La democracia es local, pero sus efectos también son globales. Estados Unidos ha votado abrumadoramente contra Trump por motivos mayormente domésticos: el coste de la vida, en especial a la hora de llenar el depósito de gasolina; la expulsión y maltrato a centenares de miles de ciudadanos de inmigración reciente; los recortes al sistema de salud; o la corrupción escandalosa de la familia presidencial. Solo cuestiones que afectan muy directamente a la vida de las personas, a su bolsillo y su bienestar, pueden explicar la envergadura del tsunami electoral que ha penetrado en antiguos feudos republicanos. Difícilmente suscitan tal fenómeno las acciones y políticas de la primera superpotencia en la escena internacional, a menos que repercutan directamente en el ámbito más próximo a los votantes, como es el caso de los efectos de la guerra de Irán y los aranceles universales sobre la pérdida de capacidad adquisitiva.
La derrota republicana por el coste de la vida y la corrupción exhibe la fuerza de la democracia estadounidense y deja a Trump volcado en el exterior
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
La derrota republicana por el coste de la vida y la corrupción exhibe la fuerza de la democracia estadounidense y deja a Trump volcado en el exterior
El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.

La democracia es local, pero sus efectos también son globales. Estados Unidos ha votado abrumadoramente contra Trump por motivos mayormente domésticos: el coste de la vida, en especial a la hora de llenar el depósito de gasolina; la expulsión y maltrato a centenares de miles de ciudadanos de inmigración reciente; los recortes al sistema de salud; o la corrupción escandalosa de la familia presidencial. Solo cuestiones que afectan muy directamente a la vida de las personas, a su bolsillo y su bienestar, pueden explicar la envergadura del tsunami electoral que ha penetrado en antiguos feudos republicanos. Difícilmente suscitan tal fenómeno las acciones y políticas de la primera superpotencia en la escena internacional, a menos que repercutan directamente en el ámbito más próximo a los votantes, como es el caso de los efectos de la guerra de Irán y los aranceles universales sobre la pérdida de capacidad adquisitiva.
Tras los dos años de una catastrófica segunda presidencia trumpista, con un Congreso de nuevo reactivado y los poderes presidenciales por primera vez limitados, el resultado electoral repercutirá directamente sobre los ciudadanos. Positivamente en lo inmediato y con esperanzador potencial de futuro si los demócratas saben aprovecharlo para conseguir el relevo en 2028. Donald Trump aprovechará los márgenes de su poder para concentrarse en la escena exterior, donde cuenta con intereses y amigos que no le abandonarán, y a perfilar su rimbombante legado, especialmente arquitectónico, hecho de propaganda mentirosa y de cartón piedra, fácilmente resumible en el estanque reflectante frente al monumento a Lincoln al que quiere dar su nombre y el salón de baile que está construyendo sobre la derribada ala este de la Casa Blanca.
En algo sorprendente se ha corregido gracias a un castigo electoral tan apabullante: ha reconocido insólitamente el resultado y felicitado a los demócratas, pero no ha podido resistirse a declarar sus dos últimos años presidenciales como los mejores de la historia del país. Sin pestañear, como de costumbre, ha declarado impensable la derrota republicana con su nombre en las papeletas, cuando lo contrario es lo cierto: la derrota es tan amplia porque muchos han votado como si su nombre constara en la papeleta. Esta sonrojante falacia apenas esconde su pretensión de obtener un tercer mandato presidencial que la Constitución descarta. El principio del fin del trumpismo que señalan los votantes exhibe también la fuerza de la democracia estadounidense. Esta es quizás la mejor y mayor repercusión global, en sintonía con la funcionalidad del relevo en el poder por las elecciones en Hungría, Brasil, Serbia o Israel. No es un día feliz para el rampante etnonacionalismo de extrema derecha global. Las luces no se han apagado en la ciudad sobre la colina que el mundo admira.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
Feed MRSS-S Noticias
