María Jesús Montero se ha pasado la vida rompiendo techos de cristal y prejuicios. A su inédita acumulación de cargos, que sumaba ser la número dos del Gobierno y del partido, además de vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, negociadora jefa con Félix Bolaños y, junto a él, persona de máxima confianza del presidente, esta semana añadió uno aún más difícil: demostrar que una responsable de la caja puede ser una persona muy querida dentro del Consejo de Ministros.
Médico de profesión pero política pura de vocación, vuelve a Andalucía en el momento cumbre de su carrera
María Jesús Montero se ha pasado la vida rompiendo techos de cristal y prejuicios. A su inédita acumulación de cargos, que sumaba ser la número dos del Gobierno y del partido, además de vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, negociadora jefa con Félix Bolaños y con el ministro de Presidencia la persona de máxima confianza del presidente, esta semana añadió uno aún más difícil: demostrar que una responsable de la caja puede ser una persona muy querida dentro del Consejo de Ministros.
Quien tiene la cartera de Hacienda siempre es el hombre o la mujer del no. La que frena todas las ansias de gastar de los ministros. La que paraliza proyectos, rechaza puntos de negociación económica con distintos sectores, impide aumentos de Presupuestos. Es casi imposible lograr lo que sucedió esta semana: que todo el Consejo de Ministros, incluidos los cinco miembros de Sumar, con los que ha tenido batallas políticas muy duras, aplauda emocionado a la ministra de Hacienda cuando deja el puesto en el momento cumbre de su carrera y con el máximo poder posible por debajo del presidente para ir a un puesto muy arriesgado, de mucho menos lustre: muy probablemente jefa de la oposición en Andalucía en el momento de mayor fortaleza del PP de Juanma Moreno.
Montero llegó a La Moncloa procedente del Gobierno de Susana Díaz, sin ser sanchista, algo bastante raro en 2018, cuando el presidente exigía lealtades inquebrantables. Sánchez recordó este martes a los ministros que apenas la conocía, pero este jueves, al nombrar a sus sucesores, Carlos Cuerpo y Arcadi España, el presidente dijo que es “la mejor política” que ha conocido.
Montero empezó fuera del núcleo duro, ocupado por sanchistas de siempre como Carmen Calvo o José Luis Ábalos, pero poco a poco fue ocupando todo el espacio con su ritmo imposible de trabajo -todos en el Gobierno dicen que no descansa nunca, que siempre está a cualquiera hora y en cualquier día en el despacho o al teléfono- y su capacidad negociadora. Logró acuerdos aparentemente imposibles dentro de la coalición, con un Pablo Iglesias con quien le grabaron las cámaras diciéndole “Pablo, no seas cabezón” y después con Yolanda Díaz, con la que tuvo discusiones durísimas, pero sobre todo con los demás socios de mayoría. Con ellos pactó tres Presupuestos en la primera legislatura, aunque ninguno en la segunda, su gran fracaso final con una aritmética aún más endiabablada tras las elecciones de 2023.
“De verdad que va a ser muy difícil sustituir el trabajo de María Jesús, es que está en todo y no para nunca”, confesaba un alto cargo muy relevante estos días. Montero además ejercía otro papel invisible muy relevante: fue portavoz del Gobierno durante un tiempo pero siempre ha ejercido como una especie de portavoz en la sombra, con excelente relación con la prensa, a la que siempre orientaba con su visión política. Es un puesto difícil de sustituir para un Gobierno muy cerrado ante la prensa.
Desde el punto de vista de su gestión económica, Montero ha pilotado las cuentas públicas en un contexto marcado por la pandemia de la covid-19, la guerra de Ucrania y la crisis inflacionista, así como por la necesidad de asignar con rapidez los fondos de recuperación europeos. Su gestión se ha centrado, después de encarar un ascenso meteórico del déficit como consecuencia de la crisis sanitaria, en encontrar el equilibrio entre ingresos y gastos. Aún no se conocen los datos cerrados de 2025, pero todo indica que el déficit público rondó el objetivo del 2,5 % del PIB, al tiempo que la ratio de deuda ha ido reduciéndose desde el pico alcanzado en la pandemia.
En materia tributaria, el Ministerio de Hacienda bajo Montero ha promovido una política fiscal que busca aumentar la progresividad del sistema, con ajustes en la recaudación destinados a equilibrar la carga entre distintos segmentos de ingresos. Esta orientación incluye medidas que han aumentado la presión fiscal sobre las rentas más altas y ciertos sectores, con la creación, por ejemplo, del impuesto de solidaridad sobre grandes fortunas y los gravámenes extraordinarios a banca y energéticas. Al mismo tiempo, el ministerio defiende que ha aprobado las mayores rebajas fiscales a las rentas bajas gracias a la ampliación de la deducción por rendimientos del trabajo y la adecuación del IRPF al salario mínimo interprofesional. La gran crítica que ha recibido la gestión de Montero en esta materia es la no adaptación del impuesto sobre la renta a la inflación, que llegó a dispararse a niveles nunca vistos tras el encarecimiento de la energía.
El gran borrón en el historial de Montero ha sido la imposibilidad de aprobar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado, tarea que ha sido imposible desde 2023, cuando se sacaron adelante las últimas cuentas públicas, debido a la minoría parlamentaria que ha desgastado al Ejecutivo durante la última legislatura. Montero se despide del Gobierno y del ministerio con la promesa de que llevaría un proyecto de cuentas, un plan que ha ido posponiendo sine die con el paso de los meses.
También ha sido imposible aprobar un nuevo sistema de financiación autonómica. El modelo actual data de 2009 y tendría que haberse reformado hace ya más de 10 años. Sin embargo, el choque constante con las comunidades autónomas del Partido Popular ha hecho imposible llegar a acuerdos. El departamento de Montero, no obstante, ha puesto la primera piedra de la reforma al presentar un modelo de financiación singular para Cataluña que, a su vez, se integraría en la reforma del sistema general que nutre de recursos a todos los territorios de régimen común. También ha presentado una propuesta para que la Administración central asuma parte de la deuda pública de las comunidades. La tarea, nada fácil, tendrá que culminarla el nuevo titular de Hacienda.
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