Tania Mondéjar es profesora de neuroaprendizaje en la Universidad de Castilla-La Mancha y especialista en gamificación o inteligencia artificial.Más información: Fernando Bonete, el experto en IA educativa al que escucha Google: «El profesor que hace bien su labor no será sustituido» Tania Mondéjar es profesora de neuroaprendizaje en la Universidad de Castilla-La Mancha y especialista en gamificación o inteligencia artificial.Más información: Fernando Bonete, el experto en IA educativa al que escucha Google: «El profesor que hace bien su labor no será sustituido»
Los teléfonos o Google «eran malos en su momento», recuerda Tania Mondéjar, profesora en la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), autora de varias publicaciones de alcance internacional y partícipe de diferentes proyectos centrados en la salud en los entornos digitales.
En una entrevista con EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha abunda en «las tecnologías o metodologías diferentes que estamos utilizando en el aula», una relación que incluye «la gamificación, los robots o las pantallas” y que va más allá del uso de la inteligencia artificial (IA) “que parece que es lo único que tenemos ahora en mente».
La directora del título de especialista en Neuroaprendizaje en el Ámbito Educativo que oferta la universidad regional insiste en que la influencia del algoritmo IA en el alumnado «no es mala»; se trata de una realidad que «está ahí, y está para quedarse: es una herramienta más, la cuestión es cómo la utilicemos».
Las disrupciones que trae la tecnología generan «cierta dependencia, una pérdida de control o esa facilidad para pensar menos”, comenta, para después matizar que también impulsan “muchas otras cosas que nos benefician».
¿Cuáles son las transformaciones cognitivas más relevantes que ha introducido la inteligencia artificial? ¿Los estudiantes procesan la información que reciben de una manera diferente a como lo hacían hace cinco años —cuando la IA no se había popularizado—?
Parece que necesitamos esa base científica respecto a si de verdad está cambiando los cerebros o no. Es el mayor miedo que tenemos. ¿Y lo está haciendo? Claro, porque al final la forma de procesar la información que tenemos no es la misma, pero tampoco es la misma que hace 20 años y no es la misma que cuando empezó cualquier innovación, cualquier tecnología, cualquier nuevo descubrimiento.
Al principio parece que es malo, que no nos va a hacer más tontos, pero sí va a provocar que pensemos menos. Con la IA está ocurriendo lo mismo que pasaba cuando se crearon los libros: iban a ser malísimos porque íbamos a dejar de pensar al verlo todo escrito. Fue Sócrates quien reflexionó sobre la idea de que los libros nos iban a corromper porque iban a evitar el pensamiento, que era lo que mandaba en el momento.
Con la IA pasa un poco lo mismo que como cuando salieron los teléfonos móviles. La forma que tenemos de procesar la información va a cambiar, pero no tiene por qué cambiar a peor: solo nos vamos a adaptar a un recurso nuevo que nos facilita la tarea en ciertas cuestiones. Y, en otros aspectos, y como con toda tecnología, hay que tener en cuenta cómo utilizarla.
«Lo importante del uso de las nuevas herramientas tecnológicas o metodologías es el propósito con el que se hace»
Lo importante del uso de las nuevas herramientas tecnológicas o metodologías es el propósito con el que se hace. Cumplen su finalidad cuando las utilizamos con un objetivo concreto, sabiendo cómo funciona nuestro cerebro de forma que pueda complementar el aprendizaje.
Trasladar el aprendizaje al algoritmo es una alternativa cómoda para los alumnos, ¿puede alterar los mecanismos tradicionales de recepción y asimilación de contenidos?
Nos facilita su comprensión. Es lo mismo que cuando antes había que ir a una biblioteca y leer 20 libros para buscar un contenido. Cuando llega Google, lo facilita mucho porque con escribir «cuéntame este contenido de tal libro», nos lo da hecho.
La IA es un nivel más porque se le puede pedir una determinada información desde un punto de vista y una forma concreta. Los humanos para procesar una información lo que hacemos es decodificarla: de cada código escrito, oral o visual que vemos entendemos cosas. Y con esas cosas que entendemos, luego procesamos y hacemos más.
Cuando leemos un cartel desciframos el contenido y sabemos lo que pone. Después lo llevamos a nuestra memoria para darle el contenido semántico. Nos decimos: ¿esto qué significa? Ahí entran otras variables en juego: en qué contexto está o qué significa para cada uno. Y este proceso nos lo ha facilitado esa descodificación.
Ahora se facilita ya que vemos que la IA tiene un nivel de profundidad mayor de un clic. Lo que ha cambiado es lo que hacemos después: vamos a seguir teniendo que procesar esa información y manteniendo ese sentido crítico. Es decir, separar entre «esto nos vale, esto no nos vale, esto tiene sentido, esto no tiene sentido». Pero para ello tenemos que tener un conocimiento de base.
Es una ayuda indiscutible para los estudiantes, pero ¿saben manejarla sin perjudicarse a sí mismos?
El problema con el alumnado es cómo la utilizan. Cuando empiezan a hacer un trabajo en blanco les puede facilitar mucho. O cuando preguntan «cuéntame cómo puedo hacer esto». Es como que calientan motores y más o menos van desarrollando las ideas. ¿Qué ocurre? Que el siguiente nivel es el de «¿esta idea está bien y está bien enfocada a lo que me están pidiendo?».
Entonces, ese procesamiento más profundo sobre el contenido es el trabajo que los alumnos muchas veces no hacen porque se fían de que si se lo ha dicho la IA —porque le han dicho que piense como profesional o experto en un área o materia— pues estará bien.
Entonces, ahí es cuando veo el daño en el alumnado. Una vez que se tiene el control del contenido, hay que revisarlo; pero para revisarlo, primero hay que tener ese dominio del contenido. Es una pescadilla que se muerde la cola.
Cuando surge algo nuevo hay reticencias en cómo nos va a influir, pero lo importante es tener sentido común en su uso. Con la IA lo importante es saber valorar si la ayuda que nos ofrece es la adecuada y para eso hay que tener un conocimiento previo sobre la materia.
«Con la IA lo importante es saber valorar si la ayuda que nos ofrece es la adecuada»
¿Qué diferencias ha observado entre aprender con apoyo de IA y hacerlo a través de métodos tradicionales? ¿El proceso es más rápido, se aprende mejor, se segmenta más la información?
Se aprende diferente. Le voy a devolver la pregunta: ¿se aprende mejor cuando tengo un tutor que me está explicando el temario o si me lo aprendo a distancia y me apunto a un curso online en el que trabajas tú solo el contenido? Entonces, ¿cómo trabajas mejor? Cuando hay alguien que te va haciendo más fácil asimilar ese contenido.
En este caso, la IA nos puede facilitar esa adquisición del contenido porque nos puede personalizar el cómo lo vamos a ver: nos lo desgrana, nos pone todos los esquemas visuales que es la forma que tenemos de aprender. No aprendemos un contenido de cero a cien, procesamos cositas que vamos almacenando en la memoria y a las que luego les añadimos más información y contenido. Y a partir de ahí vamos haciendo ese árbol grande de conocimiento.
Mondéjar desarrolla su labor investigadora y docente de la UCLM.
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El ejemplo es con los niños pequeñitos que aprenden, por ejemplo, los colores o los animales. Primero aprenden los animales básicos; después entran en campos más grandes: son ovíparos, vivíparos, tienen pelo, no lo tienen, viven aquí o viven allí.
Todo ese salto que hacen de añadir información también nos lo facilita la IA porque, al final, es algo personalizado. Volvemos a lo de antes: el problema es cuando no lo utilizamos para aprender, sino para que sustituya nuestros procesamientos, nuestras tareas o la demanda cognitiva que en ese momento tengamos que hacer.
¿Hay evidencias sobre su impacto en tareas como la atención prolongada, la planificación de tareas y estudios o la resolución de problemas matemáticos o científicos?
Hay mucho boom en cómo influye la IA o en el uso de IA en muchos campos; la docencia y el aprendizaje no son menos. Hay muchos estudios de cómo influye el tener una IA o tener acceso a una IA frente a no tenerla.
Aquí, en las clases, hemos hecho algunas pruebas. Y cuando les hemos dado un trabajo por hacer hemos visto que el conocimiento es más profundo cuando no utilizan la IA: se obligan a buscar toda la información, a leerse el libro y a escribirlo en papel o en el ordenador. Tienen que hacer un estudio más profundo de lo que se les está pidiendo y de qué quieren poner. En cambio, cuando utilizan la IA, todo eso ya se lo dan hecho.
Los estudios están tratando de evidenciar si es que los alumnos son más vagos o hacen menos trabajo. Pero yo no iría por ahí porque cualquier tecnología con un buen apoyo, guía y un buen uso nos facilita la vida. Ahora tenemos el teléfono; es verdad que hemos dejado de memorizar números, pero nos hemos hecho más expertos en saber qué buscar y dónde.
«Cualquier tecnología con un buen apoyo, guía y un buen uso nos facilita la vida»
Esos son los tonos de la inteligencia: no podemos controlar de todo, pero sí sabemos a quién preguntarle.
¿Hay alguna forma de asegurar el correcto empleo de estos modelos?
En clase, por ejemplo, hace que se despisten más o que no tengan que atender conscientemente todo el rato porque sabes que luego una IA se lo va a sintetizar o se lo va a dar de la misma forma casi que el profesor. Entonces, por ese lado, bien.
Aunque a nivel de uso, también hay diversas opiniones. Algunos tienen miedo de usarla porque como no saben, tampoco se fían, y llegan a preferir hacer ellos el trabajo antes de utilizar la IA para evitar que les pillen o que añada algo que no tendría que haber incluido.
Pero en general, los estudios y los avances demuestran que si se utiliza de forma colaborativa, compartida o como un añadido extra, funciona muy bien —como cualquier tecnología—.
Y en las etapas educativas tempranas, cuando el cerebro está en pleno desarrollo, ¿qué oportunidades y riesgos se atisban?
Cuando somos más pequeñitos tenemos más plasticidad ya que a nivel cognitivo nos estamos desarrollando y estamos ampliando esos conocimientos, esas redes neuronales y sacando más conexiones. Si ya nos lo dan hecho, no es que no se vayan a ampliar esas conexiones, pero quizás no lo hagan como antes.
Por otro lado los adolescentes de 14 o 16 años están utilizando mucho la IA no tanto en aprendizaje sino para volcar ideas y buscar consejo experto. «Me ha pasado esto, ¿cómo debo actuar?». O «no sé quién, que me encanta, me ha dicho esto, ¿cómo lo interpreto?». Lo utilizan para que les dé feedback de qué y cómo tienen que pensar y cómo tienen que pensarlo.
Lo utilizan más para eso que para contenidos que luego tengan que defender en clase. Hoy por hoy, no es lo mismo que en la universidad: en primaria, secundaria o bachillerato los trabajos son solo un complemento, y el documento escrito está perdiendo peso frente a la defensa oral. Por tanto, ese miedo o esa sensación de «si la utilizo me van a pillar», hace que recurran menos a la IA.
El algoritmo brinda respuestas individualizadas. ¿Esta fragmentación genera beneficios para su usuario o, al contrario, limita su pensamiento simbólico y su capacidad de entender cualquier asunto desde su complejidad?
La IA es muy bien mandada y hace lo que tú quieras. Si tú le dices «dame una idea sobre esto», te va a dar unas ideas genéricas porque se alimenta de contenidos muy genéricos. Muchas veces le dices: «estás equivocado». Y responde: «es verdad, me he equivocado». Y te complace, te quiere complacer. Como le formulemos la pregunta es como nos la va a devolver.
Además, lo bueno que tiene es que si no te gusta su respuesta, puedes pedirle otra opción y te la da. Eso viene muy bien porque se personaliza al máximo, pero influye mucho qué le digas y cómo se lo digas. Ahí juega un papel peligroso el sesgo de confirmación: si yo quiero que la IA me diga que algo es azul, le voy a dar veinte vueltas al prompt hasta que acabe diciéndome que es azul. Y en ese momento, como usuario me doy por satisfecho y me quedo con esa respuesta.
De ahí surge la necesidad de saber cómo utilizarla. Se imparten muchísimos talleres y formaciones sobre el uso de la IA aplicada a cualquier ámbito, pero lo realmente crucial es aprender a manejar qué le queremos preguntar, cómo se lo queremos plantear y bajo qué contenidos. Debemos volvernos más hábiles en esa máxima de saber a quién preguntar y cómo.
«Debemos volvernos más hábiles en esa máxima de saber a quién preguntar y cómo»
Con la IA hay que ser mucho más específicos: no es lo mismo pedirle una definición genérica de psicopatología, que solicitarle una centrada en la evaluación de la audición en alumnos de primaria. La respuesta será completamente distinta y mucho más precisa, pero para obtenerla, el usuario es quien debe saber qué preguntar. Entonces, ¿está bien que se personalice? Sí. Aquí el quid de la cuestión es que tenemos que saber cómo funciona para poder utilizarla y sacar todo el partido que tiene.
¿Cabe el pensamiento crítico con el uso continuo de la IA como asistente?
Para tener pensamiento crítico de algo hay que tener conocimientos de ese tema. Muchas de las cosas que presentan o que se hacen con la IA, si no se revisan, ni se procesan y si quien las ordena no tiene esa capacidad de decir «esto está bien, esto está mal» no generan aprendizaje ni conocimiento ninguno. Presentar ese trabajo o no hacer nada van a suponer lo mismo a nivel de aprendizaje.
Para construir ese conocimiento base, el docente debe plantearse qué contenidos pide, de qué forma y con qué herramientas, para asegurar que el alumno los procese, los comprenda y desarrolle su capacidad crítica. Dado que es imposible prohibir el uso de la IA, la tendencia actual en las evaluaciones pasa por restar peso a las memorias escritas y dárselo a la defensa oral.
Es ahí donde el estudiante debe demostrar que el trabajo es suyo, que domina la materia, que ha aprendido y que ha aplicado un análisis crítico: tiene saber justificar por qué algo está bien o mal, argumentar con conocimiento de causa y citar autores o artículos porque realmente enriquecen el contenido. Esto exige un esfuerzo extra por ambas partes, y es precisamente la línea que debemos seguir: enseñar qué es el pensamiento crítico y cómo ejercitarlo antes de exigirlo.
«No hay que perder de vista que detrás de todo nuevo invento hay una mente humana que lo ha creado»
No hay que perder de vista que detrás de todo nuevo invento hay una mente humana que lo ha creado. Esa es la principal diferencia que nos hace inteligentes, el uso de herramientas para facilitar nuestro día a día.
Cómo se dirija el usuario a los diferentes modelos condiciona las soluciones que le ofrece.
El contexto influye muchísimo. No es lo mismo la entrevista que estamos teniendo sobre prevención en la educación, que si habláramos de lo mismo aplicado a los videojuegos. El entorno en el que se plantea una pregunta o se debate un tema es lo que nos permite modular las variables, el enfoque y el contenido.
Con la IA pasa exactamente igual: si no se le proporciona todo ese contexto, el resultado serán respuestas aleatorias y genéricas —lo que más repita la gente—, porque la herramienta se limita a extraer la información de foros o bases de datos genéricas.
Desde una perspectiva neurocientífica, ¿qué impacto tiene la incorporación de robots educativos y otras tecnologías en el aula para los procesos de aprendizaje? ¿Y para la motivación?
Hay apoyos y detractores porque como con todo lo nuevo es un poco a ver qué pasa. Con la tecnología en general ha pasado lo mismo: existe el temor de que si la introducimos en las aulas empeorará la educación, y terminamos cerrándonos a ella por puro sesgo de confirmación. Como la premisa de partida de que es perjudicial y lo apoyamos diciendo que países que antes digitalizaron las aulas de forma masiva han terminado dando marcha atrás de manera drástica. Pero el problema real no es la tecnología en sí, sino el uso que hagamos de ella y si lo hacemos en exclusiva.
Robots en el aula, área de investigación de Mondéjar.
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Se ha visto, y hay estudios en los que se demuestra, que si se deja a alguien con un entrenamiento autónomo frente a una pantalla, no le va a sacar el mismo partido y va a perder ciertas habilidades que no está ejercitando. Pero como apoyo y complemento para el alumnado en determinadas cosas está funcionando muy bien. La IA llega a muchos sitios a los que no llega una persona.
Si le pedimos a la IA que adapte una tarea para un alumno con unas determinadas características generará veinte ejemplos al instante. A lo mejor, un profesional no llega a plantearse todas esas alternativas de actividades; en cambio, ahí las tendríamos con solo dos clics.
¿Y llevar el juego a las escuelas?
Introducir la gamificación en el aula consiste en trasladar las dinámicas y requisitos propios de los juegos al contexto educativo. No se trata simplemente de jugar en clase, sino de aprovechar mecanismos de eficacia demostrada para generar mayor motivación y engagement, logrando que los alumnos se impliquen en la tarea y mantengan ese interés en el tiempo. Además, permite obtener un feedback continuo de su evolución a través de sistemas como los de puntuación.
Lo mismo ocurre con la robótica, la realidad virtual o las pantallas digitales. Como complemento, resulta infinitamente más motivador para los chicos trabajar con un robot en clase que rellenar una ficha tradicional. Aunque la pizarra de tiza tiene su lado romántico, la interactividad que ofrece un dispositivo digital aporta un plus extraordinario.
Sin embargo, la clave insustituible sigue siendo el docente. Existía un temor generalizado de que la IA haría desaparecer muchas profesiones, pero la realidad es que siempre será indispensable la supervisión y el control humano.
La tecnología es una herramienta que, sin la formación adecuada o mal gestionada, puede ser contraproducente. Podemos llenar un aula con veinte robots, pero su presencia debe estar guiada por un propósito pedagógico claro: saber qué metodología vamos a aplicar y con qué objetivo. En definitiva, la tecnología debe entenderse siempre como un apoyo y una aliada colaboradora.
La gamificación favorece la consolidación del conocimiento, pero ¿lo hace a costa de generar dependencia de estímulos y recompensas inmediatas?
Diversificar las opciones y los canales de aprendizaje funciona de manera excelente. No es lo mismo transmitir un contenido únicamente de forma oral, que enriquecer esa explicación simultáneamente con una presentación visual en PowerPoint. De la misma forma, hay una gran diferencia entre enseñarle a un alumno cómo se hace algo desde un enfoque puramente teórico, y permitirle que lo manipule y lo experimente por sí mismo.
La gamificación y la robótica nos aportan un valor añadido indiscutible. Un docente puede transmitir un contenido a través de una ficha tradicional, pero si el alumno puede tocarlo, experimentar y jugar con ello, el aprendizaje se vuelve mucho más significativo. Los conocimientos se consolidan mejor porque se activan otros canales de acceso a la información —el visual, el táctil y el auditivo—.
Cuanto más rico sea el estímulo, más profunda será la huella que deje en nuestro cerebro. Esto facilita que el estudiante relacione lo aprendido con sus conocimientos previos y le aporta un mayor abanico de recursos y opciones de respuesta para futuros problemas.
Pero con la gamificación o las metodologías activas no hace falta que sea todo con tecnología: no es lo mismo aprender sentado y quieto que aprender en movimiento. Al final, es más divertido, tienen que estar más atentos. Al alumno le genera esa dopamina de decir: «¡ah, pues estoy haciendo algo divertido!». Las cosas que nos gustan se fijan antes y mejor en la mente; lo mismo ocurre, en sentido contrario, con las que nos desagradan. En definitiva, las emociones influyen de manera directa en cómo consolidamos la memoria y los contenidos.
«Las emociones influyen de manera directa en cómo consolidamos la memoria y los contenidos»
Las pantallas más pequeñas, las de los móviles, emergen como fuente de polémica. ¿Cuán adictivas resultan?
Si volvemos al origen del problema, la pantalla por sí sola no es la que provoca la adicción, sino la estimulación tan atractiva y bonita que ofrece al exponer a una persona a un dispositivo con 20 estímulos simultáneos, con luces, colores, sonidos, alertas de chat y constantes notificaciones.
Por otro lado, el abuso de las pantallas genera disrupciones severas en nuestra vida cotidiana. Más allá del impacto fisiológico evidente, como la fatiga visual o los problemas posturales en el cuello causados por el uso del móvil, el verdadero peligro es que genera una alarmante intolerancia a la lentitud. Este fenómeno es muy claro con los reels o vídeos cortos: el usuario exige que le cuenten las cosas rápido o se aburre: rápido significa hoy menos de 30 segundos.
Esa impaciencia la trasladamos luego a la vida real: hablar con alguien en persona nos desespera porque sentimos que va despacio, e incluso reproducimos los audios de WhatsApp a doble velocidad porque el ritmo normal se nos hace insoportable.
Esto nos está creando un conflicto porque luego tenemos que vivir en una sociedad con un ritmo de vida diferente. Cuando alguien se mete mucho en ese bucle, su cerebro se acostumbra y le dice: «lo que a mí me gusta y a lo que estoy habituado es a esto». Por eso, cuando le sacan de ahí, le toca aprender a parar de nuevo. Y la realidad te resulta más aburrida o más pesada.
Entonces, ¿no parece que resulten nocivas?
Las pantallas no son malas, el problema real, una vez más, es el uso. No provocan trastornos, que es un temor muy extendido, o desencadenan patologías; simplemente, algunos cerebros han sido entrenados para responder a una cantidad de estímulos y a una demanda cognitiva muy altas o las utilizan por la necesidad de compensar esa estimulación cognitiva en determinados trastornos. Por eso, es importante cuando se cambia de entorno: la clave radica en comprender que, cuanto más variado sea nuestro día a día, mejor será para nuestro procesamiento desarrollo cognitivo.
Leer en un libro en papel también cansa muchísimo; entonces, alternar entre libros y pantallas viene bien. Con la escritura ocurre algo similar: redactar a mano es mucho mejor, obviamente, pero el teclado ofrece una rapidez imbatible, a costa, eso sí, de perder cierta atención a la ortografía debido a los correctores automáticos.
Al final, todo tiene sus pros y sus contras. La tecnología funciona de manera excelente como un complemento en tareas o terapias, pero el problema surge cuando se convierte en la única vía. No podemos depender de un solo estímulo; nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan variedad, flexibilidad cognitiva y una capacidad de adaptación que, si nos cerramos a una sola opción, acabaremos perdiendo.
El Español – Cultura
