En los últimos días, Mercedes Zarzalejo, consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, ha cuestionado la legitimidad de las protestas de los docentes de la educación pública madrileña que hemos ejercido nuestro derecho a la huelga. Considera que hacemos política. Vengo, de algún modo, a darle la razón. Sí, nuestra huelga es política. Pero no, no es la política que ella practica e imagina: es mucho más.
Al margen de cualquier debate ético sobre la legitimidad de las reivindicaciones, la lectura de la huelga como dispositivo electoralista es falsa
En los últimos días, Mercedes Zarzalejo, consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, ha cuestionado la legitimidad de las protestas de los docentes de la educación pública madrileña que hemos ejercido nuestro derecho a la huelga. Considera que hacemos política. Vengo, de algún modo, a darle la razón. Sí, nuestra huelga es política. Pero no, no es la política que ella practica e imagina: es mucho más.
Al margen de cualquier debate ético sobre la legitimidad de las reivindicaciones, la lectura de la huelga como dispositivo electoralista es falsa. Basta repasar la hemeroteca. Se convocó en junio, mucho antes de que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, convocara elecciones. A menos que se nos atribuya el don de la adivinación, es difícil pensar que en junio queríamos influir en unas elecciones que no estaban convocadas.
La lectura electoralista se hace también desde medios y plataformas progresistas. Muchos asumen que se trata de una huelga política porque todas lo son. Creo que antes de aceptar esta premisa convendría aclarar qué es lo político. Porque un error que los que luchamos por los servicios públicos no podemos permitirnos es confundir lo político con lo partidista.
Lo partidista es el terreno siempre en disputa donde los partidos y otros agentes tratan de hacerse con el monopolio de la opinión pública en su beneficio. Cuando la consejera de Educación tilda de “política y electoralista” la huelga de docentes, está asumiendo la tesis de que lo político se reduce a lo partidista. Es la vieja idea de la política como deporte, un escenario en el que determinados grupos se disputan el poder a través de medios a priori no violentos en el que solo cuenta ganar. Como todos juegan al mismo juego, se deduce que todos los políticos son iguales.
Los voceros del liberalismo, junto a los profesionales del marketing electoral, insisten cada día en transmitir esta imagen depauperada y pesimista de la política. Cualquier otra forma de considerar lo político es para ellos fantasía o idealismo. Esta forma superficial y obtusa de entender la política ha convertido a los líderes de los partidos en lo que nuestros alumnos llamarían un NPC; un ser incapaz de transmitir ideas propias que repite una y otra vez la lista de tópicos con los que le han programado. En el fondo saben que son un fraude, pero ocultan su mediocridad con insultos y descalificaciones. En Madrid conocemos bien este mecanismo.
Pero los filósofos sabemos que la política es mucho más. En su ensayo Qué es política, Hannah Arendt la define como la tarea específicamente humana que se hace cargo del mundo para hacerlo habitable y duradero, de forma que la vida sea algo que merezca la pena. Y el mundo, en sentido arendtiano, es el conjunto de obras, leyes e instituciones que los seres humanos levantan y mantienen contra el paso del tiempo y en las que los hombres pueden, si actúan juntos, ser libres.
Nuestros servicios públicos son hoy la herencia de estas instituciones. Una sociedad en la que una persona sin recursos puede acceder a una educación de calidad, a una plaza en la guardería de su barrio o a un tratamiento de cáncer porque tiene derecho a ello y no gracias a la buena voluntad, el permiso o la caridad de los demás, es una sociedad inequívocamente más libre y más justa. La sanidad y la educación públicas, el derecho a la vivienda, el sufragio universal, la separación de poderes o el derecho laboral son conquistas de todos. No podemos permitir que se negocie con ellas en el mercado electoral ni que ningún gobernante, sea del color que sea, las desarticule.
Decía Heráclito que un pueblo debe luchar por sus leyes antes que por sus murallas. En Madrid, estamos en ello. Y sí, señora consejera: haciendo política.
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