Seguir en su puesto es el mayor logro de Giorgia Meloni, en un país que durante décadas tuvo una media de cambio de Ejecutivo cada seis meses, y este viernes celebra un récord: el suyo ya es el Gobierno más longevo de la Italia moderna, desde la posguerra. Un total de 1.413 días (tres años y diez meses y medio), que ya superan al segundo Ejecutivo que guio Berlusconi entre 2001 y 2005, aunque en realidad siguió un año más con un cambio de Gabinete, pero técnicamente ya era otro Gobierno. El problema es que esta marca de la líder ultraderechista es un arma de doble filo, porque en todo este tiempo, y habiendo tenido más posibilidades que nadie hasta ahora de emprender grandes reformas, el balance de su gestión es más bien pobre.
La estabilidad es uno de los escasos logros de los que puede presumir la primera ministra, que festeja el récord en plena crisis por el ascenso de Futuro Nacional, la nueva fuerza de ultraderecha
Seguir en su puesto es el mayor logro de Giorgia Meloni, en un país que durante décadas tuvo una media de cambio de Ejecutivo cada seis meses, y este viernes celebra un récord: el suyo ya es el Gobierno más longevo de la Italia moderna, desde la posguerra. Un total de 1.413 días (tres años y diez meses y medio), que ya superan al segundo Ejecutivo que guio Berlusconi entre 2001 y 2005, aunque en realidad siguió un año más con un cambio de Gabinete, pero técnicamente ya era otro Gobierno. El problema es que esta marca de la líder ultraderechista es un arma de doble filo, porque en todo este tiempo, y habiendo tenido más posibilidades que nadie hasta ahora de emprender grandes reformas, el balance de su gestión es más bien pobre.
La mayoría de los analistas coinciden en que la principal virtud de Meloni ha sido la de mantener las cuentas en orden y tranquilizar a los mercados, pero apenas ha incidido en la sociedad. Ha bajado la prima de riesgo de 233 puntos en 2022 a los 80 de hoy y reducido el déficit del 8,1% que encontró al 3,1% actual, aunque sigue bajo procedimiento de infracción de la UE. Y aun así también se le reprocha que la estabilidad oculta es fruto de un inmovilismo total. El crecimiento del PIB es raquítico, el paro es del 5,6%, pero los salarios bajos, y el gasto de Italia es el último de la UE en educación y de los menores en sanidad.

“La estabilidad es un instrumento, no un objetivo, el objetivo de un país es crecer, y la verdad es que Meloni no ha tenido política económica, el déficit ha bajado sin que hiciera nada”, opina Veronica De Romanis, economista de la universidad LUISS de Roma, muy crítica con el Ejecutivo. “El país está parado, y en economía eso significa ir hacia atrás. No ha hecho nada para no tener que tocar los intereses de los grupos que le han votado. Su prioridad ha sido mantener el consenso”, explica en conversación con periodistas extranjeros.
Ese es en realidad el logro más asombroso de Meloni: en cuatro años su partido, Hermanos de Italia, no ha tenido desgaste, sigue en el 26%, un caso único en la historia política italiana, y son sus dos socios, la Liga de Matteo Salvini (también de ultraderecha) y Forza Italia (derecha), los que lo están sufriendo.
Ha optado por el pragmatismo y lo cierto es que todos sus grandes proyectos para transformar el país han naufragado: ha abandonado por el camino el federalismo, rechazado por el Tribunal Constitucional en 2024, y un nuevo diseño institucional de la figura del primer ministro para darle más poder; el centro de internamiento para inmigrantes en Albania ha fracasado paralizado por la justicia italiana y europea; su reforma de la justicia fue rechazada en marzo en un referéndum y marcó el inicio de su desconexión con parte del electorado. También iba a reformar las pensiones y no las ha tocado, e iba a bajar los impuestos y la presión fiscal ya es del 43,1%, la más alta en una década. En el exterior, su mayor apuesta, la política laudatoria con los desmanes de Donald Trump resultó ser un bumerán cuando el magnate acabó por desdeñarla a ella también antes del verano.

Acto festivo en Bari para celebrar la duración del Ejecutivo
La estabilidad es, precisamente, uno de los pocos logros de los que puede presumir, aunque en buena parte no es mérito suyo, sino del sistema electoral que lo hizo posible. Con un premio de escaños para la coalición más votada, y gracias a que la izquierda en 2022 acudió dividida (y por eso ahora el Gobierno pretende cambiar el sistema de voto). En todo caso, Meloni ha decidido festejar su récord por todo lo alto con un acto multitudinario en el puerto de Bari, en el sur del país. En pocos países del mundo se celebraría simplemente durar en el poder, pero en Italia sí: el lema del evento es “El Gobierno más estable, la Italia más fuerte”.
El mensaje a sus votantes es que necesitará otros cinco años. Ya está abierta la carrera electoral a las elecciones generales de abril o mayo, si se adelantan, que es lo más probable, o de octubre si se agota la legislatura. El acto servirá a la coalición para darse una noche de autoestima y homenaje en tiempos inciertos. Según los sondeos, no está nada claro que puedan volver a ganar las elecciones, algo que también sería un récord, pues nadie ha repetido legislatura desde hace décadas. Los Gobiernos siempre decepcionan y se prueba otro.
La principal pesadilla de Meloni se llama Roberto Vannacci y su nuevo partido Futuro Nacional, que se proclama como la auténtica extrema derecha y compite cada día por decir cosas más radicales que el Gobierno, a quien tacha de blando y acusa de haber defraudado las expectativas. Crece cada mes en los sondeos, que ya lo sitúan hasta en un 12% de votos, por encima incluso de Forza Italia y la Liga, partido en plena crisis de liderazgo y con una guerra interna declarada.

Curiosamente, al Ejecutivo más a la derecha de la historia italiana el mayor problema le ha surgido a su derecha. Al igual que ha hecho equilibrios entre su apoyo a Trump y la UE, Meloni también ha tenido un pie en el pragmatismo institucional y otro en su electorado más radical. La impronta ideológica de este Gobierno se ha hecho notar en las medidas restrictivas de derechos en decretos de seguridad y contra la inmigración, y en el acoso a las ONG que rescatan personas en el Mediterráneo. También en la ocupación de la televisión pública en un grado mayor de lo ya habitual y la pésima relación con la prensa.
Pero la paradoja es que algunos de los aciertos de Meloni se basan en haber hecho lo contrario de lo que se esperaba, viniendo de una derecha antieuropea y filorrusa: el entendimiento con la UE y el apoyo a Ucrania. Pensaba tener cubierto el flanco más a la derecha con Salvini, pero el líder de la Liga está en declive y Vannacci ha resultado ser una versión más bárbara y exitosa de ese perfil antisistema. Para Meloni el dilema es combatir al exgeneral o unirlo a su coalición, porque sin él empiezan a no salir las cuentas en la derecha para obtener una mayoría.
En cuanto a la oposición, el hecho de que en el Gobierno no se pelearan entre ellos ha tenido otro efecto: la oposición se ha visto obligada a hacer lo mismo. El Partido Democrático (PD), el Movimiento Cinco Estrellas (M5S) de Giuseppe Conte y la Alianza de Verdes e Izquierda (AVS), junto a otras formaciones de centro, han aparcado sus diferencias para mostrar unidad. Es más, también en el PD ha habido récord: el pasado 26 de agosto la secretaria general, Elly Schlein, se convirtió en la que más ha durado en el puesto. Este cargo tiene fama de ser imposible, sujeto a las continuas conspiraciones de las múltiples corrientes del partido. Desde que se fundó en 2007 ha tenido diez personas al frente.
Sin embargo, sí que hay una gran pelea abierta: la de quién será el candidato de la coalición, pues Conte también aspira a serlo. Es algo que aún deben resolver, y también dependerá de cómo sea al final el nuevo sistema electoral, pues tal como está ahora obliga a designar el candidato de la coalición antes de ir a las urnas, lo que obligaría a la izquierda a organizar unas complejas primarias de coalición.

Lo del récord de Meloni, en realidad, debe ponerse en contexto. Los cambios de Gobierno eran frecuentes durante una misma legislatura en la llamada Primera República, antes de que cambiara el sistema electoral en 1994 para superar precisamente el mal endémico de la política del país. Con sistemas proporcionales puros, siempre salía un Parlamento fragmentado, que obligaba a formar coaliciones variopintas, de cuatro o cinco partidos (que a su vez tenían varias corrientes internas), propensas al chantaje, al reparto milimétrico de poltronas y, por tanto, a merced de roces y crisis periódicas. Eso llevaba a constantes cambios de alianzas y nuevos equipos de Ejecutivo, aunque el primer ministro casi siempre fuera el mismo, y por eso si se repasa la lista histórica se habla del Gobierno Andreotti VII (su primer gabinete duró 8 días en 1972) o el De Gasperi VIII, esa es la jerga tradicional. Esto empezó a cambiar en este siglo, aunque todavía el Gobierno de Prodi de 2006 era de 11 partidos más un ministro independiente, y por eso los Ejecutivos más largos han llegado en las últimas décadas. Hasta culminar en el actual.
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