«Tras analizar detenidamente las necesidades actuales de Oracle, hemos decidido eliminar su puesto como parte de una reestructuración organizativa más amplia. Por lo tanto, hoy es su último día de trabajo».Eran las 6.00 del pasado 31 de marzo cuando 30.000 empleados de Oracle, casi uno de cada cinco, recibían el correo que cambiaba su vida. Amazon ya había despedido a 16.000 y anunciado otros 14.000, los mismos que Meta, el 20% de su plantilla. Block, la empresa de servicios de Jack Dorsey, fundador de Twitter, lo ha hecho con 4.000, el 40% de la suya. Todos titulados, todos «cuellos blancos». Todos convencidos de que su formación era un seguro de vida. Goldman Sachs afirma que 16.000 trabajadores están perdiendo su empleo cada mes por la IA. Bill McDermott, CEO de ServiceNow, ha advertido que la IA podría elevar el desempleo entre titulados superiores al 30% al automatizar las tareas de entrada. Y el director de IA de Microsoft ha puesto fecha: septiembre de 2027. Para entonces, todo el trabajo administrativo y cognitivo inicial estará automatizado.Mientras tanto, en Madrid, el debate político de 2026 sigue siendo cuánto sube el Salario Mínimo Interprofesional. Es una imagen perturbadora que recuerda a unos pilotos discutiendo el menú del avión mientras los instrumentos advierten de una colisión. El SMI nació como escudo para los menos cualificados en un mercado donde el trabajo humano era el único factor productivo, y no sustituible, por tanto. Esa era ha terminado. Y seguir debatiendo el suelo salarial como si fuera la variable central de la justicia social no es progresismo, es evitar mirar.La lógica era tan sencilla como errónea: elevar los ingresos mínimos comprime la desigualdad. Pero esa ecuación es historia, y un estudio reciente indica que un incremento del 10% en el SMI empuja la robotización en un 8%. La razón es aritmética: si el coste de un empleado supera al del software, la empresa no elige crueldad, elige supervivencia. Y el agente de IA que hoy compite con ese empleado no cuesta el millón de euros de la narrativa sindical contra el robot industrial. Cuesta menos de 60 euros al mes. Trabaja veinticuatro horas. No enferma. No negocia.El daño más grave no está en los despidos de quienes ya habían entrado al mercado. Está en el primer peldaño de la escalera profesional, que se ha quebrado silenciosamente. Corea del Sur, el país con mayor densidad robótica del mundo con 1.050 por cada 10.000 empleados, ofrece el espejo en el que Europa debería mirarse: en 2025, todo el crecimiento del empleo lo aportaron los mayores de 55 años. Entre los jóvenes de 15 a 29 años, el empleo cayó en 178.000 personas. El SMI sube un 2,9% en 2026. Los jóvenes sobran. El mecanismo es simple. Tradicionalmente, las empresas asumían el coste de contratar talento junior a cambio de formarlo. Hoy, se hace difícil pedir que absorban 1.221 euros mensuales más seguros sociales para formar a alguien cuando un agente ejecuta esa tarea de forma instantánea. Aparece así la generación fracturada, la que queda fuera del mercado cuando se requiere talento sénior capaz de supervisar algoritmos, la que no puede acceder como lo hacía porque su coste inicial le impide competir con la productividad del agente.Subir el SMI en este contexto es intentar frenar el tsunami con sacos de arena. Cada incremento sin productividad equivalente es un incentivo para que un ingeniero en Shenzhen desarrolle el agente que eliminará ese puesto. No hay maldad en ese proceso, hay lógica de mercado operando a ritmo exponencial mientras la legislación laboral avanza en trenes regionales. La respuesta al desafío tecnológico exige una hoja de ruta que convierta el desplazamiento tecnológico en capitalización productiva. Primero, crear mercados formales para las tareas que los agentes no pueden realizar, como la supervisión de procesos autónomos, la evaluación del criterio o la responsabilidad legal sobre decisiones automatizadas. Segundo, convertir el excedente de productividad generado por la automatización en participación, avanzando hacia una sociedad de propietarios. Redistribuir en forma de capital parte del excedente generado por los agentes alinea los intereses de ambas partes. Tercero, crear un dividendo de la automatización financiado no con impuestos al trabajo, sino con la captura del valor generado por nuestros datos que hoy emplean gratuitamente los modelos comerciales.Liderazgo de Oracle firmaba el email de los 30.000. Pero ni lidera quien aplica soluciones del s XIX en el XXI, ni tampoco lo hace quien promete 37 euros más al mes con el dinero de otro. Liderar es reconocer que la escalera se ha roto y proponer soluciones que garanticen la inclusión sin matar la innovación. Porque cuando el trabajo deja de ser escaso, el SMI carece de sentido. «Tras analizar detenidamente las necesidades actuales de Oracle, hemos decidido eliminar su puesto como parte de una reestructuración organizativa más amplia. Por lo tanto, hoy es su último día de trabajo».Eran las 6.00 del pasado 31 de marzo cuando 30.000 empleados de Oracle, casi uno de cada cinco, recibían el correo que cambiaba su vida. Amazon ya había despedido a 16.000 y anunciado otros 14.000, los mismos que Meta, el 20% de su plantilla. Block, la empresa de servicios de Jack Dorsey, fundador de Twitter, lo ha hecho con 4.000, el 40% de la suya. Todos titulados, todos «cuellos blancos». Todos convencidos de que su formación era un seguro de vida. Goldman Sachs afirma que 16.000 trabajadores están perdiendo su empleo cada mes por la IA. Bill McDermott, CEO de ServiceNow, ha advertido que la IA podría elevar el desempleo entre titulados superiores al 30% al automatizar las tareas de entrada. Y el director de IA de Microsoft ha puesto fecha: septiembre de 2027. Para entonces, todo el trabajo administrativo y cognitivo inicial estará automatizado.Mientras tanto, en Madrid, el debate político de 2026 sigue siendo cuánto sube el Salario Mínimo Interprofesional. Es una imagen perturbadora que recuerda a unos pilotos discutiendo el menú del avión mientras los instrumentos advierten de una colisión. El SMI nació como escudo para los menos cualificados en un mercado donde el trabajo humano era el único factor productivo, y no sustituible, por tanto. Esa era ha terminado. Y seguir debatiendo el suelo salarial como si fuera la variable central de la justicia social no es progresismo, es evitar mirar.La lógica era tan sencilla como errónea: elevar los ingresos mínimos comprime la desigualdad. Pero esa ecuación es historia, y un estudio reciente indica que un incremento del 10% en el SMI empuja la robotización en un 8%. La razón es aritmética: si el coste de un empleado supera al del software, la empresa no elige crueldad, elige supervivencia. Y el agente de IA que hoy compite con ese empleado no cuesta el millón de euros de la narrativa sindical contra el robot industrial. Cuesta menos de 60 euros al mes. Trabaja veinticuatro horas. No enferma. No negocia.El daño más grave no está en los despidos de quienes ya habían entrado al mercado. Está en el primer peldaño de la escalera profesional, que se ha quebrado silenciosamente. Corea del Sur, el país con mayor densidad robótica del mundo con 1.050 por cada 10.000 empleados, ofrece el espejo en el que Europa debería mirarse: en 2025, todo el crecimiento del empleo lo aportaron los mayores de 55 años. Entre los jóvenes de 15 a 29 años, el empleo cayó en 178.000 personas. El SMI sube un 2,9% en 2026. Los jóvenes sobran. El mecanismo es simple. Tradicionalmente, las empresas asumían el coste de contratar talento junior a cambio de formarlo. Hoy, se hace difícil pedir que absorban 1.221 euros mensuales más seguros sociales para formar a alguien cuando un agente ejecuta esa tarea de forma instantánea. Aparece así la generación fracturada, la que queda fuera del mercado cuando se requiere talento sénior capaz de supervisar algoritmos, la que no puede acceder como lo hacía porque su coste inicial le impide competir con la productividad del agente.Subir el SMI en este contexto es intentar frenar el tsunami con sacos de arena. Cada incremento sin productividad equivalente es un incentivo para que un ingeniero en Shenzhen desarrolle el agente que eliminará ese puesto. No hay maldad en ese proceso, hay lógica de mercado operando a ritmo exponencial mientras la legislación laboral avanza en trenes regionales. La respuesta al desafío tecnológico exige una hoja de ruta que convierta el desplazamiento tecnológico en capitalización productiva. Primero, crear mercados formales para las tareas que los agentes no pueden realizar, como la supervisión de procesos autónomos, la evaluación del criterio o la responsabilidad legal sobre decisiones automatizadas. Segundo, convertir el excedente de productividad generado por la automatización en participación, avanzando hacia una sociedad de propietarios. Redistribuir en forma de capital parte del excedente generado por los agentes alinea los intereses de ambas partes. Tercero, crear un dividendo de la automatización financiado no con impuestos al trabajo, sino con la captura del valor generado por nuestros datos que hoy emplean gratuitamente los modelos comerciales.Liderazgo de Oracle firmaba el email de los 30.000. Pero ni lidera quien aplica soluciones del s XIX en el XXI, ni tampoco lo hace quien promete 37 euros más al mes con el dinero de otro. Liderar es reconocer que la escalera se ha roto y proponer soluciones que garanticen la inclusión sin matar la innovación. Porque cuando el trabajo deja de ser escaso, el SMI carece de sentido.
«Tras analizar detenidamente las necesidades actuales de Oracle, hemos decidido eliminar su puesto como parte de una reestructuración organizativa más amplia. Por lo tanto, hoy es su último día de trabajo».
Eran las 6.00 del pasado 31 de marzo cuando 30.000 empleados … de Oracle, casi uno de cada cinco, recibían el correo que cambiaba su vida. Amazon ya había despedido a 16.000 y anunciado otros 14.000, los mismos que Meta, el 20% de su plantilla. Block, la empresa de servicios de Jack Dorsey, fundador de Twitter, lo ha hecho con 4.000, el 40% de la suya. Todos titulados, todos «cuellos blancos». Todos convencidos de que su formación era un seguro de vida. Goldman Sachs afirma que 16.000 trabajadores están perdiendo su empleo cada mes por la IA. Bill McDermott, CEO de ServiceNow, ha advertido que la IA podría elevar el desempleo entre titulados superiores al 30% al automatizar las tareas de entrada. Y el director de IA de Microsoft ha puesto fecha: septiembre de 2027. Para entonces, todo el trabajo administrativo y cognitivo inicial estará automatizado.
Mientras tanto, en Madrid, el debate político de 2026 sigue siendo cuánto sube el Salario Mínimo Interprofesional. Es una imagen perturbadora que recuerda a unos pilotos discutiendo el menú del avión mientras los instrumentos advierten de una colisión. El SMI nació como escudo para los menos cualificados en un mercado donde el trabajo humano era el único factor productivo, y no sustituible, por tanto. Esa era ha terminado. Y seguir debatiendo el suelo salarial como si fuera la variable central de la justicia social no es progresismo, es evitar mirar.
La lógica era tan sencilla como errónea: elevar los ingresos mínimos comprime la desigualdad. Pero esa ecuación es historia, y un estudio reciente indica que un incremento del 10% en el SMI empuja la robotización en un 8%. La razón es aritmética: si el coste de un empleado supera al del software, la empresa no elige crueldad, elige supervivencia. Y el agente de IA que hoy compite con ese empleado no cuesta el millón de euros de la narrativa sindical contra el robot industrial. Cuesta menos de 60 euros al mes. Trabaja veinticuatro horas. No enferma. No negocia.
El daño más grave no está en los despidos de quienes ya habían entrado al mercado. Está en el primer peldaño de la escalera profesional, que se ha quebrado silenciosamente. Corea del Sur, el país con mayor densidad robótica del mundo con 1.050 por cada 10.000 empleados, ofrece el espejo en el que Europa debería mirarse: en 2025, todo el crecimiento del empleo lo aportaron los mayores de 55 años. Entre los jóvenes de 15 a 29 años, el empleo cayó en 178.000 personas. El SMI sube un 2,9% en 2026. Los jóvenes sobran. El mecanismo es simple. Tradicionalmente, las empresas asumían el coste de contratar talento junior a cambio de formarlo. Hoy, se hace difícil pedir que absorban 1.221 euros mensuales más seguros sociales para formar a alguien cuando un agente ejecuta esa tarea de forma instantánea. Aparece así la generación fracturada, la que queda fuera del mercado cuando se requiere talento sénior capaz de supervisar algoritmos, la que no puede acceder como lo hacía porque su coste inicial le impide competir con la productividad del agente.
Subir el SMI en este contexto es intentar frenar el tsunami con sacos de arena. Cada incremento sin productividad equivalente es un incentivo para que un ingeniero en Shenzhen desarrolle el agente que eliminará ese puesto. No hay maldad en ese proceso, hay lógica de mercado operando a ritmo exponencial mientras la legislación laboral avanza en trenes regionales. La respuesta al desafío tecnológico exige una hoja de ruta que convierta el desplazamiento tecnológico en capitalización productiva. Primero, crear mercados formales para las tareas que los agentes no pueden realizar, como la supervisión de procesos autónomos, la evaluación del criterio o la responsabilidad legal sobre decisiones automatizadas. Segundo, convertir el excedente de productividad generado por la automatización en participación, avanzando hacia una sociedad de propietarios. Redistribuir en forma de capital parte del excedente generado por los agentes alinea los intereses de ambas partes. Tercero, crear un dividendo de la automatización financiado no con impuestos al trabajo, sino con la captura del valor generado por nuestros datos que hoy emplean gratuitamente los modelos comerciales.
Liderazgo de Oracle firmaba el email de los 30.000. Pero ni lidera quien aplica soluciones del s XIX en el XXI, ni tampoco lo hace quien promete 37 euros más al mes con el dinero de otro. Liderar es reconocer que la escalera se ha roto y proponer soluciones que garanticen la inclusión sin matar la innovación. Porque cuando el trabajo deja de ser escaso, el SMI carece de sentido.
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