
El otoño no es solo tonos ocres, bosques de hojas que caen y pueblos de interior. Provincias como Granada tienen mucho que decir en esta estación: ofrecen vidilla urbana, una sierra que empieza a cubrirse de blanco, paisajes desérticos y cuasilunares, pueblos blancos y una costa en la que todavía apetece sentarse frente al mar. Estos días, además, la temperatura se templa y alcanza el punto idóneo para una visita: ni el calorazo del verano ni el frío intenso de los meses que se vienen encima. Y todo cerca, a distancias asequibles desde casi cualquier punto del país.
Montaña, desierto, pueblos blancos, tapas y Mediterráneo. Granada demuestra que su atractivo es atemporal. O eterno. Y que el otoño representa la estación perfecta para visitar esta tierra
El otoño no es solo tonos ocres, bosques de hojas que caen y pueblos de interior. Provincias como Granada tienen mucho que decir en esta estación: ofrecen vidilla urbana, una sierra que empieza a cubrirse de blanco, paisajes desérticos y cuasilunares, pueblos blancos y una costa en la que todavía apetece sentarse frente al mar. Estos días, además, la temperatura se templa y alcanza el punto idóneo para una visita: ni el calorazo del verano ni el frío intenso de los meses que se vienen encima. Y todo cerca, a distancias asequibles desde casi cualquier punto del país.
El punto de partida suele ser la capital. Son imprescindibles la Alhambra y el Generalife, pero Granada tiene otros hitos que conviene conocer. Uno de ellos es El Albaicín, con sus callejuelas y miradores, el Sacromonte y sus emblemáticas cuevas, la catedral o la Capilla Real. Siglos de historia en apenas unas horas de intrincado callejeo.
Una de las mejores formas de entender la ciudad aparece aquí, en El Albaicín, pero también en el resto de la ciudad: el paseo sin prisa y la tapa posterior, una tradición gastronómica sencilla de disfrutar. Basta con pedir una bebida y acompañarla con alguna delicia local, una experiencia que acerca al turista a la cotidianidad de la urbe.
La Granada más contemporánea también está a tiro de paseo: una ciudad universitaria, con decenas de miles de estudiantes, bares a rebosar y una escena musical que lleva décadas alimentando el rock, el pop y el indie español. A eso se suma una programación cultural que cuenta con lugares históricos como el Palacio de Carlos V o los jardines del Generalife como escenarios únicos y singulares.
De la historia al desierto y la sierra
El norte esconde una de las sorpresas menos conocidas de la comarca. Es el Geoparque de Granada, un paraje compuesto de badlands, cárcavas y formaciones de tonos rojizos atípico en Andalucía. Aquí queda claro que Granada es poliédrica y no responde a una sola imagen. Además del desierto hay cuevas habitadas, yacimientos arqueológicos, pueblos construidos aprovechando la tierra y uno de los cielos más propicios para observar estrellas. En Gorafe, por ejemplo, se puede coger un 4×4 o un globo para ver a vista de pájaro este territorio de aire lunar.
La historia envuelve el propio Gorafe y sus dólmenes, así como los cercanos yacimientos de Orce y Galera o el patrimonio de Guadix y Baza, que explican la larga ocupación humana de esta zona. Incluso se pueden contemplar viviendas trogloditas, que lejos de ser una curiosidad turística se inscriben en la tradición constructiva de esta tierra.
Para los amantes de la montaña, y al contrario de lo que se puede pensar, Sierra Nevada aguarda para demostrar que no es solo invierno: es otoño, y mucho. Sus cumbres superan los 3.000 metros y, cuando llega la nieve, la estación de esquí se convierte en uno de los grandes atractivos de la provincia, sí. Pero durante los meses de otoño la montaña ofrece rutas y paseos para distintos niveles. Hay recorridos exigentes para quienes buscan alta montaña y alternativas más asequibles, como la ruta de Los Cahorros de Monachil. Un paisaje, menos blanco y más marrón, que va cambiando con la altitud: bosques, barrancos, lagunas, cumbres…
Estos meses, en Granada, el clima alcanza el equilibrio justo. Es una etapa idónea para relajarse en la Costa Tropical: 73 kilómetros de litoral al que se asoman pueblos como Almuñécar, Salobreña, Motril, La Herradura, Calahonda o Castell de Ferro.
En la vertiente sur de Sierra Nevada está la Alpujarra, con sus pueblos blancos, sus acequias, sus bancales y una arquitectura de herencia andalusí. Un lugar por el que apetece andar sin demasiado rumba. Pampaneira, Bubión y Capileira son algunas de las localidades más conocidas. Aquí hay que aparcar, dar una vuelta por el pueblo y sentarse a comer: Jamón de Trevélez, productos de la huerta, dulces tradicionales…
Mediterráneo, también en otoño
El clima en otoño, en Granada, alcanza el equilibrio justo. Por ello esta estación es idónea para relajarse en la Costa Tropical, 73 kilómetros de litoral en los que se distribuyen pueblos como Almuñécar, Salobreña, Motril, La Herradura, Calahonda o Castell de Ferro. En todos ellos hay calas, acantilados y actividades náuticas, además de una particular gastronomía, de nuevo marcada por el clima, con alimentos como la chirimoya, el mango, el aguacate y otras frutas más propias del trópico. Y en la pura costa, recomendables y poco conocidos pescados y mariscos locales.
Para terminar, si buscas una foto fácil de recordar, conviene acudir a las casas blancas de Salobreña, frente al Mediterráneo, y el castillo que domina el conjunto. Y conviene, aquí también, comer: la quisquilla de Motril, el pulpo seco, unos espetos… Argumentos suficientes para alargar la sobremesa.
Granada, en otoño, no obliga a elegir entre ciudad, montaña, desierto o playa. Se pueden combinar todos esos paisajes en una misma escapada. Y descubrir todas las caras de esta provincia es motivo más que suficiente para visitarla.
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