La mal llamada política de vivienda de este Gobierno no da más de sí. La ministra protagonizó la semana pasada uno de los episodios más bochornosos que se recuerdan en esta materia al afirmar que, si por ella fuera, aplicaría el artículo 155 para obligar a la Comunidad de Madrid a cumplir la Ley de Vivienda. No todo vale. Hay límites que los ministros deberían respetar, aunque solo sea por decoro. Conviene recordarles que, cuando este Gobierno pase –y pasará–, tendrán que seguir dedicándose a algo. Además, y aunque no haga falta aclararlo porque cae por su propio peso, las regiones que han ido más lejos aplicando esas medidas son precisamente las que tienen un problema mayor.La nueva vuelta de tuerca que pretenden dar al amparo del llamado ‘decreto botillo’ es otro paso en la dirección equivocada. Con la falsa coartada de la protección al vulnerable, abundan en la inseguridad jurídica. Es muy sencillo: si los propietarios perciben mayor riesgo de impago, la oferta se reducirá. Saldrán menos viviendas al mercado por parte de quienes son los grandes tenedores en España, las personas físicas, y no habrá inversión institucional para promover vivienda destinada al alquiler.En cualquier caso, estos planteamientos tienen un recorrido muy corto. El problema de la vivienda es fácil de entender y estos aspavientos populistas no llevan a ninguna parte; probablemente resulten incluso contraproducentes. La falta de acceso a la vivienda es uno de los factores que más empaña la percepción de la realidad económica, y que el Gobierno haya abrazado los planteamientos simplistas de la izquierda radical no ayuda.Noticia Relacionada Revisiones de contratos de 2021 estandar Si Caseros e inquilinos echan cuentas: ¿cuánto subirá la mensualidad de 600.000 alquileres este año? José María Camarero y Virginia López EspláEl diagnóstico del problema está hecho desde hace tiempo. Las soluciones también. Y, como muestra Cataluña (donde más lejos han llegado con las medidas de corte populista), el camino no pasa por más trabas a los propietarios y más inseguridad jurídica, sino por exactamente lo contrario. Hoy en Barcelona no hay ni una sola grúa; se ha dejado de construir. Lógicamente, ese no puede ser el camino. El nuevo Gobierno debe tener claro que la solución es otra. Aunque no se pueda resolver de un día para otro, un cambio radical de planteamiento mejoraría inmediatamente la percepción general. Además, tiene recorrido de sobra para convertirse en uno de los pilares de las próximas legislaturas.SeñalesHace unos días conocimos el dato de crecimiento de la economía española en el último trimestre del año pasado. La economía española sigue creciendo a buen ritmo, un 0,8% , y, probablemente, lo más importante es lo que esto implica para este año. Ese ritmo de crecimiento sugiere que en 2026 la economía volverá a avanzar claramente por encima del 2%, batiendo un año más las expectativas de las principales casas de análisis. La economía española lleva varios años superando sistemáticamente las previsiones y, además de crecer más de lo esperado, crece sensiblemente más que el resto de países comparables.Conviene desmontar la crítica fácil de que crecemos gracias a la inmigración. Más bien habría que subrayar que hay inmigración porque crecemos. ¿O si vinieran 100 millones de personas habría trabajo para todos?No hay que olvidar que la macroeconomía es, en gran medida, demografía. Es lo que está detrás del crecimiento diferencial de países como India o China en los últimos tiempos o, siempre, de Estados Unidos. También fue lo que marcó la diferencia en el llamado milagro económico español de la época de Aznar, en la que el número de cotizantes pasó de 12 a 20 millones. Hoy ya estamos en 22 millones, creciendo a razón de medio millón al año durante los últimos cuatro años, de los cuales el 70% son extranjeros. Estas dinámicas demográficas suponen prácticamente, de entrada, un punto porcentual de crecimiento.También es importante subrayar que no crecemos solo por acumulación de empleo o inmigración, ni estamos viendo un cambio radical en la productividad. Esta crece, sí, pero sigue siendo baja. Como en casi todo, los matices importan. Ahora bien, la productividad empieza a recuperarse —la evolución del PIB per cápita en los últimos años lo demuestra—, aunque cueste encontrar este análisis en los periódicos.Por todo ello, y aunque debamos permanecer atentos a los datos que vayan apareciendo, hay razones para mantener el optimismo un año más respecto a la economía española. ‘Ceteris paribus’, la cosa pinta bien. La coda, como siempre en estas postales, es lo mucho mejor que podrían ir las cosas si hubiera alguien sensato al mando. El tiempo perdido ha sido mucho, pero el estropicio no ha sido grande. Quien llegue después podrá reorientar rápidamente la situación. Y aunque algunos ya estén poniendo la venda antes de la herida, merecen el beneficio de la duda. Ya habrá tiempo para criticar cuando corresponda.Narrativas de ida y vueltaEstamos asistiendo a un inicio de año en el que se pone de manifiesto la fuerza de las narrativas en la evolución del mercado, en un sentido y en otro. El ejemplo más extremo es el de las criptomonedas. La semana pasada siguieron desplomándose: sin ir más lejos, el bitcoin ha retrocedido un 50% desde sus máximos de hace pocos meses y cae más de un 30% en lo que va de año. Los que defendían que estos pseudoactivos se convertirían en la nueva divisa de reserva guardan ahora silencio. Y todos los incautos que creyeron los mensajes categóricos que escucharon –«es una irresponsabilidad no tener exposición a este activo emergente»– se han quedado con un palmo de narices. La narrativa se ha desmoronado, dejando en evidencia a los falsos profetas que, como otras veces, embaucaron a quienes se dejaron llevar por la avaricia.Otra narrativa que empieza a ponerse en duda es la de que «es oro todo lo que toca la IA». Pese a que la inteligencia artificial es sin duda una realidad transformadora, el mercado empieza a cuestionar algunas de las cosas que había dado por descontadas. Las importantes inversiones anunciadas por muchas grandes compañías han abierto el debate sobre los retornos reales de esta revolución. Cambia por completo el perfil de rentabilidad. Inversiones ingentes y mayor apalancamiento se traducen en menores retornos que no es en muchos casos lo que el mercado lleva tiempo descontando.Por último y también consecuencia de la entrada en escena de la IA, el mercado en las últimas semanas empieza a poner en duda determinados modelos de negocio. La posibilidad de que acaben en la cuneta es algo que se ha empezado a descontar claramente por el mercado. Empresas de software, consultoras, medios de comunicación, empresas de ‘private equity’ han caído con fuerza por el riesgo de disrupción. Como siempre el mercado primero atiza y luego analiza. Tendremos tiempo de ver realmente si lo que está ahora mismo poniéndose en precio es o no así.El peso de las narrativas es cada vez mayor en las cotizaciones de los distintos activos. La gestión pasiva, los modelos cuantitativos y algoritmos han provocado que estos cuentos se magnifiquen. Esto provoca que las cosas vayan más rápido y que las oportunidades sean mayores para los que no se dejen llevar. Aunque ya sabemos que lo de no correr con la manada es lo difícil en esto de los mercados. La mal llamada política de vivienda de este Gobierno no da más de sí. La ministra protagonizó la semana pasada uno de los episodios más bochornosos que se recuerdan en esta materia al afirmar que, si por ella fuera, aplicaría el artículo 155 para obligar a la Comunidad de Madrid a cumplir la Ley de Vivienda. No todo vale. Hay límites que los ministros deberían respetar, aunque solo sea por decoro. Conviene recordarles que, cuando este Gobierno pase –y pasará–, tendrán que seguir dedicándose a algo. Además, y aunque no haga falta aclararlo porque cae por su propio peso, las regiones que han ido más lejos aplicando esas medidas son precisamente las que tienen un problema mayor.La nueva vuelta de tuerca que pretenden dar al amparo del llamado ‘decreto botillo’ es otro paso en la dirección equivocada. Con la falsa coartada de la protección al vulnerable, abundan en la inseguridad jurídica. Es muy sencillo: si los propietarios perciben mayor riesgo de impago, la oferta se reducirá. Saldrán menos viviendas al mercado por parte de quienes son los grandes tenedores en España, las personas físicas, y no habrá inversión institucional para promover vivienda destinada al alquiler.En cualquier caso, estos planteamientos tienen un recorrido muy corto. El problema de la vivienda es fácil de entender y estos aspavientos populistas no llevan a ninguna parte; probablemente resulten incluso contraproducentes. La falta de acceso a la vivienda es uno de los factores que más empaña la percepción de la realidad económica, y que el Gobierno haya abrazado los planteamientos simplistas de la izquierda radical no ayuda.Noticia Relacionada Revisiones de contratos de 2021 estandar Si Caseros e inquilinos echan cuentas: ¿cuánto subirá la mensualidad de 600.000 alquileres este año? José María Camarero y Virginia López EspláEl diagnóstico del problema está hecho desde hace tiempo. Las soluciones también. Y, como muestra Cataluña (donde más lejos han llegado con las medidas de corte populista), el camino no pasa por más trabas a los propietarios y más inseguridad jurídica, sino por exactamente lo contrario. Hoy en Barcelona no hay ni una sola grúa; se ha dejado de construir. Lógicamente, ese no puede ser el camino. El nuevo Gobierno debe tener claro que la solución es otra. Aunque no se pueda resolver de un día para otro, un cambio radical de planteamiento mejoraría inmediatamente la percepción general. Además, tiene recorrido de sobra para convertirse en uno de los pilares de las próximas legislaturas.SeñalesHace unos días conocimos el dato de crecimiento de la economía española en el último trimestre del año pasado. La economía española sigue creciendo a buen ritmo, un 0,8% , y, probablemente, lo más importante es lo que esto implica para este año. Ese ritmo de crecimiento sugiere que en 2026 la economía volverá a avanzar claramente por encima del 2%, batiendo un año más las expectativas de las principales casas de análisis. La economía española lleva varios años superando sistemáticamente las previsiones y, además de crecer más de lo esperado, crece sensiblemente más que el resto de países comparables.Conviene desmontar la crítica fácil de que crecemos gracias a la inmigración. Más bien habría que subrayar que hay inmigración porque crecemos. ¿O si vinieran 100 millones de personas habría trabajo para todos?No hay que olvidar que la macroeconomía es, en gran medida, demografía. Es lo que está detrás del crecimiento diferencial de países como India o China en los últimos tiempos o, siempre, de Estados Unidos. También fue lo que marcó la diferencia en el llamado milagro económico español de la época de Aznar, en la que el número de cotizantes pasó de 12 a 20 millones. Hoy ya estamos en 22 millones, creciendo a razón de medio millón al año durante los últimos cuatro años, de los cuales el 70% son extranjeros. Estas dinámicas demográficas suponen prácticamente, de entrada, un punto porcentual de crecimiento.También es importante subrayar que no crecemos solo por acumulación de empleo o inmigración, ni estamos viendo un cambio radical en la productividad. Esta crece, sí, pero sigue siendo baja. Como en casi todo, los matices importan. Ahora bien, la productividad empieza a recuperarse —la evolución del PIB per cápita en los últimos años lo demuestra—, aunque cueste encontrar este análisis en los periódicos.Por todo ello, y aunque debamos permanecer atentos a los datos que vayan apareciendo, hay razones para mantener el optimismo un año más respecto a la economía española. ‘Ceteris paribus’, la cosa pinta bien. La coda, como siempre en estas postales, es lo mucho mejor que podrían ir las cosas si hubiera alguien sensato al mando. El tiempo perdido ha sido mucho, pero el estropicio no ha sido grande. Quien llegue después podrá reorientar rápidamente la situación. Y aunque algunos ya estén poniendo la venda antes de la herida, merecen el beneficio de la duda. Ya habrá tiempo para criticar cuando corresponda.Narrativas de ida y vueltaEstamos asistiendo a un inicio de año en el que se pone de manifiesto la fuerza de las narrativas en la evolución del mercado, en un sentido y en otro. El ejemplo más extremo es el de las criptomonedas. La semana pasada siguieron desplomándose: sin ir más lejos, el bitcoin ha retrocedido un 50% desde sus máximos de hace pocos meses y cae más de un 30% en lo que va de año. Los que defendían que estos pseudoactivos se convertirían en la nueva divisa de reserva guardan ahora silencio. Y todos los incautos que creyeron los mensajes categóricos que escucharon –«es una irresponsabilidad no tener exposición a este activo emergente»– se han quedado con un palmo de narices. La narrativa se ha desmoronado, dejando en evidencia a los falsos profetas que, como otras veces, embaucaron a quienes se dejaron llevar por la avaricia.Otra narrativa que empieza a ponerse en duda es la de que «es oro todo lo que toca la IA». Pese a que la inteligencia artificial es sin duda una realidad transformadora, el mercado empieza a cuestionar algunas de las cosas que había dado por descontadas. Las importantes inversiones anunciadas por muchas grandes compañías han abierto el debate sobre los retornos reales de esta revolución. Cambia por completo el perfil de rentabilidad. Inversiones ingentes y mayor apalancamiento se traducen en menores retornos que no es en muchos casos lo que el mercado lleva tiempo descontando.Por último y también consecuencia de la entrada en escena de la IA, el mercado en las últimas semanas empieza a poner en duda determinados modelos de negocio. La posibilidad de que acaben en la cuneta es algo que se ha empezado a descontar claramente por el mercado. Empresas de software, consultoras, medios de comunicación, empresas de ‘private equity’ han caído con fuerza por el riesgo de disrupción. Como siempre el mercado primero atiza y luego analiza. Tendremos tiempo de ver realmente si lo que está ahora mismo poniéndose en precio es o no así.El peso de las narrativas es cada vez mayor en las cotizaciones de los distintos activos. La gestión pasiva, los modelos cuantitativos y algoritmos han provocado que estos cuentos se magnifiquen. Esto provoca que las cosas vayan más rápido y que las oportunidades sean mayores para los que no se dejen llevar. Aunque ya sabemos que lo de no correr con la manada es lo difícil en esto de los mercados.
La mal llamada política de vivienda de este Gobierno no da más de sí. La ministra protagonizó la semana pasada uno de los episodios más bochornosos que se recuerdan en esta materia al afirmar que, si por ella fuera, aplicaría el artículo 155 para … obligar a la Comunidad de Madrid a cumplir la Ley de Vivienda. No todo vale. Hay límites que los ministros deberían respetar, aunque solo sea por decoro. Conviene recordarles que, cuando este Gobierno pase –y pasará–, tendrán que seguir dedicándose a algo. Además, y aunque no haga falta aclararlo porque cae por su propio peso, las regiones que han ido más lejos aplicando esas medidas son precisamente las que tienen un problema mayor.
La nueva vuelta de tuerca que pretenden dar al amparo del llamado ‘decreto botillo’ es otro paso en la dirección equivocada. Con la falsa coartada de la protección al vulnerable, abundan en la inseguridad jurídica. Es muy sencillo: si los propietarios perciben mayor riesgo de impago, la oferta se reducirá. Saldrán menos viviendas al mercado por parte de quienes son los grandes tenedores en España, las personas físicas, y no habrá inversión institucional para promover vivienda destinada al alquiler.
En cualquier caso, estos planteamientos tienen un recorrido muy corto. El problema de la vivienda es fácil de entender y estos aspavientos populistas no llevan a ninguna parte; probablemente resulten incluso contraproducentes. La falta de acceso a la vivienda es uno de los factores que más empaña la percepción de la realidad económica, y que el Gobierno haya abrazado los planteamientos simplistas de la izquierda radical no ayuda.
El diagnóstico del problema está hecho desde hace tiempo. Las soluciones también. Y, como muestra Cataluña (donde más lejos han llegado con las medidas de corte populista), el camino no pasa por más trabas a los propietarios y más inseguridad jurídica, sino por exactamente lo contrario. Hoy en Barcelona no hay ni una sola grúa; se ha dejado de construir. Lógicamente, ese no puede ser el camino. El nuevo Gobierno debe tener claro que la solución es otra. Aunque no se pueda resolver de un día para otro, un cambio radical de planteamiento mejoraría inmediatamente la percepción general. Además, tiene recorrido de sobra para convertirse en uno de los pilares de las próximas legislaturas.
Señales
Hace unos días conocimos el dato de crecimiento de la economía española en el último trimestre del año pasado. La economía española sigue creciendo a buen ritmo, un 0,8%, y, probablemente, lo más importante es lo que esto implica para este año. Ese ritmo de crecimiento sugiere que en 2026 la economía volverá a avanzar claramente por encima del 2%, batiendo un año más las expectativas de las principales casas de análisis. La economía española lleva varios años superando sistemáticamente las previsiones y, además de crecer más de lo esperado, crece sensiblemente más que el resto de países comparables.
Conviene desmontar la crítica fácil de que crecemos gracias a la inmigración. Más bien habría que subrayar que hay inmigración porque crecemos. ¿O si vinieran 100 millones de personas habría trabajo para todos?
No hay que olvidar que la macroeconomía es, en gran medida, demografía. Es lo que está detrás del crecimiento diferencial de países como India o China en los últimos tiempos o, siempre, de Estados Unidos. También fue lo que marcó la diferencia en el llamado milagro económico español de la época de Aznar, en la que el número de cotizantes pasó de 12 a 20 millones. Hoy ya estamos en 22 millones, creciendo a razón de medio millón al año durante los últimos cuatro años, de los cuales el 70% son extranjeros. Estas dinámicas demográficas suponen prácticamente, de entrada, un punto porcentual de crecimiento.
También es importante subrayar que no crecemos solo por acumulación de empleo o inmigración, ni estamos viendo un cambio radical en la productividad. Esta crece, sí, pero sigue siendo baja. Como en casi todo, los matices importan. Ahora bien, la productividad empieza a recuperarse —la evolución del PIB per cápita en los últimos años lo demuestra—, aunque cueste encontrar este análisis en los periódicos.
Por todo ello, y aunque debamos permanecer atentos a los datos que vayan apareciendo, hay razones para mantener el optimismo un año más respecto a la economía española. ‘Ceteris paribus’, la cosa pinta bien. La coda, como siempre en estas postales, es lo mucho mejor que podrían ir las cosas si hubiera alguien sensato al mando. El tiempo perdido ha sido mucho, pero el estropicio no ha sido grande. Quien llegue después podrá reorientar rápidamente la situación. Y aunque algunos ya estén poniendo la venda antes de la herida, merecen el beneficio de la duda. Ya habrá tiempo para criticar cuando corresponda.
Narrativas de ida y vuelta
Estamos asistiendo a un inicio de año en el que se pone de manifiesto la fuerza de las narrativas en la evolución del mercado, en un sentido y en otro. El ejemplo más extremo es el de las criptomonedas. La semana pasada siguieron desplomándose: sin ir más lejos, el bitcoin ha retrocedido un 50% desde sus máximos de hace pocos meses y cae más de un 30% en lo que va de año. Los que defendían que estos pseudoactivos se convertirían en la nueva divisa de reserva guardan ahora silencio. Y todos los incautos que creyeron los mensajes categóricos que escucharon –«es una irresponsabilidad no tener exposición a este activo emergente»– se han quedado con un palmo de narices. La narrativa se ha desmoronado, dejando en evidencia a los falsos profetas que, como otras veces, embaucaron a quienes se dejaron llevar por la avaricia.
Otra narrativa que empieza a ponerse en duda es la de que «es oro todo lo que toca la IA». Pese a que la inteligencia artificial es sin duda una realidad transformadora, el mercado empieza a cuestionar algunas de las cosas que había dado por descontadas. Las importantes inversiones anunciadas por muchas grandes compañías han abierto el debate sobre los retornos reales de esta revolución. Cambia por completo el perfil de rentabilidad. Inversiones ingentes y mayor apalancamiento se traducen en menores retornos que no es en muchos casos lo que el mercado lleva tiempo descontando.
Por último y también consecuencia de la entrada en escena de la IA, el mercado en las últimas semanas empieza a poner en duda determinados modelos de negocio. La posibilidad de que acaben en la cuneta es algo que se ha empezado a descontar claramente por el mercado. Empresas de software, consultoras, medios de comunicación, empresas de ‘private equity’ han caído con fuerza por el riesgo de disrupción. Como siempre el mercado primero atiza y luego analiza. Tendremos tiempo de ver realmente si lo que está ahora mismo poniéndose en precio es o no así.
El peso de las narrativas es cada vez mayor en las cotizaciones de los distintos activos. La gestión pasiva, los modelos cuantitativos y algoritmos han provocado que estos cuentos se magnifiquen. Esto provoca que las cosas vayan más rápido y que las oportunidades sean mayores para los que no se dejen llevar. Aunque ya sabemos que lo de no correr con la manada es lo difícil en esto de los mercados.
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