Cuando Israel y Marruecos anunciaron la semana pasada que nombrarán embajadores (llevando sus relaciones bilaterales a su cénit histórico), la legación diplomática de Israel en el Reino Unido ―uno de sus aliados tradicionales— cumplió justo un año sin embajador. Días antes, Nauru, una minúscula isla con menos habitantes (12.000) que el pequeño barrio barcelonés de La Barceloneta, se convirtió en el noveno país —y el tercero del Pacífico Sur— en abrir embajada en Jerusalén, rompiendo la política casi general de tenerlas en Tel Aviv o alrededores. El ministro de Exteriores, Gideon Saar, definió entonces Nauru como “uno de los mayores amigos de Israel en la comunidad internacional”.
El acuerdo con Marruecos para nombrar embajadores ilustra la política exterior de Netanyahu: actitud bronca, abierto cortejo de los ultras europeos y uso diplomático de la superioridad armamentística
Cuando Israel y Marruecos anunciaron la semana pasada que nombrarán embajadores (llevando sus relaciones bilaterales a su cénit histórico), la legación diplomática de Israel en el Reino Unido ―uno de sus aliados tradicionales— cumplió justo un año sin embajador. Días antes, Nauru, una minúscula isla con menos habitantes (12.000) que el pequeño barrio barcelonés de La Barceloneta, se convirtió en el noveno país —y el tercero del Pacífico Sur— en abrir embajada en Jerusalén, rompiendo la política casi general de tenerlas en Tel Aviv o alrededores. El ministro de Exteriores, Gideon Saar, definió entonces Nauru como “uno de los mayores amigos de Israel en la comunidad internacional”.
La sucesión de instantáneas en este mismo mes muestra cómo Israel viene reorientando su política exterior. No se trata de una transformación brusca o de una completa novedad, pero el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha profundizado el viraje en sus cuatro años de legislatura, que concluirá con las elecciones del 27 de octubre.
Su diplomacia, más bronca y agresiva, se ha acercado a países con líderes populistas y nacionalistas de derechas, como la India, Argentina, Serbia o Azerbaiyán. A medida que sus socios occidentales tradicionales (a excepción del principal, Estados Unidos) han aumentado las críticas, tanto por Gaza como por la desbocada expansión de los asentamientos y de los ataques de colonos a palestinos en Cisjordania, se ha esforzado en cultivar vínculos —a menudo a base de talonario armamentístico— con países más pequeños o ideológicamente afines. Y eso que la UE mantiene intacto su Acuerdo de Asociación, que fundamenta la relación mutua en “el respeto de los principios democráticos y de los derechos humanos”.
Este mes, cuando los gobiernos británico, francés y canadiense vetaron el comercio con los asentamientos en Cisjordania, Saar y el representante de los colonos, Yossi Dagan, respondieron brindando con el jefe de la diplomacia eslovena, Tone Kajzer, con vino producido en uno de esos asentamientos. Fue en la inauguración de la Embajada israelí en Liubliana, establecida a raíz del regreso al poder de Janez Jansa,un nacionalista de derechas que ha anulado el embargo de armas a Israel y anunciado que revertirá el reconocimiento del Estado palestino de su predecesor, Robert Golob.
En Europa, el Gobierno de Netanyahu apuesta, de forma cada vez más desacomplejada, por partidos ultranacionalistas o de extrema derecha, incluido un reciente acercamiento al Partido de la Libertad austriaco, fundado por exnazis y con polémicas por declaraciones antisemitas. Convergen en la retórica islamófoba, presentando a Israel como una suerte de muro de contención ―occidental y judeocristiano— como primera línea de defensa.

El viaje ideológico ha quedado particularmente claro hace poco, en un país tan simbólico como Alemania. Tras el silencio en Jerusalén sobre la victoria del ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) en el Estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, el embajador israelí en Berlín, Ron Prosor, aseguró que la comunidad judía de la capital afronta una “inmediata amenaza existencial” por el triunfo allí de los poscomunistas de Die Linke.
El resultado es un alejamiento progresivo de las democracias liberales de las que Israel siempre ha querido sentirse parte, justo cuando es el país peor valorado del mundo, según el Índice de Percepción Democrática difundido en mayo por la organización de análisis de la opinión pública global Nira Data, en colaboración con la Fundación Alianza de Democracias del ex secretario general de la OTAN Anders Fogh Rasmussen. Con -24 de percepción media, Israel está cinco puntos por debajo de Corea del Norte y Afganistán. Incluso en EE UU, los sondeos registran los menores porcentajes de apoyo en dos décadas y una brecha generacional: los más jóvenes prefieren abrumadoramente a los palestinos.
Mínima participación
Nimrod Goren, fundador y presidente del Instituto Israelí de Política Exterior Regional (Mitvim) y doctor en Estudios de Oriente Próximo por la Universidad Hebrea de Jerusalén, pone como ejemplo la visita relámpago de Netanyahu a la Asamblea General de la ONU. “Un año más, la participación es mínima, sin apenas contactos del tipo que tienen casi todos los países”, lamenta en conversación telefónica. El experto no ve solo un reflejo de cuántos Estados “desean interactuar con Israel”, sino también de cómo su país “percibe el escenario diplomático mundial”, lo que “se enmarca en un contexto más amplio sobre cómo la actual coalición gestiona las críticas y responde a los países que cuestionan sus políticas, especialmente las relacionadas con los palestinos”.
En vísperas del discurso de Netanyahu ante la ONU, el Ministerio de Exteriores difundió un vídeo, hecho con inteligencia artificial, ridiculizando la Asamblea como un grupo de loros que repiten la frase “¡Culpad a Israel!”. E instaló en Nueva York 500 vallas publicitarias y decenas de camiones con pantallas digitales con frases como: “¿De qué lado estás? ¿Estados Unidos e Israel (libertad, vida, civilización) o Irán, Hamás y Hezbolá (terrorismo, muerte, tiranía)?“.
Luego, en su electoralista intervención con pocos aplausos más que los de su delegación, Netanyahu cargó contra Turquía, Qatar y Siria, y acusó a líderes en Europa occidental de haber “sucumbido a las turbas antisemitas” y “elegido la debilidad y el apaciguamiento”, y se burló de las acusaciones a Israel de colonialismo en Francia y en el Reino Unido porque ellos “inventaron el término”. En los días previos, su Gobierno disparó también contra los discursos del presidente francés, Emmanuel Macron (“absurdidad grotesca”, dijo Netanyahu), y del rey de Jordania, Abdalá II.

Nueva York ha ilustrado la situación de Israel en el contexto internacional. Por un lado, con la Asamblea medio vacía durante la intervención de Netanyahu. Por otro, por el rechazo de Donald Trump a recibirlo, tras el deterioro de su relación por el fiasco de la campaña conjunta para derrocar el régimen iraní. El primer ministro solo mencionó una vez en su discurso al presidente de EE UU, por cinco el año anterior. Y ninguna (porque ha desaparecido del horizonte cercano), la normalización de relaciones con Arabia Saudí que, en su triunfante discurso en 2023 en el mismo podio, veía como inminente y umbral de un “nuevo Oriente Próximo”. Dos semanas más tarde, Hamás lanzó su ataque masivo y Oriente Próximo cambió en otra dirección.
Sería incorporar la joya de la corona (Riad) al gran tesoro de Israel: los Acuerdos de Abraham, por los que Marruecos, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin se convirtieron en 2020 en los primeros países árabes en reconocerlo desde que lo hizo Jordania en 1994.
Trump logró los acuerdos en su primera legislatura e Israel se esfuerza en promoverlos (generando ruido mediático sobre reconocimientos que luego no llegan) porque fragmentan la tradicional postura árabe conjunta, subrayada en la Iniciativa de Paz de 2002: el precio del reconocimiento es un acuerdo de paz que dote a los palestinos de un Estado independiente, que Netanyahu rechaza de plano. Rabat rompió el consenso a cambio principalmente de que Washington reconociera su soberanía sobre el Sáhara Occidental y de un jugoso arsenal. Hoy, el 84% de las armas que compra Rabat proceden de EE UU e Israel.
Una alianza que crece
La alianza no es solo históricamente inédita, sino que ha superado con creces el filtro de tres años de guerras en Oriente Próximo, incluida una campaña en Gaza que la principal asociación de expertos de genocidio define como tal. En vez de degradarse, como sucedió en la Segunda Intifada (2000-2005), cuando Marruecos cerró su Embajada de facto en Tel Aviv, no ha hecho más que crecer.
En poco más de un lustro, Rabat se ha convertido en un socio clave (impulsado por el triángulo con Washington), con un acuerdo en defensa, maniobras militares conjuntas, visitas de ministros y la oferta de desplegar soldados marroquíes en Gaza en el marco de la fuerza multinacional impulsada por Trump.
Emiratos Árabes Unidos, otro firmante de los acuerdos, rompió un tabú en la última guerra con Irán, al albergar decenas de soldados y un sistema de defensa antimisiles de Israel, que ha multiplicado por cuatro sus exportaciones de defensa en la última década.
Goren recuerda que construir alianzas con un fuerte componente militar no implica integración y pone como ejemplo el reciente acuerdo con Grecia, el mayor de la relación bilateral, por valor de unos 3.000 millones de euros. “Para Israel, es importante, pero al mismo tiempo no es visto por muchos como un miembro legítimo para Erasmus + o Horizon”, señala sobre los programas comunitarios de, respectivamente, educación y deporte, e investigación e innovación, de los que Israel es socio.
“Israel puede mantener sus alianzas de seguridad ―tiene mucho que ofrecer y eso atrae a otros países—, pero la situación está cambiando en lo que respecta a encontrar su papel en la comunidad internacional —como país, pueblo y parte de la comunidad de naciones—, especialmente en ámbitos como la economía, la cultura, el deporte, el mundo académico y el turismo”, agrega el experto. “Los israelíes se sienten menos seguros cuando viajan al extranjero y son más cautelosos a la hora de hablar hebreo en público. No es señal de un país que goza de gran éxito en el escenario mundial”.
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