China ha dado un giro copernicano a la relación con su díscolo vecino norcoreano al respaldar su arsenal nuclear en lugar de empeñarse en la desnuclearización de la península coreana. En medio de una rivalidad global cada vez más feroz, Pekín ha tomado la capacidad nuclear de Pyongyang como un activo geopolítico que dificulta la posición de Estados Unidos en el noreste de Asia.
En plena rivalidad con Estados Unidos y con un Japón que ha duplicado su presupuesto militar, China opta por olvidarse de la desnuclearización de una Corea del Norte que comparte hostilidad hacia esos dos países
China ha dado un giro copernicano a la relación con su díscolo vecino norcoreano al respaldar su arsenal nuclear en lugar de empeñarse en la desnuclearización de la península coreana. En medio de una rivalidad global cada vez más feroz, Pekín ha tomado la capacidad nuclear de Pyongyang como un activo geopolítico que dificulta la posición de Estados Unidos en el noreste de Asia.
El viaje de Xi Jinping a Corea del Norte en junio, con ocasión del 65º aniversario del Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua de 1961 entre ambos países —el único pacto de defensa jurídicamente vinculante de China—, fue la oportunidad de exhibir el punto de inflexión en el debate internacional sobre las armas nucleares de Pyongyang. Xi no reconoció explícitamente a su vecino como una potencia nuclear, pero al omitir toda referencia a la desnuclearización, abrió la puerta a una nueva relación estratégica.
Desde el ascenso al poder en 2011 de Kim Jong-un, tercero de la dinastía comunista fundada por su abuelo Kim Il-sung, las relaciones entre los dos vecinos han sido tormentosas. El joven Kim no tardó en ajusticiar a su tío, designado por su padre como mentor, y a toda su camarilla supuestamente por los estrechos lazos que mantenían con China.
Pekín fue el principal impulsor de las negociaciones a seis bandas (China, Estados Unidos, Japón, Rusia y las dos Coreas) para la desnuclearización de su vecino, que comenzaron en 2003 y colapsaron en 2009, debido sobre todo a que Washington no cumplía sus compromisos de ayuda económica y reconocimiento diplomático. La desconfianza estalló en Pyongyang, que rompió el acuerdo alcanzado y ordenó la inmediata expulsión de los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA).
Kim Jong-un solo quiso negociar su capacidad nuclear con Donald Trump, pero tras el fracaso de la cumbre de Hanói en 2019, incrementó su arsenal, inscribió el programa nuclear en la Constitución de 2023 y cerró toda posibilidad de negociación. Por si China no lo tenía claro, un día antes de la llegada de Xi a Pyongyang, Kim Yo-jong, la hermana del líder supremo norcoreano, declaró que el programa nuclear del país es “irreversible”.

En plena rivalidad con Estados Unidos y con un Japón que ha abandonado su pacifismo constitucional y duplicado su presupuesto militar —según el Libro Blanco de Defensa dado a conocer el martes, que lo sitúa en torno al 2% del PIB, equivalente a unos 49.000 millones de euros—, China ha dejado públicamente a un lado sus recelos y se ha abierto a convivir con un vecino nuclear que comparte hostilidad hacia esos dos países. Con esto, Pekín también pretende frenar el acercamiento entre Moscú y Pyongyang.
La guerra de Ucrania ha impulsado enormemente las relaciones entre Rusia y Corea del Norte, que desde 2023 ha enviado, según el espionaje surcoreano, a unos 15.000 soldados a luchar en las trincheras rusas. Además, ha entregado a Moscú unos 12 millones de proyectiles de artillería a cambio de combustible, alimentos, dinero y tecnología militar.
Tal vez lo que más preocupa a China es la alianza formal establecida entre los dos países, tras la firma en junio de 2024 por Kim Jong-un y Vladímir Putin de un Tratado de Asociación Estratégica Integral, que contiene una cláusula de defensa mutua. Tres meses después, el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, reconoció a Corea del Norte como un Estado nuclear al declarar que la desnuclearización era un “asunto zanjado”.
Según el prestigioso Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), el régimen norcoreano cuenta con 60 ojivas ensambladas, la mayoría de fisión (menor fuerza explosiva) y algunas termonucleares, y almacena material fisible para fabricar otras 30 bombas atómicas. En cuanto a misiles, dispone de unos mil de alcance corto, medio e intercontinental (ICBM) que, en teoría, podrían alcanzar territorio estadounidense, muchos con doble capacidad que pueden llevar tanto ojivas convencionales como nucleares. El SIPRI afirma que Pyongyang prioriza los propulsados por combustible sólido, como el Hwasong-18 y Hwasong-20, que son más rápidos que los de combustible líquido.
Pyongyang cuenta también con un importante arsenal naval con submarinos nucleares con misiles balísticos para lanzamiento subacuático. Lo más avanzado es el destructor Choe Hyon, que porta celdas de lanzamiento vertical capaces de albergar misiles antibuque, de defensa aérea y de ataque terrestre.

China es el principal socio comercial de Corea del Norte, responsable del 90% del comercio de ese país, pero el progreso de la cooperación militar ruso-norcoreana es muy rápido y abarca desde un programa de modernización de submarinos nucleares a la transferencia de tecnología para fabricar drones suicidas de largo alcance. Según la inteligencia militar ucrania, Pyongyang fabrica ya drones Geran, la versión rusa del iraní Shahed 136.
Ante esa realidad y el agravamiento de las tensiones geopolíticas en la región, Pekín ha optado por el pragmatismo y, según el instituto australiano Lowy, ha decidido utilizar la capacidad nuclear de Corea del Norte “como palanca frente a Washington”. China no cuenta con que su vecino se involucre en un eventual conflicto chino-estadounidense por Taiwán, pero si Washington desplazase hacia el estrecho de Taiwán parte de los 28.500 soldados que tiene destacados en Corea del Sur, Pyongyang podría utilizar ese vacío contra Seúl.
En febrero pasado, Kim Jong-un formalizó en el IX Congreso del Partido del Trabajo de Corea, fundado por su abuelo en 1945, la doctrina de los dos Estados hostiles, por la que se abandona el principio de la reunificación pacífica de la península y se incorporan las armas nucleares como una capacidad operativa de combate en lugar de como una herramienta de negociación. Esta nueva posición ideológica beneficia los intereses de China porque descarta la posibilidad de tener en la frontera una Corea unificada y alineada con EE UU.
Sin embargo, la consolidación del eje tripartito nuclear de Rusia, China y Corea del Norte puede volverse como un bumerán contra Pekín y desatar una fuerte carrera armamentística en los rivales de la región. Corea del Sur, que ya ha iniciado la fabricación de su primer submarino de ataque de propulsión nuclear, recibió autorización de EE UU en noviembre de 2025 para enriquecer uranio hasta el 20%, lo que la acerca a la bomba y puede verse tentada a dotarse de esta, si deja de confiar en el paraguas nuclear de Washington. De igual manera Japón, que ya ha pedido a EE UU fabricar bajo licencia los misiles Tomahawk, puede recurrir a cambios estratégicos y militares más drásticos.
En este complicado escenario geopolítico, el ganador más claro es Kim Jong-un. La visita de Xi Jinping, la primera en siete años, le da un mayor margen de maniobra y logra reducir el aislamiento internacional del llamado reino ermitaño. Ambos líderes se han declarado unidos por una “amistad inquebrantable” y aunque no sea para tanto, los dos están dispuestos a impulsar la cooperación bilateral y estratégica en un momento en que el armamento nuclear está en pleno auge.
Feed MRSS-S Noticias
