Por segunda vez en la historia, la humanidad está tomando conciencia de que la vida sobre la Tierra puede terminar en cualquier momento. No por un cataclismo natural, sino por la acción de los propios seres humanos. La primera ocasión en que se supo de tan enorme y desgraciada noticia fue en agosto de 1945, tras las explosiones nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, aunque los físicos que trabajaron en la construcción de la bomba, con Robert Oppenheimer al frente, conocían perfectamente el potencial destructivo que tenían entre manos, y observaron el 16 de julio, ‘solo para sus ojos’, el primer hongo nuclear en Alamogordo, el campo de pruebas del proyecto Manhattan en Nuevo México, apenas tres semanas antes de que el resto de la humanidad se enterara de tan cataclísmico acontecimiento.

Jordi Ibáñez. Apocalipsis y democracia. Tusquets, 2026.

Timothy Garton Ash. ¿Nos encaminamos a un Hiroshima de la IA? El País, 24 de agosto.
Joshua A. Schwarz y Michael C. Horowits. Putting Armageddon on Autopilot. War on the Rocks. 11 de agosto.

Consejo Editorial. Humanity Has Avoided Apocalypse Before. Let’s Do It Again. The New York Times, 18 de septiembre.
La humanidad está tomando conciencia de que la Inteligencia Artificial, una tecnología que puede escapar del control de sus creadores y abocarla a la extinción
Por segunda vez en la historia, la humanidad está tomando conciencia de que la vida sobre la Tierra puede terminar en cualquier momento. No por un cataclismo natural, sino por la acción de los propios seres humanos. La primera ocasión en que se supo de tan enorme y desgraciada noticia fue en agosto de 1945, tras las explosiones nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, aunque los físicos que trabajaron en la construcción de la bomba, con Robert Oppenheimer al frente, conocían perfectamente el potencial destructivo que tenían entre manos, y observaron el 16 de julio, ‘solo para sus ojos’, el primer hongo nuclear en Alamogordo, el campo de pruebas del proyecto Manhattan en Nuevo México, apenas tres semanas antes de que el resto de la humanidad se enterara de tan cataclísmico acontecimiento.
Ahora es la segunda ocasión histórica, cuando destacados científicos y dirigentes de las empresas de Inteligencia Artificial (IA) proponen una pausa, moratoria o desaceleración antes de que la humanidad se enfrente a la extinción, quizás antes de que termine la década, a cargo de una tecnología que, según aseguran, escapará del control de quienes la crearon. Esta vez genios y magnates digitales habían aireado desde hacía años el peligro, pero pocos les habían creído hasta ahora, momento en que son ellos mismos, apóstoles de la aceleración tecnológica, quienes piden tiempo para evitar el apocalipsis que tanto les había fascinado.
No faltan razones para sospechar del súbito vértigo de los oligarcas digitales e incluso de la consistencia de la amenaza. Por ejemplo, la carrera irracional de inversiones y el temor al estallido de una burbuja bursátil, como sucedió con la banca financiera en 2008. O las prevenciones ante cualquier regulación externa por parte de un sector que ha nacido y crecido en un entorno sin reglas y combate todos los intentos, especialmente los europeos, para introducir controles y normativas. Quienes acaban de anunciarnos la marcha hacia la autodestrucción que ellos mismos han impulsado piden ahora confianza para remediar por sí solos el colosal percance del que son responsables.
Difícil olvidar su papel en la promoción y financiación del trumpismo, al que han acompañado, y en algún caso, como Elon Musk, con su participación personal en la destrucción desde el gobierno de Estados Unidos de la democracia y de las instituciones internacionales. Ahora, justo ahora, piensan que no estaría mal alguna regla de juego. Y por supuesto, la mejor será la que ellos establezcan en sus conciliábulos. Sugieren reguladores internos de las empresas, como si nadie se acordara del papel de Arthur Andersen y de otras auditoras en la crisis de las punto.com en 2001. Proponen la coordinación entre las empresas para organizar la pausa: es decir, los ultraliberales de Silicon Valley piden un cartel para concertar su producción a espaldas del mercado. Y sugieren incluso una concertación internacional con los regímenes autoritarios, dando por sentado que sus empresas pertenecen al ámbito democrático, como si no existiera la cabalgada autocrática del trumpismo y el penoso decaimiento de la democracia.
Todo, menos someterse a organismos internacionales y al multilateralismo utilizado con sus altibajos por Estados Unidos durante los últimos 80 años. Prefieren “el riesgo del cataclismo antes que cualquier forma de control y de gobernanza mundial”, según el filósofo Jordi Ibáñez, que intuye “un uso táctico o incluso propagandístico de la idea apocalíptica”. Trump tiene la virtud de la más cínica y desvergonzada claridad. No quiere pausas. Frenar sería dar ventaja a China. Y si se necesita alguna regulación nadie debe tener dudas sobre quién debe dictarla: “El único control o guardarail que necesita la IA es un presidente fuerte e inteligente (con IQ alto) y Estados Unidos lo tiene de sobra”.
Por este camino, la polémica sobre el peligro de extinción y la necesaria pausa adquiere toda la apariencia de una maniobra preparatoria para el mano a mano entre Trump y Xi Jinping, en el reparto de las respectivas áreas de influencia en el mundo digital bipolar que a ambos conviene. Amenazas y avisos catastrofistas, los de ahora como los de hace ocho décadas, suenan a idéntica retórica amedrentadora propia de una guerra fría. Esta estrategia siempre es rentable para los autoritarios. Razones para el miedo no faltan, sin acudir al apocalipsis: basta con observar el tenebroso papel de la IA en la matanza de Gaza.
La creación por máquinas emancipadas de todo control humano de armas biológicas o de gusanos digitales para ciberataques son las modalidades de exterminio más evocadas para el cataclismo. Pero la más consistente sigue siendo la veterana arma nuclear, lanzada por una decisión bajo piloto automático de la IA, a la que se le ha entregado el botón rojo del lanzamiento. El principio y el fin de una época confluyen en las dos truculentas amenazas de autodestrucción que hemos conocido desde 1945.
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