Hay una señal empresarial que merece atención cuando los grandes ciclos de inversión empiezan a madurar: el vendedor se convierte también en banquero de sus clientes. Si éstos no disponen de capital suficiente para seguir comprando, el proveedor puede financiarlos, garantizar su deuda o comprometerse a adquirir aquello que no consigan colocar. Las ventas continúan creciendo. La cuestión es si continúa creciendo también la demanda real.Nvidia empieza a adentrarse en ese territorio. The Wall Street Journal revelaba esta semana que el fabricante de chips ha asumido compromisos que podrían alcanzar los 230.000 millones de dólares entre garantías y avales para sus clientes. Hay 105.000 millones vinculados a un centro de datos de OpenAI en Ohio y hasta 125.000 millones en posibles garantías dentro de un plan de financiación de chips con otras empresas. En Australia ha firmado además acuerdos por los que actúa como cliente de último recurso de empresas a las que vende sus procesadores.La lógica es evidente. Nvidia necesita ensanchar su mercado hacia operadores más pequeños y menos solventes. Pero financiar al cliente modifica la información fundamental que contiene una venta: que alguien necesita nuestro producto y puede pagarlo. Cuando el fabricante pone también el dinero o garantiza la operación, resulta más difícil distinguir entre demanda autónoma y demanda inducida.El Banco de Pagos Internacionales (BIS) advirtió precisamente en junio sobre esta situación. Su Annual Economic Report 2026 señala el crecimiento de la «financiación circular» alrededor de la IA: fabricantes de chips, proveedores de infraestructura y compañías tecnológicas que invierten unos en otros mientras sus contratos comerciales sostienen simultáneamente la demanda. El BIS alerta también de la opacidad de determinadas estructuras y del peligro de que los mismos activos puedan estar comprometidos varias veces como garantía.No es un riesgo desconocido. Lucent hizo algo parecido durante la burbuja de las telecomunicaciones. Financió a operadores de menor solvencia para que comprasen sus equipos, garantizó préstamos y terminó recurriendo a prácticas contables que posteriormente investigó y sancionó la SEC. Cuando el ciclo cambió, la financiación multiplicó el daño. Lucent redujo drásticamente su tamaño y terminó fusionándose con Alcatel. Nvidia no es Lucent. Dispone de más de 80.000 millones de dólares entre caja y valores negociables, disfruta de una posición tecnológica formidable y la demanda de sus procesadores continúa siendo extraordinaria. Esa diferencia importa. Pero no elimina el problema esencial: la concentración del riesgo.El ‘vendor financing’ no es necesariamente una mala práctica. Puede facilitar inversiones rentables y resolver restricciones legítimas de crédito. Se vuelve peligroso cuando sirve para prolongar artificialmente el ciclo que sostiene las propias ventas. Nvidia ha descrito algunos de estos acuerdos como un «nuevo modelo de negocio». Quizá sea ésa la frase que más debería preocupar a sus accionistas. Un gran fabricante vende porque sus clientes necesitan comprarle. Cuando además tiene que ayudarles a pagar, conviene preguntarse cuánto de su crecimiento procede del mercado y cuánto de su propio balance.a competir por un piso. Hay una señal empresarial que merece atención cuando los grandes ciclos de inversión empiezan a madurar: el vendedor se convierte también en banquero de sus clientes. Si éstos no disponen de capital suficiente para seguir comprando, el proveedor puede financiarlos, garantizar su deuda o comprometerse a adquirir aquello que no consigan colocar. Las ventas continúan creciendo. La cuestión es si continúa creciendo también la demanda real.Nvidia empieza a adentrarse en ese territorio. The Wall Street Journal revelaba esta semana que el fabricante de chips ha asumido compromisos que podrían alcanzar los 230.000 millones de dólares entre garantías y avales para sus clientes. Hay 105.000 millones vinculados a un centro de datos de OpenAI en Ohio y hasta 125.000 millones en posibles garantías dentro de un plan de financiación de chips con otras empresas. En Australia ha firmado además acuerdos por los que actúa como cliente de último recurso de empresas a las que vende sus procesadores.La lógica es evidente. Nvidia necesita ensanchar su mercado hacia operadores más pequeños y menos solventes. Pero financiar al cliente modifica la información fundamental que contiene una venta: que alguien necesita nuestro producto y puede pagarlo. Cuando el fabricante pone también el dinero o garantiza la operación, resulta más difícil distinguir entre demanda autónoma y demanda inducida.El Banco de Pagos Internacionales (BIS) advirtió precisamente en junio sobre esta situación. Su Annual Economic Report 2026 señala el crecimiento de la «financiación circular» alrededor de la IA: fabricantes de chips, proveedores de infraestructura y compañías tecnológicas que invierten unos en otros mientras sus contratos comerciales sostienen simultáneamente la demanda. El BIS alerta también de la opacidad de determinadas estructuras y del peligro de que los mismos activos puedan estar comprometidos varias veces como garantía.No es un riesgo desconocido. Lucent hizo algo parecido durante la burbuja de las telecomunicaciones. Financió a operadores de menor solvencia para que comprasen sus equipos, garantizó préstamos y terminó recurriendo a prácticas contables que posteriormente investigó y sancionó la SEC. Cuando el ciclo cambió, la financiación multiplicó el daño. Lucent redujo drásticamente su tamaño y terminó fusionándose con Alcatel. Nvidia no es Lucent. Dispone de más de 80.000 millones de dólares entre caja y valores negociables, disfruta de una posición tecnológica formidable y la demanda de sus procesadores continúa siendo extraordinaria. Esa diferencia importa. Pero no elimina el problema esencial: la concentración del riesgo.El ‘vendor financing’ no es necesariamente una mala práctica. Puede facilitar inversiones rentables y resolver restricciones legítimas de crédito. Se vuelve peligroso cuando sirve para prolongar artificialmente el ciclo que sostiene las propias ventas. Nvidia ha descrito algunos de estos acuerdos como un «nuevo modelo de negocio». Quizá sea ésa la frase que más debería preocupar a sus accionistas. Un gran fabricante vende porque sus clientes necesitan comprarle. Cuando además tiene que ayudarles a pagar, conviene preguntarse cuánto de su crecimiento procede del mercado y cuánto de su propio balance.a competir por un piso.
Hay una señal empresarial que merece atención cuando los grandes ciclos de inversión empiezan a madurar: el vendedor se convierte también en banquero de sus clientes. Si éstos no disponen de capital suficiente para seguir comprando, el proveedor puede financiarlos, garantizar su deuda o comprometerse … a adquirir aquello que no consigan colocar. Las ventas continúan creciendo. La cuestión es si continúa creciendo también la demanda real.
Nvidia empieza a adentrarse en ese territorio. The Wall Street Journal revelaba esta semana que el fabricante de chips ha asumido compromisos que podrían alcanzar los 230.000 millones de dólares entre garantías y avales para sus clientes. Hay 105.000 millones vinculados a un centro de datos de OpenAI en Ohio y hasta 125.000 millones en posibles garantías dentro de un plan de financiación de chips con otras empresas. En Australia ha firmado además acuerdos por los que actúa como cliente de último recurso de empresas a las que vende sus procesadores.
La lógica es evidente. Nvidia necesita ensanchar su mercado hacia operadores más pequeños y menos solventes. Pero financiar al cliente modifica la información fundamental que contiene una venta: que alguien necesita nuestro producto y puede pagarlo. Cuando el fabricante pone también el dinero o garantiza la operación, resulta más difícil distinguir entre demanda autónoma y demanda inducida.
El Banco de Pagos Internacionales (BIS) advirtió precisamente en junio sobre esta situación. Su Annual Economic Report 2026 señala el crecimiento de la «financiación circular» alrededor de la IA: fabricantes de chips, proveedores de infraestructura y compañías tecnológicas que invierten unos en otros mientras sus contratos comerciales sostienen simultáneamente la demanda. El BIS alerta también de la opacidad de determinadas estructuras y del peligro de que los mismos activos puedan estar comprometidos varias veces como garantía.
No es un riesgo desconocido. Lucent hizo algo parecido durante la burbuja de las telecomunicaciones. Financió a operadores de menor solvencia para que comprasen sus equipos, garantizó préstamos y terminó recurriendo a prácticas contables que posteriormente investigó y sancionó la SEC. Cuando el ciclo cambió, la financiación multiplicó el daño. Lucent redujo drásticamente su tamaño y terminó fusionándose con Alcatel. Nvidia no es Lucent. Dispone de más de 80.000 millones de dólares entre caja y valores negociables, disfruta de una posición tecnológica formidable y la demanda de sus procesadores continúa siendo extraordinaria. Esa diferencia importa. Pero no elimina el problema esencial: la concentración del riesgo.
El ‘vendor financing’ no es necesariamente una mala práctica. Puede facilitar inversiones rentables y resolver restricciones legítimas de crédito. Se vuelve peligroso cuando sirve para prolongar artificialmente el ciclo que sostiene las propias ventas. Nvidia ha descrito algunos de estos acuerdos como un «nuevo modelo de negocio». Quizá sea ésa la frase que más debería preocupar a sus accionistas. Un gran fabricante vende porque sus clientes necesitan comprarle. Cuando además tiene que ayudarles a pagar, conviene preguntarse cuánto de su crecimiento procede del mercado y cuánto de su propio balance.a competir por un piso.
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