunidad para la reindustrialización de España. Es un mercado emergente donde podemos competir. Se necesitarán en sectores que están creciendo mucho como defensa; aeroespacial; para los centros de datos, un mercado que aumenta significativamente por el uso de la inteligencia artificial, y para la computación cuántica, que está avanzando rápidamente y abarca tanto computación, como sensores y comunicaciones seguras», apunta Javier Martí.Startups en operaciónEn la carrera por los chips fotónicos, España no parte desde cero. Ya están operando startups pioneras como VLC Photonics, iPronics, DAS Phonics, Alcyon Photonics, Quside… En Vigo, el proyecto SPARC (ahora Ardora III-V), respaldado por empresas como Indra, han apostado por convertirse en una fundición especializada en semiconductores compuestos que utiliza materiales nuevos, como el fosfuro de indio (InP), para dar vida a los chips fotónicos. Requerirá una inversión de 40 millones de euros. «El capital puede parecer una suma menor, pero esta fábrica va a cubrir una necesidad concreta para todo el sector de defensa de Europa. Es un proyecto pionero en el continente», destaca Gabarrón.12.250 millones de euros era el presupuesto inicial del Perte Chip pero solo se han utilizado poco más de 3.300 millonesEn la Comunidad Valenciana, ha aparecido este mismo año Attypics Photonics, una spin-off de Micronanofab Valencia. Sus futuras instalaciones en Paterna albergarán una sala blanca de 7.000 metros cuadrados. «Será de las más grandes de Europa y solo dedicada a chips fotónicos», concreta Martí. La planta dispondrá de una línea de fabricación de obleas de 300 mm de diámetro, el estándar necesario para escalar a la producción industrial. «Es un ‘lab to fab’, es decir pasará del laboratorio a la fábrica. No va a ser una planta como las de Asia, pero sí que dará el salto para aumentar la capacidad de producción del ecosistema. Y permitirá diseñar, fabricar y ensamblar chip fotónicos para que las empresas los introduzcan en sus productos», explica Javier Martí.Además, para impulsar este tejido empresarial contamos con centros de investigación de referencia como el ICFO (Instituto de Ciencias Fotónicas) de Barcelona; el Instituto de Sistemas Optoelectrónicos y Microtecnología (ISOM), adscrito a la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), y el Centro de Tecnología Nanofotónica de Valencia (NTC), de la Universitat Politècnica de València (UPV). Estos dos últimos, junto al Centro Nacional de Microelectrónica (CNM-CSIC) de la Ciudad Condal, constituyen la red nacional ICTS Micronanofabs. «Somos la semilla para impulsar las actividades del sector de los semiconductores y para aumentar las capacidades de fabricación que hay en España», afirma Javier Martí.La red consta de tres salas blancas para fabricar chips. «En el centro de Valencia fabricamos obleas de 200 mm, que por ahora es la mayor dimensión que se puede producir en el país. Podemos fabricar de 3 a 4 obleas al día, es decir de unos 5.000 a 10.000 chips. Para un centro de datos es poco, pero para determinados sectores es una capacidad de prototipado avanzado. Por ejemplo, para una empresa de defensa o que utilice biosensores fotónicos es suficiente. Con esto podemos ayudar a las startup a que empiecen a desarrollar los primeros productos», asegura Martí.Sala limpia del ICTS Micronanofabs-NTC de la Universitat Politècnica de València.Nuevos materialesOtro de nuestros puntos fuertes es la investigación en nuevos materiales para fabricar las obleas (el disco) donde se graban los circuitos del chip. «Las prestaciones que se piden a la fotónica cada vez van más allá, pero el silicio que se utiliza para microelectrónica se queda limitado. El silicio no ofrece las prestaciones suficientes para las altas velocidades y la capacidad de procesado que necesitan los centros de datos con la IA. Por eso se investigan nuevos materiales», detalla Martí. El grafeno está generando gran actividad en el País Vasco. Graphenea (San Sebastián) ya fabrica y comercializa obleas con este material. La citada SPARC, desde Vigo, trabaja en obleas de fosfuro de indio (InP), Arseniuro de Galio (GaAs) y Nitruro de Galio (GaN). El NTC de Valencia con niobato de litio o titanio de bario. Y en Zaragoza se instalará una fábrica para producir obleas de diamante sintético, un material que se obtendrá de la planta de Diamond Foundry en Trujillo (Cáceres).Necesitamos empresas con capacidad industrial de fabricaciónOtra carta a favor para el desarrollo de este ecosistema ha sido la llegada a Málaga del futuro centro de semiconductores del IME, la primera gran infraestructura que el prestigioso instituto de nanoelectrónica construye fuera de su sede central en Bélgica. Será una gran instalación, con una gran sala blanca donde se diseñarán y probarán las nuevas generaciones de chips.Tenemos otro nicho donde España ha tomado ventaja: en las arquitecturas abiertas RISC-V, una tecnología que será clave para la soberanía europea y no depender de terceros países. Está liderada por el Barcelona Supercomputing Center (BSC-CNS). Diseñar un chip es como construir con piezas de Lego, «se ensamblan bloques, pequeñas piezas, que otros han diseñado y que encajan en lo que se quiere hacer», concreta Gabarrón. Esas piezas son Bloques de Propiedad Intelectual, es decir hay que pagar licencias millonarias por utilizarlos. RISC-V ofrece una biblioteca de bloques abiertos y personalizables. «Se trata de que puedan existir bloques básicos que no sean propiedad de alguien. Hay muchas funcionalidades comunes que se pueden utilizar por todos», añade Javier Martí.Recreación de la planta que Quantyx levantará en Murcia para fabricar chips a prueba de hackers.La soberanía tecnológica también exige proteger los chips frente a ciberataques. Es el objetivo de Quantyx Edge Security que trabaja en chips a prueba de hackers. Así, un coche conectado, un contador inteligente o una red 5G no podrán ser atacados manipulando sus microchips. «Ahora tenemos 30.000 millones de dispositivos conectados en todo el mundo y en 2030 serán 40.000. Son puertas abiertas al hackeo. Los ciberdelincuentes entran por cualquier dispositivo supersencillo, como ocurrió en un casino de Las Vegas que fue hackeado a través de un sensor de temperatura de agua de un acuario», cuenta José Trigueros, presidente de Quantyx Edge Security.La compañía construirá en Murcia una planta con una sala blanca de 1.000 metros cuadrados (ampliable en otros 900) para diseñar, probar y personalizar chips para la automoción, el IoT, los servicios públicos y las infraestructuras críticas. «Serán chips securizados dotados de una identidad digital segura y una criptografía post cuántica para que puedan parar los ataques que sobrevengan en el futuro. Esto resulta vital para infraestructuras y defensa», explica Trigueros. El proyecto contempla una inversión de 40 millones de euros, de los que 19,6 millones son aportados por la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica (SETT). «Esperamos poner la primera piedra este año y estar operativos a finales de 2027», prevé Trigueros.Fin del PerteLa paradoja es que esta eclosión industrial coincide con el fin del Perte Chip, cuya ejecución llega hasta 2027. «El Perte ha desembolsado unos 3.300 millones de euros y el resto del presupuesto se ha transferido al Fondo España Crece gestionado por el ICO, con lo que ese dinero ha perdido la orientación sectorial específica que requería la microelectrónica», denuncia Alfonso Gabarrón.Por eso, el sector reclama mantener la apuesta y la financiación en el largo plazo. «El sector evoluciona tan rápido que la maquinaria de hoy queda desfasada al año siguiente. Para seguir creciendo al mismo ritmo que evoluciona esta actividad no basta con los ingresos de tu propia operativa, necesitamos ir más rápido y eso solo se consigue con fondos públicos», defiende Gabarrón. Desde luego, que el Perte ha dado sus frutos, como considera Crespo. «Ha contribuido a movilizar inversiones -dice-, capacidades científicas y proyectos empresariales. Sin embargo, su impacto debe medirse a largo plazo. La industria requiere horizontes de una o dos décadas». Esperemos que en esa fecha nuestro ecosistema de semiconductores esté consolidado y ya sea una referencia en Europa.
España ha perdido la oportunidad de fabricar los microchips que mueven nuestros teléfonos inteligentes, coches y ordenadores. Sin músculo financiero ni industrial para competir con mega instalaciones de producción masiva –como las que el gigante TSMC tiene en Taiwán o Intel en Estados Unidos, con … inversiones multimillonarias–, nuestro emergente ecosistema de semiconductores sigue otra hoja de ruta para abrirse hueco en nuevos nichos de alto valor añadido. La idea es responder a las nuevas demandas que empiezan a surgir, impulsadas por el avance de la inteligencia artificial, los centros de datos, la computación cuántica y sectores críticos como la defensa, el aeroespacial y el vehículo eléctrico.
Una industria nacida al amparo del Perte Chip que afronta ahora un punto de inflexión: su horizonte de inversión y ejecución llega hasta el año 2027, es decir que el programa toca a su fin y, si no se garantiza la continuidad de las inversiones en el medio y largo plazo, el futuro del sector podría quedar en el aire.
Somos grandes diseñadores de la arquitectura del chip (fabless) pero sin plantas físicas para fabricarlos (foundry). Estamos a la vanguardia europea en el desarrollo de la siguiente generación de circuitos integrados fotónicos. Destacamos en la investigación de nuevos materiales semiconductores que sustituirán a las tradicionales obleas de silicio donde se graban los circuitos. Se trabaja con grafeno, diamante sintético o fosfuro de indio (InP), entre otros. Además hemos impulsado la I+D desde las universidades para favorecer la colaboración público-privada mediante 17 cátedras que también formarán a nuevos profesionales. Contamos con la red ICTS Micronanofabs, un conjunto de salas blancas para diseñar, probar, fabricar y transferir microchips avanzados a nuestras empresas. Capacidades que sirven para posicionar a España como pieza clave dentro del objetivo europeo de captar el 20% del mercado global de semiconductores para 2030 (hoy no llega al 10%).
Un error estratégico
El intento inicial del Gobierno español, a través del Perte Chip, aspiraba atraer a alguno de los grandes actores mundiales para levantar una megafábrica de microchips en el país. Pero la empresa estadounidense de circuitos integrados Broadcom finalmente declinó construir tal instalación en nuestro territorio. Y también Intel, que ya ni siquiera levantará una nueva planta en Europa sino que invertirá 5.000 millones de euros para ampliar la capacidad de producción en su campus de Leixlip (Irlanda). «Intentar atraer este tipo de fábrica era erróneo. Quisimos apostar por lo más avanzado: chips para teléfonos inteligentes, ordenadores… Pero esto no encaja en Europa. Requiere un ecosistema de consumidores y nos faltaba toda la cadena de valor para ese producto final de electrónica avanzada. Estas fábricas necesitan asegurarse que tienen un mercado viable a diez años porque siguen actualizando su tecnología», explica Alfonso Gabarrón, gerente de la Asociación Española de la Industria de Semiconductores (Aesemi).
Muy diferente al entorno alemán, un país que lleva décadas desarrollando una industria base de semiconductores con toda la cadena de valor completa. De ahí, que la TSMC esté construyendo en Dresde una planta que, aún así, tampoco va a abordar la tecnología más avanzada sino que producirá chips para automoción y electrodomésticos.
20%
del mercado global de semiconductores es el objetivo que quiere alcanzar Europa en 2030. Hoy apenas tiene el 10%
Nos faltaba demanda local, pero también capacidad financiera para construir esas instalaciones. El Perte Chip, con una asignación inicial de 12.250 millones de euros, se queda corto ante fábricas que requieren sumas multimillonarias. La planta de Dresde se estima que necesitará una inversión de 10.000 millones de euros. Sirva otro ejemplo: las dos plantas de semiconductores avanzados que está construyendo Intel en Arizona costarán 32.000 millones de dólares. «Construir una fábrica de semiconductores de última generación requiere inversiones de decenas de miles de millones de euros, acceso garantizado a energía competitiva, un ecosistema industrial muy especializado y una escala de mercado que hoy se concentra principalmente en Asia y EE.UU. España llegó tarde históricamente a esa carrera y, probablemente, tampoco tenía sentido estratégico replicar modelos como los de TSMC o Samsung. La cuestión relevante no es si podemos fabricar los chips más avanzados del mundo, sino en qué partes de la cadena de valor podemos ser realmente competitivos», dice Ignacio Crespo, socio de Consultoría de KPMG en España.
Ante ese panorama, la estrategia nacional se reorientó hacia otras fortalezas con las que cuenta el ecosistema español, alejándose de la producción masiva de chips de silicio y dando respuesta a nuevas demandas. «Florecen proyectos hacia actividades más cercanas a lo que requiere Europa y que se van a necesitar en el futuro», señala Gabarrón.
El reto: escalar
Se trata de empezar a generar un tejido industrial capaz de crecer. «El reto principal es escalar. España genera tecnología y talento, pero necesita convertir más proyectos tecnológicos en compañías industriales con dimensión internacional. El acceso a financiación, la atracción de talento especializado y la capacidad de industrialización siguen siendo las principales barreras», considera Crespo. «Contamos con capacidad de diseño, que es fundamental para que crezca este tejido, y necesitaremos empresas, startups y talento que fabriquen y den servicio para escalar rápido», coincide Javier Martí Sendra, director del nodo de Valencia y coordinador de la red nacional ICTS Micronanofabs.
La apuesta es impulsar proyectos más pequeños pero estratégicos. Uno de esos nichos es el diseño de los chips fotónicos del futuro, que utilizan haces de luz en lugar de electrones. Esto permite transmitir mayor volumen de datos a velocidad ultra rápida, con menor consumo energético, generando menos calor y resultando más estables en entornos críticos. «Los chips fotónicos son una oportunidad para la reindustrialización de España. Es un mercado emergente donde podemos competir. Se necesitarán en sectores que están creciendo mucho como defensa; aeroespacial; para los centros de datos, un mercado que aumenta significativamente por el uso de la inteligencia artificial, y para la computación cuántica, que está avanzando rápidamente y abarca tanto computación, como sensores y comunicaciones seguras», apunta Javier Martí.
Startups en operación
En la carrera por los chips fotónicos, España no parte desde cero. Ya están operando startups pioneras como VLC Photonics, iPronics, DAS Phonics, Alcyon Photonics, Quside… En Vigo, el proyecto SPARC (ahora Ardora III-V), respaldado por empresas como Indra, han apostado por convertirse en una fundición especializada en semiconductores compuestos que utiliza materiales nuevos, como el fosfuro de indio (InP), para dar vida a los chips fotónicos. Requerirá una inversión de 40 millones de euros. «El capital puede parecer una suma menor, pero esta fábrica va a cubrir una necesidad concreta para todo el sector de defensa de Europa. Es un proyecto pionero en el continente», destaca Gabarrón.
12.250
millones de euros era el presupuesto inicial del Perte Chip pero solo se han utilizado poco más de 3.300 millones
En la Comunidad Valenciana, ha aparecido este mismo año Attypics Photonics, una spin-off de Micronanofab Valencia. Sus futuras instalaciones en Paterna albergarán una sala blanca de 7.000 metros cuadrados. «Será de las más grandes de Europa y solo dedicada a chips fotónicos», concreta Martí. La planta dispondrá de una línea de fabricación de obleas de 300 mm de diámetro, el estándar necesario para escalar a la producción industrial. «Es un ‘lab to fab’, es decir pasará del laboratorio a la fábrica. No va a ser una planta como las de Asia, pero sí que dará el salto para aumentar la capacidad de producción del ecosistema. Y permitirá diseñar, fabricar y ensamblar chip fotónicos para que las empresas los introduzcan en sus productos», explica Javier Martí.
Además, para impulsar este tejido empresarial contamos con centros de investigación de referencia como el ICFO (Instituto de Ciencias Fotónicas) de Barcelona; el Instituto de Sistemas Optoelectrónicos y Microtecnología (ISOM), adscrito a la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), y el Centro de Tecnología Nanofotónica de Valencia (NTC), de la Universitat Politècnica de València (UPV). Estos dos últimos, junto al Centro Nacional de Microelectrónica (CNM-CSIC) de la Ciudad Condal, constituyen la red nacional ICTS Micronanofabs. «Somos la semilla para impulsar las actividades del sector de los semiconductores y para aumentar las capacidades de fabricación que hay en España», afirma Javier Martí.
La red consta de tres salas blancas para fabricar chips. «En el centro de Valencia fabricamos obleas de 200 mm, que por ahora es la mayor dimensión que se puede producir en el país. Podemos fabricar de 3 a 4 obleas al día, es decir de unos 5.000 a 10.000 chips. Para un centro de datos es poco, pero para determinados sectores es una capacidad de prototipado avanzado. Por ejemplo, para una empresa de defensa o que utilice biosensores fotónicos es suficiente. Con esto podemos ayudar a las startup a que empiecen a desarrollar los primeros productos», asegura Martí.

Nuevos materiales
Otro de nuestros puntos fuertes es la investigación en nuevos materiales para fabricar las obleas (el disco) donde se graban los circuitos del chip. «Las prestaciones que se piden a la fotónica cada vez van más allá, pero el silicio que se utiliza para microelectrónica se queda limitado. El silicio no ofrece las prestaciones suficientes para las altas velocidades y la capacidad de procesado que necesitan los centros de datos con la IA. Por eso se investigan nuevos materiales», detalla Martí. El grafeno está generando gran actividad en el País Vasco. Graphenea (San Sebastián) ya fabrica y comercializa obleas con este material. La citada SPARC, desde Vigo, trabaja en obleas de fosfuro de indio (InP), Arseniuro de Galio (GaAs) y Nitruro de Galio (GaN). El NTC de Valencia con niobato de litio o titanio de bario. Y en Zaragoza se instalará una fábrica para producir obleas de diamante sintético, un material que se obtendrá de la planta de Diamond Foundry en Trujillo (Cáceres).
Necesitamos empresas con capacidad industrial de fabricación
Otra carta a favor para el desarrollo de este ecosistema ha sido la llegada a Málaga del futuro centro de semiconductores del IME, la primera gran infraestructura que el prestigioso instituto de nanoelectrónica construye fuera de su sede central en Bélgica. Será una gran instalación, con una gran sala blanca donde se diseñarán y probarán las nuevas generaciones de chips.
Tenemos otro nicho donde España ha tomado ventaja: en las arquitecturas abiertas RISC-V, una tecnología que será clave para la soberanía europea y no depender de terceros países. Está liderada por el Barcelona Supercomputing Center (BSC-CNS). Diseñar un chip es como construir con piezas de Lego, «se ensamblan bloques, pequeñas piezas, que otros han diseñado y que encajan en lo que se quiere hacer», concreta Gabarrón. Esas piezas son Bloques de Propiedad Intelectual, es decir hay que pagar licencias millonarias por utilizarlos. RISC-V ofrece una biblioteca de bloques abiertos y personalizables. «Se trata de que puedan existir bloques básicos que no sean propiedad de alguien. Hay muchas funcionalidades comunes que se pueden utilizar por todos», añade Javier Martí.

La soberanía tecnológica también exige proteger los chips frente a ciberataques. Es el objetivo de Quantyx Edge Security que trabaja en chips a prueba de hackers. Así, un coche conectado, un contador inteligente o una red 5G no podrán ser atacados manipulando sus microchips. «Ahora tenemos 30.000 millones de dispositivos conectados en todo el mundo y en 2030 serán 40.000. Son puertas abiertas al hackeo. Los ciberdelincuentes entran por cualquier dispositivo supersencillo, como ocurrió en un casino de Las Vegas que fue hackeado a través de un sensor de temperatura de agua de un acuario», cuenta José Trigueros, presidente de Quantyx Edge Security.
La compañía construirá en Murcia una planta con una sala blanca de 1.000 metros cuadrados (ampliable en otros 900) para diseñar, probar y personalizar chips para la automoción, el IoT, los servicios públicos y las infraestructuras críticas. «Serán chips securizados dotados de una identidad digital segura y una criptografía post cuántica para que puedan parar los ataques que sobrevengan en el futuro. Esto resulta vital para infraestructuras y defensa», explica Trigueros. El proyecto contempla una inversión de 40 millones de euros, de los que 19,6 millones son aportados por la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica (SETT). «Esperamos poner la primera piedra este año y estar operativos a finales de 2027», prevé Trigueros.
Fin del Perte
La paradoja es que esta eclosión industrial coincide con el fin del Perte Chip, cuya ejecución llega hasta 2027. «El Perte ha desembolsado unos 3.300 millones de euros y el resto del presupuesto se ha transferido al Fondo España Crece gestionado por el ICO, con lo que ese dinero ha perdido la orientación sectorial específica que requería la microelectrónica», denuncia Alfonso Gabarrón.
Por eso, el sector reclama mantener la apuesta y la financiación en el largo plazo. «El sector evoluciona tan rápido que la maquinaria de hoy queda desfasada al año siguiente. Para seguir creciendo al mismo ritmo que evoluciona esta actividad no basta con los ingresos de tu propia operativa, necesitamos ir más rápido y eso solo se consigue con fondos públicos», defiende Gabarrón. Desde luego, que el Perte ha dado sus frutos, como considera Crespo. «Ha contribuido a movilizar inversiones -dice-, capacidades científicas y proyectos empresariales. Sin embargo, su impacto debe medirse a largo plazo. La industria requiere horizontes de una o dos décadas». Esperemos que en esa fecha nuestro ecosistema de semiconductores esté consolidado y ya sea una referencia en Europa.
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