
La casa de Sharon Eizenkot sobrecoge. Todo gira en torno a Maor, su hijo muerto en 2023, cuando servía como soldado del ejército israelí en Gaza. Como si fuese un mausoleo del dolor, las paredes blancas no lucen más decoración que decenas de recuerdos, desde la camiseta de su equipo de fútbol hasta el uniforme y el rifle automático que llevaba cuando le alcanzó un artefacto explosivo en Jan Yunis. Él nunca lo sabrá, pero va a ser padre, previsiblemente en breve. Los militares que llamaron a la puerta de la madre para comunicarle el fallecimiento también le ofrecieron aprovechar la breve ventana de 72 horas para extraer tejido de los testículos del cadáver y obtener espermatozoides mientras fuesen útiles.

Una norma temporal desde el ataque de Hamás de 2023 permite obtener el semen del muerto sin autorización judicial. Cuatro hospitales guardan ya el semen de unos 250 soldados
La casa de Sharon Eizenkot sobrecoge. Todo gira en torno a Maor, su hijo muerto en 2023, cuando servía como soldado del ejército israelí en Gaza. Como si fuese un mausoleo del dolor, las paredes blancas no lucen más decoración que decenas de recuerdos, desde la camiseta de su equipo de fútbol hasta el uniforme y el rifle automático que llevaba cuando le alcanzó un artefacto explosivo en Jan Yunis. Él nunca lo sabrá, pero va a ser padre, previsiblemente en breve. Los militares que llamaron a la puerta de la madre para comunicarle el fallecimiento también le ofrecieron aprovechar la breve ventana de 72 horas para extraer tejido de los testículos del cadáver y obtener espermatozoides mientras fuesen útiles.
Eizenkot aceptó y luego pidió permiso a los tribunales para que una mujer a su elección se inseminase con el esperma de su hijo para darle descendencia póstuma. El pasado julio, se convirtió en la primera israelí en obtener el visto bueno judicial desde el ataque de Hamás y la invasión de Gaza, en octubre de 2023. “Yo no envié a mi hijo a la guerra. Lo envió el Estado de Israel, por lo que es deber del Estado hacer esto ahora”, afirma. Al tribunal le bastaron testimonios orales de que Maor quería ser padre, aunque no lo dejase por escrito.
Israel, que ya tenía una de las legislaciones más permisivas del mundo sobre la extracción postmortem de esperma, ha casi institucionalizado la práctica en los últimos tres años, eliminando la necesidad de aprobación judicial previa y disparando las cifras. Hoy, cuatro hospitales guardan congelado el semen de unos 250 soldados, un cuarto de los muertos desde 2023.

La última vez que habló con su hijo le dijo desde Gaza que iba a participar en una misión más peligrosa. Eizenkot viene de una familia con tradición militar. Su hermano Gadi fue jefe del Estado Mayor y lidera Yashar, la lista más votada en las elecciones del próximo día 27, según casi todos los sondeos. Así que, días más tarde, entendió enseguida por qué llamaban los militares a su puerta. “El mismo que me dio la peor noticia me leyó el mensaje [preguntando por el consentimiento para extraer el semen]. Le dije que lo entendía. Veía tres palabras en grande, ‘extracción de esperma’, y dije: ‘Firmo”.
Eizenkot, de 52 años, ya ha elegido de hecho a una joven para el embarazo, tras el visto bueno judicial. Es una de las “cientos” que le escribieron para postularse gratuitamente, inspiradas por el deseo de ser madre soltera, la importancia de la familia en la tradición judía y la historia de Maor, que toca la fibra sensible en una sociedad todavía más nacionalista y militarista tras el ataque de Hamás. Recibió tantas consultas que la plataforma que usaba tuvo que asignar a tres operadores telefónicos exclusivamente para gestionar la avalancha.
“Querían ser madres de todos modos, así que, en vez de ir al banco de esperma, preferían conectar con la familia del padre. Y hay un valor añadido, algo moral, en que Maoz es un héroe de Israel”, cuenta en su casa de la ciudad de Eilat, bañada por el mar Rojo y en la punta más meridional del país. La madre solo imponía un par de condiciones: que quisiera permanecer en Israel y que fuese relativamente joven, porque las muestras guardadas de esperma son limitadas y no quería arriesgarse a alguien en edad menos fértil.
Algo vivo
La madre solo abandona el tono de duelo y recupera el brillo en los ojos al hablar de la elegida. “Me siento como una mensajera de Maor. Lo hago primero desde ese lugar. Es su único sueño que puedo hacer realidad. Todo los otros, no. Y, luego, para mí, será algo vivo de Maor. No fotos, como las que ves en la casa, ni una lápida a la que ir todos los viernes, sino algo vivo. Nada sustituirá a Maor. Tampoco lo busco. El hueco que él ha dejado permanecerá hasta que yo me vaya de este mundo, pero esto traerá alegría a mi hogar y a mi vida. Maor volverá en cierto modo a estar con nosotros”. Ahora necesita el visto bueno de la corte, previsiblemente un mero trámite tras la importante sentencia anterior. “Mientras tanto, aprendemos a ser una familia. Hablamos mucho y nos conocemos”.
La extracción de esperma de un cadáver consiste en efectuar una incisión en los testículos para extraer tejido del cadáver en las horas posteriores a la muerte. Cuanto antes, mejor, en las primeras 48 horas, aunque puede llegar hasta a 100. Luego, el tejido se lleva a un laboratorio y se examina en el microscopio para localizar y congelar espermatozoides vivos que puedan utilizarse para la fecundación in vitro.
Ya era legal en Israel, pero poco común y éticamente controvertida, con un puñado de solicitudes al año. El camino legal también era más complejo. En 2003, la Fiscalía del Estado emitió las primeras líneas maestras, permitiendo a las parejas femeninas usar el esperma, basándose en su “deseo presumido” de que quisieron formar una familia.
Desde el ataque de Hamás, en cambio, la práctica se ha institucionalizado y normalizado, en un ambiente judicial y social más propicio. La paga el Estado y la supervisa el Ministerio de Sanidad.
Guerra demográfica
En el asunto, pesa la guerra demográfica de Israel con los palestinos, con el mismo número (unos 7,5 millones) de árabes que de judíos entre el río Mediterráneo y el mar Jordán. Israel aplica unas políticas natalistas sin parangón: otorga subsidios por hijo, cubre los tratamientos de fertilidad, permite los polémicos vientres de alquiler y abona parte del coste de congelar óvulos. Con 3,1 hijos de media, las judías israelíes tienen la mayor tasa de fertilidad de la OCDE, impulsada sobre todo por las comunidades ultraortodoxa y nacionalista religiosa.
Dos casos muestran el cambio operado. El primero, el de Keivan Cohen, un soldado israelí muerto en Gaza en 2002. Su madre necesitó once años y una larga batalla legal hasta poder ser abuela con el semen de su hijo.
El otro, más reciente, es el de Nitza Shmueli. Su hijo Barel era un tirador de la policía de fronteras en la barrera de Gaza durante la Gran Marcha del Retorno, el movimiento de protesta para exigir el fin del bloqueo israelí y el derecho al retorno de los refugiados palestinos en el que los soldados israelíes causaron 214 muertos y hasta 36.000 heridos en año y medio, al abrir fuego contra quienes se acercaban a la barrera fronteriza o consideraba “incitadores”.

Barel murió en 2021 por disparos de un palestino y su madre pidió que le extrajesen el esperma. Un año más tarde declaró ante un comité parlamentario que 1.400 mujeres la habían contactado expresando interés en tener un hijo con el semen de Barel. Sin embargo, no recibió hasta el año pasado la aprobación del tribunal de Tel Aviv, pese a regir la misma ley, entonces y ahora.
El principal cambio legal es que —a falta de consenso en el Parlamento para aprobar un nuevo texto— el Estado aplica una norma que aprobó de emergencia en octubre de 2023 y que renueva mes a mes. Permite extraer el esperma de los muertos en la guerra sin orden judicial, que sí requería hasta entonces, y a petición de los padres —solo podía antes la pareja—, que suponen ya el 77% de las solicitudes. Ningún otro país en el mundo les otorga esta posibilidad, contraria incluso a un fallo judicial de 2016 en el país.
“Una respuesta nacional a Hamás”
El viraje va más allá de la importancia de la descendencia en la tradición judía. Es, también, una suerte de reacción al ataque de Hamás, el día más letal (más de 1.200 muertos) en la historia del país.
Lo dice claramente Iris Haim: “Esparte de una respuesta nacional a Hamás. Quiso acabar con nosotros, como los nazis en el Holocausto, así que se trata de mostrarle que querían matar a Yotam, pero no ha sido su final[…] Somos judíos, muy pocos en el mundo y no podemos renunciar a nadie. No se trata solo de mí o de mi familia. Se trata de nosotros, de Israel. Tenemos que crecer. Cada 50 años intentan borrarnos del mapa y necesitamos dar una respuesta a eso”.
El Yotam que menciona es su hijo, tomado como rehén por Hamás el 7 de octubre de 2023 en un kibutz junto a Gaza. Tras dos meses de cautiverio, logró escapar con otros dos rehenes. Permanecieron cinco días en un edificio abandonado en Ciudad de Gaza, donde formaron con migas de pan la frase en hebreo “Rescatad a tres rehenes”, para que la viesen los soldados israelíes en la zona o los avanzados drones de vigilancia. Cuando dos de ellos salieron hacia los soldados con una bandera blanca y sin camiseta, estos abrieron fuego, imbuidos por el mismo gatillo fácil que empleaban con los gazatíes. Luego subieron a matar al tercer rehén escapado. De nada sirvió que gritase en hebreo: el militar pensó que era una treta de un miliciano palestino. Yotam tenía 28 años.

El incidente indignó a muchos en Israel e insufló brío a las protestas de los familiares de rehenes pidiendo un pacto que los trajese de vuelta a casa. Iris sorprendió, sin embargo, al perdonar a los soldados que mataron a su hijo e invitarlos a casa.
Aquel día, Haim aceptó que extrajesen el esperma al cadáver de su hijo. Un año más tarde, acudió también a los tribunales para poder usarlo. El pasado abril logró una sentencia favorable. Es uno de los cinco casos que lo ha conseguido de las decenas de familias de víctimas (tanto civiles como militares) que han acudido a la vía judicial, hartas de esperar al Parlamento. En 2022, un proyecto de ley para regular formalmente la extracción y el uso del esperma póstumo de soldados fue aprobado en primera lectura, pero Benjamín Netanyahu regresó al poder (con los partidos judíos ultraortodoxos como socios de coalición) y el texto acabó en un cajón.
Pese al OK del juez, la familia Haim ha acordado esperar. Sienten el vértigo de materializar lo que antes era solo una aspiración. “Cuando recibimos el permiso empezamos a pensar: ‘uy, ¿qué hacemos ahora con esto?”, cuenta en su casa en el poblado de Ein Karem, a las afueras de Jerusalén, monopolizada por el recuerdo de Yotam. Sus otros dos hijos temían el potencial impacto de “traer a una desconocida [la futura madre] a la complejidad de una familia que ha sufrido una pérdida tan grande”, así que decidieron reconsiderarlo dentro de un año.
Mientras tanto, dice, tiene una lista de candidatas. Tampoco ella tuvo que buscarlas, sino que la contactaron al enterarse de su caso en los medios de comunicación y redes sociales. Haim explica que la mayoría tiene en torno a 40 años y prefiere tener un hijo de alguien con “cara, familia e historia”, en vez de acudir al banco de esperma.
Sigue, sin embargo, a la espera de “la adecuada”. Le gustaba mucho una músico (como Yotam, que tocaba la batería), deseosa de parir en Israel tras casi toda una vida en Nueva York, pero respondió negativamente a una pregunta clave: “¿Puedes prometerme que te quedarás en Israel?”. “Le dije que lo sentía, pero que no quería ver a mi nieto una vez cada seis meses o viajar al otro lado del mundo para hacerlo”, resume.
Convencer al tribunal
Iris asegura que muchas candidatas se presentaron con el argumento de que les encantaría tener un hijo pelirrojo, como Yotam. El color del pelo fue justo uno de los elementos que convencieron al tribunal de familia. Iris relató ante el juez que su hijo solía bromear con que quería descendencia porque los pelirrojos son una “cepa única”. Su hermana añadió que Yotam le había dicho en vida que quería una hija y había pensado incluso un nombre. El juez también dio por bueno un mensaje de WhatsApp a una amiga cercana señalando que —cuando se cansasen de tantas citas y parejas que no prosperan— tendrían un hijo juntos. Aunque Yotam no dejó un consentimiento expreso a que se usara su esperma, el juez dio por hecho en la sentencia su “deseo inequívoco de descendencia”, no con una mujer en concreto, sino como “deseo altruista y existencial de crear vida”.
Haim, situada en la derecha política, quiere que la futura madre no eduque al hijo en la idea de que Netanyahu le privó de un padre, al retrasar un acuerdo para traer de vuelta a los rehenes. “Debe vivir, amar, ser parte y querer quedarse en Israel. No me importan sus opiniones políticas, pero por supuesto no quiero la energía del odio y el reproche, ni que le diga cuando sea niño: ‘No tienes un padre por culpa de este Gobierno”.

El Estado financia “salvar el esperma”, usando una expresión que revela el componente nacionalista que ha ido ganando la práctica, pero no el coste legal de pedir a los tribunales su uso. Ahí es donde entra Or Lemishpajot (Luz para las familias), una ONG que ha llegado a un acuerdo con el Ministerio de Justicia para que todas las familias de militares caídos reciban abogados pro bono.
Su presidenta es la exteniente coronel Irit Oren Gundars y nos recibe en su lujosa casa en Reut, a medio camino entre Jerusalén y Tel Aviv, en la que luce la placa del Premio Israel, el galardón más importante del país, por su “contribución especial a la sociedad y al Estado”.
“Nuestro punto de partida es que todo ser humano necesita descendencia”, sentencia tras definir el esperma como “una esperanza” para aquellos padres que perdieron a sus hijos de uniforme militar. Oren Gundars insiste en que muchas mujeres que desean ser madres solteras prefieren tener un hijo acompañadas de otra familia, en vez de acudir a un banco de esperma. Y que no es justo que un asunto tan importante para las familias y el país dependa de la capacidad de gastarse decenas de miles de euros en abogados.

La presidenta admite lo mismo que las familias implicadas: los jueces son hoy “más laxos” con el uso del esperma, aunque se basen en el mismo texto legal. “Antes había más rigidez. Hoy es la voluntad de todo el pueblo de Israel. Todos conocen a un héroe o una heroína. Además, los jueces no están separados del pueblo, sino que son parte del pueblo”, apunta.
Shaylee Atari es la otra cara de la moneda. Vivía con su marido en Kfar Aza, un kibutz al lado de Gaza. Tenían un primer hijo y querían tres porque, como solían bromear, era el número perfecto para el coche y el ascensor, explica en la localidad de Yaffa, junto a Tel Aviv.
El 7 de octubre de 2023, escucharon las primeras explosiones y Atari le preguntó: “Amor, ¿vamos a morir hoy?” “Te prometo que no”, respondió él. Con los primeros disparos, ella cogió a su bebé (que tenía un mes) y él le lanzó “una mirada vacía, como un adiós” mientras trataba de bloquear la puerta. “Se sacrificó para que yo tuviese tiempo de escapar”, resume.
Atary corrió por el kibutz con el bebé entre brazos y en medio del zumbido de las balas. Pasó 27 horas escondida, en las que el cadáver de su marido yacía frente a la casa.
Un día después, el quejido de su bebé (que necesitaba un cambio de pañal) le sacó del embotamiento del dolor para devolverla a la realidad. “En ese momento, me di cuenta de que era todo lo que tenía y quería más como ese. Y que lo quería de él porque es mi marido […] No quería una casa triste con una viuda y un hijo”, recuerda.
Como todos los israelíes, sabía que existía un proceso de obtención de esperma postmortem, pero no tenía claro si estaba limitado a soldados. En cuanto se enteró de que no, se movilizó: “Me decía a mí mismo: ‘Shaylee, tendrás toda una vida para llorar, pero esto tiene un plazo”.
Obtuvo a toda mecha la autorización judicial (aún hacía falta) y logró que alguien llegase hasta el cadáver, pero no hubo suerte en el laboratorio con el tejido extraído. El problema fue menos el tiempo transcurrido (otras dos familias obtuvieron esperma de cadáveres ese mismo día) como el deterioro de los espermatozoides en el cadáver de su marido, tirado al sol junto a la incendiada casa familiar.
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