Brasil es uno de los grandes centros de gravedad de la economía mundial. Su historia es la de un país-continente cuya expansión ha estado asociada, durante siglos, a grandes ciclos de demanda global: azúcar, algodón, oro, café, caucho, soja, etc.
Lo que está en juego no es tanto con quién se alineará el nuevo presidente sino si logrará convertir sus recursos en poder
Brasil es uno de los grandes centros de gravedad de la economía mundial. Su historia es la de un país-continente cuya expansión ha estado asociada, durante siglos, a grandes ciclos de demanda global: azúcar, algodón, oro, café, caucho, soja, etc.
El llamado boom de los commodities, tras décadas de industrialización, volvió a colocar la explotación de los recursos naturales en el epicentro de su inserción internacional y su corolario, los impactos ambientales, en el epicentro de la controversia mundial.
La clave está, sin embargo, en que el país sudamericano no se ha limitado, en lo que va de siglo, a regresar al viejo modelo primario-exportador: su economía es actualmente mucho más compleja y dinámica de lo que fue antaño, aunque sigue sin beneficiar a todos por igual.
Brasil también posee una posición dominante en las reservas y sobre todo, en la producción mundial de niobio y reservas significativas de grafito, níquel, cobre, hierro, uranio y tierras raras. Estos minerales suelen ser considerados ‘críticos’ por la importancia que adquieren en algunas de las cadenas de suministro que concentran mayor valor agregado.
No hablamos, por tanto, de ‘periferia’. En un mundo en el que alimentos, energía, minerales, agua y biodiversidad han adquirido una importancia estratégica inusitada, Brasil cuenta con una reserva excepcional de recursos controlada por un Estado con voluntad de autonomía y proyección exterior. No siempre ocurre
En política internacional, con todo, tener recursos no otorga automáticamente autonomía y proyección. Y es precisamente en el contraste entre un país con ambición geopolítica pero también con limitaciones y problemas estructurales —como la degradación ambiental— donde radica una de las claves para interpretar el Brasil que elegirá presidente este mes.
Resultaría incorrecto considerar esa elección como un capítulo más en la disputa entre grandes potencias por el ‘control’ de América Latina. Brasil tiene fragilidades, sin duda, pero también se asienta sobre un proyecto de Estado —anterior a Lula-, sobre capacidades institucionales y sobre una política exterior basada en diversificar relaciones que lo diferencia de su entorno.
China es, por ejemplo, su principal socio comercial, pero Brasilia nunca depende completamente de un único actor. Y esa autonomía relativa es precisamente lo que Washington busca modificar: Brasil no solo no depende de EEUU sino que, en algunos ámbitos, llega a ser un competidor directo. Donald Trump parece haberse propuesto alterar esa ecuación.
Si el candidato opositor, Flavio Bolsonaro, ganara la elección, podría promover un acercamiento a EEUU. Sin embargo, como quedó demostrado durante la presidencia de su padre, desmontar una estrategia de inserción internacional muy consolidada en apenas cuatro años tiene costes.
Una parte importante del empresariado y de los sectores vinculados al agronegocio apoyan en esta elección a Bolsonaro, pero muchos de ellos crecieron asociados a una estrategia de diversificación. La apuesta por la multipolaridad no es ni oportunismo ni simple narrativa: en Brasil reparte dividendos. Y esa contradicción genera dudas.
De hecho, lo que ahora mismo está en juego no es tanto con quién se alineará el país en los próximos años como qué hará —incluso si Lula se reelige y la diversificación se mantiene— con la posición que ya ocupa. Los desafíos geopolíticos son dos: captar mayor valor agregado de sus recursos y preservar su autonomía estratégica y su capacidad de negociación. En un mundo que vuelve a disputar territorios, recursos y mercados, la cuestión decisiva será si Brasil consigue convertir sus recursos en poder.
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