Para la hemeroteca, Miguel Marín sigue siendo un bebé. En 2010 apareció como el primer niño nacido en los últimos 40 años en Laguarta, un pueblo del Pirineo de Huesca donde entonces vivían seis personas. La web local lo recibió con un sencillo mensaje: “Bienvenido a Laguarta, Miguel”, y Antena3 lo presentó en su noticiero con un titular habitual en este tipo de historias: “Nace el primer bebé en 40 años en Laguarta. Por primera vez aumenta la población en este pequeño pueblo de Huesca”. El titular, sin embargo, ha ido cayéndose poco a poco
Los programas de casas asequibles han tenido un mayor impacto para atraer población que el empleo
Para la hemeroteca, Miguel Marín sigue siendo un bebé. En 2010 apareció como el primer niño nacido en los últimos 40 años en Laguarta, un pueblo del Pirineo de Huesca donde entonces vivían seis personas. La web local lo recibió con un sencillo mensaje: “Bienvenido a Laguarta, Miguel”, y Antena3 lo presentó en su noticiero con un titular habitual en este tipo de historias: “Nace el primer bebé en 40 años en Laguarta. Por primera vez aumenta la población en este pequeño pueblo de Huesca”. El titular, sin embargo, ha ido cayéndose poco a poco
Quince años después, Miguel no es un niño sino un adolescente al que le ha comenzado a cambiar la voz. Sigue viviendo en su pueblo con sus padres, está a punto de comenzar la ESO y su hermano, que tiene tres años menos, sigue siendo el único niño con el que puede jugar.
Su nacimiento no cambió ninguna tendencia en Laguarta. De hecho, cuando Miguel vino al mundo eran seis vecinos pero uno se fue, otro murió y otro más se fue a vivir con sus hijos. Después nació su hermano. Así que de los seis vecinos solo quedan cuatro: su familia. “No me siento solo. Voy a clases de tiro con arco tres días a la semana y me todos los días con mis amigos del colegio”, dice Miguel. “El invierno es más duro porque podemos quedarnos aislados por la nieve pero estoy contento. Aquí me quiero quedar y aquí quiero trabajar. Me gustaría ser maestro rural”, dice sobre el único oficio que se le ocurre para no tener que marcharse.
La noticia de un nacimiento en un lugar a donde no llega nadie nuevo hace décadas volvió a repetirse a principios de año en Benizalón, en la sierra de los Filabres, en la provincia de Almería. “Nace el primer niño en 15 años”, tituló Telecinco en su web a finales de abril. Martín había nacido en un pueblo de 50 vecinos y cuatro niños. “Es el juguete de todos”, explica su madre sobre el ambiente de alegría que provoca.
Noticias así llegan periódicamente a la prensa como brotes verdes en un panorama desolador que no logra revertirse.
España tiene 22 ministerios y el que se dedica a los problemas de la España vaciada, el “Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico”, incluye en su definición un ambicioso término como “reto” que ni siquiera en el caso de la vivienda llega a tanto. Sin embargo, los resultados son ambiguos: mientras los municipios de menos de 5.000 personas ganan población, los más pequeños siguen vaciándose.
Según los datos del ministerio, los municipios españoles de menos de 5.000 habitantes ganaron 22.020 vecinos en 2024 y acumulan 163.027 más desde 2018. En los casi 7.000 municipios de ese tipo viven 5,7 millones de personas, el 12% de la población, que comienzan a ver algunos brotes verdes en un panorama en retroceso.
Paredes de Nava, en Palencia, es uno de esos modelos exitosos donde el intento de asentar a la población ha tenido que ver con la vivienda. Paredes de Nava aumentó su población en 70 personas hasta llegar a los 1.929 habitantes en los dos últimos años años gracias al programa TuTecho del ayuntamiento que mediaba entre propietarios y familias que buscaban trabajo. Otra iniciativa para rehabilitar varias casas cerradas atrajo a medio centenar de vecinos, entre ellos 19 niños matriculados en el colegio. También en la provincia de Palencia, en el pueblo de Villada, aumentó la población al pasar de 834 a 863 habitantes, un crecimiento inédito en los últimos 40 años.
El pueblo ha recibido emigración latinoamericana y africana y su alcalde, Manu Gañán, lo atribuye a los programas que han puesto en marcha vinculados a la vivienda asequible y el empleo agrícola. “Se abrieron negocios que llevaban años cerrados y eso ha atraído y asentado población”. El alcalde pone su atención en los jóvenes. “Entre los ocho y los 36 años tenemos los mismos datos que hace dos años. No hemos perdido en esa franja de edad”, sostiene. Del colegio se fueron 12 niños, pero mantuvo el mismo número gracias a la llegada de nuevas familias.
Sin embargo, a los brotes verdes en algunas cabeceras, los colegios que aguantan y los bares que se reabren, se contrapone el vaciamiento de gran parte del territorio. En la última década, ocho de cada diez pueblos perdieron habitantes. La despoblación se agudiza en las provincias de Burgos, Segovia, Soria, La Rioja, Zaragoza, Teruel, Guadalajara o Cuenca entorno a la serranía Celtibérica, una región conocida como Laponia española por tener más de 1.300 municipios con una densidad de siete habitantes por km², comparable a la Laponia escandinava.

Milagros Alario, profesora de Geografía de la Universidad de Valladolid, rebaja la lectura optimista y habla de “hechos puntuales”, cada nacimiento que los medios convertimos en noticia. Según Alario, las cabeceras comarcales pueden recuperar población, pero muchas veces lo hacen a costa de los pueblos más pequeños que continúan vaciándose. “El empleo es el gran anclaje a un territorio”, dice la profesora, “Sin embargo, ya ni siquiera esto es suficiente. Hay municipios que ganan empleo, pero pierden vecinos. Porque además de trabajo, hacen falta vivienda o servicios de ocio”.
“La emigración ralentiza el despoblamiento, pero no lo levanta”, sostiene la profesora Alario en referencia a un nuevo factor: la emigración ya no tiene tantos hijos como antes.
Tampoco el crecimiento de ciudades pequeñas y medias como Segovia o Guadalajara contrarresta la despoblación del campo, dicen los expertos, ya que responde a una “perificación” de las grandes ciudades en la que el factor más importante es la vivienda dice Javier Rueda, profesor de Sociología de la Universidad Complutense. “A la gente que tiene que emplear una hora en llegar a su puesto de trabajo le da igual Algete o Rivas y prefiere un pueblo porque los precios de la vivienda son más baratos”, explica. “El verdadero termómetro para hablar de un cambio de tendencia en la España vaciada siguen siendo los nacimientos y ahí todavía no se aprecia nada nuevo”.
Iván González, de seis años, fue otro de esos niños convertidos en noticia por su insólita llegada a Valcuende, una pedanía leonesa de Valderrueda. Iván nació en plena pandemia y EL PAÍS publicó su historia por ser el primer niño que viviría allí todo el año en más de sesenta años. La pedanía tenía por entonces cuatro habitantes pero sumó el nacimiento de Paula. Después se fueron dos vecinos y en Valcuende terminó viviendo solo la familia González y las 90 vacas que les dan de comer. “En pueblos como este solo terminan quedándose los que son de aquí. Después de la pandemia llegó gente pensando que aquí estaba la solución pero con el paso de los meses terminaron yéndose cuando se dieron cuenta de que esta forma de vida no es para todo el mundo”, dice su padre, Miguel González, en una conversación telefónica interrumpida por los mugidos de sus vacas. “Todo esto que hago, las vacas o la casa, es por dejar trabajo y casa a mis hijos. Para que no tengan que irse y puedan quedarse a vivir aquí si quieren”, dice. El tono de sus palabras combina con el abatimiento de ver cómo se siguen vaciando los pueblos de la comarca y la experiencia de quien sabe que en marcharse del pueblo ya no está la solución.
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