Rita Catrina se ha acordado mucho este verano de su tío, del río de su infancia y del pequeño pueblo del cantón suizo de los Grisones en el que nació hace 67 años. Trun está a orillas del Rin y tiene poco más de un millar de habitantes. “Para nosotros, el Rin ha sido muy importante, era nuestro lugar de juego, el lugar para hacer senderismo… ha sido nuestra naturaleza”. También era la pista de despegue para que la imaginación de una niña volara lejos, desde los Alpes hasta el mar. “Nuestro tío nos explicaba por dónde iba el Rin cuando salía del pueblo, y nos imaginábamos todos esos lugares y su final, cuando entra en el océano. Era muy bonito”.


La asociación de mujeres mayores a la que pertenece esta activista logró una histórica sentencia de Estrasburgo contra el Gobierno suizo que ha servido para impulsar otro pleito climático en el Constitucional español
Rita Catrina se ha acordado mucho este verano de su tío, del río de su infancia y del pequeño pueblo del cantón suizo de los Grisones en el que nació hace 67 años. Trun está a orillas del Rin y tiene poco más de un millar de habitantes. “Para nosotros, el Rin ha sido muy importante, era nuestro lugar de juego, el lugar para hacer senderismo… ha sido nuestra naturaleza”. También era la pista de despegue para que la imaginación de una niña volara lejos, desde los Alpes hasta el mar. “Nuestro tío nos explicaba por dónde iba el Rin cuando salía del pueblo, y nos imaginábamos todos esos lugares y su final, cuando entra en el océano. Era muy bonito”.
Esta profesora universitaria jubilada y miembro de KlimaSeniorinnen, la asociación de mujeres mayores que logró que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenara a Suiza por su inacción climática hace dos años y medio, se ha acordado también de aquel otro verano, cuando tenía cinco o seis años, en el que fue con toda su familia al laguito del que nace el Rin, que en Trun está aún lejos de convertirse en uno de los grandes ríos europeos. “Era un pequeño lago idílico, con flores alpinas alrededor y arroyos. Se me quedó grabado en la mente, pero nunca volví. Este verano quería hacerlo. Puedes subir en tren primero y después son como dos horas de marcha”. Pero el paso alpino estaba cerrado. Se había desprendido parte de la montaña por el deshielo avivado por un cambio climático del que Suiza no se ha librado tampoco este verano. “Tuve la sensación de que me habían cortado el acceso a mi origen”, explica en un castellano perfecto fruto de los años en los que vivió en España y en varios países latinoamericanos, y de sus estudios de lenguas románicas.
Trop chaud (Demasiado calor) es el título del documental en el que se narra la historia de la asociación a la que pertenece Catrina, que en abril de 2024 logró el fallo histórico del Tribunal de Estrasburgo contra el Gobierno suizo y que, en cierto modo, supone encuadrar el medio ambiente entre el catálogo de los conocidos como derechos humanos, que son los que tutelan los magistrados de ese órgano judicial europeo. “La protección del clima es un derecho humano”, remacha Catrina.
Pero aquella sentencia no era la última estación del camino. Para finales de este año se espera el informe del Comité de Ministros, el órgano que se encarga de hacer el seguimiento del grado de cumplimiento de las sentencias de Estrasburgo. “El Gobierno suizo no ha cumplido, siempre se ha evadido”, advierte. Y pone como ejemplo: “No quieren hacer un presupuesto de emisiones de dióxido de carbono para calcular qué medidas tienen que tomar para reducir las emisiones suficientemente”.
Catrina, junto a otra compañera, está de visita en España precisamente para insistir en que esta lucha sigue viva. “Es importante que los ministros de Exteriores que forman parte de ese comité evaluador [los de los 46 países miembros del Consejo de Europa] también estén informados. Y esta decisión que van a tomar ahora y la que ha tomado el tribunal hace dos años y medio también tiene importancia para los demás países. España tiene un litigio climático activo, del que se está está esperando la sentencia”.
El fallo que lograron en la primavera de 2024 retumbó por todo el continente y fue clave, por ejemplo, para que el Tribunal Constitucional de España admitiera un recurso de amparo de Greenpeace, Ecologistas en Acción e Oxfam Intermón, que acusaba al Ejecutivo también de falta de ambición en la lucha contra el calentamiento global. Ahora se aguarda a que el Constitucional emita una sentencia en los próximos meses. El puntal que sostenía ese recurso era precisamente la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que lograron las KlimaSeniorinnen.
El camino hasta aquel pronunciamiento recorrido por esta asociación —fundada en 2016 por mujeres de más de 65 años que provenían de diferentes movimientos como el feminismo y el ecologismo— no fue sencillo. Dentro de su país, los jueces no les hicieron mucho caso. Cuando su demanda llegó hasta Estrasburgo tuvieron que soportar los duros argumentos del Gobierno suizo contra sus reivindicaciones. “Dijeron que todavía no estábamos muy afectadas por el cambio climático, porque aún no se ha llegado al calentamiento de 1,5 grados globalmente. En Suiza sí, pero globalmente no todavía. Y dijeron que en el momento en que se notaran sus efectos gran parte de nosotras ya no estaríamos con vida. Ese fue el argumento que ante el Tribunal Europeo expresó el defensor del Gobierno suizo. Me pareció increíble”.

Tras el fallo, las descalificaciones no amainaron. “Pensábamos que el maratón de diez años había terminado con la sentencia. Estábamos felices, pero al día siguiente en el Parlamento ya se empezó a discutir el fallo”. ¿Les atacaron? “Sí, sí. Algunas de las mujeres de la asociación estaban arriba, en la parte del público. Entonces hablaron algunos hombres de mediana edad, todos hombres, y dijeron que las mujeres tienen mayor esperanza de vida. Criticaron que pese a tener una mejor salud nos quejábamos de que en verano tenemos un poquito de calor de más. Dijeron que manchábamos nuestra patria, pero ninguno habló del tema de fondo. Eran ataques misóginos, contra las mujeres, y luego contra los viejos, muy despectivos”. En el fondo, piensa Catrina, esos políticos reaccionaron con ataques hacia su asociación porque no habían calculado que aquellas señoras tuvieron “las cabezas tan duras” y el “coraje” para llegar hasta donde llegaron.
Aquellos paisajes de Europa central por los que hace sesenta años sobrevolaba la imaginación de Catrina siguiendo el curso del Rin ya no eran los mismos este verano. Este río, como los mayores del continente, ha sufrido una sequía histórica azuzada por un calor infernal del que tampoco se ha librado Suiza. Porque este país no está ni mucho a salvo. “Tengo una foto del pueblo de mi papá, de los años treinta o cuarenta, donde un glaciar entra casi en el pueblo. Ahora no queda mucho. Todo el turismo de invierno va a desaparecer, lo que no es tan grave. A lo que le tengo miedo es a que nos va a faltar incluso el agua”.
Catrina cree que lo ocurrido durante este verano marca un antes y un después para el negacionismo. “Después de ese verano ya no creo que se pueda decir que no existe el cambio climático”. Piensa en lo ocurrido en su propio país. “Hasta ese verano algunos representantes del Gobierno decían: ‘Bueno, si hace un poco más de calor, no importa, porque así hay más pasto para nuestras vacas’ y cosas así. Pero cuando ocurrió lo de este verano, nuestro ministro de Medio Ambiente dijo: ‘¡Ay, qué sorpresa! No me hubiera imaginado que podía pasar algo así’. Ahora hablan de instalar aire acondicionado, que es importante en los centros de salud y en las escuelas, pero no es una solución, porque lo primero que hay que hacer es mitigar las emisiones“.
Para que su caso triunfara en Estrasburgo, fue clave que las KlimaSeniorinnen agotasen toda la vía judicial dentro de Suiza, algo que también está ocurriendo con el pleito climático que impulsan las ONG en España, que primero fue rechazado por el Supremo en julio de 2023. La abogada que estaba inicialmente en este equipo —pero que ya ha fallecido— “siempre tuvo en mente el Tribunal Europeo, pero insistía en ir paso a paso”, recuerda. “Por eso tardamos más de ocho años en llegar al Tribunal Europeo. Muchas compañeras han muerto. Pero, por decirlo un poco crudamente, nuestra ventaja es que es la asociación como persona jurídica la que demanda al Gobierno y no personas individuales. Si seguimos entrando nuevas, aunque salgan otras porque mueran, la asociación todavía puede funcionar. Esto fue una de las conclusiones a las que llegamos muy al principio”, explica una de las activistas que dejo en evidencia la falta de acción climática de su Gobierno desde una asociación a la que muchos no tomaron en serio. Y que no se va a detener.
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