Ante la figura de Xosé Manuel Beiras parecía inevitable evocar la estampa de un volcán. Cuando estaba en reposo —la mayor parte del tiempo— te encontrabas ante un hombre de conversación pausada y reflexiva, con intervalos de largos silencios, un sabio profesor del que asomaba un punto tierno desde su magnética mirada azul. Cuando entraba en erupción, podía ser terrible. Las imágenes que más se recuerdan del histórico líder nacionalista gallego, fallecido este jueves a los 90 años, son aporreando el mobiliario en el Parlamento gallego, ya fuese su propio escaño con un zapato o el pupitre del presidente Alberto Núñez Feijóo con la mano cerrada en un puño. En esos momentos, Beiras parecía la encarnación misma de aquella frase de Nietzsche: “Yo no soy un hombre, yo soy dinamita”.
Ambos políticos protagonizaron una década de duelos memorables, en los que cabía desde el insulto hasta la competencia erudita
Ante la figura de Xosé Manuel Beiras parecía inevitable evocar la estampa de un volcán. Cuando estaba en reposo —la mayor parte del tiempo— te encontrabas ante un hombre de conversación pausada y reflexiva, con intervalos de largos silencios, un sabio profesor del que asomaba un punto tierno desde su magnética mirada azul. Cuando entraba en erupción, podía ser terrible. Las imágenes que más se recuerdan del histórico líder nacionalista gallego, fallecido este jueves a los 90 años, son aporreando el mobiliario en el Parlamento gallego, ya fuese su propio escaño con un zapato o el pupitre del presidente Alberto Núñez Feijóo con la mano cerrada en un puño. En esos momentos, Beiras parecía la encarnación misma de aquella frase de Nietzsche: “Yo no soy un hombre, yo soy dinamita”.
Pero Beiras no era nietzscheano, era marxista. Un marxista democrático, un “socialista radical”, como lo define el periodista Daniel Salgado, que lo conoció muy bien. Hasta puede incluso que más socialista —o por lo menos a partes iguales— que nacionalista gallego. Un marxista de una coherencia rocosa durante décadas, desde su fracaso en la Transición al frente del Partido Socialista Galego (PSG) hasta su resurgir tras el 15-M, la primera gran revuelta del siglo XXI.
Su vida tuvo algo de novelesco. Criado en una familia de la pequeña burguesía galleguista y conservadora, en el corazón histórico de Santiago, fue un chico al que le adjudicaron un destino. En él había depositado grandes esperanzas el círculo de intelectuales que a partir de los años 50 intentó mantener viva la antorcha del galleguismo a través de la cultura y lejos de posiciones políticas rupturistas. Al joven Xosé Manuel lo enviaron a formarse al extranjero, primero en literatura en la Sorbona parisiense, luego en economía en la London School of Economics. Y allí cambió todo: volvió convertido al marxismo, siempre combinado con su devoción por Albert Camus, al que tradujo al gallego.
La ruptura con aquellas figuras del pasado y su fracaso político en el estreno de la democracia lo precipitaron al abismo de la depresión. Durante cuatro años, estuvo ausente del mundo. Hasta que retornó para acabar cumpliendo su destino, aunque de un modo muy diferente al que habían imaginado sus mentores: como el gran líder de la izquierda nacionalista agrupada bajo las siglas del BNG.
Eternamente díscolo, también acabó rompiendo con esa organización y ejerció de pionero de la nueva política surgida tras el 15-M. Él, que venía de la política más clásica, la que se dirimía en las aulas universitarias, en los libros de ensayo o en las tribunas de los parlamentos, muy lejos de lo que hoy son las redes sociales o las tertulias televisivas.
Beiras vivió sus años dorados cuando tuvo enfrente a otro clásico, Manuel Fraga. Y de ahí surgió un duelo memorable. La izquierda más combativa contra el antiguo ministro de Franco reconvertido a la democracia. Dos oradores incendiarios frente a frente. Pero también dos catedráticos de vasta cultura retándose en horas y horas de debates.
No fue un duelo versallesco precisamente. Se escucharon muchos insultos y se vieron muchos desplantes. Y a la vez, mucha oratoria fina, mucha erudición y mucho talento teatral. Se repelían y se atraían al mismo tiempo, porque, en el fondo, ninguno de los dos reconocía otro rival a su propia altura a quien medirse. Tras más de una década de encarnizada pelea, lograron civilizar su relación. Una noche cenaron juntos, se estrecharon la mano ante las cámaras y ya no volvieron a llamarse “fascista” ni “loco”. Cosas de la vieja política.
En un documental que grabó en 2021, el ya anciano Beiras confesó que se sentía derrotado en todas las causas por las que luchó. Lo decía con lucidez, con toda la serenidad y la dignidad de quien —pese a todo y hasta el final— nunca se rindió.
Feed MRSS-S Noticias
