La casa de subastas Magna Art, que comparte la calle Núñez de Balboa con unas cuantas afamadas galerías de Madrid, es ahora la más concurrida. Público de todas las edades, incluso veinteañeros clásicamente vestidos, peregrina allí y se adentra hasta el fondo del local, donde se mantiene abierto, ante un tapiz antiguo, el despacho del director. De principio a fin, todo el espacio de Magna Art Auctions está invadido por el atrezzo de la dictadura franquista que se retiró del pazo de Meirás este verano, ante la impotencia de las asociaciones por la memoria. Ahora estos colectivos y estudiosos de la historia del palacete escudriñan el catálogo de la galería convencidos de que se han marchado de Galicia muebles y objetos que deberían haberse quedado y ya decoraban el pazo con su primera propietaria, Emilia Pardo Bazán.
Objetos ofrecidos por la familia del dictador multiplican su tasación antes de la subasta del día 27. Colectivos memorialistas piden al Gobierno parar y fiscalizar la venta
La casa de subastas Magna Art, que comparte la calle Núñez de Balboa con unas cuantas afamadas galerías de Madrid, es ahora la más concurrida. Público de todas las edades, incluso veinteañeros clásicamente vestidos, peregrina allí y se adentra hasta el fondo del local, donde se mantiene abierto, ante un tapiz antiguo, el despacho del director. De principio a fin, todo el espacio de Magna Art Auctions está invadido por el atrezzo de la dictadura franquista que se retiró del pazo de Meirás este verano, ante la impotencia de las asociaciones por la memoria. Ahora estos colectivos y estudiosos de la historia del palacete escudriñan el catálogo de la galería convencidos de que se han marchado de Galicia muebles y objetos que deberían haberse quedado y ya decoraban el pazo con su primera propietaria, Emilia Pardo Bazán.
La galería está a reventar. Por grande que sea el establecimiento, difícilmente puede dar cabida al aluvión de objetos que los abogados del Estado no reclamaron y que pudo llevarse la familia Franco, legalmente y bajo vigilancia, en media docena de camiones el pasado julio. Son, en total, 689 lotes en los que los especialistas de Magna Art Auctions agruparon cerca de un millar de objetos. Algunos antiguos y originales, y otros que no pasan de la definición de vintage o simplemente fetiches. Simbología hay bastante, desde el tapiz repostero con el escudo de la España franquista (precio de salida, 850 euros) o el armario de castaño con el yugo y las flechas (700 euros) hasta una de las fotos familiares que llega con más pretendientes al día de la subasta: el retrato de Juan Carlos I con una cariñosa dedicatoria para el dictador en 1970 ya sobrepasa desde hace días los 1.000 euros.

Personal de la galería reconoce que esta no es una subasta normal. El precio con el que acabarán despachándose los bienes —y que se embolsarán los herederos de Franco— podrá alejarse mucho de la tasación y no responderá a su valor material. En la galería atiborrada de recuerdos de los privilegios que gozó la familia, hay piezas infinitamente más valiosas, pero no despiertan tamaña curiosidad. Con precios de salida que van de los 30 a los 5.000 euros, y muchos de ellos ya pujados desde que se abrió al público la exposición, en el catálogo de Meirás no priman la antigüedad, la singularidad o el mérito artístico, sino el valor sentimental que le otorguen los nostálgicos. Hay toalleros, juegos de tocador, manteles y servilletas; vajilla, en algunos casos muy corriente; gran cantidad de vestimentas litúrgicas; misales; cucharillas de caviar; alfombras raídas; sillas y sofás vencidos.
Las piezas con verdadero valor serán pujadas, sobre todo, al final por un público familiarizado con el mundo de las subastas, pero los pequeños enseres y recuerdos que, supuestamente, rodeaban los veranos de Francisco Franco y Carmen Polo en el pazo de la localidad coruñesa de Sada están multiplicando su precio, hasta seis o diez veces, desde el primer día. Es la carrera de fondo de los fanáticos del Caudillo, ansiosos por hacerse con algún vestigio, unas copas talladas con el escudo de armas de Franco o una pareja de botellas licoreras con el “pendón de la Casa Civil de su Excelencia el Generalísimo”.

Algunos de los objetos que han subido su precio como la espuma son la raqueta Wilson de entre las décadas de los 50 y los 70 (que se puede adquirir mucho más barata en Wallapop, pero no es de Meirás) o el viejo juego de palos de golf con su bolsa original. También está el maletín personal, en cuero grabado en oro, que indica que fue un agasajo para el Generalísimo. Otros fetiches son el pergamino que contiene el árbol genealógico del dictador; el joyero de plata que lleva grabado el nombre de Carmencita o una pequeña cesta de la merienda pintada con dragones chinescos. Los aspirantes telefonean, escriben, acuden al local. Hay interés por los juegos de sábanas bordados con una F bajo una corona ducal o el blasón de la casa de Franco (toda la ropa de cama tenía un precio de salida de 180 euros), lo mismo que por las ocho espingardas de Marruecos (2.500 euros el lote) que colgaban de la pared en el vestíbulo de Meirás.
Este gran recibidor con escalinata noble ha quedado casi desnudo después de ser reconocido el derecho de los Franco a llevarse todos los objetos que no reclamó la Abogacía del Estado. Los nietos del Caudillo subastan las cuatro grandes figuras torcheras, unas tallas en madera que sostienen lámparas, de entre los siglos XVIII y XIX, cada pareja con un precio de salida de 2.500 euros. Entre otros elementos destacados, hay bargueños del siglo XVII de hasta 4.500 euros; gran cantidad de maquetas de barcos que decoraban la capilla y el hall; albarelos de farmacia seculares; relojes antiguos; camas; mucha porcelana china de la dinastía Qing; arcones; alfombras; lámparas; imágenes religiosas y cuadros, el más caro, un San Francisco del siglo XVII tasado en 5.000 euros.

En sucesivas sentencias, entre 2022 y 2024, los tribunales reconocieron la titularidad estatal de casi 700 elementos muebles o bienes documentales, porque los peritajes demostraron que eran patrimonio nacional o tenían un gran valor histórico y formaban parte de la decoración del pazo desde antes de 1975. No obstante, el grupo memorialista que más da la batalla por Meirás en Galicia, la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica (CRMH) da Coruña —en colaboración con expertos en la historia del pazo y la etapa de Pardo Bazán— asegura haber identificado piezas que se van a subastar y llevaban en Meirás, en algunos casos, desde hace más de un siglo. Con fotos históricas y otras tomadas dentro de la Granja de Meirás o Viejo Pazo —una construcción intramuros que acabó convirtiéndose en sucio trastero, sobre todo de muebles rescatados en el incendio de 1978—, la CRMH defiende que en la subasta hay objetos “que no deberían estar”. Y achaca la responsabilidad al Estado.
Carlos Babío, presidente de la CRMH, enseña algunas pruebas: las dos armaduras oxidadas con precio de salida de 500 euros ya estaban en el pazo en el primer tercio del siglo XX, antes de ser regaladas a Franco tras una cuestación popular forzosa. Entre la basura y los trastos arrumbados en aquella granja (cuyos huevos vendía la Casa Civil de Franco a precio de oro en Madrid) se adivinan algunos muebles del catálogo, como el lote 449: una curiosa “cuna antigua” tapizada en capitoné rosa y con precio inicial de 250 euros. La CRMH de A Coruña también señala como invendible un “aparador cajonera del siglo XIX” (lote 547, 250 euros), convencida de que había pertenecido a Pardo Bazán.

El miércoles pasado la ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica) se sumó a la reclamación del colectivo gallego y pidió formalmente al Gobierno que promueva a través de la Fiscalía General del Estado la suspensión cautelar de la puja prevista para el día 27. Según este grupo memorialista, los nietos del dictador deben demostrar que esos bienes “son de su propiedad y no fueron regalos a la jefatura del Estado, porque entonces pertenecerían a Patrimonio Nacional”. El colectivo que preside Emilio Silva pone el foco además en el texto de presentación del catálogo, rubricado por el director de la galería, José Miguel Carrillo de Albornoz, vizconde de Torre Hidalgo. “Creemos que el conjunto de obras tiene un valor superior al intrínseco de los mismos objetos, indudable, y nos muestra retazos de la vida familiar de la familia en el pazo que les ha pertenecido durante muchas décadas”, escribe Carrillo de Albornoz. Eso, replica la ARMH, es “una falsedad que ha quedado demostrada documental y judicialmente y que siembra una duda razonable en torno a la propiedad de los objetos de la subasta”.
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