No era fácil ser alcalde en la primera corporación de la democracia. Y en Sevilla, menos. Mil ojos puestos en lo que iba a ocurrir, después de que las urnas arrojaran un resultado poco claro, que podía tirar lo mismo para la derecha que para la izquierda. Y acaso a un centro andalucista, que estaba por inventar, pero que anidaba en el pensamiento profundo de Uruñuela. Así al menos me lo pareció, por su gestión política de aquellos cuatro años difíciles (1979–1983), en los que tuvimos que inventarlo todo. Incluso un gobierno tripartito de izquierda. (Entonces los andalucistas se consideraban de este signo político). Lo nunca visto en la peligrosa ciudad del Betis.
Entre 1979 y 1983, tuvimos que inventarlo todo, incluso un Gobierno tripartito de izquierdas
No era fácil ser alcalde en la primera corporación de la democracia. Y en Sevilla, menos. Mil ojos puestos en lo que iba a ocurrir, después de que las urnas arrojaran un resultado poco claro, que podía tirar lo mismo para la derecha que para la izquierda. Y acaso a un centro andalucista, que estaba por inventar, pero que anidaba en el pensamiento profundo de Uruñuela. Así al menos me lo pareció, por su gestión política de aquellos cuatro años difíciles (1979–1983), en los que tuvimos que inventarlo todo. Incluso un gobierno tripartito de izquierda. (Entonces los andalucistas se consideraban de este signo político). Lo nunca visto en la peligrosa ciudad del Betis.
Cundía la imagen de un Rojas Marcos ―jefe de la formación identitaria―, manejando dos teléfonos, uno rojo y otro azul. A él seguramente le hubiese dado igual una cosa que otra, aunque le tiraba más lo segundo. Pero a los otros partidos de izquierda, no. Así que fueron PSOE y PCE los que aguantaron la deriva de Alejandro y, tras unas negociaciones de infarto, hubo gobierno de coalición de izquierda a tres bandas. Más sorprendente era todavía la permuta que Rojas Marcos forzó: la alcaldía de Granada (donde ellos habían sido ganadores) por la de Sevilla. A muchos les pareció extravagante, y desde luego los andalucistas vendieron su alma en la parte oriental de la región, que nunca recuperaron.
Así fue como, contra todo pronóstico, Uruñuela, tercero en votos populares, se vio de súbito alcalde Sevilla. La democracia era así. Pero la derecha no lo perdonó. Desde el minuto uno pusieron en marcha el espantajo: “Frentepopulismo”, es decir, que los concejales de izquierda de la democracia éramos poco menos que herederos del Frente Popular, el que ganó la República en 1931, precisamente a partir de unas elecciones municipales. La cosa no nos pintaba bien. Intolerable, ilegítimo. ¿Les suena? Sí, exactamente igual que ahora dicen del Gobierno de coalición de Pedro Sánchez.
Para colmo, aquel acuerdo “anómalo” otorgaba la misma mayoría a otras capitales y a muchos más municipios andaluces. El diario ABC tituló en portada: “Andalucía, roja por un error de UCD”. Se refería a que Adolfo Suárez se había equivocado en la ley, que tenía que haber promovido alcalde al de la lista más votada (en Sevilla, López Palanco). Todavía este postulado, en tiempos más recientes, dio lugar a un divertido trabalenguas de Rajoy, queriendo defender lo mismo.
Pero no fue así, sino que con el “extravagante” acuerdo del tripartito de Sevilla, empezó el largo reinado del PSOE de Andalucía, gran beneficiario político del asunto. Al PSA de Uruñuela se lo llevaron la espuma de los días, pero el PSOE se montó en la imprevista ola, hasta la llegada de Rafael Escuredo, que remató la faena. Con media verónica de las de Curro Romero, le quitó de las manos la bandera de Andalucía a Rojas Marcos. Y cuando este, años después, quiso ser alcalde de Sevilla, al fin pudo darle forma a su alianza oscuramente deseada con la derecha: el Partido Popular, heredero directo del franquismo.
En cuanto a Sevilla, todos los concejales de izquierda nos arremangamos ―la tarea no admitía demoras―. Tras unos primeros compases de titubeos y desacuerdos puntuales, empezamos a andar machadianamente, aprendiendo del propio camino. La situación económica y el funcionamiento de los servicios municipales era más bien para salir corriendo: un déficit de 5.800 millones de pesetas y un urbanismo súbdito de la especulación; en las escuelas no funcionaba casi nada; la Feria de Sevilla era una mezcla impropia de señores a disfrutar en sus casetas y sobre caballos de rumbo, y el común a bailar por las esquinas y a dar vueltas por los cacharritos. Caciquismo puro en estado castizo.
Lo primero fue sanear y enderezar la hacienda, un área que recayó en los socialistas. A base de bancos oficiales y préstamos a bajo coste de consorcio de la banca privada (aquí Uruñuela se empleó a fondo), y motivar a la gente para que pagara las tasas e impuestos municipales (en esto nos empleamos los concejales de izquierda), llegamos a presupuestos decentes para años posteriores: 5.206 millones, en 1980; 7.000 en el 81; 8.500 en el 82, y preparamos uno de 10.000 (cifra mítica) para el 83, que se lo encontró, limpio de polvo y paja, la Corporación siguiente.
Lo segundo fue derogar el PRICA (supuesto plan para la reforma del casco antiguo, responsable de la destrucción de los grandes palacios y otros enclaves relevantes); lo tercero, arreglar la feria, ordenándola, expulsando a las mafias que se repartían las parcelas, ampliando el recinto con nuevas calles y creando diez grandes casetas de entrada libre, una por cada distrito. Lo siguiente, un presupuesto especial para arreglar los colegios, antes de que se cayeran a pedazos, y una acción urbanística decidida a proporcionar suelo donde construir otros centros educativos. Trece colegios nuevos y dos institutos en total, que se dice pronto. Con ello eliminamos una lacra de la que ya nadie se acuerda: los desdobles; niños que solo iban al cole por la mañana o solo por la tarde.
Y muchas más cosas, que aquí no caben, sino enunciadas: un avance de reforma del PGOU (que también a la siguiente corporación le vino de perlas) y que preparaba el territorio para el gran acontecimiento que asomaba por el horizonte: la Expo 92. Una apuesta decidida por el metro de Sevilla (que la siguiente corporación anuló, incomprensiblemente, y fue su talón de Aquiles). Una larga agenda social, como los cursos de alfabetización de adultos (que no se hacían desde la II República), el aula matinal para hijos de madres trabajadoras (que inventamos nosotros y nos la copiaron en muchos sitios), las colonias de verano en la playa para niños de barrios marginales, etc. Ya nadie lo recuerda tampoco. Y la guinda del pastel: La Bienal de Flamenco.
Solo en dos asuntos de calado disentimos con Uruñuela, inevitablemente: los centros de planificación familiar, a iniciativa del PCE, y Polígono Aeropuerto, hoy Sevilla Este. Al primero, después de un tibio consentimiento, el alcalde se negó en redondo. Con el segundo, un magno proyecto especulativo, urdido por una coalición de terratenientes, contemporizó.
Quitando eso, todos los concejales de izquierda nos apretamos en torno a Uruñuela, de modo que en los tres últimos años, y sobre otras muchas actividades de transformación, se sacó adelante una legislatura ejemplar. Cierto es que con él se han ido muchas cosas, en particular para sus seguidores directos, que lo añoran, con razón. Tal vez lo que se fue era un centro-izquierda identitario, o simplemente un centro andalucista, que acaso haría mucha falta en los tiempos que corren.
Y si les dicen que la primera fue una Corporación de trámite, no lo crean. Donde quiera que estés, amigo Luis, no lo consientas.
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