Y el astro rey reveló por fin su corona. Lo hizo bajo un gigantesco manto de sombra que cruzó del norte al este de España a velocidad hipersónica, en apenas siete minutos, desde que entró por la costa cantábrica a las 20.26 hasta que salió por las Baleares a las 20.34 para fundirse con la noche en el mar Mediterráneo. El primer eclipse total que recorre el territorio peninsular desde 1905 cumplió con precisión astronómica los pronósticos; pero al mismo tiempo, sobrecogió a un país que lo esperaba y no recordaba nada semejante. A las ocho y media, el país entero se asomó asombrado hacia el mismo horizonte y más de una lágrima se derramó por las mejillas de quienes lo miraban, que luego se convirtió en una cascada, pero de mensajes que caían sin parar en los grupos de WhatsApp. “Yo también lo estoy viendo”, venían a decirse unos españoles a otros, en innumerables fotos y vídeos compartidos en redes.
A las ocho y media de la tarde, millones de personas miraron al mismo horizonte, asombrados ante un fenómeno astronómico irrepetible
Y el astro rey reveló por fin su corona. Lo hizo bajo un gigantesco manto de sombra que cruzó del norte al este de España a velocidad hipersónica, en apenas siete minutos, desde que entró por la costa cantábrica a las 20.26 hasta que salió por las Baleares a las 20.34 para fundirse con la noche en el mar Mediterráneo. El primer eclipse total que recorre el territorio peninsular desde 1905 cumplió con precisión astronómica los pronósticos; pero al mismo tiempo, sobrecogió a un país que lo esperaba y no recordaba nada semejante. A las ocho y media, el país entero se asomó asombrado hacia el mismo horizonte y más de una lágrima se derramó por las mejillas de quienes lo miraban, que luego se convirtió en una cascada, pero de mensajes que caían sin parar en los grupos de WhatsApp. “Yo también lo estoy viendo”, venían a decirse unos españoles a otros, en innumerables fotos y vídeos compartidos en redes.
Nadie que esté vivo había visto en estas tierras peninsulares esa corona solar, un sedoso velo blanco rodeando una estrella que emergió negra de golpe, casi una hora después de que la Luna nueva comenzase a eclipsarla. Una breve y extraña noche pasó durante un minuto escaso sobre al menos parte de 31 provincias españolas, que no volverán a ver algo así hasta el 17 de noviembre de 2180.


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La meteorología también cumplió esta vez con su parte en buena parte de la franja de totalidad. Al menos 15 millones de personas ubicadas bajo esa sombra de unos 300 kilómetros de ancho, prácticamente libre de nubes para la ocasión, tuvieron la ocasión de mirar directamente el espectáculo natural de un eclipse total perfecto, algo que no puede verse desde ningún otro punto del sistema solar. Solo en la Tierra; y, este 12 de agosto, solo en parte de Islandia y de España, los únicos territorios habitados por los que cruzó la banda de totalidad de este eclipse. En declaraciones a los medios desde el Observatorio de Yebes (Guadalajara), punto oficial de seguimiento del eclipse, el presidente de la Comisión Interministerial para el Trío de Eclipses y secretario de Estado de Ciencia, Innovación y Universidades, Juan Cruz Cigudosa, aseguró que esta cita convertiría a España en “el Mundial de la Astronomía”. “Hoy es la final. España está jugando la final. Está liderando la final”, subrayó. Y desde luego España ganó esa final, para desgracia de los islandeses, que no pudieron ver nada: nubarrones y lluvias opacaron el paso del eclipse por el extremo occidental de la isla, donde Björk había organizado una “rave” solar.
La España vaciada, donde las condiciones eran idóneas para observar el fenómeno, esperaba con la mayor expectación este eclipse. Provincias casi siempre alejadas de la atención, como Soria, Palencia, Teruel o León, concentraron las miradas de todo el mundo y fueron anfitrionas de una celebración única en medio de un verano plagado de romerías. Los festivales masivos de música cedieron el protagonismo a fiestas populares en honor a la alineación perfecta del Sol y la Luna, planeadas con mimo en localidades como Castrillo de la Reina (Burgos), donde la charanga comenzó a recorrer sus estrechas calles a las seis de la tarde, anunciando la doble noche que se avecinaba. Este pueblo, que en invierno solo tiene 121 habitantes, fue el campamento base para más de mil personas llegadas de toda España, que guardaron con celo el secreto de esta ubicación privilegiada ante la posibilidad de una afluencia masiva. A Castrillo de la Reina llegó también una delegación de periodistas del periódico estadounidense The New York Times, que pondría en el centro de atención mundial a esta pequeña localidad de la Sierra de la Demanda. Periodistas internacionales y un festival con aficionados llegados de toda España para ajetrear un pequeño pueblo, perfecta ilustración de lo que supuso este fenómeno astronómico en buena parte de los pequeños municipios que se vieron regados con el premio de la lotería cósmica. “Va a ser como un atardecer sin atardecer”, comentan emocionadas unas adolescentes de Castrillo, ataviadas con las gafas eclipseras en la frente como si fueran gafas de sol fashion.
La idea de verse desbordados con concentraciones multitudinarias, en medio de un verano que está surfeando una ola de calor tras otra, era la gran preocupación en esa España que enseñaba con orgullo observatorios astronómicos privilegiados como el de Javalambre (Teruel) o que sentía reconocida la bella oscuridad de sus cielos en provincias como Guadalajara, donde las noches de verano que muestran miles de estrellas invisibles en las ciudades, y revelan la Vía Láctea, han sido un auténtico semillero de vocaciones para docenas de astrónomos de primera fila internacional. Esa España que tiende un puente científico con Marruecos —en tiempos tan complicados con el vecino del sur— para ensayar en la ciudad de Palencia un experimento científico que se completará el 2 de agosto de 2027, cuando otro eclipse total cruce el extremo sur de la Península y el norte de África.
Si lo normal es que pasen casi 400 años para que un eclipse total vuelva a pasar por el mismo lugar, las regiones que han vivido este miércoles el día de las dos noches pueden considerarse especialmente afortunadas. Otro eclipse con un recorrido muy similar pasó por la mayoría de ellas en 1905, dejando huella en la memoria colectiva. En Castrillo de la Reina, los más viejos del lugar recuerdan cómo sus mayores les hablaron de aquella vez que la gran sombra de la Luna les cogió por sorpresa, hace 121 años y también a mediados del siglo XIX. Aunque el país entero llevase meses hablando del fenómeno astronómico, cuyo paso la ciencia había predicho al segundo, cuando de verdad llegó dejó una mezcla de júbilo y estupor que nos hizo empatizar con nuestros antepasados que vivían con miedo esa súbita oscuridad, que siempre llegaba por sorpresa.
La eclipsemanía pasó por España por primera vez desde que toda la población tiene acceso libre a la información sobre los detalles de la ocultación total del Sol —y a los medios de protección adecuados para observar el fenómeno sin riesgos para la vista—, resucitó preocupaciones que conectan con algunos de esos miedos ancestrales. Colegios de oftalmólogos y departamentos ministeriales recomendaron a la población que observase el eclipse total con las gafas de protección puestas todo el tiempo, ante el temor a graves lesiones oculares por su uso incorrecto. Mientras tanto, pequeños pueblos como Frómista (Palencia) prefirieron organizar observaciones públicas con maestros de ceremonias como el astrofotógrafo Ángel de Francisco, que dio precisas indicaciones a sus vecinos sobre cuándo tenían que quitarse las gafas para poder, sin riesgos, lo que siempre está ahí pero nunca habíamos podido ver: la corona solar.
Justo cuando la Luna comenzaba a morder la luz del Sol, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, informaba en Yebes de que el comienzo del operativo —que había anunciado el despliegue de casi 35.000 efectivos, entre policías y guardias civiles— se había desarrollado sin demasiados incidentes. A primera hora de la tarde, algunos atascos a la salida de Madrid y Barcelona, que no se habían llevado el premio gordo del eclipse total, mostraban las ganas de la ciudadanía de llegar a un evento único. También en la costa asturiana, castigada por las nubes.
El Gobierno instaló su cuartel general en el Observatorio Astronómico de Yebes, levantado en 1975 en este pueblo de Guadalajara de más de 5.600 habitantes por sus casi 1.000 metros de altitud, pero a pesar de los rumores, desmentidos desde La Moncloa, no apareció por allí Pedro Sánchez, que solo disfrutó de un eclipse parcial en la residencia de La Mareta, en la isla canaria de Lanzarote. Aunque la totalidad del 100% oculto solo ensombreció al 40% del territorio español, todo el país, hasta el archipiélago canario, disfrutó de su trocito de eclipse.
El Gobierno preveía entre 400.000 y 1,5 millones de desplazamientos adicionales para acudir a zonas donde el fenómeno se observara en su totalidad, por lo que se había desplegado un dispositivo especial de vigilancia de la Dirección General de Tráfico. También se temía una caída de las comunicaciones por saturación y, sobre todo, había temor por el riesgo de incendios, como señaló la ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen: “Prohibido encender fuego, no aparcar sobre vegetación seca, mantener los accesos libres para emergencias y consultar diariamente el nivel de peligro de incendios. El día del eclipse solar total es un día para disfrutar, pero también una llamada a la prudencia y a la precaución”.
El cálculo de los beneficios para las provincias agraciadas por la lotería astronómica estimaba medio millón de turistas extra gracias al astroturismo y entre 350 y 400 millones de euros de valor añadido. Pero la ciencia tomó la palabra para reivindicarse en tiempos oscuros, y no por la sombra del eclipse. El astronauta, exministro de Ciencia y presidente de Hispasat, Pedro Duque, expresó su deseo de que el eclipse “atraiga a la gente hacia el conocimiento” y de que “quede en la conciencia” de los españoles. En declaraciones a los medios en el Observatorio del Ebro, en Roquetes (Tarragona), insistió en luchar contra la desinformación con el poder de la ciencia: “Hay gente que hace más caso a un audio de WhatsApp que te viene de la vecina del quinto que a las cosas que realmente funcionan, como la ciencia”.
En ese mismo sentido, su sucesora, Diana Morant, defendió en RNE que “es imposible una conversación entre ciencia y un charlatán”. “La humanidad siempre ha mirado al cielo para explicar las cosas y cuando no existía la ciencia se pensaba que eran los dioses los que castigaban”, dijo la ministra. “Se buscaban explicaciones y ahora las explicaciones las tenemos en la ciencia y no hay una ciencia que explique el cambio climático y una ciencia que diga que no hay cambio climático”, insistió. Más allá de la confrontación política, una cita científica, un eclipse total histórico, llenó de asombro a media España, hipnotizada por la belleza de la imagen que grabó en sus retinas.
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