A las once de la mañana, la playa de Vega, en el oriente asturiano, está mucho más poblada de lo habitual.
Crónica de una jornada marcada por la incertidumbre de si las nubes dejarían ver o no el eclipse desde la costa
A las once de la mañana, la playa de Vega, en el oriente asturiano, está mucho más poblada de lo habitual.
Hay bruma. Lastres, a 21 kilómetros y normalmente visible desde aquí, amanece hoy escondida. Hace calor. En la arena aún resisten los muros construidos el día anterior para frenar la subida de la marea.
—¿Se verá? —pregunta una señora.
—El tiempo en Asturias es una lotería —le responden.
Un grupo de amigos se instala en la arena.
—La semana que me ha dado este con el eclipse. Que si dónde lo vamos a ver, que si las gafas eran buenas, que si había que venir pronto… —dice una chica refiriéndose a su pareja.
—Nosotros vinimos escuchando Total Eclipse of the Heart en el coche… —responde una amiga, subiendo la apuesta.
Un chico lee Morir en la orilla, de Leonardo Padura, sentado en una silla plegable.
—¡Mi círculo en el que nadie puede entrar! Salvo que tengas el código —anuncia una niña desde el centro de un enorme flotador.
El código, por si interesa, es “mamá y papá”. No ha especificado si va junto o separado, ni si distingue mayúsculas y minúsculas.
Desde el prado que linda con la playa llega el mugido de una vaca.
A las 13.05, la playa se ha llenado de sombrillas. En el horizonte vuelve a aparecer la silueta de Lastres.
—Aquí no se va a ver nada —dice un chico.
—Y con esa negatividad, menos —replica su novia.
Empiezan a abrirse los táperes y a aparecer los bocadillos. Mucha tortilla, mucho pollo y mucho lomo empanado.
—Como no abra pronto, verás qué desbandada a última hora —comenta un señor.
A las tres de la tarde, Lastres vuelve a desaparecer tras la bruma.
Las nubes han adquirido un tono más gris.
—Todavía va a llover… —aventura una mujer.
Por la playa pasa una señora hablando por teléfono.
—No, no, murieron ahogados.
No parece especialmente preocupada por el eclipse.
Tres chicas conversan con los pies en el agua.
—Es un día histórico, ¿no? —dice una.
—Lo histórico es que vayamos a pasar un día entero en la playa —responde otra.
—¿Creéis que el eclipse saldrá en los libros de Ciencias? —plantea la tercera.
La mujer del teléfono sigue a lo suyo:
—¡Que yo no le dije eso, hombre!
Un chico pone un audio para sus amigos. Se escuchan instrucciones para observar el eclipse. La voz insiste en que las gafas solo deben quitarse durante unos segundos y remata tres veces:
—No más. No más. ¡No más!
Empieza una encuesta improvisada a pie de playa, formulada por niños.
—¿Por qué se llama eclipse?
—¿Por qué nos dicen que no miremos al Sol si normalmente nadie nos dice nada?
—¿Es todos los años?
—¿Y si la Luna se queda ahí para siempre?
—¿Se puede ver desnudo?
La señora del teléfono continúa:
—Y un día dije yo: Se acabó, hay que hacer la fiesta. Y que venga mi hermana si quiere a decirme que no…
Una socorrista explica a un grupo de niños los peligros de la carabela portuguesa junto a un ejemplar varado en la arena.
La mujer termina la llamada, recoge sus cosas y se marcha.
—Mis hijos están cagados. Dicen que no van a mirarlo por si se quedan ciegos —cuenta un hombre.
—Pues casi mejor. El otro día leí lo de una chica que se quedó ciega por mirar un eclipse cuando tenía siete años y no se enteró hasta mucho después —responde una mujer.
En la orilla se forma una pequeña tertulia.
—Pues a mí todo esto del eclipse me da un poco igual —afirma una madre que lleva en brazos a su hija de once meses.
—Aunque haya nubes, ¿también se hace de noche? —pregunta una joven.
—Yo creo que sí —opina un señor.
—Dicen que baja la temperatura doce grados —añade otro.
—Tenía que haber traído el forro polar —responde una mujer, alarmada.
Una chica lee Hamnet en formato digital.
—¿Te acordaste de las gafas? —pregunta una mujer.
—¡Que síiiii! —contesta su pareja, dando la impresión de responder a una pregunta repetida muchas veces.
A primera hora de la tarde comienza a extenderse la desilusión. Los móviles propagan la noticia: las aplicaciones meteorológicas y las previsiones anuncian que las nubes persistirán en la costa.
—¿Cómo lo ves? —pregunta un chico.
—Chungo.
—¿Qué hora nos ponemos de límite para movernos?
—Yo ya me quedaba aquí…
—Pues yo prefiero irme a casa a verlo.
Le enseña el móvil. La aplicación asegura que allí sí despejará.
Un hombre lee El legado de los espías, de John le Carré, bajo una sombrilla.
—A partir de las siete no se puede mirar al Sol —advierte un joven.
—Pues primero tendremos que saber dónde está, porque no se ve —le contestan.
En una playa donde suele haber muchas tablas, apenas quedan surfistas en el agua.
—¿Está el mar raro? ¿Más calmado? —pregunta una chica.
—Y el ambiente. Hay algo extraño… —responde una amiga.
Las vacas del prado vecino han desaparecido.
—En cuanto empiece el eclipse, se acabó el fútbol —anuncia un padre a sus hijos.
El balón se escapa hacia la orilla. Una pareja pasea junto al agua. Él se adelanta para devolverlo de una patada.
—Te morías por darle, ¿eh? —le dice ella con cariño.
Pasa un corredor.
A las siete empieza a cundir el desánimo.
—La playa, muy bonita. Pero el eclipse no lo vemos.
Una niña contiene mal la decepción.
—Bueno, no verlo en un sitio donde se iba a ver también es especial —la consuela su madre.
Empiezan a aparecer figuras humanas en los montes que rodean la playa. También en las terrazas.
—¿Pero hay que ponerse las gafas o no? —pregunta un camarero.
A las 19.23 empieza a chispear.
—¿Dónde están los niños? Que se pongan las gafas aunque no haya Sol —ordena una madre.
—¿Te imaginas? La generación ciega —bromea otra.
—¿Cuánto queda? Estoy ya un poco hasta el gorro del eclipse —remata una tercera.
Por los altavoces de un restaurante suena, casualmente, Antes que ver el Sol, de Coti. Después llega Cien gaviotas, de Duncan Dhu.
—¡Está saliendo el Sol, está saliendo el Sol! —gritan unos niños.
Es una falsa alarma.
Una niña pasa con la linterna del móvil encendida para que la gente compruebe cómo se vería la luz a través de las gafas.
El pinchadiscos se anima. Ahora suena 19 días y 500 noches, de Joaquín Sabina.
—Yo no voy a ver nada, pero a lo mejor mi mujer sí, que es más alta que yo… —dice un hombre, provocando una carcajada colectiva.
Muchos conectan sus teléfonos y siguen el eclipse a través de retransmisiones en directo.
A las 20.26 se hace de noche.
Suena el Himno de Asturias interpretado con gaita.
A las 20.29 vuelve la luz.
—En el del próximo siglo igual tenemos más suerte —comenta una señora.
—Sí, pero ese lo vemos en otro sitio —responde su marido.
—Eso seguro —cierra ella.
Al fondo, la silueta de Lastres continúa difuminada tras la bruma.
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