La nueva tregua en Líbano, la enésima en los últimos meses y tan inestable como sus predecesoras, entró en vigor este viernes a las 16.00 horas locales (15.00 hora peninsular española, 09.00 en Washington). Tan en sordina que nadie la confirmó oficialmente, solo bajo condición de anonimato. Y tan precaria que prosiguieron los bombardeos israelíes y los lanzamientos de drones de Hezbolá, aunque fueron remitiendo con el paso de las horas. Entre bambalinas, representantes de Estados Unidos, Qatar e Irán habían intermediado a destajo durante horas para llegar a un nuevo alto el fuego y evitar que naciera muerto el acuerdo provisional entre Washington y Teherán en el que Donald Trump ha invertido mucho de su capital político interno. Un capital político que amenaza con disiparse si el pacto salta por los aires.
El presidente estadounidense, que ha apostado mucho capital político en el pacto con Teherán, presionó a Israel para conseguir la nueva tregua, tan inestable como sus predecesoras
La nueva tregua en Líbano, la enésima en los últimos meses y tan inestable como sus predecesoras, entró en vigor este viernes a las 16.00 horas locales (15.00 hora peninsular española, 09.00 en Washington). Tan en sordina que nadie la confirmó oficialmente, solo bajo condición de anonimato. Y tan precaria que prosiguieron los bombardeos israelíes y los lanzamientos de drones de Hezbolá, aunque fueron remitiendo con el paso de las horas. Entre bambalinas, representantes de Estados Unidos, Qatar e Irán habían intermediado a destajo durante horas para llegar a un nuevo alto el fuego y evitar que naciera muerto el acuerdo provisional entre Washington y Teherán en el que Donald Trump ha invertido mucho de su capital político interno. Un capital político que amenaza con disiparse si el pacto salta por los aires.
Este viernes ha puesto de manifiesto lo complicado que va a ser, ya desde la casilla de salida, aplicar el memorando de entendimiento que Trump firmó en el palacio de Versalles y el régimen teocrático iraní, en Teherán. Los bombardeos israelíes desde la madrugada mataron a 47 personas —una de las cifras más altas en semanas— y Hezbolá, a cuatro soldados israelíes, con un proyectil contra su tanque. El número inusualmente alto de bajas castrenses llevaba, mientras, a los dos ministros ultranacionalistas más influyentes de Benjamín Netanyahu a encender aún más la situación, pidiendo “abrir las puertas del infierno” (Bezalel Smotrich, Finanzas) en Líbano y que “lloren mil madres libanesas, por cada lágrima de una madre israelí” (Itamar Ben Gvir, Seguridad Nacional).
En este inflamable contexto, no solo queda aún mucho por negociar, sino que los dos firmantes quieren mostrarse ante sus respectivos públicos como ganadores de la guerra —aunque Teherán obtiene alivio de sanciones y fondos para la reconstrucción— y demostrar que forzarán al adversario a cumplir su parte, so pena de retirarse del acuerdo. Pero además el tercer protagonista de la guerra, Israel (que no ha negociado ni firmado el pacto, pero figura como obligado a detener los combates y a respetar la “integridad territorial” de Líbano) insiste en que seguirá ocupando el sur y abriendo fuego contra “amenazas” de Hezbolá. “El tiempo que sea necesario”, en palabras del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, este mismo viernes.
Las agencias de inteligencia estadounidenses han advertido a la Administración de Trump de que es probable que Netanyahu dé pasos para socavar el acuerdo con Irán, según publica este viernes el periódico The Washington Post, que cita a “altos cargos presentes y pasados”. “El nuevo informe de inteligencia concluye que ante las elecciones israelíes este otoño, la supervivencia política de Netanyahu depende de demostrar a su público interno que no retirará tropas de Líbano y que está dispuesto a recrudecer los enfrentamientos con Hezbolá”, escribe este medio.
Tras casi 19 años en el poder de los 78 que cuenta el Estado de Israel, el dirigente tiene dos malas opciones. Una es ceder a las presión de Trump y cumplir lo estipulado en un acuerdo negociado a sus espaldas, apareciendo ante los suyos como un títere y, probablemente, firmando su propia condena de muerte electoral. Un sondeo electoral efectuado tras el alto el fuego por el diario israelí Maariv destronaba este viernes del primer puesto al partido de Netanyahu, Likud. Por primera vez en más de un año, empata con otra formación Yashar, de Gadi Eisenkot, ambas con 21 de los 120 diputados del Parlamento nacional.
Su otra mala opción es enfrentarse al aliado del que depende militar y diplomáticamente, tras dos semanas de roces con Donald Trump sin apenas precedentes. Su mejor opción es, en cualquier caso, aquella que le permita arrastrar a EE UU a una nueva ronda de enfrentamientos con Irán o, por lo menos, que le permita continuar por su cuenta, como ha sugerido su ministro de Defensa, Israel Katz. Es, de hecho, lo que viene haciendo en Líbano y Gaza, donde ya impera una tregua (desde abril, en primero; desde octubre de 2025, en el segundo), pero sus bombardeos allí son igualmente diarios.
De momento, los combates en Líbano han obligado a suspender el viernes la reunión prevista en Lucerna (Suiza) entre las delegaciones de Irán, con su presidente del Parlamento Mohamed Baqer Qalibaf al frente, y de Estados Unidos, encabezada por el vicepresidente J. D. Vance. El aplazamiento llegó cuando ya estaba todo preparado, hasta el punto de que el avión del número dos del gobierno estadounidense ya estaba lleno de combustible y la prensa que debía acompañarle en el viaje había llegado a la base militar de Andrews, en las afueras de Washington, desde donde iba a despegar.
Un portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán se ha limitado a declarar que la reunión se celebrará, igualmente en Suiza, “en los próximos días”. Teherán (principal patrón de la milicia Hezbolá) no quiere reunirse con Washington sin garantías de que el pacto se aplicará en Líbano.
El aplazamiento era el primer revés para un acuerdo que Trump y su gobierno han defendido a capa y espada a lo largo de la semana como una gran victoria, ante las críticas que apuntan a que Irán recibe grandes compensaciones económicas —además del levantamiento de sanciones y el fondo de reconstrucción, se descongelarán sus fondos en el exterior y puede empezar a exportar petróleo desde ya— pero Estados Unidos solo consigue cosas que ya existían antes de empezar la guerra: el compromiso de Irán a no desarrollar un arma nuclear y la apertura del estrecho de Ormuz.
El presidente estadounidense se juega mucho en lo que ocurra con el acuerdo. Como él mismo ha reconocido, la alternativa al pacto es el caos en la economía mundial y unos precios del petróleo disparados. Un fracaso le obligaría a retomar las hostilidades —él mismo ha subrayado que “volveremos a bombardear” si las negociaciones no avanzan—, algo que, además de un gravísimo golpe a la economía, generaría una enorme oposición de los votantes y un previsible varapalo en las elecciones del próximo noviembre, en las que se juega el control del Congreso y Trump, la perspectiva de un posible juicio político en caso de que la oposición demócrata recupere la mayoría.
Los términos del acuerdo han suscitado malestar incluso dentro del propio Partido Republicano de Trump. Muy especialmente, el plan de reconstrucción por 300.000 millones de dólares. Un comunicado del senador por Texas Ted Cruz indicaba el miércoles: “Hemos destruido la fuerza militar iraní, y no deberíamos sufragar su reconstrucción”. El presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, el también republicano Roger Wicker, ha apuntado que ese fondo “no estará pagado por los contribuyentes estadounidenses” pero “haría que el pago a Irán contemplado en el acuerdo nuclear del presidente [Barack] Obama de 2015 pareciera una miseria en comparación”.
En una breve entrevista telefónica con la cadena de televisión NBC, el presidente estadounidense ha confirmado que él personalmente habló con representantes israelíes este viernes para pedirles que se adhirieran a la tregua. El mandatario no quiso confirmar, según la cadena, si habló directamente con Netanyahu o si lo hizo con alguna otra personalidad. “A veces tienes que calmarte y utilizar la cabeza”, declaró Trump en esa entrevista, según el medio.
Mientras Trump hablaba con Israel, su secretario de Estado, Marco Rubio, lo hacía con el presidente libanés, Joseph Aoun. Como resultado, Washington anunciaba la celebración de una nueva ronda de conversaciones entre Israel y Líbano la semana próxima en la capital estadounidense, aunque el mandatario árabe ha vuelto a reclamar un alto el fuego “integral” en su país, donde han muerto más de 3.900 personas a manos del Ejército israelí en los últimos tres meses.
El enfado de la Administración de Trump con Israel, el aliado que convenció al presidente estadounidense de que ir a la guerra con Irán era una buena idea y que ahora sabotea los esfuerzos de paz, quedaba de manifiesto en las duras declaraciones de Vance en una rueda de prensa en la Casa Blanca el jueves: “Yo no me metería con el único aliado poderoso que me queda en todo el mundo”, ha señalado el vicepresidente, líder del equipo que negoció el pacto con Teherán y que se ha convertido en su gran defensor ante el aluvión de críticas.
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