El otro día me llamó la atención un vídeo en el que el eurodiputado rumano Nicu Ștefănuță agitaba unas llaves en el estrado del Parlamento Europeo, del que es vicepresidente. En las últimas semanas, he visto hacer ese gesto a miles de personas. Un objeto simple que casi todos llevamos encima. Un objeto común, muy similar en cualquier tiempo y en cualquier espacio. Se llevan usando milenios en muchos lugares del planeta. Hay llaves en Sainz de Baranda y también las hay en la Antártida. Las usaron en Mesopotamia y las usan los astronautas de la Artemis 2. Es un objeto que nos une y que significa lo mismo para todos.
Este objeto se ha convertido en símbolo de las protestas contra la especulación inmobiliaria, pero son mucho más
El otro día me llamó la atención un vídeo en el que el eurodiputado rumano Nicu Ștefănuță agitaba unas llaves en el estrado del Parlamento Europeo, del que es vicepresidente. En las últimas semanas, he visto hacer ese gesto a miles de personas. Un objeto simple que casi todos llevamos encima. Un objeto común, muy similar en cualquier tiempo y en cualquier espacio. Se llevan usando milenios en muchos lugares del planeta. Hay llaves en Sainz de Baranda y también las hay en la Antártida. Las usaron en Mesopotamia y las usan los astronautas de la Artemis 2. Es un objeto que nos une y que significa lo mismo para todos.
Las llaves son casa. Son ese momento en el que te vas acercando a tu portal, metes la mano en el bolso, toqueteas, son escurridizas, las localizas, las agarras y las sacas, las metes en la cerradura y, ¡por fin, en casa! Ese bien tan preciado. Ese lugar que debería ser refugio, hogar. Tener llaves significa tener un lugar y entrar libremente en él. Ahora con más fuerza, ya lo venían siendo hace tiempo, son símbolo de las protestas, las concentraciones y acampadas contra la especulación. Su sonido: alzarlas y agitarlas, es un grito de dolor, rabia, injusticia. Es una forma totalmente pacífica de decir “¡basta!”, de reclamar esa vivienda digna de la que habla el artículo 47 de la Constitución; de tener un mayor acceso a ella y de que su reparto y acumulación no sea tan escandalosamente carroñera. Es símbolo de lucha, aunque son mucho más…
Las llaves son confianza. ¿Qué significa tener unas llaves? Poder entrar en un lugar de cobijo. Pero, ¿qué significa tener unas llaves ajenas? Familiaridad y seguridad. En realidad, no son llaves ajenas, son llaves cercanas. Cuando alguien te entrega las llaves de su casa para que las guardes por si alguna vez las necesita, te está dando acceso a su intimidad y se fía de ti totalmente. Confianza en los entornos. El otro día me percaté de dónde dejaba la llave de un molino un guía del Parque Nacional de Cabañeros. Otra vez lo vi de una vecina de Frías, en Burgos. Ellos saben dónde están y los que las necesitan, también. Lo demás no da problemas. Entornos seguros y fiables.
Las llaves perdidas son un desastre. Y cada vez más, ya que cada vez son más complicadas y las copias más caras. Y no digamos si además hay que cambiar cerraduras, o llamar a un cerrajero; y si es de urgencia, peor. Por eso las llaves siempre tienen su espacio, su lugar. Uno llega a casa y las deja… en su sitio, es muy probable que tengan uno reservado, señal de importancia.
Las llaves son una responsabilidad. De repente, hay un momento en tu vida en que tienes las llaves de tu casa. No, no me refiero a una casa de adulto en propiedad o alquilada; esas primeras llaves de la independencia también son una responsabilidad. Me refiero a ese momento indeterminado, ¿alguien recuerda cuándo ocurrió?, entre la niñez y la adolescencia, cuando tus padres te dan tus llaves. Cuando vas a llegar a casa solo y vas a estar allí solo. Cuando te explican que las tienes que cuidar y no perderlas. Cuando ya eres mayor para asumir esa responsabilidad. ¿Es posible que el objeto que más tiempo nos acompañe en nuestra vida sea la llave de la casa de nuestros padres si estos no se mudan o si no la pierdes?
Las llaves son una navaja suiza. Ya, ya sé que en puridad no lo son. Pero cuántas veces las hemos usado como herramienta, cuando, cual MacGyver, necesitas un objeto duro, punzante, que corte y no tienes otra cosa que las llaves de casa. Ahí están ellas sacándote del apuro, abriendo ese paquete o esa caja que parece cerrada a prueba de bombas.
Las llaves son sonajeros. ¿Quién no las ha agitado para entretener a un bebé?

Las llaves son seguridad. Y esta vez no me refiero a la que da el poder de cerrar o abrir un sitio. Me refiero a la que dan cuando, de noche, uno ―casi siempre una― está de camino a casa y no se siente seguro ―casi siempre insegura― porque hay alguna presencia que incomoda, alguien que oyes y no tienes controlado, que sientes demasiado cerca… Entonces, puedes recurrir al móvil, pero también a las llaves. Las sacas, las llevas en la mano y piensas: que crea que ya estoy cerca del portal (aunque no sea cierto), que pronto piso un lugar seguro.
Las llaves son el símbolo de San Pedro. Pura iconografía cristiana; como historiadora del arte, no podía dejarlo pasar. Es tan fácil reconocerlo: ves un santo con unas llaves y ya está, sin duda: san Pedro. Mucha confianza tendría Cristo con él para darle las llaves de su reino. En realidad, le traía a colación porque el artista urbano TvBoy homenajeó a Maricarmen con una de sus obras en Barcelona, donde la representó como un ángel con una llave en la mano. Las llaves, otra vez.
Las llaves son hoy símbolos de uno de los problemas más grandes de Madrid, de España y más…: la dificultad de acceso a la vivienda. ¿Dónde están nuestras llaves? Ojalá, mañana, dejen de ser signo de angustia.
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