“En tiempos de desolación, no hacer mudanza”, decía Ignacio de Loyola, invitando a mantener propósitos y objetivos. En tiempos de confusión europea, hay que volver a Ventotene, esa minúscula isla perdida en el Mediterráneo.
En las horas difíciles de la UE, resulta útil acudir a quienes mantienen y actualizan el ímpetu de sus fundadores
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En las horas difíciles de la UE, resulta útil acudir a quienes mantienen y actualizan el ímpetu de sus fundadores


“En tiempos de desolación, no hacer mudanza”, decía Ignacio de Loyola, invitando a mantener propósitos y objetivos. En tiempos de confusión europea, hay que volver a Ventotene, esa minúscula isla perdida en el Mediterráneo.
Lo acaban de hacer unas cuantas decenas de activos federalistas que exhiben distinto origen y filiación para alumbrar uno de esos escasos textos-faro que pespuntean la construcción de la UE: Es hora de construir los Estados Unidos de Europa, a punto de publicarse en el 39º boletín del Movimiento Europeo.
La declaración sintetiza bien todas las grandes propuestas para desbloquear los obstáculos al papel de los europeos, desde una doble óptica. A saber, que bajo la dramática doble tenaza EE UU-China “los mecanismos políticos e institucionales de la Unión”, como la unanimidad o el escuálido presupuesto, “son inadecuados” para fortalecer el proyecto común. Y que la tendencia al estancamiento y las derivas ultras puede vencerse, pues “los ciudadanos no rechazan Europa; rechazan una Europa que no puede decidir”.
El texto viene patrocinado por el tercer Comité de Acción Jean Monnet, que reúne las dos almas del federalismo europeísta: la funcionalista de Monnet, guiada por la técnica del paso a paso y de “las realizaciones concretas”, que alumbró en 1950 la Declaración Schuman y la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA); y la más utopista de Altiero Spinelli, principal redactor del clandestino Manifiestoque lleva el nombre de la isla, así como del primer texto de Constitución continental, el proyecto de Tratado de la UE, hace ahora 40 años.
En las horas bajas o difíciles, resulta útil acudir a quienes mantienen y actualizan el ímpetu de los fundadores, porque ellos se enfrentaron al primero de los problemas del invento, su mera existencia. Y a los lugares totémicos. En 1941, Spinelli redactó su proyecto (con Ernesto Rossi y Sandro Pertini, entre otros) en esa isla en papel de fumar.
Lo sacó a escondidas de la isla de Ventotene —a medio mar Tirreno, entre Nápoles y Roma— donde estaban confinados por el fascismo de Benito Mussolini, esa ominosa tradición que empezó con Julia la Mayor, hija de Augusto, quien la extraterró ahí en el año 2 antes de Cristo. El papel iba encastrado en una chaqueta por una modista lugareña. Y Altiero y sus colegas ya nunca pararon de conspirar por el ideal de una Europa libre y unida.
Lo sustantivo del caso es que los actuales protagonistas de esta permanente movilización no son solo los partidos democráticos europeos —agrupados por ejemplo en el Grupo Spinelli de la Eurocámara, que antes abarcaba solo a las izquierdas— sino, sobre todo, organizaciones de la sociedad civil, no gubernamentales. Como la Unión de Federalistas Europeos o el Movimiento Europeo. Y lo original es que, fundadas en los años cuarenta, convocan a mucha gente joven. Increíble, pero cierto.
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