¿Puede un fenómeno geológico explicar la coyuntura política de un país? En Islandia sí. La grieta de Silfra, con el tan espectacular como impronunciable cañón de Almannagjá, está partiendo la ínsula en dos: el tercio oeste, en el que se encuentra su coqueta capital, Reikiavik, va milímetro a milímetro separándose del resto. La parte occidental tira hacia América; la oriental, hacia Europa. Exactamente igual que la propia sociedad islandesa, inmersa hoy en uno de sus debates más existenciales desde su independencia de Dinamarca, en el ecuador del siglo pasado: unirse o no a la Unión Europea. Ceder o no una parte de su sacrosanta autonomía a cambio de un paraguas protector y, quién sabe, quizá también probar las mieles del euro.





Reportaje elaborado en el marco del proyecto ‘Europa Informada’, financiado por el Parlamento Europeo. Acechada por las amenazas de Trump a la vecina Groenlandia y el altísimo coste de la vida, la isla votará en referéndum si da o no un paso de gigante para entrar en el club
¿Puede un fenómeno geológico explicar la coyuntura política de un país? En Islandia sí. La grieta de Silfra, con el tan espectacular como impronunciable cañón de Almannagjá, está partiendo la ínsula en dos: el tercio oeste, en el que se encuentra su coqueta capital, Reikiavik, va milímetro a milímetro separándose del resto. La parte occidental tira hacia América; la oriental, hacia Europa. Exactamente igual que la propia sociedad islandesa, inmersa hoy en uno de sus debates más existenciales desde su independencia de Dinamarca, en el ecuador del siglo pasado: unirse o no a la Unión Europea. Ceder o no una parte de su sacrosanta autonomía a cambio de un paraguas protector y, quién sabe, quizá también probar las mieles del euro.
El camino aún será largo, pero la realidad es que nunca había estado tan cerca como hoy. Lo sopesó justo después de la crisis financiera, una sacudida que acabó con su sociedad vapuleada y con varios de sus banqueros encarcelados, pero aquel impulso europeísta no terminó de cristalizar: sus autoridades terminaron por dejar caer su solicitud de adhesión en 2015. Una década larga después, con un Gobierno a favor —que defiende, eso sí, sin bríos ni alharacas: al norte del norte manda la contención— y muchos temores juntos, tiene ante sí un referéndum clave.

La consulta, la primera de este tipo en la historia de Islandia, se celebrará el próximo 29 de agosto, en pleno regreso a la rutina tras el parón vacacional. El debate público, sin embargo, ya lleva semanas en ebullición en un país poquísimo poblado —menos de 400.000 habitantes, pese a su superficie, similar a la de Cuba—, alejado de todo y de todos, y sempiternamente acostumbrado a la tranquilidad.
La calma ha saltado por los aires por la gracia de Donald Trump, y aboca a los islandeses a dos grandes interrogantes: ¿Pesa más el miedo a la zafia belicosidad del presidente estadounidense con la vecina Groenlandia o su propia soberanía, su bandera y su pesca? ¿Puede el euro controlar la inflación, desbocada, o es más importante no perder el control de su querida y diminuta corona?
“El momento es ahora”, sentencia Magnús Skjöld, exdiputado, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Bifröst, ferviente europeísta y cara visible de la campaña del sí. “La escena internacional ha cambiado drásticamente, en especial con las amenazas [estadounidenses] a Groenlandia. Y seguir con la corona nos está dañando económicamente, con precios altísimos y los tipos de interés en casi el 8%”, explica.
Ingibjörg Steinunn, bibliotecaria jubilada de 72 años, también votará sí. “Quiero que a Islandia dentro y que nuestra moneda sea el euro, no la corona”, dispara, segura, en una mañana extrañamente soleada de principios de junio en Reikiavik. “Ya somos parte de la comunidad europea, ¿por qué no dar el último paso?“. Su sensación, dice, es que tendrían que haberlo hecho ”mucho antes”. Hace más de una década, para más señas.

“Todo está carísimo aquí y, si entramos en el euro, podríamos rebajar el coste de vida: cuando vas a otros países europeos todo es mucho más barato”, refrenda Máni Ingólson, 38 años, mecánico, mientras trabaja en el interior de su caravana-taller en Rif, en el extremo oeste islandés, a donde llegó desde Keflavik (suroeste, cerca de la capital) en busca de una vida más tranquila y comunitaria.
De ganar el sí, el país nórdico no entraría automáticamente en la UE. Menos aún en el euro. Pasaría a una segunda fase, mucho más técnica y avanzada en sus negociaciones con Bruselas, que ve todo con muy buenos ojos. Pero el paso sería de gigante; situaría a esta isla, tan inhóspita como bella, tan próspera como alejada de los centros mundiales de poder, en el quicio de entrada a un club baqueteado en los últimos años pero que no ha perdido su lustre como refugio. Justo lo que busca estos días Islandia, un país sin ejército, pacifista hasta el tuétano pero miembro fundador de una OTAN de la que depende su seguridad y que ve zozobrar estos días.
Efecto dominó
Su adhesión, de producirse, también tiene visos de animar a otros en el norte. Sobre todo a uno: Noruega, también miembro del Espacio Económico Europeo y del marco Schengen, tan rico y desarrollado como Islandia —aunque con una población 14 veces mayor—, bastante más preocupado por Rusia que por las veleidades de Trump. El primer ministro, el laborista Jonas Gahr Store, acaba de reconocer que “mantiene un ojo puesto” en lo que su vecino —lejano pero vecino— oriental decida en las urnas. “Nuestras propias circunstancias son las más importantes, pero también creo que deberíamos seguir lo que hacen nuestros buenos amigos islandeses”, deslizó el pasado día 11. En la capital comunitaria, para más inri.
“Un sí de Islandia en el referéndum movería el péndulo y catapultaría a Noruega hacia la UE. Y el resto de países del grupo nórdico [del que también forman parte Suecia, Finlandia y Dinamarca] estarían extremadamente contentos de que ambos entraran…”, sostiene Pia Hansson, directora del think tank islandés Instituto de Asuntos Internacionales. Ve, sin embargo, un claro hilo conductor entre las negativas de amas —hasta ahora—, además de la de las Islas Feroe, a entrar a la UE como miembros de pleno derecho: “La geografía importa más de lo que muchas veces pensamos. Y los recursos naturales, como la pesca, tienen un peso enorme”.
Los aires renovados de europeísmo en el norte —que conviven, eso sí, con recurrentes brotes eurófobos en la ultraderecha— reflejan bien el cambio de tiempos que vive la UE. Tras décadas siendo un imán para los países de mucha menor renta, sobre todo en el sur y en el este, el bloque comunitario ha pasado a atraer a sí a naciones ricas, riquísimas, que buscan refugio en un mundo hostil. Marcado por una Rusia beligerante y por unos Estados Unidos en manos de un personaje tan volátil y agresivo como Trump, que por la mañana amaga con invadir Groenlandia, a mediodía con salirse de la OTAN, por la noche bombardea Irán y de madrugada reclama el Nobel de la Paz para sí mismo.





“Es más ejemplo más de lo atractiva que sigue resultando la UE, también para países del norte de Europa, en especial en las actuales circunstancias geopolíticas”, defiende Villy Sovnal, excanciller danés y hoy eurodiputado de Los Verdes. “Y la prueba de que siempre, históricamente, las ampliaciones de la Unión se inician por situaciones estratégicas”, completa Nacho Sánchez Amor, coordinador del grupo socialdemócrata en la Comisión de Exteriores de la Eurocámara. “Su adhesión supondría no solo un refuerzo [del grupo] hacia el norte, sino también incorporar a una democracia madura y a un país rico, por lo que su entrada tampoco crea ninguna tensión desde el punto de vista de las finanzas comunitarias. Sería una operación buena para ambas partes”.
A diferencia de los otros nueve en lista de espera (Montenegro, Serbia, Albania, Macedonia del Norte, Bosnia y Herzegovina, Turquía, Ucrania, Moldavia y Georgia), tanto Islandia como Noruega entrarían como claros contribuyentes netos. No es, en fin, el maná de los fondos comunitarios lo que les acerca a Bruselas, sino la búsqueda de un lugar seguro en el que capear un temporal mundial que no amaina.
En un pañuelo
A favor o en contra, el resultado de la consulta será de lo más ajustado. De photo-finish. Las últimas encuestas dejan el sí pocos puntos porcentuales por delante, pero otras sitúan al no en cabeza. La llave la tendrán los indecisos, que todavía son legión. “Votaré, pero aún no sé qué”, reconoce Rimar Sigurdsson, 82 años, barba y pelo blanco, en una larga y apacible tarde primaveral en la capital islandesa mientras pinta el exterior de su casa. “No creo que nos hayan informado lo suficiente: ¿cómo sería todo, tanto si entramos como si no?“. Hasta ahora le veía más contras que pros a entrar. Hoy, en cambio, parece más cerca del sí. ”Escuchar a Trump hablando de Groenlandia da miedo… ¿Podemos ser los siguientes? Quién sabe».

El no ha ido de menos a más, sumando adeptos en varios grandes caladeros de voto: los dos extremos del espectro ideológico, los mayores, quienes viven del mar y del campo, y quienes temen ser un pez chico engullido por uno mucho más grande. “Somos un país pequeño, con muy poca densidad de población, alejado de los grandes mercados globales y con una economía muy distinta de la del resto de Europa, muy basada en los recursos naturales”, avisa Haraldur Ólafsson, profesor de la Universidad de Islandia y una de las caras más visibles de la campaña anti-UE. “Incluso nuestro idioma [el islandés, cada vez más opacado por el inglés en las calles de Reikiavik] estaría en peligro. No queremos que nadie nos imponga nada”.
Esa idea de soberanía nacional en todos los frentes es la mayor bandera de quienes defienden que Islandia está mejor por su cuenta. “Es nuestro mayor recurso y lo que nos ha permitido llegar a ser lo que somos ahora: una de las naciones más exitosas del mundo en los índices de bienestar y felicidad”, defiende la economista Erna Bjarnadóttir, otra de las voces destacadas en contra de la adhesión. “No hay absolutamente ninguna necesidad de formar parte de la UE”.
La segunda bandera del no es la pesca, una actividad económica tan arraigada a su identidad nacional como los volcanes y el hielo. No es ninguna exageración: el bacalao, el arenque, la colorida gallineta nórdica y el fletán negro suman algo más del 8% del PIB islandés, no tan lejos del turismo —que ha vivido un bum en los últimos años—, y sostienen miles de empleos. Bien podrían estar en el escudo nacional de un país que mira al océano desde tiempos inmemoriales.

Con esos mimbres, no es casualidad que los grandes bastiones antiadhesión estén en las costas, lejos de la urbanita Reikiavik. En uno de ellos, Ólafsvik, un amable pueblo costero a las faldas del impresionante glaciar y volcán Snæfellsjökull en el que el forastero respira una extraña sensación de fin del mundo, vive Petur Steinar Johannsson, 25 años, intermediario de pesca y ferviente defensor de las artes del mar. “Nos va mejor por separado”, sentencia frente a varios barcos liberados de faenar ese viernes de principios de junio.
El discurso de Johannsson huye cualquier tipo de nacionalismo. Es pragmático. “Lo que me preocupa es la pesca: seguir controlándola por nuestra cuenta. Entrar en la UE nos permitiría aumentar aún más nuestras exportaciones, pero ceder el control de las cuotas [pesqueras] sería un riesgo enorme”. Anhelos y miedos que se medirán en las urnas cuando el frío y la oscuridad empiecen a asomar la cabeza. La grieta de Silfra nunca fue tan visible. La gran duda es hacia qué lado romperá.

Reportaje elaborado en el marco del proyecto ‘Europa Informada’, financiado por el Parlamento Europeo.
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