Hace cuatro años, Europa dejó de hablar con Rusia porque constató que Vladímir Putin había dinamitado el orden de seguridad. Hoy, algunos europeos creen que precisamente por eso hay que volver a hablar con él.
La guerra en Ucrania y la incertidumbre sobre el papel de Estados Unidos reactivan en la UE el debate sobre si es necesario volver a conversar con el Kremlin y quién debería hacerlo
Hace cuatro años, Europa dejó de hablar con Rusia porque constató que Vladímir Putin había dinamitado el orden de seguridad. Hoy, algunos europeos creen que precisamente por eso hay que volver a hablar con él.
En los corrillos de la capital europea, en los pasillos de las instituciones comunitarias y los foros de analistas y académicos, entre cafés y cafés, una percepción gana terreno: la guerra podrá terminar algún día, pero la confrontación con Rusia, probablemente no. “Nos encontramos en un modelo de disuasión similar al de la Guerra Fría, pero con mucha menos comunicación y medidas de fomento de la confianza”, explica por correo electrónico Stefan Meister, investigador del German Council on Foreign Relations (DGAP). “Dado que Rusia es más agresiva que la Unión Soviética debido a su relativa debilidad, representa un actor más peligroso. La Unión Soviética representaba el statu quo; la Rusia actual, el revisionismo”, añade.
Durante tres décadas, la mayor parte de Europa vivió con la convicción de que la Guerra Fría pertenecía a los libros. En París, Berlín, en Bruselas se creyó que Moscú, aunque incómoda, acabaría encontrando algún lugar dentro del orden europeo. Aquella idea de que había que hablar con Rusia y no sobre Rusia que se mantuvo en muchos países pese a la anexión ilegal de Crimea y la guerra de Donbás saltó por los aires en febrero de 2022, con la invasión a gran escala. Europa rompió gran parte de los lazos políticos, económicos y diplomáticos que aún mantenía con Moscú. La Unión Europea aisló al Kremlin, sancionó a su entorno y redujo al mínimo los contactos políticos de alto nivel con un vecino que había demostrado una vez más su carácter voraz y agresivo.

Cuatro años después de la invasión a gran escala rusa, con la guerra en Ucrania cronificada y Donald Trump en la Casa Blanca, algo ha cambiado. Los contactos de Washington con Moscú y el intento de Donald Trump de impulsar una negociación sin participación europea reavivaron en Bruselas una vieja inquietud: que el futuro de la seguridad europea pueda discutirse sin una participación europea significativa. Ahora, con esas negociaciones de Estados Unidos para poner fin al conflicto prácticamente paralizadas, empieza a abrirse paso una idea incómoda, impensable hace solo un par de años: que Europa debe volver a hablar con Rusia. Y abre otro debate aún más delicado: quién debería hacerlo en nombre de Europa.
En Bruselas ya circulan nombres de un hipotético “enviado especial”. En distintas conversaciones, varios diplomáticos mencionan recurrentemente al expresidente de Finlandia Sauli Niinistö, respetado por su experiencia con Rusia. También al actual jefe de Estado, Alexander Stubb, uno de los dirigentes europeos que más abiertamente defiende la necesidad de mantener algún tipo de interlocución. “Si no estás sentado a la mesa, formas parte del menú”, resumió recientemente el líder finlandés.
El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, también ha respaldado la idea de que Europa abra un canal con el Kremlin. “Es importante que tenga una voz y una presencia fuertes en este proceso. Y vale la pena determinar quién representará a Europa”, dijo hace unos días en las redes sociales.
Putin, que se ha mostrado receptivo a la idea de un interlocutor europeo, llegó a mencionar un nombre: el excanciller alemán Gerhard Schröder, cuya estrecha relación con Moscú y con empresas estatales rusas lo ha convertido en una figura extremadamente polémica en Europa.
La propuesta provocó sonrisas irónicas en Bruselas. “Que los europeos elijan a alguien en quien confíen”, afirmó el presidente ruso. La respuesta de la alta representante para Política Exterior, Kaja Kallas, fue inmediata. Schröder, vino a decir, representa mucho mejor los intereses rusos que los de la Unión Europea.
En las últimas semanas, conforme el debate va ganando peso, se ha lanzado al aire el nombre de otros candidatos. Desde la excanciller Angela Merkel —ella se ha autodescartado, de momento— a Mario Draghi, el ex primer ministro italiano y ex presidente del Banco Central Europeo, convertido en Bruselas en una suerte de solucionador universal de crisis. Incluso ha aparecido el nombre de António Costa, el presidente del Consejo Europeo.

“Lo que nadie imagina es que sea Kaja Kallas”, admite una alta fuente comunitaria. La jefa de la diplomacia europea y ex primera ministra de Estonia es una de las voces más duras sobre el Kremlin. Rusia, además, la puso en una lista de personas buscadas por el Ministerio del Interior en 2024. Una medida inédita.
La discusión salió de los círculos informales esta semana durante la reunión de ministros de Exteriores de la UE celebrada en Limasol, Chipre. Era un escenario paradójico. La ciudad, llena de carteles y menús en ruso, ha sido tradicionalmente uno de los lugares favoritos en la UE de empresarios, inversores y turistas procedentes de Rusia. Allí, los ministros abordaron la posibilidad de reabrir determinados canales de comunicación con Moscú, según varias fuentes diplomáticas.
Pero la conversación terminó chocando con una realidad difícil de ignorar. Mientras se desarrollaba el debate, Rusia intensificó sus ataques contra Ucrania y mantenía la presión híbrida sobre varios países europeos mediante campañas de desinformación, sabotajes y operaciones de influencia. La conclusión fue contundente: el Kremlin sigue sin mostrar un interés genuino en una negociación.
El debate, explica un diplomático al corriente de la discusión, visibilizó algo más: la división en la Unión. Los países bálticos y Polonia, por ejemplo, observan esta discusión con profunda desconfianza. “Para ellos, la historia demuestra que Moscú utiliza las negociaciones para ganar tiempo, sembrar divisiones y consolidar posiciones”, sigue el diplomático. Desde esa perspectiva, cualquier intento prematuro de normalización corre el riesgo de beneficiar al Kremlin.
No todos los defensores del diálogo hablan de normalización. “El objetivo debería ser debilitar al Kremlin, impedir que Rusia escape del coste estratégico que ella misma se ha impuesto y disuadirla de volver a amenazar la seguridad europea”, opina Veronica Anghel, profesora del European University Institute, en un foro coordinado por Carnegie Europe. “El Kremlin es un adversario al que hay que acorralar, no un socio con el que reconciliarse”, añade tajante.

“Se trata más de realismo que de integrar a la Rusia de Putin en el orden de seguridad europeo, ya que Rusia y Europa tienen una comprensión muy diferente de ese orden”, opina Meister. El experto, director del Centro para el Orden y la Gobernanza en Europa del Este, Rusia y Asia Central en el DGAP, apunta que el debate es una reacción a Estados Unidos, que tiene intereses diferentes a los de Europa con respecto a Rusia, y a la necesidad de desempeñar un papel en el fin de la guerra. Una forma de asegurar que cualquier esquema sea aceptable para el futuro del continente.
“Esto ya no va de cómo termina la guerra”, resumía un diplomático la semana pasada. “Va de cómo vivimos con Rusia durante los próximos veinte años”.
Así, Europa se plantea hoy cómo gestionar una relación permanente con una potencia hostil.
Tras la caída del muro de Berlín, Europa discutió cómo integrar a Rusia en su orden político y de seguridad. Hoy empieza a debatir algo mucho más incómodo: cómo convivir con ella sin dejar de considerarla una amenaza y sin repetir los errores que la llevaron hasta aquí.
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