Los titulares siempre influyen en el comportamiento del mercado, pero en el momento actual su peso es, si cabe, todavía mayor. En los últimos días, Bolsas, bonos, divisas y materias primas han reaccionado casi exclusivamente al compás de los titulares. No hay duda sobre qué está moviendo los precios, por lo que tampoco debería sorprender un desenlace que, por definición, apunta en una sola dirección.Cualquier noticia que sugiera un posible final del conflicto es recibida de forma positiva; por el contrario, los mensajes que apuntan a un desenlace más lejano penalizan a los activos. Las idas y venidas del presidente Trump se reflejan de inmediato en los mercados. Sin embargo, con algo más de perspectiva, la conclusión es clara: pese a la volatilidad, los precios no están incorporando el escenario que algunos titulares parecen anticipar.La valoración de prácticamente todos los activos sigue indicando que el conflicto se resolverá pronto y de manera favorable. La cuestión no es si se abrirá el estrecho de Ormuz, sino cuándo. Y, a juzgar por las cotizaciones, no debería tardar demasiado.Conviene recordar que una resolución relativamente rápida, sin efectos persistentes sobre el precio del petróleo o el gas —y, por tanto, sobre el crecimiento económico y la inflación—, es perfectamente compatible con que Trump sea quien parece ser y con que Estados Unidos esté cometiendo errores geopolíticos de gran calado.Los mercados no realizan juicios morales ni suelen descontar escenarios apocalípticos. Mucho menos después de haber superado tantas crisis recientes. Los profetas del desastre han perdido influencia: la realidad se ha empeñado en contrariarlos una y otra vez.La conclusión es simple: no debemos dejarnos arrastrar por los titulares. Anticiparse a ellos es imposible, y ese es, precisamente, el juego. Como siempre, el mercado terminará adelantándose al titular que confirme que muchos temores eran infundados. Y, para sorpresa de algunos, los falsos profetas seguirán teniendo trabajo.Bancos centralesNo se espera un giro radical en la política monetaria. El efecto sobre el crecimiento y los precios será temporal y, en todo caso, podría retrasar ligeramente la senda que los bancos centrales llevan tiempo señalando.Los responsables de política monetaria, como el resto de agentes económicos, han aprendido mucho en los últimos años. Han cursado, por decirlo así, un máster en ‘shocks’ exógenos y sus respuestas. Su mayor conclusión: no sobreactuar. Conocen mejor que nadie los límites de la política monetaria y saben que, ante un ‘shock’ de oferta, poco pueden hacer para modificar la evolución de la actividad o los precios.Son conscientes, además, de que intervenir en exceso puede ser contraproducente. Mantener tipos anormalmente bajos durante demasiado tiempo generó distorsiones significativas en los mercados de capitales. En ocasiones —como la actual— la política monetaria es como empujar una cuerda: su eficacia es mínima.En realidad, solo pueden cruzar los dedos y confiar en que la situación se resuelva con suficiente rapidez como para evitar efectos de segunda ronda. El desenlace es incierto también para ellos, aunque, a juzgar por el mensaje del mercado, no debería ser especialmente grave. Intentar anticiparlo es inútil: hace tiempo que la política monetaria dejó de ser lo que era.Lamentarse por adelantado no sirve de nada. Ya habrá tiempo de llorar por la leche derramada, si es que finalmente se derrama. No se pueden pedir imposibles.Desenlace de la guerraLos acontecimientos recientes en torno a la guerra ofrecen señales claras sobre hacia dónde se inclina el conflicto, no por declaraciones oficiales, sino por el comportamiento de los actores implicados y de quienes lo observan de cerca.El primer indicio procede de Europa. Tradicionalmente reacios a involucrarse en conflictos salvo cuando perciben un desenlace encarrilado, varios gobiernos han empezado a mover ficha. Son decisiones basadas en cálculos fríos, no en impulsos idealistas, y reflejan confianza en la dirección que toma la contienda.La segunda fuente de señales relevantes llega desde Oriente Próximo, donde varios países han adoptado decisiones estratégicas que van más allá de la retórica: expulsiones de representantes militares de potencias enfrentadas, interceptación de misiles sobre sus capitales o la continuidad de compromisos económicos con Estados Unidos incluso en plena guerra. Todo ello revela hacia dónde creen que se inclina el resultado. Sus movimientos sugieren que, en su análisis, el desenlace está prácticamente decidido.Un indicador especialmente llamativo proviene del ámbito mediático regional. Un influyente canal, históricamente crítico con la intervención occidental, ha comenzado a describir la campaña de bombardeos como eficaz y subestimada. Que un medio de un Estado con presencia militar extranjera y representación de grupos enfrentados adopte este tono supone mucho más que un giro editorial: es un mensaje claro de quién consideran que acabará imponiéndose.En paralelo, la situación militar refuerza esta percepción. Aeronaves lentas, diseñadas para apoyo cercano y vulnerables a defensas antiaéreas, operan sin restricciones en espacio enemigo. Esto solo ocurre cuando la capacidad defensiva del adversario ha quedado reducida a un nivel irrelevante.Ante este escenario, las opciones de Irán son limitadas: resistir, ganar tiempo y confiar en que la política interna de Estados Unidos frene la ofensiva, esperando un cambio en la opinión pública o un impacto electoral. Su margen de maniobra es muy reducido.Las señales son concluyentes. Los actores con intereses reales ya han tomado posiciones. Y todas apuntan en la misma dirección: la convicción de que la victoria se inclina hacia un lado concreto del conflicto y que llegará más pronto que tarde con lo que como eso sabemos supone para los mercados. Los titulares siempre influyen en el comportamiento del mercado, pero en el momento actual su peso es, si cabe, todavía mayor. En los últimos días, Bolsas, bonos, divisas y materias primas han reaccionado casi exclusivamente al compás de los titulares. No hay duda sobre qué está moviendo los precios, por lo que tampoco debería sorprender un desenlace que, por definición, apunta en una sola dirección.Cualquier noticia que sugiera un posible final del conflicto es recibida de forma positiva; por el contrario, los mensajes que apuntan a un desenlace más lejano penalizan a los activos. Las idas y venidas del presidente Trump se reflejan de inmediato en los mercados. Sin embargo, con algo más de perspectiva, la conclusión es clara: pese a la volatilidad, los precios no están incorporando el escenario que algunos titulares parecen anticipar.La valoración de prácticamente todos los activos sigue indicando que el conflicto se resolverá pronto y de manera favorable. La cuestión no es si se abrirá el estrecho de Ormuz, sino cuándo. Y, a juzgar por las cotizaciones, no debería tardar demasiado.Conviene recordar que una resolución relativamente rápida, sin efectos persistentes sobre el precio del petróleo o el gas —y, por tanto, sobre el crecimiento económico y la inflación—, es perfectamente compatible con que Trump sea quien parece ser y con que Estados Unidos esté cometiendo errores geopolíticos de gran calado.Los mercados no realizan juicios morales ni suelen descontar escenarios apocalípticos. Mucho menos después de haber superado tantas crisis recientes. Los profetas del desastre han perdido influencia: la realidad se ha empeñado en contrariarlos una y otra vez.La conclusión es simple: no debemos dejarnos arrastrar por los titulares. Anticiparse a ellos es imposible, y ese es, precisamente, el juego. Como siempre, el mercado terminará adelantándose al titular que confirme que muchos temores eran infundados. Y, para sorpresa de algunos, los falsos profetas seguirán teniendo trabajo.Bancos centralesNo se espera un giro radical en la política monetaria. El efecto sobre el crecimiento y los precios será temporal y, en todo caso, podría retrasar ligeramente la senda que los bancos centrales llevan tiempo señalando.Los responsables de política monetaria, como el resto de agentes económicos, han aprendido mucho en los últimos años. Han cursado, por decirlo así, un máster en ‘shocks’ exógenos y sus respuestas. Su mayor conclusión: no sobreactuar. Conocen mejor que nadie los límites de la política monetaria y saben que, ante un ‘shock’ de oferta, poco pueden hacer para modificar la evolución de la actividad o los precios.Son conscientes, además, de que intervenir en exceso puede ser contraproducente. Mantener tipos anormalmente bajos durante demasiado tiempo generó distorsiones significativas en los mercados de capitales. En ocasiones —como la actual— la política monetaria es como empujar una cuerda: su eficacia es mínima.En realidad, solo pueden cruzar los dedos y confiar en que la situación se resuelva con suficiente rapidez como para evitar efectos de segunda ronda. El desenlace es incierto también para ellos, aunque, a juzgar por el mensaje del mercado, no debería ser especialmente grave. Intentar anticiparlo es inútil: hace tiempo que la política monetaria dejó de ser lo que era.Lamentarse por adelantado no sirve de nada. Ya habrá tiempo de llorar por la leche derramada, si es que finalmente se derrama. No se pueden pedir imposibles.Desenlace de la guerraLos acontecimientos recientes en torno a la guerra ofrecen señales claras sobre hacia dónde se inclina el conflicto, no por declaraciones oficiales, sino por el comportamiento de los actores implicados y de quienes lo observan de cerca.El primer indicio procede de Europa. Tradicionalmente reacios a involucrarse en conflictos salvo cuando perciben un desenlace encarrilado, varios gobiernos han empezado a mover ficha. Son decisiones basadas en cálculos fríos, no en impulsos idealistas, y reflejan confianza en la dirección que toma la contienda.La segunda fuente de señales relevantes llega desde Oriente Próximo, donde varios países han adoptado decisiones estratégicas que van más allá de la retórica: expulsiones de representantes militares de potencias enfrentadas, interceptación de misiles sobre sus capitales o la continuidad de compromisos económicos con Estados Unidos incluso en plena guerra. Todo ello revela hacia dónde creen que se inclina el resultado. Sus movimientos sugieren que, en su análisis, el desenlace está prácticamente decidido.Un indicador especialmente llamativo proviene del ámbito mediático regional. Un influyente canal, históricamente crítico con la intervención occidental, ha comenzado a describir la campaña de bombardeos como eficaz y subestimada. Que un medio de un Estado con presencia militar extranjera y representación de grupos enfrentados adopte este tono supone mucho más que un giro editorial: es un mensaje claro de quién consideran que acabará imponiéndose.En paralelo, la situación militar refuerza esta percepción. Aeronaves lentas, diseñadas para apoyo cercano y vulnerables a defensas antiaéreas, operan sin restricciones en espacio enemigo. Esto solo ocurre cuando la capacidad defensiva del adversario ha quedado reducida a un nivel irrelevante.Ante este escenario, las opciones de Irán son limitadas: resistir, ganar tiempo y confiar en que la política interna de Estados Unidos frene la ofensiva, esperando un cambio en la opinión pública o un impacto electoral. Su margen de maniobra es muy reducido.Las señales son concluyentes. Los actores con intereses reales ya han tomado posiciones. Y todas apuntan en la misma dirección: la convicción de que la victoria se inclina hacia un lado concreto del conflicto y que llegará más pronto que tarde con lo que como eso sabemos supone para los mercados.
Los titulares siempre influyen en el comportamiento del mercado, pero en el momento actual su peso es, si cabe, todavía mayor. En los últimos días, Bolsas, bonos, divisas y materias primas han reaccionado casi exclusivamente al compás de los titulares. No hay duda sobre qué … está moviendo los precios, por lo que tampoco debería sorprender un desenlace que, por definición, apunta en una sola dirección.
Cualquier noticia que sugiera un posible final del conflicto es recibida de forma positiva; por el contrario, los mensajes que apuntan a un desenlace más lejano penalizan a los activos. Las idas y venidas del presidente Trump se reflejan de inmediato en los mercados. Sin embargo, con algo más de perspectiva, la conclusión es clara: pese a la volatilidad, los precios no están incorporando el escenario que algunos titulares parecen anticipar.
La valoración de prácticamente todos los activos sigue indicando que el conflicto se resolverá pronto y de manera favorable. La cuestión no es si se abrirá el estrecho de Ormuz, sino cuándo. Y, a juzgar por las cotizaciones, no debería tardar demasiado.
Conviene recordar que una resolución relativamente rápida, sin efectos persistentes sobre el precio del petróleo o el gas —y, por tanto, sobre el crecimiento económico y la inflación—, es perfectamente compatible con que Trump sea quien parece ser y con que Estados Unidos esté cometiendo errores geopolíticos de gran calado.
Los mercados no realizan juicios morales ni suelen descontar escenarios apocalípticos. Mucho menos después de haber superado tantas crisis recientes. Los profetas del desastre han perdido influencia: la realidad se ha empeñado en contrariarlos una y otra vez.
La conclusión es simple: no debemos dejarnos arrastrar por los titulares. Anticiparse a ellos es imposible, y ese es, precisamente, el juego. Como siempre, el mercado terminará adelantándose al titular que confirme que muchos temores eran infundados. Y, para sorpresa de algunos, los falsos profetas seguirán teniendo trabajo.
Bancos centrales
No se espera un giro radical en la política monetaria. El efecto sobre el crecimiento y los precios será temporal y, en todo caso, podría retrasar ligeramente la senda que los bancos centrales llevan tiempo señalando.
Los responsables de política monetaria, como el resto de agentes económicos, han aprendido mucho en los últimos años. Han cursado, por decirlo así, un máster en ‘shocks’ exógenos y sus respuestas. Su mayor conclusión: no sobreactuar. Conocen mejor que nadie los límites de la política monetaria y saben que, ante un ‘shock’ de oferta, poco pueden hacer para modificar la evolución de la actividad o los precios.
Son conscientes, además, de que intervenir en exceso puede ser contraproducente. Mantener tipos anormalmente bajos durante demasiado tiempo generó distorsiones significativas en los mercados de capitales. En ocasiones —como la actual— la política monetaria es como empujar una cuerda: su eficacia es mínima.
En realidad, solo pueden cruzar los dedos y confiar en que la situación se resuelva con suficiente rapidez como para evitar efectos de segunda ronda. El desenlace es incierto también para ellos, aunque, a juzgar por el mensaje del mercado, no debería ser especialmente grave. Intentar anticiparlo es inútil: hace tiempo que la política monetaria dejó de ser lo que era.
Lamentarse por adelantado no sirve de nada. Ya habrá tiempo de llorar por la leche derramada, si es que finalmente se derrama. No se pueden pedir imposibles.
Desenlace de la guerra
Los acontecimientos recientes en torno a la guerra ofrecen señales claras sobre hacia dónde se inclina el conflicto, no por declaraciones oficiales, sino por el comportamiento de los actores implicados y de quienes lo observan de cerca.
El primer indicio procede de Europa. Tradicionalmente reacios a involucrarse en conflictos salvo cuando perciben un desenlace encarrilado, varios gobiernos han empezado a mover ficha. Son decisiones basadas en cálculos fríos, no en impulsos idealistas, y reflejan confianza en la dirección que toma la contienda.
La segunda fuente de señales relevantes llega desde Oriente Próximo, donde varios países han adoptado decisiones estratégicas que van más allá de la retórica: expulsiones de representantes militares de potencias enfrentadas, interceptación de misiles sobre sus capitales o la continuidad de compromisos económicos con Estados Unidos incluso en plena guerra. Todo ello revela hacia dónde creen que se inclina el resultado. Sus movimientos sugieren que, en su análisis, el desenlace está prácticamente decidido.
Un indicador especialmente llamativo proviene del ámbito mediático regional. Un influyente canal, históricamente crítico con la intervención occidental, ha comenzado a describir la campaña de bombardeos como eficaz y subestimada. Que un medio de un Estado con presencia militar extranjera y representación de grupos enfrentados adopte este tono supone mucho más que un giro editorial: es un mensaje claro de quién consideran que acabará imponiéndose.
En paralelo, la situación militar refuerza esta percepción. Aeronaves lentas, diseñadas para apoyo cercano y vulnerables a defensas antiaéreas, operan sin restricciones en espacio enemigo. Esto solo ocurre cuando la capacidad defensiva del adversario ha quedado reducida a un nivel irrelevante.
Ante este escenario, las opciones de Irán son limitadas: resistir, ganar tiempo y confiar en que la política interna de Estados Unidos frene la ofensiva, esperando un cambio en la opinión pública o un impacto electoral. Su margen de maniobra es muy reducido.
Las señales son concluyentes. Los actores con intereses reales ya han tomado posiciones. Y todas apuntan en la misma dirección: la convicción de que la victoria se inclina hacia un lado concreto del conflicto y que llegará más pronto que tarde con lo que como eso sabemos supone para los mercados.
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