Cuando Haifa oyó los disparos, supo que tenía que huir, “sin tiempo para pensar, solo para echar a correr y hacerlo rápido, con el fin de salvar la vida de sus hijos”, narra por videollamada desde Yemen Akhil Iyer, responsable del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Con su prole de siete niños, de entre uno y 11 años, esta yemení dejó atrás su casa en la costa del mar Rojo, uno de los escenarios de la guerra ahora reactivada entre la milicia hutí y el Gobierno internacionalmente reconocido de Yemen. Ese conflicto está empujando a la catástrofe a una población de unos 40 millones de personas, de las que 22 millones necesitaban ya antes ayuda humanitaria para sobrevivir. En un mundo con tan graves crisis humanas -como las de Gaza y Sudán- es difícil decidir cuál es la peor. El representante de Unicef sí tiene claro que la de Yemen es “la más olvidada” de todas.
La mitad de los 200.000 desplazados por los combates son menores. La población teme a los hutíes por su carácter represivo
Cuando Haifa oyó los disparos, supo que tenía que huir, “sin tiempo para pensar, solo para echar a correr y hacerlo rápido, con el fin de salvar la vida de sus hijos”, narra por videollamada desde Yemen Akhil Iyer, responsable del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Con su prole de siete niños, de entre uno y 11 años, esta yemení dejó atrás su casa en la costa del mar Rojo, uno de los escenarios de la guerra ahora reactivada entre la milicia hutí y el Gobierno internacionalmente reconocido de Yemen. Ese conflicto está empujando a la catástrofe a una población de unos 40 millones de personas, de las que 22 millones necesitaban ya antes ayuda humanitaria para sobrevivir. En un mundo con tan graves crisis humanas -como las de Gaza y Sudán- es difícil decidir cuál es la peor. El representante de Unicef sí tiene claro que la de Yemen es “la más olvidada” de todas.
Haifa, sus hijos y su marido viven ahora en una tienda de campaña, con un “calor extremo” y dependiendo de la asistencia humanitaria para comer, en el campo de desplazados de Al Firdous, cerca de Adén, explica el trabajador de Naciones Unidas. Esas instalaciones albergan a familias de zonas que, o bien ya estaban bajo control de la milicia hutí, como Al Hodeida, o bien fueron tomadas por los insurgentes gracias a la ofensiva que les permitió apoderarse de la ciudad de Moca y proclamar en septiembre su control del estrecho de Bab El Mandeb, la puerta meridional al mar Rojo, emulando así el bloqueo de otro estrecho crucial, el de Ormuz, ejecutado por su aliado, Irán. Las fuerzas gubernamentales yemeníes aseguraron días después haber recuperado ese territorio con apoyo aéreo de Arabia Saudí.
Las consecuencias de esas escaramuzas militares se reflejan en unas cifras inapelables, pero que a menudo no ponen rostro a quién está detrás, recuerda Iyer. Como Haifa. O Toha, un niño desplazado y malnutrido de cuatro años cuyo mayor deseo es “volver a la escuela”, recuerda el representante de Unicef.
De los al menos 200.000 desplazados por la ofensiva hutí -una milicia más temida que otros grupos armados locales debido a su brutalidad- 100.000 son menores, según Unicef. La guerra reactivada en verano amenaza con torcer aún más el destino de una infancia que ya era muy vulnerable. En ese país cuya media de edad es de unos 19 años (en España supera los 45), según el Banco Mundial, más de dos millones de niños menores de cinco años sufrían desnutrición aguda incluso antes de la reanudación del conflicto, recuerda Iyer. De ellos, medio millón padecían la forma más grave, la desnutrición aguda, que puede causar graves secuelas e incluso la muerte.
A la agencia de la infancia de la ONU le consta además que al menos 28 menores han muerto en los combates. Saben, advierte su representante en Yemen, que esa cifra es la punta del iceberg. Las organizaciones humanitarias apenas tienen información de la zona bajo control de los hutíes, un tercio del país que concentra a más del 70% de la población. Las agencias de la ONU se vieron obligadas a suspender allí su trabajo después de que los insurgentes secuestraran a miembros de su personal que aún no han sido liberados. Un centenar de trabajadores humanitarios yemeníes están retenidos por los hutíes. 73 son empleados de Naciones Unidas.
La cifra de muertos seguramente aumentará, sobre todo por el elevado número de heridos de los que se va teniendo noticias con cuentagotas. Un comunicado divulgado este miércoles por la Cruz Roja advierte de que los centros de salud cerca de los frentes de la costa del mar Rojo, la ciudad asediada por los hutíes de Taiz y Maarib, donde se encuentran los principales campos de petróleo y gas yemeníes, están recibiendo un número “sin precedentes” de heridos por armas de fuego: hasta 700 en una sola semana en algunos de esos centros.

La guerra civil de Yemen, que estalló en 2014 después de que los hutíes tomaran la capital, Saná, llevaba desde 2022 pausada por una frágil tregua que detuvo los combates entre esos insurgentes, inicialmente un movimiento que buscaba el renacimiento de la rama zaidí del chiísmo, y las fuerzas del Gobierno reconocido internacionalmente, respaldadas por una coalición militar liderada por Arabia Saudí. El 13 de julio, el bombardeo de la pista del aeropuerto de Saná por parte de esas fuerzas gubernamentales para frustrar el aterrizaje de un avión iraní que transportaba a una delegación hutí, rompió el alto el fuego y desencadenó la ofensiva de los rebeldes.
En Yemen, recuerda Leyla Hamad Zahonero, investigadora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC), todos los bandos han cometido graves violaciones de derechos humanos, pero la población recela especialmente de los hutíes por su ”carácter represivo». Esta experta, que vivió varios años en Yemen, apunta un dato revelador: “Más de 3.700 yemeníes han huido en pateras en las últimas semanas desde Al Hudeida, en la zona bajo control hutí, a Yibuti”, un país africano también empobrecido, normalmente emisor o lugar de tránsito para los migrantes.
Los hutíes no solo han impuesto en la zona bajo su férula una interpretación rigorista de la ley islámica —las mujeres tienen que ir acompañadas de un guardián o mahram, un pariente varón cercano—, sino que practican habitualmente el secuestro y las desapariciones forzosas, especialmente de periodistas, trabajadores humanitarios y, en general, de miembros de la sociedad civil, a quienes se asimila con espías de Israel o Estados Unidos.
Esos abusos, denunciados por las ONG de derechos humanos, también se están intensificando al amparo del actual repunte bélico. Desde el 18 de agosto, los hutíes han juzgado al menos a ocho trabajadores humanitarios y de derechos humanos, por cargos relacionados con espionaje punibles con la pena de muerte, según Amnistía Internacional y Human Rights Watch.
Estos insurgentes se distinguen especialmente, recalca Hamad Zahonero, por el alcance de sus políticas de “adoctrinamiento y reclutamiento”, un objetivo para el que cuentan con una herramienta: el hambre. “Cuando entraron en Saná [en 2014], los hutíes prometían a quienes se alistaran en sus filas que a sus familias no les iba a faltar comida, incluso si los mataban en la guerra”. Un amigo de esta experta fue reclutado a los 25 años mientras ella se encontraba en Yemen. Una semana después de ser enviado al frente, lo mataron.

Entre los alistados, hay también menores, lo que habitualmente se conoce como niños soldado. No solo por los hutíes, sino por parte de varias de las facciones enfrentadas en la guerra. Un funcionario del gobierno reconocido yemení, identificado por la cadena Al Jazeera como Ali Hazazi, elevó recientemente al menos a 62 los casos de reclutamiento de menores por parte de los hutíes en el segundo trimestre de 2026, es decir, antes de la ruptura del alto el fuego. “Esto refleja una política sistemática de reclutamiento infantil. Los casos documentados son solo una pequeña parte, ya que muchos no se denuncian”, afirmó luego Hazazi.
La guerra que se ha reactivado en Yemen, subraya el representante de Unicef, amenaza también con atizar la plaga del matrimonio infantil. “Con cada desplazamiento, con cada escalada del conflicto, las familias se encuentran en una situación más vulnerable. Entonces, si la familia tiene a una niña, puede ofrecerla en matrimonio. Es una boca menos y además la familia recibe un dinero [una dote]. Se trata de lo que [en las organizaciones humanitarias] llamamos ”un mecanismo de supervivencia», lamenta el cooperante. Casi un tercio de las yemeníes contraen matrimonio sin haber cumplido 18 años, un porcentaje que aumenta entre las familias desplazadas, según Naciones Unidas.
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