
Las llamas han hecho de Aldea del Fresno un pueblo fantasma durante seis días. Sus más de 3.500 vecinos fueron desalojados el pasado sábado ante el veloz avance de los incendios de la sierra oeste madrileña, y desde entonces el pueblo permanece en un silencio extraño, con una capa de cenizas alfombrando terrazas, gasolineras y vehículos abandonados a la carrera. Aunque no hay daños en el perímetro urbano, la policía local patrulla las calles desiertas y avisa: “Si queda alguien, son ladrones”. El martes a las cinco de la tarde se anunció que los vecinos podían volver a sus casas, pero el pueblo aún está desierto. El persistente olor a humo revela que la pesadilla no ha acabado.

En las fincas privadas de la sierra oeste madrileña, trabajadores y brigadistas refrescan el monte y combaten los conatos que traen de el fuego
Las llamas han hecho de Aldea del Fresno un pueblo fantasma durante seis días. Sus más de 3.500 vecinos fueron desalojados el pasado sábado ante el veloz avance de los incendios de la sierra oeste madrileña, y desde entonces el pueblo permanece en un silencio extraño, con una capa de cenizas alfombrando terrazas, gasolineras y vehículos abandonados a la carrera. Aunque no hay daños en el perímetro urbano, la policía local patrulla las calles desiertas y avisa: “Si queda alguien, son ladrones”. El martes a las cinco de la tarde se anunció que los vecinos podían volver a sus casas, pero el pueblo aún está desierto. El persistente olor a humo revela que la pesadilla no ha acabado.
A apenas un kilómetro del municipio, varias personas se afanan por apagar los constantes conatos que devoran los montes. “Llevo aquí ya diecisiete horas apagando los focos, pero vuelven a salir”, dice José Luis, el guarda rural de una finca de 1.200 hectáreas que ahora luce como un océano de encinas calcinadas y columnas de humo. “Salimos corriendo el jueves, porque era un fuego rapidísimo, el más rápido que yo he visto, pasaban lenguas de fuego. Se quemó todo en dos o tres horas” , recuerda. Intervinieron los bomberos y también medios aéreos para extinguirlo, pero al día siguiente las llamas seguían. Va al volante de la pick-up con la que recorre la finca para localizar los focos, y una manada de gamos cruza el camino de tierra, desorientados. “Los trabajadores pudimos salir huyendo, y se han abierto las vallas para que lo hagan los animales salvajes, pero está todo quemado, no tienen donde huir”, explica. Él vio cómo el fuego saltaba de un lado al otro del embalse de Picada, de monte a monte. Volvió el sábado y todo estaba ya arrasado.
Es pronto aún para calcular el área afectada, pero el guarda estima que no bajará de 400 hectáras. Lleva siete años trabajando aquí, y ahora además de recorrer durante horas los serpenteantes senderos en busca de nuevos fuegos, vigila en su teléfono las cámaras web colocadas por todo el recinto. Dice que en lo peor del incendio no pasó miedo, pero se contrae al recordarse a sí mismo viendo en la pantalla cómo las llamas devoraban todo en mitad de la noche.

Hilario Ruiz-Labourdette es el ingeniero agrónomo y gestor de la finca y valora positivamente el rápido trabajo de la Unidad Militar de Emergencia que protegió a trabajadores y vecinos, pero considera que para salvar el terreno se necesita más. “No puedes dejarlo todo en manos de los bomberos, porque están desbordados y no hay gente ni medios en estas circunstancias”, explica. “Es importante proteger las vidas pero si evacuas las fincas no queda nadie para protegerlas y colaborar en la lucha contra el fuego, gente local que conoce los accesos, los caminos, los puntos más peligrosos… son de gran importancia en la extinción”, añade. Él ha solicitado los permisos para controlar los fuegos de la finca, pero reclama más ayuda: “Nosotros llevamos desde el sábado trabajando día y noche en esto, porque aunque el fuego parece que haya pasado, el peligro sigue existiendo durante varios días”.
Por eso, además de Jose Luis, han contratado a otras dos personas, Carlos y Santi, para continuar apagando los focos constantes y refrescar el terreno. Mañana llegarán nueve brigadistas profesionales más, porque los conatos continúan. “Solo anoche hubo tres focos nuevos”, detalla Hilario. El trabajo de extinción en esta etapa se trata de volver una y otra vez donde ya hubo fuego, porque incluso cuando parece que desaparece, sigue ahí. En el subsuelo. “Eso es lo más peligroso, a la vista parece que con echar agua y remover las brasas se ha acabado, pero no, está aquí debajo”, dice Jose Luis, pateando el suelo negro que levanta una nube de ceniza y polvo. Carlos lleva a la espalda los inmensos bidones de agua con los que rocía una y otra vez el mismo punto que anoche, y que el día anterior. Esta vez se ha descontrolado y las llamas han elevado varios metros del suelo. “Está hasta por debajo de las piedras”, dice Carlos, descubriéndose la frente sudada tras la enésima intervención. Tiene tres años de experiencia en extinción y jura no haber visto nada como este fuego: ni tan veloz ni tan grande. Además, encaran otra dificultad más: solo tienen agua de un pozo porque el fuego ha destruido los conductos del Canal de Isabel II. Tienen que subir y bajar la cima para recargar los bidones.

Los cortafuegos, según Jose Luis, sirvieron de poco. Al menos los creados por la mano humana. “Aquí lo que ha funcionado como cortafuegos natural son los venados, que al comerse la parte baja de las encinas, han evitado que el incendio escalase hasta las copas, porque pasaba muy rápido por el viento, a ras de suelo”, explica. El paisaje, dependiendo de la ladera, se observa claramente dividido: de un lado hectáreas y hectáreas de encinas calcinadas en su tronco, pero con restos aún verdes en las copas; y del otro un desierto carbonizado, moteado de las cenizas blancas de lo que fueron pero ya no son, encinas y enebros. De lo que no hay ya rastro es del monte bajo, toda la retama ardió y arde aún. El pinar tampoco se ha salvado. “Esto serán dos años para recuperarse, como mínimo”, dice Jose Luis, agitando la cabeza. Cuando descubren otro foco, en una de las partes más altas de la finca se detiene un momento a contemplar el desierto tiznado: “Mira, desde aquí veíamos todos los incendios el viernes, el de Burgohondo (Ávila), el de Navas…” dice, señalando una colina que se divisa en línea recta recubierta por una bruma grisácea. La Finca divide su extensión entre varios municipios, todos aún con frentes activos. El olor del humo se enrosca en la garganta, pero dice que él ya no huele nada. Insiste en que se necesitan más manos y más ojos: hoy son tres y mañana serán doce personas, y Jose Luis resopla ante la pregunta de si será suficiente. “Es que es imposible saber cuál es el foco que creemos haber apagado, pero sigue ahí, acumulando calor”, detalla. “Lo peor es a la noche”, añade Carlos, “porque ahí es donde lo vemos arder, no solo hay que buscar el humo”. Vuelve incesante a pulverizar agua del bidón amarillo y masculla: “Esta rama ya la apagué ayer”. Y hoy arde de nuevo.
Repica la campana de Aldea del Fresno pero lo hace para nadie. Sus habitantes siguen refugiados en la vecina Villamanta, en polideportivos a salvo de las llamas. Creen que podrán volver esta tarde. En su pueblo, el fuego ha pasado, pero solo es un punto y aparte. Aún quedan los conatos.
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