Trump abandonó Pekín el 15 de mayo tras presentar sus credenciales de poder con los principales consejeros delegados de EEUU. Atrás quedaban abrazos y tensiones, amores y odios, regalos y teléfonos móviles que nadie pudo embarcar rumbo a América. Ausente en el listado original, Jensen Huang se había subido finalmente al Air Force One en Alaska tras una llamada personal del presidente. Huang es el líder de Nvidia, la corporación más valiosa del mundo que no fabrica nada, pero diseña los chips sobre los que corre la inteligencia artificial global. Que el CEO de Nvidia se siente entre los dos gobiernos más poderosos del mundo para hablar de comercio, aranceles, chips y Taiwán, es una señal que conviene atender.En diciembre escribí en estas mismas páginas que las métricas del dominio global habían cambiado radicalmente. Lo ocurrido desde entonces no ha hecho sino confirmar esa inquietante tesis con una precisión matemática que excede cualquier proyección previa. No nos engañemos, esta no es una simple revolución tecnológica; estamos ante una descarnada revolución industrial , la más hambrienta de recursos físicos y económicos desde los días del carbón del siglo XIX. La cadena de dependencia es tan brutal como conocida: cada modelo de frontera consume hoy tanta energía eléctrica como varias centrales nucleares en operación continua, mientras que el 80% de los chips avanzados los fabrica una única empresa ubicada en una pequeña isla que una superpotencia reclama como propia. A diferencia del viejo oro negro, los datos jamás se consumen, se acumulan y se vuelven exponencialmente más valiosos con el devenir del tiempo. Un eslabón roto y el mundo se detiene, pero todos juntos definen el poder. El mundo necesita energía constante y barata, y nosotros debatimos el calendario de cierre de las nucleares. Por eso, necesitamos descifrar lo que viene después.Estados Unidos lleva doscientos años hablándonos del mercado libre, mientras trata a la inteligencia artificial como armamento nuclear, con una política industrial más soviética que liberal. Moviliza 52.000 millones de dólares en ayudas directas para semiconductores mediante la CHIPS Act, aplica a China las sanciones económicas más sofisticadas de la historia al prohibir su acceso legal a los microchips más avanzados, y clasifica a Anthropic como riesgo para la cadena de suministro por no someterse al Pentágono. Una sanción que, hasta ahora, se reservaba exclusivamente para empresas extranjeras hostiles, como la china Huawei.En la última entrega, Elon Musk mutaba en Máximo Décimo Meridio, clamando ante el juez la liberación de los algoritmos y la reinstauración del código abierto. Esta semana, Máximo cambiaba el Coliseo por la Ciudad Prohibida. El paladín de la IA libre se sentaba en la misma mesa para negociar acuerdos con la única potencia que ha convertido el control de datos en doctrina de seguridad nacional. China no lidera en modelos de lenguaje ni tiene el chip más avanzado. Lleva años bajo sanciones. Y presenta, curiosamente, la estrategia más coherente. No necesita el mejor modelo hoy, necesita poder entrenarlo y operarlo más barato mañana; por eso, ya tiene previstos cuatrocientos gigavatios ociosos para 2030. En Pekín, Xi advirtió a Trump que, si el asunto de Taiwán «no se gestiona correctamente», habrá «conflictos y choques». La continuidad de la IA global depende de la estabilidad de un estrecho que ningún gobierno occidental controla.Europa, el tercer actor, tiene un activo real que no se puede replicar fácilmente, como es generar estándares globales como el GDPR o el AI Act. Instrumentos legítimos que se confunden con la estrategia; porque tener la regulación más sofisticada del mundo sin un modelo competitivo, sin infraestructura energética ni semiconductores propios, es la gestión elegante de la irrelevancia. Europa debate, consulta, construye consenso y cuando llega, la ventana se ha cerrado. Los romanos tenían una diosa para esto. La llamaban Occasio, y tenía alas en los pies y la nuca despejada. Desde entonces, decimos que la ocasión la pintan calva para señalar que, o la aprovechamos, o pasa de largo. Quizá por eso Occasio era europea. Aquí se siguen tomando decisiones con las coordenadas fijadas en ojivas nucleares, aranceles, barriles, bloques de alianzas del siglo XX, pero omitiendo las tres vitales: gigavatios, nanómetros y zettabytes. Quien no lo lea así, no decide, gestiona la inercia.Cada gran concentración de poder generó un contrapeso o una ruptura. La amenaza nuclear produjo la OTAN, el Pacto de Varsovia y los no alineados. El petróleo, la Standard Oil y la legislación antimonopolio, la OPEP y cincuenta años de geopolítica. Lo que ocurre ahora con la energía, los chips y los datos es una concentración más rápida y, por primera vez, sin un marco institucional preparado. ¿Estamos ante una concentración que generará su propio contrapeso, como siempre ha ocurrido? ¿O ante algo cualitativamente nuevo, donde la velocidad supera la capacidad de cualquier institución de responder a tiempo?Juan Manuel López Zafra Doctor en Ciencias Económicas y profesor titular de Cunef Universidad Trump abandonó Pekín el 15 de mayo tras presentar sus credenciales de poder con los principales consejeros delegados de EEUU. Atrás quedaban abrazos y tensiones, amores y odios, regalos y teléfonos móviles que nadie pudo embarcar rumbo a América. Ausente en el listado original, Jensen Huang se había subido finalmente al Air Force One en Alaska tras una llamada personal del presidente. Huang es el líder de Nvidia, la corporación más valiosa del mundo que no fabrica nada, pero diseña los chips sobre los que corre la inteligencia artificial global. Que el CEO de Nvidia se siente entre los dos gobiernos más poderosos del mundo para hablar de comercio, aranceles, chips y Taiwán, es una señal que conviene atender.En diciembre escribí en estas mismas páginas que las métricas del dominio global habían cambiado radicalmente. Lo ocurrido desde entonces no ha hecho sino confirmar esa inquietante tesis con una precisión matemática que excede cualquier proyección previa. No nos engañemos, esta no es una simple revolución tecnológica; estamos ante una descarnada revolución industrial , la más hambrienta de recursos físicos y económicos desde los días del carbón del siglo XIX. La cadena de dependencia es tan brutal como conocida: cada modelo de frontera consume hoy tanta energía eléctrica como varias centrales nucleares en operación continua, mientras que el 80% de los chips avanzados los fabrica una única empresa ubicada en una pequeña isla que una superpotencia reclama como propia. A diferencia del viejo oro negro, los datos jamás se consumen, se acumulan y se vuelven exponencialmente más valiosos con el devenir del tiempo. Un eslabón roto y el mundo se detiene, pero todos juntos definen el poder. El mundo necesita energía constante y barata, y nosotros debatimos el calendario de cierre de las nucleares. Por eso, necesitamos descifrar lo que viene después.Estados Unidos lleva doscientos años hablándonos del mercado libre, mientras trata a la inteligencia artificial como armamento nuclear, con una política industrial más soviética que liberal. Moviliza 52.000 millones de dólares en ayudas directas para semiconductores mediante la CHIPS Act, aplica a China las sanciones económicas más sofisticadas de la historia al prohibir su acceso legal a los microchips más avanzados, y clasifica a Anthropic como riesgo para la cadena de suministro por no someterse al Pentágono. Una sanción que, hasta ahora, se reservaba exclusivamente para empresas extranjeras hostiles, como la china Huawei.En la última entrega, Elon Musk mutaba en Máximo Décimo Meridio, clamando ante el juez la liberación de los algoritmos y la reinstauración del código abierto. Esta semana, Máximo cambiaba el Coliseo por la Ciudad Prohibida. El paladín de la IA libre se sentaba en la misma mesa para negociar acuerdos con la única potencia que ha convertido el control de datos en doctrina de seguridad nacional. China no lidera en modelos de lenguaje ni tiene el chip más avanzado. Lleva años bajo sanciones. Y presenta, curiosamente, la estrategia más coherente. No necesita el mejor modelo hoy, necesita poder entrenarlo y operarlo más barato mañana; por eso, ya tiene previstos cuatrocientos gigavatios ociosos para 2030. En Pekín, Xi advirtió a Trump que, si el asunto de Taiwán «no se gestiona correctamente», habrá «conflictos y choques». La continuidad de la IA global depende de la estabilidad de un estrecho que ningún gobierno occidental controla.Europa, el tercer actor, tiene un activo real que no se puede replicar fácilmente, como es generar estándares globales como el GDPR o el AI Act. Instrumentos legítimos que se confunden con la estrategia; porque tener la regulación más sofisticada del mundo sin un modelo competitivo, sin infraestructura energética ni semiconductores propios, es la gestión elegante de la irrelevancia. Europa debate, consulta, construye consenso y cuando llega, la ventana se ha cerrado. Los romanos tenían una diosa para esto. La llamaban Occasio, y tenía alas en los pies y la nuca despejada. Desde entonces, decimos que la ocasión la pintan calva para señalar que, o la aprovechamos, o pasa de largo. Quizá por eso Occasio era europea. Aquí se siguen tomando decisiones con las coordenadas fijadas en ojivas nucleares, aranceles, barriles, bloques de alianzas del siglo XX, pero omitiendo las tres vitales: gigavatios, nanómetros y zettabytes. Quien no lo lea así, no decide, gestiona la inercia.Cada gran concentración de poder generó un contrapeso o una ruptura. La amenaza nuclear produjo la OTAN, el Pacto de Varsovia y los no alineados. El petróleo, la Standard Oil y la legislación antimonopolio, la OPEP y cincuenta años de geopolítica. Lo que ocurre ahora con la energía, los chips y los datos es una concentración más rápida y, por primera vez, sin un marco institucional preparado. ¿Estamos ante una concentración que generará su propio contrapeso, como siempre ha ocurrido? ¿O ante algo cualitativamente nuevo, donde la velocidad supera la capacidad de cualquier institución de responder a tiempo?Juan Manuel López Zafra Doctor en Ciencias Económicas y profesor titular de Cunef Universidad
Trump abandonó Pekín el 15 de mayo tras presentar sus credenciales de poder con los principales consejeros delegados de EEUU. Atrás quedaban abrazos y tensiones, amores y odios, regalos y teléfonos móviles que nadie pudo embarcar rumbo a América. Ausente en el listado original, Jensen … Huang se había subido finalmente al Air Force One en Alaska tras una llamada personal del presidente. Huang es el líder de Nvidia, la corporación más valiosa del mundo que no fabrica nada, pero diseña los chips sobre los que corre la inteligencia artificial global. Que el CEO de Nvidia se siente entre los dos gobiernos más poderosos del mundo para hablar de comercio, aranceles, chips y Taiwán, es una señal que conviene atender.
En diciembre escribí en estas mismas páginas que las métricas del dominio global habían cambiado radicalmente. Lo ocurrido desde entonces no ha hecho sino confirmar esa inquietante tesis con una precisión matemática que excede cualquier proyección previa. No nos engañemos, esta no es una simple revolución tecnológica; estamos ante una descarnada revolución industrial, la más hambrienta de recursos físicos y económicos desde los días del carbón del siglo XIX. La cadena de dependencia es tan brutal como conocida: cada modelo de frontera consume hoy tanta energía eléctrica como varias centrales nucleares en operación continua, mientras que el 80% de los chips avanzados los fabrica una única empresa ubicada en una pequeña isla que una superpotencia reclama como propia. A diferencia del viejo oro negro, los datos jamás se consumen, se acumulan y se vuelven exponencialmente más valiosos con el devenir del tiempo. Un eslabón roto y el mundo se detiene, pero todos juntos definen el poder. El mundo necesita energía constante y barata, y nosotros debatimos el calendario de cierre de las nucleares. Por eso, necesitamos descifrar lo que viene después.
Estados Unidos lleva doscientos años hablándonos del mercado libre, mientras trata a la inteligencia artificial como armamento nuclear, con una política industrial más soviética que liberal. Moviliza 52.000 millones de dólares en ayudas directas para semiconductores mediante la CHIPS Act, aplica a China las sanciones económicas más sofisticadas de la historia al prohibir su acceso legal a los microchips más avanzados, y clasifica a Anthropic como riesgo para la cadena de suministro por no someterse al Pentágono. Una sanción que, hasta ahora, se reservaba exclusivamente para empresas extranjeras hostiles, como la china Huawei.
En la última entrega, Elon Musk mutaba en Máximo Décimo Meridio, clamando ante el juez la liberación de los algoritmos y la reinstauración del código abierto. Esta semana, Máximo cambiaba el Coliseo por la Ciudad Prohibida. El paladín de la IA libre se sentaba en la misma mesa para negociar acuerdos con la única potencia que ha convertido el control de datos en doctrina de seguridad nacional. China no lidera en modelos de lenguaje ni tiene el chip más avanzado. Lleva años bajo sanciones. Y presenta, curiosamente, la estrategia más coherente. No necesita el mejor modelo hoy, necesita poder entrenarlo y operarlo más barato mañana; por eso, ya tiene previstos cuatrocientos gigavatios ociosos para 2030. En Pekín, Xi advirtió a Trump que, si el asunto de Taiwán «no se gestiona correctamente», habrá «conflictos y choques». La continuidad de la IA global depende de la estabilidad de un estrecho que ningún gobierno occidental controla.
Europa, el tercer actor, tiene un activo real que no se puede replicar fácilmente, como es generar estándares globales como el GDPR o el AI Act. Instrumentos legítimos que se confunden con la estrategia; porque tener la regulación más sofisticada del mundo sin un modelo competitivo, sin infraestructura energética ni semiconductores propios, es la gestión elegante de la irrelevancia. Europa debate, consulta, construye consenso y cuando llega, la ventana se ha cerrado. Los romanos tenían una diosa para esto. La llamaban Occasio, y tenía alas en los pies y la nuca despejada. Desde entonces, decimos que la ocasión la pintan calva para señalar que, o la aprovechamos, o pasa de largo. Quizá por eso Occasio era europea. Aquí se siguen tomando decisiones con las coordenadas fijadas en ojivas nucleares, aranceles, barriles, bloques de alianzas del siglo XX, pero omitiendo las tres vitales: gigavatios, nanómetros y zettabytes. Quien no lo lea así, no decide, gestiona la inercia.
Cada gran concentración de poder generó un contrapeso o una ruptura. La amenaza nuclear produjo la OTAN, el Pacto de Varsovia y los no alineados. El petróleo, la Standard Oil y la legislación antimonopolio, la OPEP y cincuenta años de geopolítica. Lo que ocurre ahora con la energía, los chips y los datos es una concentración más rápida y, por primera vez, sin un marco institucional preparado. ¿Estamos ante una concentración que generará su propio contrapeso, como siempre ha ocurrido? ¿O ante algo cualitativamente nuevo, donde la velocidad supera la capacidad de cualquier institución de responder a tiempo?
Juan Manuel López Zafra
Doctor en Ciencias Económicas y profesor titular de Cunef Universidad
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