
Flávio Nantes Bolsonaro, de 45 años, se define como “senador, abogado, cristiano”. El candidato más votado en primera vuelta se vende como el más moderado de los Bolsonaro, el clan que le ha confiado la misión de regresar al poder en Brasil. Cierto que no exhibe la abierta nostalgia de la dictadura militar mostrada por su padre. Ni despliega la agresividad, el machismo ni el racismo con los que este ganó notoriedad. El hijo mayor de Jair Messias Bolsonaro, candidato del Partido Liberal (PL), quizá sea el menos radical de la familia, pero el cuarto de siglo que lleva en política y su agenda dejan clara la impronta del patriarca, la luz que guía cada uno de sus pasos desde niño. Quizá les distinguen las formas, pero no la sustancia.
El senador de 45 años, que se presenta como el moderado del clan, amenaza la reelección de Lula en Brasil pese a estar bajo investigación por corrupción
Flávio Nantes Bolsonaro, de 45 años, se define como “senador, abogado, cristiano”. El candidato más votado en primera vuelta se vende como el más moderado de los Bolsonaro, el clan que le ha confiado la misión de regresar al poder en Brasil. Cierto que no exhibe la abierta nostalgia de la dictadura militar mostrada por su padre. Ni despliega la agresividad, el machismo ni el racismo con los que este ganó notoriedad. El hijo mayor de Jair Messias Bolsonaro, candidato del Partido Liberal (PL), quizá sea el menos radical de la familia, pero el cuarto de siglo que lleva en política y su agenda dejan clara la impronta del patriarca, la luz que guía cada uno de sus pasos desde niño. Quizá les distinguen las formas, pero no la sustancia.
El candidato del Partido Liberal logra 47% de los votos, frente al 45% de Luiz Inácio Lula da Silva, con el 99% escrutado.
El resultado obtenido por Bolsonaro es mucho más favorable que el que le daban las encuestas y muestra que no le han afectado los escándalos que ha protagonizado en campaña: está investigado por corrupción en un fraude millonario, un audio le pilló en una mentira flagrante y Michelle Bolsonaro, la tercera esposa de su padre, lo enfrentó públicamente con un vídeo denuncia y abrió una guerra familiar al mejor estilo de la serie Succession. Desde hace años lo persiguen también sus lazos con un policía al que condecoró y que luego se recicló en un asesino a sueldo que se llevó sus secretos a la tumba.

Hijo de Jair y de su primera esposa, Rogéria, Flávio nació en Resende, la ciudad a medio camino entre Río y São Paulo donde se ubica la academia de los oficiales de Ejército. Allí vivió la familia antes de mudarse a Río de Janeiro, su cuna política. Aunque, como tantos chavales, soñó con ser futbolista profesional y estudió Derecho, antes de terminar la carrera ya trabajaba como asesor parlamentario en Brasilia. A los 21 años, entró en política, el negocio familiar que Jair Bolsonaro se buscó al dejar el Ejército.
Jair fue repartiendo a sus hijos por distintos niveles del Poder Legislativo con visión estratégica. Nacía la franquicia política que fagocitó a la derecha tradicional brasileña y desde hace casi una década le disputa el poder al Partido de los Trabajadores, la máquina política más aceitada de Brasil. Dieciséis años ejerció Flávio como diputado en la Cámara estatal de Río de Janeiro (2003-2018) hasta que, con la ola de rabia antipolítica que encumbró a su padre, él también aterrizó en Brasilia, en el Senado.
Conocido por sus compatriotas como Flávio a secas, su padre, que se lía con los nombres, ha puesto a sus hijos apodos con sabor militar. El mayor, Flávio, es Cero Uno, y sus hermanos son Cero Dos, Cero Tres… El candidato Bolsonaro no reniega del expediente golpista de su padre, condenado a 27 años de prisión; lo considera un perseguido político. Si gana, ha anunciado que lo primero que hará será impulsar una amnistía para que los condenados por el intento de golpe de 2023, con el expresidente a la cabeza, recuperen la libertad. Una vez más, un Bolsonaro emulando a Donald Trump.

El aspirante a presidente vive con su esposa, Fernanda, dentista, y sus dos hijas adolescentes, en un chalé en Brasilia cuya compra fue polémica porque la pagó con dinero en efectivo. “No es casualidad que seas un Bolsonaro moderado. Yo lo reeduqué”, decía su mujer entre risas cómplices en un anuncio electoral. El candidato ha multiplicado los guiños en campaña a las brasileñas, consciente del enorme rechazo que los Bolsonaro generan en el electorado femenino, que es mayor y más indeciso que el masculino. A diferencia de su padre, católico, los hermanos Bolsonaro se consideran como evangélicos.
El siempre desconfiado patriarca lo impuso como candidato pese a que otros nombres generaban más entusiasmo entre sus fieles, la derecha y las élites. Antepuso la supervivencia de la marca familiar a las perspectivas electorales, al principio dudosas. Para sorpresa general, Flávio Bolsonaro pronto empezó a subir en las encuestas hasta amenazar seriamente la reelección del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Ha heredado todo el capital político paterno y atraído el voto de los muchos que detestan a Lula por encima de cualquier otra consideración.
Desde hace meses, el ultraderechista viaja por todo el país, protegido siempre por un chaleco antibalas por debajo de la camiseta. En sus mítines, evocación constante a su padre y a Dios, promesas de bajar impuestos, reducir el Estado al mínimo, megacárceles y otras recetas de Bukele para combatir el “narcoterrorismo” y el crimen organizado. Si vence, viajará a Israel y Brasil se unirá rápidamente a la alianza diplomático-militar americana que Trump impulsa.






En estos meses, Bolsonaro hijo ha viajado al extranjero para trabajar las alianzas internacionales, un asunto que gestiona su hermano Eduardo, instalado en Estados Unidos y condenado en Brasil por obstaculizar el juicio a su padre. Flávio logró que lo recibiera Trump en el Despacho Oval en mayo, poco después de que Lula hubiera estado allí. También visitó a Netanyahu en Jerusalén, lanzó su campaña electoral junto al argentino Javier Milei, acudió a la toma de posesión de Kast en Chile. Y por el camino, aprendió inglés.
A Flávio lo persigue la sombra de tener amistades peligrosas y protagonizar corruptelas varias desde sus tiempos de diputado estatal en Río. Ahora mismo está bajo investigación por corrupción y blanqueo de dinero después de pedir millones de dólares (para un filme biográfico sobre Jair Bolsonaro) a un banquero bajo sospecha que resultó ser el supuesto cerebro del escándalo de corrupción del momento en Brasil, el banco Master.
El candidato derechista negó conocer al banquero en cuestión hasta que un audio en el que hablaba con él en tono de colega —hermano, le llama—, publicado en mayo por Intercept Brasil, puso en evidencia la mentira. Flávio tuvo que admitir que se reunieron y que el banquero puso 12 millones de dólares para una película de factura hollywoodiense y rodada en inglés con el protagonista de La pasión de Cristo, Jim Caviezel, en el papel del patriarca. Flávio niega cualquier ilicitud mientras el filme sigue pendiente de estreno.
Otro caso que le salpica daría para un thriller. Los Bolsonaro se labraron su carrera política defendiendo desde sus escaños los intereses de soldados y policías con demandas de subidas salariales y con un discurso que a menudo avala combatir la violencia con violencia, como refleja el popular refrán Bandido bom é bandido morto (el criminal bueno es el criminal muerto). En 2005, Flávio fue a la cárcel a condecorar a un policía militar acusado de asesinato, Adriano de Nóbrega. Con el tiempo, Nóbrega saltó a la fama como asesino por encargo y jefe de una banda de lo que aquí, en Brasil, denominan milicianos (paramilitares) antes de morir abatido en una operación policial. Uno de esos casos que retratan los hediondos bajos fondos cariocas.

Flávio sostiene que cuando le impuso la mayor distinción de Río, la medalla Tiradentes, Nóbrega no estaba mezclado con el crimen. Pero el caso tiene otra derivada supuestamente delictiva. Durante años, la madre y la esposa del policía-sicario trabajaron en el gabinete parlamentario de Flávio Bolsonaro y, según investigaciones judiciales, eran empleadas fantasma, de las que no trabajan y devuelven al político de turno buena parte del salario. Rachadinha llaman en Brasil a esta práctica extendida que, según el podcast No Alvo, el clan Bolsonaro usó durante décadas y cuya gestión el patriarca encargó a Flávio. Aunque el primogénito ha estado en el punto de mira de investigaciones oficiales en múltiples ocasiones, estas han acabado aparcadas por uno u otro motivo y nunca se ha sentado en el banquillo.
Los Bolsonaro intentaron que el patriarca estuviera presente en sus mítines gracias a un Jair creado por inteligencia artificial, pero las autoridades electorales lo impidieron. El anterior mandatario es una especie de fantasma que sobrevuela la campaña junto a los favoritos. Permanece preso en el hogar familiar con prohibición de usar el celular o redes sociales mientras, de la mano de su heredero político, acaricia el regreso del clan al poder y la libertad.
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