Siete de cada diez ucranios encuestados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) sufrieron ansiedad o depresión en el último año, pero solo uno de cada cinco pidió ayuda, según datos que la organización publicó en febrero. En el centro de salud mental que Médicos Sin Fronteras (MSF) tiene en Vínnytsia, a unos 250 kilómetros al suroeste de Kiev, las consultas se han disparado. Llegan, además, cada vez llegan más niños, según María Luz Ruiz Méndez, coordinadora médica de la organización en el país. Un estudio publicado este martes en la revista científica European Journal of Psychotraumatology calcula que casi el 31,2% de los civiles tenía síntomas de estrés postraumático en 2024. Desde entonces, los ataques rusos contra la población no han dejado de aumentar.
Siete de cada diez ucranios sufrieron ansiedad o depresión en el último año, pero solo uno de cada cinco pidió ayuda
Siete de cada diez ucranios encuestados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) sufrieron ansiedad o depresión en el último año, pero solo uno de cada cinco pidió ayuda, según datos que la organización publicó en febrero. En el centro de salud mental que Médicos Sin Fronteras (MSF) tiene en Vínnytsia, a unos 250 kilómetros al suroeste de Kiev, las consultas se han disparado. Llegan, además, cada vez llegan más niños, según María Luz Ruiz Méndez, coordinadora médica de la organización en el país. Un estudio publicado este martes en la revista científica European Journal of Psychotraumatology calcula que casi el 31,2% de los civiles tenía síntomas de estrés postraumático en 2024. Desde entonces, los ataques rusos contra la población no han dejado de aumentar.
La alarma antiaérea sonó en el móvil de Ruiz Méndez dos o tres minutos antes de empezar la entrevista, por videollamada desde Kiev. “Suenan las sirenas y eso es constante. Va mermando la salud mental de la población”, explica. Los autores del estudio, dirigido desde el King’s College de Londres, apuntan a esa amenaza continua. Su autora principal, la psicóloga clínica británica Emma Facer-Irwin, cree que la reacción de las personas durante una guerra que sigue activa puede ser distinta de la que se observa cuando el conflicto ya ha terminado.
El estrés postraumático aparece después de vivir o presenciar un hecho pertubador. Provoca recuerdos que vuelven sin querer, ansiedad, irritabilidad y problemas para dormir. Su forma compleja es más grave y surge tras traumas largos o repetidos, como el combate, la captura, la ocupación o los bombardeos.
En ese campo se especializa el centro de MSF en Vínnytsia, llamado Vidnovlennia (“reconstrucción”, en ucranio). Hasta allí llegan los casos más graves, enviados desde otros centros de salud. En él trabajan ocho psicólogos y dos psiquiatras, que en 2025 atendieron 3.850 consultas.
Cerca del 80% de los pacientes desarrolla la forma compleja del estrés postraumático, y muchos sufren, además, depresión, ansiedad, ataques de pánico o problemas de sueño. Al principio de la invasión, la mayoría llegaba por reacciones agudas a un hecho concreto. Ahora acuden, sobre todo, personas con síntomas que duran meses o años, tras largos periodos en combate o traumas repetidos. En el conjunto de la población, la forma compleja es mucho menos frecuente: el 25,2% tiene síntomas de estrés postraumático. El 6%, de cuadro complejo.

Al centro llegan veteranos, desplazados, supervivientes de cautiverio y civiles. El 63% son mujeres, según los datos de MSF. El estudio del King’s College también señala que las mujeres tienen más riesgo. También las personas mayores, quienes tienen menos estudios, quienes han servido en el ejército y quienes han tenido que dejar su casa por la guerra. Perder a un ser querido también pesa.
Un estudio de la ONG italiana Médicos por los Derechos Humanos (MEDU), publicado en marzo, analizó a 224 desplazados atendidos en una clínica de Chernivtsí, en el oeste del país: haber perdido a alguien cercano por la guerra aumentaba el riesgo de sufrir los dos trastornos. El centro de MSF atiende también a familias de prisioneros de guerra y desaparecidos. Con ellas, explica Ruiz Méndez, el equipo trabaja para contener la ansiedad y el dolor de no saber nada de su familiar.
Cada vez más niños
Según el equipo del centro, cada vez llegan más niños. Hoy son el 21% de los pacientes: el 17% tiene entre 5 y 14 años y el 4%, entre 15 y 17. La proporción es la misma en todo el país: en 2025, el 21% de las más de 118.000 personas atendidas en centros públicos especializados en salud mental eran niños, según el Ministerio de Salud ucranio.
“Los niños reaccionan al trauma de forma diferente a los adultos. Hay problemas de sueño, miedo, regresiones, cambios en el comportamiento, problemas en el colegio”, explica la coordinadora. Tratarlos es difícil porque sus padres también sufren la guerra. “Lo ideal sería ayudarles en un ambiente protegido, con sus padres, pero sus padres están en un país que no está protegido”, añade.
Unicef calcula que la mitad de los niños ucranios corre el riesgo de sufrir problemas psicológicos, sobre todo los desplazados y los que viven cerca del frente. La guerra también ha cambiado su día a día en el colegio: 1.611 escuelas han resultado dañadas o destruidas, y uno de cada diez alumnos estudia solo por internet.
Las alertas llegan sobre todo de noche. Muchas veces hay que bajar al refugio, y no todos los edificios tienen uno, así que hay que salir a la calle para buscarlo. “No puedes dormir profundamente, porque tienes que estar alerta a las alarmas”, dice Ruiz Méndez. Algunos de sus compañeros ucranios le escriben por la mañana para avisarle de que no han dormido y llegarán más tarde. Y los ataques ya no se limitan a la noche: ahoa, Rusia también ataca de día.
Los datos de Naciones Unidas constatan el aumento de los bombardeos. Entre enero y agosto de 2026, 2.222 civiles murieron en Ucrania y 13.058 resultaron heridos, más que en todo 2025. En agosto, los misiles y los drones de largo alcance causaron casi la mitad de las víctimas, la mayoría en ciudades lejos del frente. Rusia usa desde principios de año drones Shahed con motor a reacción.

Pese a todo, mucha gente no pide ayuda. Según Hans Kluge, director para Europa de la OMS, el 72% de los encuestados sufrió ansiedad o depresión en el último año, y solo uno de cada cinco buscó ayuda.
Ruiz Méndez apunta a dos razones. Una es el estigma, sobre todo entre los veteranos y los militares. “Tienen que ser fuertes, están a cargo de la defensa y la protección de la población. No pueden decir: estoy teniendo problemas de sueño, de concentración, me estoy llevando mal con mi pareja”, explica. La otra es la costumbre, después de tantos años de guerra: “La gente lo normaliza y no pide ayuda, porque cree que es producto de la guerra y que se le va a pasar”. Para llegar a ellos, el equipo del centro reparte folletos que explican los síntomas y recuerdan que la consulta es gratuita y confidencial.
Entre 10 y 20 sesiones al año
El tratamiento es largo. Cada persona necesita entre 10 y 20 sesiones al año, y en la mayoría de los países esa atención es cara. En MSF, esta es gratuita. La organización ha atendido más de 55.000 consultas individuales de salud mental en Ucrania entre 2022 y 2025.
Ruiz Méndez visitó el centro de Vínnytsia la semana pasada y habló con varios veteranos. Le contaron que ahora duermen mejor, que pueden mirar a su mujer a los ojos y jugar con sus hijos. La investigadora principal del estudio del King’s College, Gwendolyn Sasse, directora del Centro de Estudios de Europa del Este e Internacionales (ZOiS) de Berlín, defiende que, además de los tratamientos, hace falta apoyo comunitario.
Los psicólogos del centro de Vínnytsia ven dos carencias principales, según Ruiz Méndez. Faltan especialistas en niños y adolescentes, porque muchos profesionales se han ido del país. Y falta unir la atención psicológica con la rehabilitación física de los heridos. Según MSF, ha aumentado notablemente el número de veteranos con amputaciones que llegan al centro. El Ministerio de Salud calculaba a mediados de 2024 unas 100.000 amputaciones relacionadas con la guerra, según la OMS. El sistema sanitario está bajo presión. Según la OMS, los ataques contra la red sanitaria del país aumentaron casi un 20% en 2025, y desde 2022 suman al menos 2.881. El profesor Volodímir Kulyk, de la Kyiv School of Economics y coautor del estudio, advierte de que la ayuda humanitaria futura es incierta.
El trauma alcanza también a quienes ayudan. “Nuestros colegas también están inmersos en el país, también han perdido un familiar, también han perdido sus casas, también son desplazados”, dice Ruiz Méndez. Por eso MSF ofrece sesiones gratuitas de apoyo psicológico a su propio personal ucranio. Lo que vendrá después del conflicto aún no se conoce.
En febrero, Jorge Castro Armijo, coordinador de proyectos de MSF en Vínnytsia, explicaba que mucha gente sigue en “modo supervivencia” y que algunas consecuencias para la salud mental todavía no son visibles. Los investigadores del King’s College repiten su encuesta con las mismas personas: la segunda oleada se hizo en 2025 y aún la están analizando. La tercera se está haciendo justo ahora.
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