
El martes se rompió la piñata del informe PISA sobre los sistemas educativos globales y solo había carbón. Tantas paladas de carbón cayeron que no hay un análisis serio que se pueda quedar con una sola causa que explique por sí sola todo el descalabro. Pero como todos tenemos puestas las gafas de ver lo que queremos ver, dedujimos que los culpables eran nuestros enemigos íntimos previos. Los que ya odiaban el sistema autonómico vieron un claro responsable: las autonomías. Los que les echan la culpa de todo a los móviles, culparon a los móviles del mal desempeño de los chavales en matemáticas y lengua. Del mismo modo, Pedro Sánchez, en su cruzada personal contra las redes sociales, culpó —en esa escandalosa entrevista sin periodistas de RTVE— a las redes sociales. Y quienes detestan al propio Sánchez tenían claro que la culpa era de su gestión. Pero el desplome es tan generalizado en todo el mundo, y el informe señala tantos factores entremezclados, que es obviamente ridículo pensar que los malos resultados de México, EE UU, Israel, Alemania e Islandia sean culpa de la Ley Celáa. Pero tenemos Instagram, TikTok y hasta Espejo Público para darnos la razón en nuestra cámara de eco. Y así fue cómo Alberto Núñez Feijóo también culpó a Sánchez, para sorpresa general, del fracaso en PISA del alumnado español, cuyos números vienen cayendo desde 2015. Y fue especialmente enriquecedor ver cómo aterrizó su argumento el líder de la oposición: la culpa es de la “ideología”. Pidió “reformas basadas en la evidencia” frente a las “reformas ideológicas” que llenan las aulas “de ideología”.
Feijóo culpa de la debacle en PISA a las “reformas ideológicas”, cuando su partido torpedeó el pacto educativo por la religión, la concertada y el castellano 
El martes se rompió la piñata del informe PISA sobre los sistemas educativos globales y solo había carbón. Tantas paladas de carbón cayeron que no hay un análisis serio que se pueda quedar con una sola causa que explique por sí sola todo el descalabro. Pero como todos tenemos puestas las gafas de ver lo que queremos ver, dedujimos que los culpables eran nuestros enemigos íntimos previos. Los que ya odiaban el sistema autonómico vieron un claro responsable: las autonomías. Los que les echan la culpa de todo a los móviles, culparon a los móviles del mal desempeño de los chavales en matemáticas y lengua. Del mismo modo, Pedro Sánchez, en su cruzada personal contra las redes sociales, culpó —en esa escandalosa entrevista sin periodistas de RTVE— a las redes sociales. Y quienes detestan al propio Sánchez tenían claro que la culpa era de su gestión. Pero el desplome es tan generalizado en todo el mundo, y el informe señala tantos factores entremezclados, que es obviamente ridículo pensar que los malos resultados de México, EE UU, Israel, Alemania e Islandia sean culpa de la Ley Celáa. Pero tenemos Instagram, TikTok y hasta Espejo Público para darnos la razón en nuestra cámara de eco. Y así fue cómo Alberto Núñez Feijóo también culpó a Sánchez, para sorpresa general, del fracaso en PISA del alumnado español, cuyos números vienen cayendo desde 2015. Y fue especialmente enriquecedor ver cómo aterrizó su argumento el líder de la oposición: la culpa es de la “ideología”. Pidió “reformas basadas en la evidencia” frente a las “reformas ideológicas” que llenan las aulas “de ideología”.
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