Hemos vivido otro verano impactados por la irrupción de grandes incendios catastróficos. Una vez más, hemos visto cómo el fuego arrasa paisajes, pone vidas en riesgo, obliga a evacuar a poblaciones enteras y deja tras de sí enormes pérdidas ambientales, sociales y económicas.
Debemos incorporar las soluciones basadas en la naturaleza a nuestra estrategia frente al riesgo de los fuegos
Hemos vivido otro verano impactados por la irrupción de grandes incendios catastróficos. Una vez más, hemos visto cómo el fuego arrasa paisajes, pone vidas en riesgo, obliga a evacuar a poblaciones enteras y deja tras de sí enormes pérdidas ambientales, sociales y económicas.
Conviene, sin embargo, distinguir entre el fuego y los grandes incendios catastróficos que estamos viviendo. El fuego es un proceso natural propio del Mediterráneo; los incendios de estas dimensiones e intensidades no lo son. Son el resultado de un territorio cargado de combustible tras décadas de abandono rural, repoblaciones forestales, insuficiente inversión en gestión forestal, y una creencia extendida del bosque como la vegetación ideal que deberíamos preservar o recuperar a toda costa. Pero la realidad, como nos ha ido desvelando la ciencia recientemente, es que nuestros ecosistemas mediterráneos potenciales, cuando contaban con todos los procesos naturales que les son propios —sobre todo herbivoría y fuego—, eran mosaicos cambiantes de bosques abiertos, matorrales y pastizales, siendo los bosques cerrados casi una rareza. Hoy día existen miles de hectáreas continuas de pinares y encinares densos, que son bien poco “naturales”, aunque puedan parecerlo.
A todo ello se suma ahora el cambio climático, que está actuando como la gota que colma el vaso. Olas de calor intensas y repetidas, combinadas con sequedad y viento, generan unas condiciones extremas que pueden convertir cualquier ignición en algo imparable.
Ante esta realidad, empieza a existir un consenso cada vez mayor sobre una cuestión fundamental: para reducir el riesgo de grandes incendios tenemos que gestionar el territorio, recuperando mosaicos de paisaje menos cargados de combustible, más heterogéneos y más resilientes. Llevamos décadas de un cambio de paisaje que como sociedad no hemos afrontado, y su gestión no puede esperar más.
Ahora bien, por el momento esta respuesta se centra casi exclusivamente en dos herramientas: la gestión forestal con medios mecánicos, y la ganadería —y agricultura— extensiva. Ambas son indudablemente parte de la solución. Pero creemos que debemos afrontar una realidad incómoda: estas herramientas no serán suficientes para la magnitud geográfica de este reto. Y no se trata solo de una cuestión presupuestaria, aunque el coste sería descomunal. También hay menos ganaderos y habitantes en nuestros pueblos, falta gente que se quiera dedicar a pastorear rebaños o hacer trabajos forestales, las condiciones de mercado dificultan la rentabilidad de muchas actividades, y los propios mecanismos administrativos limitan, en ocasiones, nuestra capacidad de actuación. Difícilmente, pues, podremos cubrir todo el territorio que lo necesita únicamente con estas actividades. De hecho, están empezando a surgir voces, desde distintos ámbitos, que ya hablan de ampliar el abanico de soluciones.
Necesitamos algo más. Y es aquí donde la renaturalización ofrece una solución complementaria. Debemos dejar de pensar que la intervención humana directa es la única manera de gestionar nuestros paisajes, y reconocer también el papel que la naturaleza puede ofrecernos. En otras palabras, debemos incorporar las soluciones basadas en la naturaleza a nuestra estrategia frente al riesgo de incendios.
En muchas comarcas o macizos forestales enormes donde no sea posible recuperar la actividad tradicional a la escala necesaria, podemos restaurar los procesos naturales que durante miles de años contribuyeron a generar y mantener los mosaicos de vegetación propios de nuestros ecosistemas mediterráneos.
Quizás el más importante de estos procesos sea la herbivoría. Grandes herbívoros, como bóvidos y équidos semisilvestres, pueden volver a ocupar extensos espacios forestales hoy prácticamente vacíos de actividad ganadera, complementando el papel de la variedad de ungulados silvestres propios de cada sitio. Su presencia contribuye a mantener claros, controlar la vegetación y generar discontinuidades en el combustible de una manera mucho más extensa y continua de lo que podemos conseguir únicamente con medios mecánicos. Los grandes herbívoros pueden reducir hasta un 40% la biomasa que alimenta los incendios. Pero es que, además, fertilizan el suelo con sus heces, aumentan la captación de carbono en el suelo, dispersan semillas… Contribuyen, pues, a resolver de forma combinada las crisis climática y de biodiversidad, generando ecosistemas funcionales, completos y saludables.
También debemos replantearnos nuestra relación con el propio fuego. El fuego puede ser parte de la solución si aprendemos a utilizarlo y convivir con él de manera controlada. Las quemas prescritas, y en determinadas circunstancias una extinción menos inmediata de aquellos incendios que puedan gestionarse con seguridad, pueden contribuir a recuperar parte del régimen natural del fuego, consumiendo biomasa y generando nuevos espacios abiertos. Existe aquí una paradoja que debemos afrontar: cuanto más rápidamente apagamos todos los incendios, incluso los que serían pequeños, más combustible sigue acumulándose en el territorio, y mayor es el riesgo de sufrir grandes incendios catastróficos en el futuro.
El agua es otro gran aliado. La recuperación de humedales y llanuras de inundación, allí donde sea posible, junto con especies clave como el castor, puede contribuir a aumentar la presencia y duración del agua en superficie. Estos paisajes más hidratados son capaces de actuar como auténticos cortafuegos y de generar refugios frente a condiciones extremas, con vegetación menos inflamable.
Y aquí llegamos a una cuestión fundamental: la escala. España cuenta con una superficie forestal inmensa y, siendo realistas, nunca conseguiremos gestionar activamente cada hectárea que lo necesita, ni aumentando muchísimo los recursos disponibles.
Por eso necesitamos medidas que permitan actuar sobre grandes extensiones de territorio de una manera más eficiente. La renaturalización y la recuperación de procesos naturales pueden cubrir muchas más hectáreas por unidad de presupuesto invertido, complementando la gestión forestal activa, la ganadería y la agricultura extensivas allí donde estas actividades no puedan llegar.
En definitiva, no se trata de sustituir unas soluciones por otras. Se trata de ampliar el abanico de herramientas y utilizar cada una allí donde resulte más eficaz. Solo combinando estas medidas y priorizando las más realistas y eficaces en cada comarca, macizo o región podremos afrontar el reto monumental de recuperar paisajes resilientes a la escala que exige la inmensa superficie forestal española.
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