El pasado 19 de octubre el agitador ultra Vito Quiles debía montar su circo de odio ambulante en el campus de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). El rectorado le prohibió el acceso al campus y los Mossos d’Esquadra desplegaron un dispositivo para evitarlo. Algunos estudiantes se organizaron para, en el caso que el ultra apareciese por el campus, impedir que pudiese montar su show (aunque el show en sí mismo consiste en eso, en crear una reacción instagrameable). Finalmente, Quiles no pudo acceder a la Autònoma y acabo en la tienda Ikea de Sabadell. Sin embargo, a pesar de que la convocatoria ya no tenía sentido, el grupo de estudiantes concentrado en la plaza central del campus no se disolvió. Sin Quiles en el horizonte, los estudiantes decidieron emprenderla contra los mossos, precisamente los que habían conseguido aquello por lo que (en teoría) los estudiantes se habían citado. La concentración “antifascista” acabó a grito de “fuera los mossos de la universidad” y con la policía cargando porra en mano contra los estudiantes.
Ante el desasosiego y la falta de salidas, hechos como los de plaza de Catalunya muestra que abrazan el nihilismo.
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Ante el desasosiego y la falta de salidas, hechos como los de plaza de Catalunya muestra que abrazan el nihilismo.


El pasado 19 de octubre el agitador ultra Vito Quiles debía montar su circo de odio ambulante en el campus de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). El rectorado le prohibió el acceso al campus y los Mossos d’Esquadra desplegaron un dispositivo para evitarlo. Algunos estudiantes se organizaron para, en el caso que el ultra apareciese por el campus, impedir que pudiese montar su show (aunque el show en sí mismo consiste en eso, en crear una reacción instagrameable). Finalmente, Quiles no pudo acceder a la Autònoma y acabo en la tienda Ikea de Sabadell. Sin embargo, a pesar de que la convocatoria ya no tenía sentido, el grupo de estudiantes concentrado en la plaza central del campus no se disolvió. Sin Quiles en el horizonte, los estudiantes decidieron emprenderla contra los mossos, precisamente los que habían conseguido aquello por lo que (en teoría) los estudiantes se habían citado. La concentración “antifascista” acabó a grito de “fuera los mossos de la universidad” y con la policía cargando porra en mano contra los estudiantes.
Algo similar, pero mucho más violento, ocurrió este lunes en Bilbao, también con Quiles de por medio. Frustrado el acceso del agitador al campus de Deusto, los estudiantes concentrados la emprendieron con todo, en una orgía de violencia y destrozos digna de los tiempos de la kale borroka.
¿Qué está pasando? ¿Cómo es posible que una concentración que aparentemente pretende evitar un acto de provocación de la extrema derecha acabe en una batalla campal sin sentido? Por no hablar de los grupos que quedan para destrozar y robar, sin ninguna motivación que enmascare lo que es simplemente un acto de pillaje en grupo, como ocurrió la noche del sábado en la plaza Catalunya de Barcelona.
Los jóvenes no son marcianos. Son el síntoma de una sociedad enferma, la nuestra. La que se horroriza ante la barbarie sin sentido de grupos de chavales sin futuro, que viven el presente porque no les queda otra cosa, como hay otros que anhelan un pasado mitificado como refugio ante un presente que viven como amenaza y un futuro al cual saben que no pueden aspirar. Ante el desasosiego y la falta de salidas, estos jóvenes abrazan el nihilismo.
Pero hay algo más. Esta violencia no es ajena a nuestro mundo. Está insertada en él. Estos chavales son hijos del odio que circula alegremente por las redes sociales sin que nadie haya conseguido pararlo, o como mínimo encauzarlo. El dueño de Telegram se revolvió cuando el presidente Pedro Sánchez propuso limitar el acceso de los niños a su red. Y aún hay más, porque hay partidos que se escandalizan con la violencia de estos chicos a la vez que la utilizan para sus fines. Los mismos partidos que permiten que en sus actos se coreen insultos. El mundo de estos jóvenes es el nuestro. Un mundo en el que las reglas más básicas de convivencia y los límites sociales han saltado por los aires a todos los niveles y, por ello, todo parece permitido.
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