Corrían los últimos años de la década de los setenta cuando Joaquín Michavila estaba triunfando con su abstracción geométrica. Estaba presente en importantes exposiciones colectivas y en galerías del momento como Espacio Theo, de Madrid. Pero el pintor valenciano entró en crisis. No se encontraba bien, estaba bloqueado, atascado. Un psicólogo le recomendó que se marchara a algún lugar inspirador, que le transmitiera calma. “Entonces cogió su Land Rover y se fue a l’Albufera. Y empieza a hacer todos esos cuadros donde aplica un poco lo que Elaine de Kooning [artista y crítica de arte, esposa del pintor] llamaba impresionismo abstracto, que en España asociamos a Fernando Zóbel, pero que también practicó Ràfols-Casamada, por ejemplo”, explica a EL PAÍS Juan Manuel Bonet frente a un estupendo paisaje del lago.
La Fundación Bancaja exhibe la mayor retrospectiva dedicada al pintor valenciano con motivo del centenario de su nacimiento
Corrían los últimos años de la década de los setenta cuando Joaquín Michavila estaba triunfando con su abstracción geométrica. Estaba presente en importantes exposiciones colectivas y en galerías del momento como Espacio Theo, de Madrid. Pero el pintor valenciano entró en crisis. No se encontraba bien, estaba bloqueado, atascado. Un psicólogo le recomendó que se marchara a algún lugar inspirador, que le transmitiera calma. “Entonces cogió su Land Rover y se fue a l’Albufera. Y empieza a hacer todos esos cuadros donde aplica un poco lo que Elaine de Kooning [artista y crítica de arte, esposa del pintor] llamaba impresionismo abstracto, que en España asociamos a Fernando Zóbel, pero que también practicó Ràfols-Casamada, por ejemplo”, explica a EL PAÍS Juan Manuel Bonet frente a un estupendo paisaje del lago.
Bonet, exdirector del IVAM y del Reina Sofía, es un historiador y estudioso del arte de largo aliento que ya coincidió con Michavila (aunque no se llegaron a conocer) en los Encuentros de Pamplona de 1972, un histórico festival internacional de arte de vanguardia en el que participó John Cage. El músico experimental estadounidense inspiró al pintor (l’Alcora, 1926-Albalat dels Tarongers, 2016) en uno de los cuadros que ahora forman parte de la mayor retrospectiva dedicada a Michavila, que se abre al público este miércoles en la Fundación Bancaja de Valencia y de la que Bonet es el comisario.

La muestra dedica un espacio a la inspiración musical en la obra de este pintor, que empezó en la figuración, pasó por Italia, formó parte del Grupo Parpalló y transitó por diversas etapas abstractas. En esa sala se pueden escuchar piezas de compositores como John Cage, Kurt Weill, Arnold Schönberg o Pierre Schaeffer. “Hemos hecho un Michavila total”, manifestó en la presentación la hija del pintor, Carmen Michavila, que colabora en la exposición Ximo Michavila. Centenario (1926-2026), integrada por un centenar de obras, algunas de ellas inéditas para el público.
“Él es un hijo de la guerra, de esa generación a la que la Guerra Civil le marca física y psicológicamente, y también la posguerra”, apuntó Bonet. Fue en esos años cuando el pintor nacido en l’Alcora (Castellón) abandonó los estudios de Filosofía y Letras para estudiar Bellas Artes y entró en contacto con sus dos grandes aficiones: la naturaleza y la música.
De esta época es el cuadro más antiguo que se expone en la Fundación Bancaja de Valencia: un retrato del padre de Michavila en su biblioteca, pintado en 1951. También pintó al gran ensayista de Sueca Joan Fuster, una de las amistades que frecuentaba entonces.
En los años siguientes, el artista se inspiró en la meseta y en su entorno más cercano: la ciudad de València, presente en la retrospectiva con piezas como la melancólica [falta aquí el nombre de la obra]. Fue uno de los grandes geómetras de España, con cuadros en los que aludía a la arquitectura, al urbanismo o incluso al cosmos, como gran aficionado a la geometría. “Era una persona renacentista”, sintetizó el comisario.
Ya en 1978, Michavila se sumergió durante más de diez años en el paisaje de l’Albufera, que se convirtió en su obsesión y en la etapa más conocida para el público valenciano. En estos cuadros, Michavila es testigo de la decadencia del paisaje, pero, a la vez, sigue entregado al encanto de la luz entre las cañas o sobre los arrozales. “Tenía todo el derecho a volver a l’Albufera y a crear otro paisaje, que no es el mismo, porque es el paisaje el que nos envuelve a todos. Todo es paisaje, externo o interno”, señaló la hija del artista, en declaraciones recogidas por Europa Press. “Era un pintor que amaba su oficio, que amaba los pinceles”, añadió el comisario, quien señaló que los primeros cuadros de l’Albufera pintados por Michavila son muy diferentes a los del final de su carrera, mucho “más libres”.

La retrospectiva, además, incluye una amplia selección del archivo personal del artista, conservado por la Diputació de València, que ha cedido más de 80 documentos, muchos inéditos, como catálogos, folletos y carteles de exposiciones, fotografías o correspondencia.
También hay diseños e imágenes de la labor de Michavila como escenógrafo teatral de Antonio Díaz Zamora, una figura clave en la renovación de la dramaturgia valenciana. “Estrenaban obras de Beckett, Lorca, Arrabal, Max Frisch…, aún bajo la dictadura. Es una relación con el teatro que desconocía”, comenta Bonet, que trató bastante a Michavila durante su etapa al frente del IVAM, entre 1995 y 2000. “Lo recuerdo como una persona entrañable, curiosa, amigo de sus amigos, de músicos, de escritores”, rememora.
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