Cuando Gregorio Samsa despierta convertido en alimaña en La metamorfosis, el lector experimenta algo más que la descripción de un insecto: experimenta angustia. Esa distancia entre describir y sentir es el eje del debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial y el empleo. El lenguaje con el que representamos el mundo –y nuestras emociones– es una tecnología cognitiva desarrollada durante milenios para ordenar la realidad, transmitir conocimiento y coordinar acciones. Gracias a ese sistema estructurado de signos hemos construido instituciones, ciencia, derecho y cultura. La IA ha aprendido a operar en ese terreno con una potencia combinatoria extraordinaria . Habla y escribe porque combina los patrones que ha identificado en nuestros textos, imágenes y conversaciones.En términos económicos, esto tiene consecuencias evidentes. Si el lenguaje es la herramienta básica de abogados, periodistas, analistas financieros, programadores o consultores, una máquina capaz de replicar –y acelerar– esa combinatoria amenaza con desplazar tareas que hasta hace poco parecían inmunes a la automatización. Informes recientes del FMI y del Banco de España advierten de que hasta un 40% del empleo en economías avanzadas está expuesto a sistemas de IA generativa. No se trata ya de robots industriales, sino de algoritmos que redactan contratos, informes o campañas publicitarias.Noticia Relacionada Ajuste de cuentas opinion Si El profesional asediado: la IA y el juicio experto John Müller La inteligencia artificial no reemplaza a las profesiones liberales, pero está minando las condiciones que las legitimabanSin embargo, conviene no confundir representación con experiencia. La IA puede apropiarse de nuestras descripciones del dolor, de la compasión o de la solidaridad; puede reproducirlas con verosimilitud. Pero no siente. Cuando reconoce un perro, identifica patrones visuales; no conoce la esencia del animal ni ha tenido la vivencia de acariciarlo. Puede imitar el relato de una pérdida, pero no conoce el duelo. Esa diferencia, aparentemente filosófica, tiene implicaciones laborales y generacionales. Quienes han acumulado experiencia vital –años de trabajo, fracasos, crisis económicas, cambios políticos– poseen un capital que no está íntegramente codificado en datos. La experiencia directa o el haber aprendido de un humano (maestro, mentor) permite discernir matices, detectar incoherencias, interpretar contextos históricos. En cambio, las generaciones más jóvenes corren el riesgo de obtener gran parte de su aprendizaje en relatos vicarios, desvinculados de la experiencia real.La amenaza no es la destrucción de empleo, sino la degradación del criterio. Si la producción de textos, imágenes y discursos queda dominada por sistemas que recombinan sin vivir, la sociedad puede acostumbrarse a una cultura cada vez más sintética. La ventaja competitiva, entonces, no será solo técnica, sino experiencial. La política pública debería orientarse menos a frenar la innovación y más a reforzar aquello que la máquina no puede replicar: educación humanística sólida, pensamiento crítico, responsabilidad profesional y experiencia acumulada. La IA dominará el lenguaje; la cuestión es si nosotros seguiremos dominando el sentido. jmuller@abc.es Cuando Gregorio Samsa despierta convertido en alimaña en La metamorfosis, el lector experimenta algo más que la descripción de un insecto: experimenta angustia. Esa distancia entre describir y sentir es el eje del debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial y el empleo. El lenguaje con el que representamos el mundo –y nuestras emociones– es una tecnología cognitiva desarrollada durante milenios para ordenar la realidad, transmitir conocimiento y coordinar acciones. Gracias a ese sistema estructurado de signos hemos construido instituciones, ciencia, derecho y cultura. La IA ha aprendido a operar en ese terreno con una potencia combinatoria extraordinaria . Habla y escribe porque combina los patrones que ha identificado en nuestros textos, imágenes y conversaciones.En términos económicos, esto tiene consecuencias evidentes. Si el lenguaje es la herramienta básica de abogados, periodistas, analistas financieros, programadores o consultores, una máquina capaz de replicar –y acelerar– esa combinatoria amenaza con desplazar tareas que hasta hace poco parecían inmunes a la automatización. Informes recientes del FMI y del Banco de España advierten de que hasta un 40% del empleo en economías avanzadas está expuesto a sistemas de IA generativa. No se trata ya de robots industriales, sino de algoritmos que redactan contratos, informes o campañas publicitarias.Noticia Relacionada Ajuste de cuentas opinion Si El profesional asediado: la IA y el juicio experto John Müller La inteligencia artificial no reemplaza a las profesiones liberales, pero está minando las condiciones que las legitimabanSin embargo, conviene no confundir representación con experiencia. La IA puede apropiarse de nuestras descripciones del dolor, de la compasión o de la solidaridad; puede reproducirlas con verosimilitud. Pero no siente. Cuando reconoce un perro, identifica patrones visuales; no conoce la esencia del animal ni ha tenido la vivencia de acariciarlo. Puede imitar el relato de una pérdida, pero no conoce el duelo. Esa diferencia, aparentemente filosófica, tiene implicaciones laborales y generacionales. Quienes han acumulado experiencia vital –años de trabajo, fracasos, crisis económicas, cambios políticos– poseen un capital que no está íntegramente codificado en datos. La experiencia directa o el haber aprendido de un humano (maestro, mentor) permite discernir matices, detectar incoherencias, interpretar contextos históricos. En cambio, las generaciones más jóvenes corren el riesgo de obtener gran parte de su aprendizaje en relatos vicarios, desvinculados de la experiencia real.La amenaza no es la destrucción de empleo, sino la degradación del criterio. Si la producción de textos, imágenes y discursos queda dominada por sistemas que recombinan sin vivir, la sociedad puede acostumbrarse a una cultura cada vez más sintética. La ventaja competitiva, entonces, no será solo técnica, sino experiencial. La política pública debería orientarse menos a frenar la innovación y más a reforzar aquello que la máquina no puede replicar: educación humanística sólida, pensamiento crítico, responsabilidad profesional y experiencia acumulada. La IA dominará el lenguaje; la cuestión es si nosotros seguiremos dominando el sentido. jmuller@abc.es
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