Hamed Salah al-Din guarda a buen recaudo una maquinilla de afeitar, unas tijeras y un espejo. Los enseres los custodia cada noche en una mochila junto al cartón sobre el que duerme en la playa de El Trampolín de Ceuta, donde comparte arena con decenas de migrantes que resisten cada día a la intemperie desde hace dos semanas. De 31 años, Hamed trabajaba como barbero en Sudán, país atravesado por la guerra y por una profunda crisis humanitaria, de donde huyó en 2025. Tras pasar por Libia y Argelia, se sumó a quienes arriesgaron su vida para entrar en la ciudad autónoma. Más de un centenar no salió del mar. Mientras proyecta mentalmente un futuro en Reino Unido, ha hecho de su anterior oficio de peluquero su nueva ocupación en suelo ceutí. Uno tras otro, Hamed corta el pelo a otros compañeros del asentamiento, que con el cúmulo de los días ha mutado en poblado con un centenar de tiendas de cartón y palmas. Solo habla árabe; sus clientes traducen su historia, que es la historia de El Trampolín.
Decenas de migrantes, la mayoría subsaharianos, malviven al raso en el campamento ceutí a la espera de una salida
Hamed Salah al-Din guarda a buen recaudo una maquinilla de afeitar, unas tijeras y un espejo. Los enseres los custodia cada noche en una mochila junto al cartón sobre el que duerme en la playa de El Trampolín de Ceuta, donde comparte arena con decenas de migrantes que resisten cada día a la intemperie desde hace dos semanas. De 31 años, Hamed trabajaba como barbero en Sudán, país atravesado por la guerra y por una profunda crisis humanitaria, de donde huyó en 2025. Tras pasar por Libia y Argelia, se sumó a quienes arriesgaron su vida para entrar en la ciudad autónoma. Más de un centenar no salió del mar. Mientras proyecta mentalmente un futuro en Reino Unido, ha hecho de su anterior oficio de peluquero su nueva ocupación en suelo ceutí. Uno tras otro, Hamed corta el pelo a otros compañeros del asentamiento, que con el cúmulo de los días ha mutado en poblado con un centenar de tiendas de cartón y palmas. Solo habla árabe; sus clientes traducen su historia, que es la historia de El Trampolín.
Es sábado a mediodía y Hamed afeita el pelo a un hombre senegalés, que recibe el rasurado por primera vez tras 15 jornadas pernoctando al raso. Hamed cobra uno o dos euros por corte, o gratis si son amigos suyos, amigos que ha hecho esperando juntos el asilo en esta playa. El Trampolín está ubicada en el norte del istmo de Ceuta, en el Estrecho; por lo que, si se dibuja una línea recta sobre el mar, da a parar justo a Gibraltar. Allí, Hamed y otras decenas de personas se aposentaron tras el cruce masivo de Marruecos a Ceuta al no lograr un hueco en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), que está en una ladera justo encima. Muchos soñaban con entrar en el centro para estar a resguardo y como la ansiada vía para tramitar la salida administrativa a la península.
Esa proximidad al centro de migrantes, con las plazas repletas, hizo que esta playa absorbiera el amontonamiento de cientos de hombres que no quieren emprender el camino de regreso por la frontera de El Tarajal, en el otro lado del istmo de Ceuta. En El Trampolín, prácticamente son todos hombres y en su gran mayoría subsaharianos que escapan de la guerra y el hambre y claman asilo; aunque también hay argelinos, marroquíes o tunecinos. Con el paso de los días, la resiliencia de los migrantes ha ido transformando la fisonomía de la playa y ahora es un auténtico poblado, pero de condiciones insalubres. Es como un miniuniverso paralelo, como una de esas cárceles en las que los presos hacen aflorar la prestación de servicios, intercambian mercancía e inventan actividades lúdicas para matar el tiempo.






Joaquin Sanchez

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En el caso de Hamed, este sudanés ha impulsado una barbería que cuenta con un taburete blanco roto, un palé azul sobre el que reposan las tijeras y el espejo, y un cactus de peluche como adorno. Algunas cosas las ha encontrado; otras, las ha comprado con el dinero que acumuló para el éxodo. Sus nuevos amigos a los que no cobra, algunos senegaleses, también le han regalado varios de los objetos. A unos metros del puesto de Hamed, otros han construido una mezquita cuyo dibujo se ha señalizado sobre la arena y en lugar de paredes han puesto tetrabriks de leche vacíos. Los cartones han salido de los picnics que distribuye Cruz Roja, que incluyen además un bollo de pan, alguna proteína, pieza de fruta y galletas. Una tubería rota hace las veces de minarete de la improvisada mezquita con dirección a La Meca.
Para los cortes de pelo, Hamed toma el agua del único baño público con inodoros de la playa. Cuenta con dos váteres y está limpísimo. Dos hombres limpian cada habitáculo cuando uno de los migrantes sale de hacer sus necesidades. Pero no todos lo usan. También se ve a hombres orinando en las esquinas. Mientras Hamed trabaja, otros invierten su tiempo en actividades lúdicas, como partidos de fútbol sobre la arena. Pero lo más llamativo de todo es un torneo de lucha libre: medio centenar de hombres forma un círculo y dos combaten dentro entre un tremendo jolgorio. Cuando uno gana, el resto lo levanta en volandas entre risas y gritos. A veces el triunfador acaba lanzado entre todos al mar. También se ve a un senegalés que ha tirado una manta y vende ropa usada, zapatos viejos, tabaco, gafas… y una maquinilla de afeitar, pero mucho más vieja que la de Hamed.

El suelo está lleno de basura: hay restos de hogueras, chanclas olvidadas o latas de atún vacías. Para guarecerse, han construido cabañas con palos, cartones y las típicas palmas que crecen en los arcenes de las carreteras de Ceuta. Dentro hay sartenes, hornillos y las pocas pertenencias de los migrantes. Algunos se cocinan allí y compran los alimentos en supermercados cercanos o de pescados que extraen en la misma playa. El lugar huele fundamentalmente a la sal del mar, porque este sábado había levante en Ceuta, en contraste con los asentamientos del polígono de El Tarajal, donde los menores sí conviven con el hedor a excremento. No hay datos claros de cuántos migrantes están en El Trampolín. Cruz Roja reparte comida a 4.000 personas, pero no todos pernoctan allí.
Es domingo por la tarde y Hamed continúa imbuido en su tarea. No para de recibir clientes. Mientras corta el pelo a uno, otro viene haciendo gestos indicando cómo quiere su peinado. Él asiente, mueve la mano para indicar que después. Es un hombre parco en palabras. Tiene una perilla decolorada, un peinado de trenzas y unas gafas azul marino muy modernas. Pero el senegalés no se detiene ni para comer a la única hora del día en que Cruz Roja aparece en la playa para repartir las raciones, pasadas las seis. También es el momento del día en que los médicos voluntarios acuden a examinar heridas y enfermedades. Este domingo es un día extraño. Hay mucha tensión en El Trampolín: decenas de magrebíes han organizado una sentada y se niegan a comer demandando un asilo. “¡Todos los migrantes son iguales!”, gritan los hombres. Saben que otros como Hamed, que huye de la guerra de Sudán, lo tendrán aunque sea mínimamente más fácil.
Cae el sol y las hogueras del campamento se van encendiendo. En el mar, varios cargueros y un barco de la Guardia Civil coronan la escena. Son las nueve y media de la noche. Hamed ya no está en su barbería. Tampoco su maquinilla ni sus tijeras ni su espejo. La periodista pregunta al resto de hombres dónde está.
—¿Hamed Salah al-Din?.
Varios ciudadanos subsaharianos, que apuran el bocadillo aportado por Cruz Roja responden al unísono en francés.
—¿Le coiffeur? ¿Le coiffeur?—. [¿El peluquero? ¿El peluquero?].
—Sí.
—¡À demain! ¡À demain!—. [¡Mañana! ¡Mañana!].
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