
Los productos de plástico que usamos a diario se descomponen en microplásticos, minúsculas partículas que generan efectos tóxicos en la vida marina que, a su vez, acaban llegando a los humanos. Su minúsculo tamaño hace que sean complejos de detectar y limpiar. Un estudio publicado este jueves abre una vía para hacerlo a través de un novedoso método óptico: los investigadores han estudiado imágenes por satélite de la gran mancha de basura del Pacífico y han constatado que en los últimos 20 años ha aumentado la luminosidad de las zonas marinas más contaminadas, es decir, que ha cambiado el color del océano. Los autores del trabajo reconocen que todavía hacen falta mediciones directas para confirmar que la herramienta funciona y se puede aplicar en otras áreas marinas.
Un estudio constata un aumento de la luminosidad en regiones marinas muy contaminadas y abre la vía para monitorizar estos plásticos desde el espacio
Los productos de plástico que usamos a diario se descomponen en microplásticos, minúsculas partículas que generan efectos tóxicos en la vida marina que, a su vez, acaban llegando a los humanos. Su minúsculo tamaño hace que sean complejos de detectar y limpiar. Un estudio publicado este jueves abre una vía para hacerlo a través de un novedoso método óptico: los investigadores han estudiado imágenes por satélite de la gran mancha de basura del Pacífico y han constatado que en los últimos 20 años ha aumentado la luminosidad de las zonas marinas más contaminadas, es decir, que ha cambiado el color del océano. Los autores del trabajo reconocen que todavía hacen falta mediciones directas para confirmar que la herramienta funciona y se puede aplicar en otras áreas marinas.
El estudio, publicado en la revista Communications Earth and Environment, analiza dos décadas de mediciones satelitales del color del océano en la gran mancha de basura del Pacífico, una zona con toneladas de plásticos y otros desechos atrapadas en las corrientes del giro oceánico situadas entre California y Hawái. Se ha escogido este lugar porque se sabe que hay microplásticos, difíciles de percibir en otros lugares.
El trabajo analiza tres series de datos de 20 años de reflectancia del color del océano obtenidas por satélite sobre el Pacífico norte. Las imágenes revelan cambios a largo plazo en la firma cromática de esta masa de agua, es decir, el patrón de luz reflejada, absorbida o emitida por este material, que funciona de forma similar a una huella dactilar y ayuda a identificar la composición de lo que se analiza. “Se observa un claro aumento de la luminosidad, tanto en la banda espectral azul como en la verde, cerca de la gran mancha de basura del Pacífico en comparación con el océano circundante”, señalan los científicos.
Shea Cheatham, investigadora de Óptica oceánica en la Universidad de Bergen (Noruega) y coautora principal del estudio, explica por correo: “La incorporación de microplásticos a las aguas cristalinas del océano abierto puede tener un efecto en el color de este que, en teoría, es detectable desde el satélite, y observamos un claro aumento del brillo del océano en las observaciones satelitales de la gran mancha de basura del Pacífico, lo cual concuerda con nuestras simulaciones teóricas”.

Sin embargo, la experta advierte: “Aunque nuestros resultados sugieren que podríamos estar observando microplásticos, aún queda trabajo por hacer para demostrar que la firma cromática que observamos en los registros satelitales se debe exclusivamente a los microplásticos. Nuestro modelo sugiere que los microplásticos presentes en la columna de agua tienden a producir una firma cromática específica, y que esta firma no suele darse de forma natural”. Por eso, “para responder a la pregunta de si los propios microplásticos son la causa principal de este cambio en el color del océano, tendremos que desplazarnos a la zona de acumulación de residuos para realizar mediciones ópticas de muestras de agua y cuantificar los microplásticos presentes. Esperamos poder llevar a cabo este trabajo en el futuro”, continúa.
Anna Sànchez Vidal, catedrática de la Universidad de Barcelona que investiga sobre contaminación marina por plásticos y no ha participado en el estudio, apunta en el portal especializado Science Media Centre: “Es un estudio especialmente original, que apunta a que los microplásticos podrían contribuir a los cambios de color observados en el océano alrededor del giro subtropical del Pacífico norte. Lo más relevante es que abre una vía prometedora para monitorizar indirectamente desde el espacio los microplásticos más pequeños, precisamente, los más difíciles de muestrear y los que más fácilmente pueden incorporarse a la cadena trófica”.
La catedrática comenta que todavía no constituye una herramienta operativa, aunque podría serlo en el futuro: “Será necesario validar la señal mediante campañas oceanográficas que combinen medidas de concentración de microplásticos con observaciones satelitales simultáneas. También habrá que comprobar si el método funciona en otras regiones, especialmente en zonas costeras y más productivas, donde los sedimentos, la materia orgánica y el fitoplancton también alteran el color del agua. Sería el caso del Mediterráneo, que acumula concentraciones de microplásticos comparables a las de los grandes giros oceánicos, pero cuyas aguas costeras son ópticamente mucho más complejas”. Por eso, “la observación por satélite y el muestreo directo deben entenderse como herramientas complementarias”.
Andrés Cózar Cabañas, catedrático de Ecología de la Universidad de Cádiz e investigador del Instituto de Investigación Marina (INMAR), muestra más dudas sobre el trabajo. “El estudio no observa el plástico, sino que encuentra una correlación estadística entre cambios en señal observada por el satélite y las tendencias de microplásticos observadas en campo. A partir de aquí propone una relación causal. Sin embargo, los estudios existentes convergen en la idea de que la concentración de microplásticos no es lo suficientemente alta como para ser observada por los sensores espaciales actuales”, advierte Cózar en Science Media Centre. Por eso, deja abierta la puerta a que “puedan existir otros factores que intervengan en los cambios de tendencia en la señal observada por los satélites, desde metodológicos a ecológicos”.
De hecho, el trabajo reconoce que existen otras variables relacionadas con el color del océano que no se han analizado aquí y de las que se sabe que provocan un aumento del brillo del océano; “por ejemplo, las masas de cocolitóforos [unas algas unicelulares] y las partículas minerales que suelen estar asociadas al agua de deshielo glacial o a la deposición de polvo”.
Cheatham añade que se han realizado muchos otros estudios que demuestran que la contaminación por plásticos y microplásticos afecta a la ecología oceánica y puede afectar a la alimentación, el crecimiento y la función celular de los organismos microbianos. “El hecho de que podamos estar observando el impacto de esta contaminación, directa o indirectamente, en el color del océano desde el espacio demuestra una vez más el alcance de la contaminación plástica oceánica”, concluye.
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