La invasión rusa de Ucrania va camino de su quinto año. Desde aquel 24 de febrero de 2022, Europa y Estados Unidos han desplegado una batería de sanciones con el objetivo de asfixiar la economía rusa hasta el punto de convertir su final en la única salida viable para el Kremlin. La oleada de restricciones, sin embargo, tiene varios agujeros, algunos de ellos premeditados por Occidente para seguir manteniendo ciertos intercambios, como una compra limitada de hidrocarburos.
Criptos para gente de a pie
Las criptomonedas no siempre tienen fines ilícitos. En Rusia estos activos se han vuelto útiles para el día a día de algunos ciudadanos, especialmente para aquellos que teletrabajan dentro o fuera del país, muchos de ellos huidos por la represión y la guerra. Los usuarios compran criptomonedas a través de plataformas de activos digitales o de algunos bancos, como Sberbank, el mayor de Rusia, que ofrecen billeteras virtuales donde intercambian las criptos por una comisión. “Cuando empezó la guerra, en 2022, y Rusia fue excluida del sistema Swift, las stablecoins como USDT de Tether, se volvieron muy útiles para muchos rusos y para mí”, cuenta a este periódico de forma anónima un extranjero que trabaja para una firma foránea.
«Es un sistema P2P [entre dos usuarios directamente]: permiten hacer transacciones internacionales sin pasar por intermediarios, como los bancos que tienen que respetar las sanciones. Y son instantáneas, no hay que esperar los tiempos de una transferencia internacional”, remarca. “Te envían stablecoins y luego las conviertes en la moneda que necesitas. En mi caso, mi salario de USDT a rublos. Pero las compras con stablecoins son muy raras porque hay pocos negocios que aceptan criptomonedas como forma de pago”.
El prófugo moldavo Ilan Shor está detrás de A7, una estructura financiera paralela que permite a Rusia sortear su aislamiento internacional
La invasión rusa de Ucrania va camino de su quinto año. Desde aquel 24 de febrero de 2022, Europa y Estados Unidos han desplegado una batería de sanciones con el objetivo de asfixiar la economía rusa hasta el punto de convertir su final en la única salida viable para el Kremlin. La oleada de restricciones, sin embargo, tiene varios agujeros, algunos de ellos premeditados por Occidente para seguir manteniendo ciertos intercambios, como una compra limitada de hidrocarburos.
No es aventurado asegurar que las restricciones han fracasado por completo: la adquisición rusa de material militar de doble uso se ha visto limitada, y la economía real afronta una crisis seria agravada por los sobrecostes para exportar e importar, frenando así la capacidad del Kremlin para financiar su guerra. Moscú, sin embargo, no cede: ha encontrado vías, cada vez más complejas, para evitar un colapso económico y limitar su aislamiento.
Una de las primeras medidas adoptadas por la UE fue excluir a varios bancos rusos de la plataforma Swift, para hacer pagos internacionales. En los meses siguientes, empezaron a llegar nuevas sanciones contra empresas relacionadas con Rusia y, en diciembre de 2023, el entonces presidente estadounidense, Joe Biden, firmó una orden ejecutiva que amenazaba con imponer sanciones secundarias a las instituciones financieras que procesaran transacciones vinculadas al complejo militar e industrial ruso.
Para entonces, Rusia ya acusaba los efectos de su creciente aislamiento. La respuesta del Kremlin fue impulsar una estructura financiera paralela destinada a mantener abiertos los canales de pago con el exterior. Así nació A7, una red financiera fundada en Kirguistán y respaldada por Moscú y articulada a través de una constelación de sociedades pantalla en jurisdicciones como Kirguistán, Hong Kong, Turquía o países africanos.
“Es una máquina de crear empresas”, afirma una fuente del sector. Esta infraestructura, que procesa pagos y emite una stablecoin A7A5, funciona como canal para que el capital ruso pueda seguir moviéndose por los conductos financieros internacionales sin que levante sospechas, según un reciente informe de la organización OpenSource Center con la firma de análisis de blockchain TRM Labs.
El origen de A7 es tan enigmático como su nombre. Quien mueve los hilos de este entramado empresarial es Ilan Shor, empresario moldavo implicado en uno de los mayores fraudes bancarios de la historia de Europa. Contribuyó a desviar cerca de 1.000 millones de dólares (886 millones de euros) de tres bancos del país, en una operación extremadamente compleja y planificada durante años, y que acabó costando a Moldavia el 12% de su PIB.
Acusado de blanqueo de capitales y malversación, Shor se fugó a Rusia, donde aterrizó en 2023 en un jet privado del oligarca Roman Abramóvich. Moscú le recibió con los brazos abiertos pese a que también había prohibido su entrada una década antes por emplear matrículas diplomáticas falsas. Aquí emprendió una nueva misión: ayudar al Kremlin a sortear el aislamiento financiero.
En un abrir y cerrar de ojos, uno de los arquitectos del fraude bancario moldavo acabó convirtiéndose en la mente pensante de A7. La red empezó a tomar forma en la primavera de 2024; en pocos meses obtuvo las licencias del banco central ruso para operar como distribuidor, bróker y depositario de valores. Después se constituyeron varias compañías satélites, como A7 LLC, A7-Agent LLC, A7 Technologies LLC, para, entre otras cosas, ofrecer servicios financieros y actividades relacionadas con el comercio mayorista de combustibles, metales y operaciones con materias primas.
Pero para reconectar el país al sistema financiero internacional, se necesitaba una vía de acceso. Para ello, los tentáculos de A7 superaron las fronteras nacionales: la compañía tejió un entramado de sociedades pantalla en Kirguistán, que se convirtió en el punto de conexión con el sistema bancario internacional, en Hong Kong, China, Turquía, Emiratos Árabes Unidos y varios países africanos. Aunque registradas formalmente en estos países y dirigidas por empresarios locales —incluso a menudo reguladas—, estas sociedades están vinculadas o controladas por A7 y sirven para ocultar el origen y destino de los fondos rusos. De allí la importancia de que radiquen lejos de Moscú. Fuentes de TRM estiman que estas empresas se encuentran en al menos 20 países.
Al disponer de cuentas bancarias en el extranjero, estas entidades tienen acceso a múltiples divisas, lo que les permite efectuar pagos a empresas extranjeras en nombre de los clientes rusos. Así fue como el Kremlin pudo mover más de 6.900 millones de dólares a través de bancos internacionales como Standard Chartered, Citigroup o Deutsche Bank, según una investigación del diario británico Financial Times. Parte de este dinero se utilizó para la compra de material bélico y equipos militares.
Sin embargo, estas operaciones apenas levantaban sospechas. Además de una extensa red de empresas pantalla, A7 desarrolló un sistema automatizado para falsificar facturas y recibos, modificando la descripción de los productos que estaban adquiriendo y sus códigos de identificación. De este modo, componentes utilizados en la fabricación de drones, como transceptores ópticos o motores para vehículos aéreos no tripulados, aparecían sobre el papel como mercancías inocuas: desde luces LED hasta sillones de peluquería.
Las criptos, otra vía para esquivar las sanciones
Las criptomonedas se convirtieron en otra de las grandes herramientas de A7 para sortear las sanciones occidentales. El 4 de septiembre del año pasado, Ilan Shor se jactaba en una videoconferencia con el mismísimo Vladímir Putin de los números de su empresa: “En 10 meses hemos procesado entre 1.500 y 2.000 transacciones diarias. El plan para 2025 es pagar 20.000 millones de rublos [unos 210 millones de euros] en impuestos”. Shor estaba acompañado por el dueño del banco ruso PSB, Piotr Fradkov, la otra pata clave en esta estructura del Kremlin para evadir las restricciones.
El medio independiente ruso Proekt reveló en abril más detalles tras haber tenido acceso a varios documentos de la firma. El esquema es el siguiente: un comprador ruso quiere pagar un artículo comprado en el extranjero, envía rublos a A7 en Kirguistán a través de PSB, que proporciona desde la infraestructura hasta préstamos. La legislación del país centroasiático es permisiva con las transacciones de criptomonedas, lo que permite ocultar el origen ruso de los fondos. Una vez llega el dinero a Kirguistán, las empresas intermediarias compran criptos a través de la plataforma de intercambio Grinex, afiliada a A7.
Empresas intermediarias asociadas a A7 en terceros países, sobre todo de Oriente Medio y del sudeste asiático, convierten la criptomoneda recibida a monedas locales y pagan al vendedor. Este último, en el extranjero, envía la mercancía a Rusia. Este esquema es conocido por el Servicio Federal de Seguridad (FSB), aunque mira a otro lado porque de él se beneficia la élite para importar artículos de lujo. Para sostener el negocio cripto, A7 también ha levantado decenas de chiringuitos en otros países. “La mejor forma de evadir sanciones y blanquear dinero es crear una empresa en un país regulado, fichar a gente respetable y pagar impuestos”, recalca una fuente del sector.
Para mover fondos y pagar bienes, no obstante, el dinero tiene que conservar su valor. Y las criptomonedas tradicionales son muy volátiles: un día podrían valer 100 y al siguiente la mitad. Por ese motivo, A7 emitió su propia stablecoin (un criptoactivo ligado al valor de una divisa tradicional como el dólar o, en este caso, el rublo) conocida como A7A5. A diferencia de las que dominan el mercado, esta fue diseñada específicamente para sortear controles y sanciones: a diferencia de otros activos, no puede congelarse, lo que dificulta la intervención de las autoridades cuando existen sospechas de actividades ilícitas.
Bancos europeos en Rusia
El entramado de A7 no es la única vía de conexión entre Rusia y el sistema financiero internacional. De hecho, otro agujero en las sanciones occidentales han sido los bancos que no fueron desconectados del sistema Swift para que siguiera fluyendo el gas y el petróleo rusos. Hasta finales de 2024, tras dos años y medio de conflicto, no fue sancionada la entidad estatal Gazprombank, y un par de bancos europeos todavía siguen en Rusia.
El austriaco Raiffeisen Bank ha vuelto a ser noticia la pasada semana por un informe de una firma de inversiones en corto, Grizzly Research, que lo calificaba de “canal clave” para la elusión de sanciones al estimar que por sus cuentas circulan más de 1.000 millones de dólares en operaciones comerciales, algunas de ellas de material militar. “Respaldamos la solidez de nuestros sistemas de cumplimiento, que han sido revisados en numerosas ocasiones”, respondió el banco.
La otra entidad bajo sospecha es la italiana Unicredit. Esta anunció en mayo la venta de su filial a un inversor de Emiratos Árabes Unidos. No obstante, la operación se cerrará el año que viene y el banco cisalpino mantendrá una división que “se centrará en los pagos internacionales en euros y dólares para clientes corporativos occidentales y rusos no sancionados”.
El sistema para hacer transacciones desde Europa a estos bancos es sencillo. En el caso de Raiffeisen Bank, este recibe los envíos en una entidad intermediaria en Austria y de ahí las reenvía a la cuenta en Rusia, con comisiones que pueden rozar el 15% de la transacción. Una vez en Rusia, el cepo bancario del Kremlin impide sacar los dólares y los euros, y estas divisas deben ser cambiadas en rublos con un tipo de cambio un 10% peor que el oficial del banco central.
Las criptomonedas no siempre tienen fines ilícitos. En Rusia estos activos se han vuelto útiles para el día a día de algunos ciudadanos, especialmente para aquellos que teletrabajan dentro o fuera del país, muchos de ellos huidos por la represión y la guerra. Los usuarios compran criptomonedas a través de plataformas de activos digitales o de algunos bancos, como Sberbank, el mayor de Rusia, que ofrecen billeteras virtuales donde intercambian las criptos por una comisión. “Cuando empezó la guerra, en 2022, y Rusia fue excluida del sistema Swift, las stablecoins como USDT de Tether, se volvieron muy útiles para muchos rusos y para mí”, cuenta a este periódico de forma anónima un extranjero que trabaja para una firma foránea.
«Es un sistema P2P [entre dos usuarios directamente]: permiten hacer transacciones internacionales sin pasar por intermediarios, como los bancos que tienen que respetar las sanciones. Y son instantáneas, no hay que esperar los tiempos de una transferencia internacional”, remarca. “Te envían stablecoins y luego las conviertes en la moneda que necesitas. En mi caso, mi salario de USDT a rublos. Pero las compras con stablecoins son muy raras porque hay pocos negocios que aceptan criptomonedas como forma de pago”.
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