A Wilmer Yajamin se le ocurrió colocar en la puerta de su coctelería mexicana unas catrinas vestidas de chulapa para integrar su negocio en la verbena del barrio. Era una forma de cruzar el umbral de la extranjería y convertirse en madrileño con todas las letras. Un empadronamiento simbólico. Pero las vecinas de la calle, de misa de cinco, apartaban la vista y se cruzaban de acera para no ver las calaveras con vestidos entallados de lunares que tanto les recordaba al infierno. Le pidieron que, por favor, no invocara más a la muerte. Ya no lo hace más, quizá porque a estas alturas ya no hace falta. Las fiestas populares de Madrid se han fundido con las costumbres que han traído los nuevos madrileños llegados de América hasta darles un nuevo significado.
Fiestas populares, como la de la Virgen de la Paloma, transforman su identidad a medida que los nuevos madrileños, sobre todo latinoamericanos, se han incorporado al universo castizo
A Wilmer Yajamin se le ocurrió colocar en la puerta de su coctelería mexicana unas catrinas vestidas de chulapa para integrar su negocio en la verbena del barrio. Era una forma de cruzar el umbral de la extranjería y convertirse en madrileño con todas las letras. Un empadronamiento simbólico. Pero las vecinas de la calle, de misa de cinco, apartaban la vista y se cruzaban de acera para no ver las calaveras con vestidos entallados de lunares que tanto les recordaba al infierno. Le pidieron que, por favor, no invocara más a la muerte. Ya no lo hace más, quizá porque a estas alturas ya no hace falta. Las fiestas populares de Madrid se han fundido con las costumbres que han traído los nuevos madrileños llegados de América hasta darles un nuevo significado.
“Cuando empezamos esto era muy castizo”, explica Yajamin, dueño de Mezcaloteca Corazón Agavero, un bar de La Latina que regenta con su socia, Felicia Covone. “Y de repente ha habido una explosión, a medida que ha llegado gente de mi país, México, y de Colombia y Venezuela, sobre todo. También ha llegado mucho capital de allá. Muchos empresarios, magnates. Y toda la ciudad se ha transformado. Eso ha hecho que el fenómeno llegue a las verbenas, que son ya unas fiesta hispanoamericanas. No tengo la menor duda”, dice rodeado de clientes felices. ¿Qué es eso que suena detrás de Yajamin, un hombre sonriente parapetado tras unas gafas de pasta negra? Se tenía muy callada esta sorpresa: tres mariachis y una cantante sacan un guitarrón y una trompeta de sus estuches y se ponen a tocar. Empiezan los gritos rancheros y los chiflidos. Los músicos la van a dedicar a la Virgen de la Paloma, la patrona popular de los madrileños, El Rey, la canción que recuerda que todo el mundo es el monarca de sí mismo.
A Rubén Pallol Trigueros no le extraña nada este sincretismo de ida y vuelta. Las fiestas populares, recuerda este historiador de la Universidad Complutense de Madrid, especialista en historia social madrileña, siempre han tenido una función integradora, una puerta a la ciudad. En las verbenas no hay puerta, ni reservado, ni porteros que vigilen la etiqueta. “No hay derecho de admisión”, abunda Pallol Trigueros, que asegura que desde su origen mismo las fiestas adaptaban las costumbres que traía la gente que se mudaba del campo a la ciudad, como las procesiones o las romerías. En los años 20 a los bailes les llamaban dancings. Cada cierto tiempo incorporaban pasos de otros sitios y algunos se quedaban para siempre. Los feriantes, eternos nómadas, también traían a cuesta sus novedades. “Por tanto las verbenas están acogiendo la nueva inmigración, sobre todo la latinoamericana, que tienen un sentido de la fiesta y del uso del espacio público muy similar. Se incorporan muy fácilmente”, prosigue el historiador.
Si alguien quisiese hacer trabajo de campo al respecto debería contactar con Joselo Pérez, dominicano de 63 años. Lleva 20 en España. Lleva la clásica gorra azul de Nueva York, con la ene y la i griega entrelazadas. “Esto ha cambiado muchísimo. Siempre tuvo su toque latino, claro. Pero ahora es increíble. Se nota en el flow, todo está más suave. Soy testigo”, dice Joselo, que viene con Junior Alexis, un compatriota de 42 años que vive aquí mismo, en la plaza del Cascorro, desde hace 12 años. Otro testigo de una fusión cultural a la que el capitalismo le ha dado un empujón unificador a lomos de Instagram, Iberia, Shein, Bad Bunny y Lamine Yamal. Esta noche han traído a una amiga, Mariangel González, de 38 años, venezolana recién aterrizada, que vive sus primeras horas en Madrid. “Me encanta todo, sobre todo la gastronomía”, se hace oír González entre la música. Y batea un jonrón: “Me recuerda a mi pueblo”.
Desde las Vistillas llega el eco de un concierto de Celtas Cortos como una invocación al pasado. En las casetas, en los bares, suena abrumadoramente música latina. Mucho reguetón, pero también salsa, merengue y champeta. Los que más bailan tampoco tienen acento ibérico. Moisés León, estilista de 38 años, vivió unos años en Fort Worth, Texas, pero ha sido aquí donde ha encontrado su sitio. Es de La Guaira, esa ciudad de puerto, cercana a Caracas, que sufrió con toda su crudeza el último terremoto. Trabaja en Studio By 351, una peluquería en el Mercado de la Cebada. “Esto es muy divertido, y hay gente de todo tipo”, se ríe. Viene con un compañero de trabajo, Omar Herrera, también de La Guaira, que vivió antes en Colombia, en el barrio de Suba. Lleva un año y ocho meses en Madrid y dice algo que impresiona: “Soy feliz. Madrid era mi sueño”. Les acompaña nada más y nada menos que Wonder Woman, con traje y todo, que no tiene empacho en revelar su identidad: se llama Evelyn Cerro, 39 años, peruana de Piura. Hoy están en las fiestas de la Paloma, la semana pasada en las de San Cayetano. “Tremenda bailadera, una hora o más. Todos latinos. Los españoles nos veían bailar”, cuenta. ¿Será que no saben y les da pudor? “No, ¡pero se puede aprender!”.
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