
La única sonrisa que se vio este lunes en las calles de Aspariegos (Zamora, 225 habitantes) fue la de una niña que jugaba sobre una mariquita-balancín en el parque donde, desde este domingo, hay menos pequeños. Julio Ramón, a punto de cumplir cuatro años, y Nicanor, de dos, viajaban junto a su abuelo Manuel, de 59, y su madre, Ruth, de 29, cuando el coche que conducía el hombre se salió de la carretera y chocó contra una tajea de hormigón. Fallecieron todos. El pueblo, sobrecogido, llora el fin de una familia que llegó hace unos meses buscando un nuevo destino y que se encontró el cariño de sus vecinos. Con la llegada de estos dos hermanos, Aspariegos aumentó en un 50% el número de niños censados: pasaron de ser cuatro a seis.

La muerte de dos menores junto a su abuelo y su madre ha conmocionado al pueblo zamorano de 225 habitantes al que llegaron hace pocos meses
La única sonrisa que se vio este lunes en las calles de Aspariegos (Zamora, 225 habitantes) fue la de una niña que jugaba sobre una mariquita-balancín en el parque donde, desde este domingo, hay menos pequeños. Julio Ramón, a punto de cumplir cuatro años, y Nicanor, de dos, viajaban junto a su abuelo Manuel, de 59, y su madre, Ruth, de 29, cuando el coche que conducía el hombre se salió de la carretera y chocó contra una tajea de hormigón. Fallecieron todos. El pueblo, sobrecogido, llora el fin de una familia que llegó hace unos meses buscando un nuevo destino y que se encontró el cariño de sus vecinos. Con la llegada de estos dos hermanos, Aspariegos aumentó en un 50% el número de niños censados: pasaron de ser cuatro a seis.
Un vecino trata de reconstruir el siniestro en la carretera que conduce a Malva (92 habitantes) y luego a Toro (8.336), donde el abuelo de estos hermanos trabajaba en una quesería, para intentar darle la explicación que no encuentra. Sabe que Manuel conocía bien el recorrido, así que el único sentido que le encuentra al accidente es que “le haya dado algo”. “¿Cómo ha podido ser?”, se pregunta una y otra vez. Las huellas de los neumáticos se notan en la tierra pegada al asfalto, también en la hierba aplastada por donde pasó el coche, y aún huele a plástico quemado por el montón de restos del coche que se acumulan en el punto de la colisión, entre los que se han quedado tres cedés: La ley innata, de Extremoduro, uno de Carlos Baute y otro de Modestia Aparte. El vecino saluda a otros curiosos que, como él, bajan la velocidad al pasar por este punto de la carretera a la salida de una curva y miran el lugar donde ocurrió el accidente la tarde del domingo.
En Aspariegos, más jubilados observan el parque donde tantas veces vieron a los nenes jugar, fáciles de vigilar desde el bar-quiosco-foro-puesto de quinielas. Prefieren no dar sus nombres y simplemente reconstruyen lo que saben de ese forastero del que pronto se hicieron amigos: Manuel llegó en mayo, era alto y delgado, con pelo blanco, compró una casa, salía a pasear vara en ristre, echaba la partida al tute y al dominó, tenía otra hija en Salamanca, era “agradable”, bromeó hasta minutos antes de su muerte. Aseguran que su hija Ruth se instaló con él poco después, en julio, y se trajo a los pequeños. “Todo el mundo quería a los niños, es un palo muy grande”, añaden. Lo último que supieron de él es que iban a comer a Toro. Otro señor, bastón en mano, se asoma. Dice que él estaba invitado al almuerzo y que hubiera ido en el coche con la familia, pero se quedó dormido.

Los cuatro niños del pueblo ya saben que sus amigos Julio Ramón y Nicanor no volverán al parque, pero los mayores aseguran que ellos “lo llevan mejor” porque “son menos conscientes”. Los columpios, el tobogán y los balancines tuvieron uso este lunes porque la pequeña Kenna, de poco más de un año, vino a pasar el puente de Todos los Santos al pueblo. Su tía, Elisa García, maestra, ve todo “muy fuerte”. Ella, sin embargo, sí lo lleva “muy mal” porque tampoco llega a entender lo que ha sucedido. “Es una tragedia increíble”, lamenta, y recuerda con mucha pena cómo su sobrina pasó con Nicanor varias horas de juego durante los fines de semana.
La alcaldesa, Isabel de Prada (Zamora Sí), se hace eco del dolor de la comunidad: “Estamos todos muy tristes”. De Prada recuerda con cariño cómo los pequeños fallecidos “hacían ruido” en estas calles usualmente silenciadas por la despoblación, que encaran otro invierno con el padrón menguando y, además, con el dolor de haber perdido a cuatro vecinos de forma tan trágica. Nadie sabe si la familia será enterrada en el cementerio del pueblo que los abrazó en los últimos meses.
Sonia Vaquero, de 52 años, se hizo amiga de la madre de los niños, Ruth, al llevar cada mañana a los críos a la parada del autobús que los trasladaba al colegio de Coreses, en un pueblo cercano porque el de Aspariegos cerró. Cuenta que Ruth vino desde la barriada sevillana de Las 3.000 viviendas tras separarse de su marido. Era, por fin, feliz: tenía algún trabajillo y los peques estaban encantados. Vaquero muestra la última foto que tiene de los hermanos, sonrientes y con disfraces de Halloween subidos a la moto que su marido había sacado del garaje. “Se nota el silencio, gritaban mucho”, dice la mujer. Piensa en que ahora los familiares de los fallecidos tendrán que hacerse cargo del perro y el gato que han perdido a sus dueños y aún los esperan en casa, ubicada frente a Villa Siempre Alegre. Delante de la puerta cerrada todavía están la silla del abuelo y las dos bicicletas pequeñas, una azul y otra roja.

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